Volvió a aferrarse con más fuerzas a la rama que le daba origen. Su cuerpo era un pequeño punto que temblaba aterrado.
Era la única que quedaba, y aunque la brisa sucia de ese día insistía en ello, la semilla dudaba y se esforzaba aun más en no soltarse.
En otro tiempo y en otro lugar ese momento hubiese sido distinto. Soltarse y dejarse llevar por el viento era el ritual mas esperado. Pero también era una despedida a la savia segura que les nutria y al sonido familiar de las hojas que cantaban con las caricias del viento.
Pero hoy era distinto…y ya sin más fuerzas se soltó y se dejó caer.
Y mientras caía, caían con ella las promesas de árboles poblando bosques, de prados verdes extendiéndose hasta el horizonte, de arbustos acompañando caminos en lugares distantes.
Y la caída terminó cuando su cuerpo por fin tocó el suelo.
Pero este suelo era de cemento y en Santiago era otro día de restricción vehicular que transcurría cotidianamente como cualquier otro.
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