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Debía escapar pero no pudo, bueno… ni lo intentó. Se hallaba atado a ese sentimiento desde hace muchos años. Temía que si llenaba sus ojos de adiós, una noche profunda llegue, lo envuelva, extraiga todo de él hasta dejarlo vacío, perdido, sin razón para existir. Así que permitió que volviera a penetrar en su mente, se filtre en su carne y pinte de azul sus huesos. Dejó que llenara cada espacio con su aroma y dibuje hasta en el aire su rostro, su nombre. Ella volvería a irse así nada más, pero no le importaba. Hoy sufriría una vez más por tan solo un beso, un segundo de cintura, por un abrazo de luna.
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