Padre e hijos bajo un cielo tormentoso y amenazante de lluvia, en silencio y montados en un carromato tirado por un par de bueyes, se dirigían de vuelta al manso después de una dura jornada de trabajo en la reserva señorial. Según marcaba la costumbre del lugar dos días a la semana todos los siervos estaban obligados a trabajar las tierras del señor feudal Enric de Rocaroja. La producción obtenida de aquellos campos iba destinada íntegramente a los graneros del señor feudal, lo que exasperaba al hijo mayor Martí, un joven membrudo y todavía casi imberbe.
–Malditas costumbres feudales –murmuró Martí, que permanecía sentado en la parte trasera del carromato, junto a su hermano Miquel, un chicuelo de no más de once años.
–Deja de blasfemar hijo, y da gracias a Dios. El orden establecido es el que nos alimenta –dijo el padre con el rostro ensombrecido por un velo de tristeza.
–Perdonad padre, pero vivir así es totalmente injusto. Somos esclavos del señor Rocaroja, nuestras vidas están sujetas a sus designios…
-¡Deja de hablar Martí! ¿No estás cansado? ¿Quieres que te ponga a cavar cuando lleguemos al manso?
Martí guardó silencio.
El padre cedió las riendas a su hijo Albert, el mediano de los tres hermanos, que se sentaba junto a él en el pescante y, de una talega, sacó higos secos y almendras para repartir entre sus tres vástagos, luego se quitó el sombrero de ala ancha y comió aquellos frutos contemplando las oscuras nubes que surcaban el cielo a gran velocidad, iba a llover.
Llegaron al manso cuando las primeras gotas de agua empezaron a caer sobre sus cabezas. Resguardaron los bueyes en el establo y entraron en la casa.
–Llegáis muy tarde, la cena ya está lista, lavaros un poco y sentaros en la mesa –dijo Neus sonriendo a Pere, su marido.
–¿Dónde está tu hermana? –preguntó Pere mientras se lavaba las manos y la cara en una maltrecha jofaina.
–Beatriu está en el almacén, guardando los huevos de la puesta de la tarde. Estas gallinas han salido muy buenas –Neus tendió una toalla a su marido y retiró una olla de la lumbre.
La cena transcurrió acompañada del rumor de la lluvia que cayó ininterrumpidamente durante toda la noche. Martí comió y no dijo nada. Su padre le observaba disimuladamente, últimamente estaba preocupado por las ideas y reflexiones que expresaba su hijo. Beatriu habló de su desdicha y su viudez, de lo mucho que echaba de menos a su difunto marido y de lo duro que era vivir sin hombre ni hijos. Su hermana Neus la alentaba como siempre; le decía que no tardaría en conocer a un buen hombre, que todavía era joven y de buen ver.
En la madrugada, Pere y Neus, yacían desnudos y sudorosos sobre la litera de heno, abrazados uno al otro. En la oscuridad de la habitación se besaban después de haber copulado. El pelo lacio y sedoso de la mujer acariciaba el rostro curtido por el sol de Pere. Los labios de ambos se separaron y escucharon la lluvia que caía sobre el tejado de la casa.
–Tu hijo Martí me tiene preocupado –dijo Pere en voz baja.
–¿Por qué? Es un joven impetuoso, pero un buen chico. Estoy segura que será un buen campesino y un buen apoyo para nuestra vejez.
–Sí, es un buen hijo, pero últimamente tiene ciertas ideas en la cabeza que no me gustan. Muestra inconformidad con nuestra forma de vida y eso puede resultar peligroso. Creo que asiste a reuniones organizadas por los seguidores de ese miembro de la baja nobleza…como se llama…
–Creo que te refieres a Jaume Desbosc, está en boca de todos. –apuntó Neus.
–Sí, Desbosc está loco, cree que puede cambiar el orden establecido y liberarnos de los malos usos y de no se cuantas cosas más. Lo único que logrará es que le maten a él y a sus seguidores. Y Martí es demasiado joven e influenciable. No le permitiré que asista a más reuniones. Lo tengo decidido.
–Tranquilízate mi buen esposo, deja tus preocupaciones para mañana, estarás mas sosegado…bésame.
El sol de la mañana iluminaba con sus rayos el valle en el que se encontraba el manso. Del cielo habían desaparecido las nubes de la noche anterior y el azul dominaba la cúpula celestial. Pere y su hijo mayor estaban subidos en el tejado de la casa reparando las goteras cuando la voz infantil de Miquel alertó al padre de que tenían visita.
–¿Eres tú el campesino Pere Tolrà, padre de Martí Tolrà? –preguntó solemnemente un oficial del señor Rocaroja refrenando su mula torda y mansa frente a la casa, dirigiendo una severa mirada a Pere, quien descendía del tejado por una escalera de madera.
–Sí señor –respondió sumisamente el campesino observando con temor los dos soldados que acompañaban al oficial. ¿En qué puedo servirle? –agregó inclinando ligeramente la cabeza, mirando de soslayo las espadas de corte que llevaban los soldados en el cinto.
–Trae a tú hijo Martí Tolrà ante mi presencia, ahora mismo –respondió el oficial.
El padre llamó a su hijo Martí, el cual seguía en el tejado. El oficial, un hombre cincuentón, diminuto y de cara extremadamente blanca vio, desde su montura, cómo el hijo del campesino descendía por la escalera con gran agilidad. Una vez el joven pisó el suelo, el oficial hizo una seña con su mano derecha, los dos soldados flanquearon a Martí. Padre e hijo se miraron, sus rostros empalidecieron. El oficial carraspeó y se acomodó en su montura.
–Martí Tolrà, se te acusa de felonía por participar en reuniones clandestinas que cuestionan la autoridad de nuestro señor y protector Enric de Rocaroja. Es por esta falta grave por la que se te apresa –el oficial hizo una pausa, a la espera que los soldados ataran las manos del joven con una cuerda de cáñamo–. Se te condena a recibir cien latigazos, que se te aplicarán pasado mañana al caer el sol y a trabajar en los establos del castillo del señor Enric de Rocaroja durante cien días. En este tiempo no podrás salir de dichos establos y te alimentarás con el pan y el agua que se te suministrará a diario. Si intentas huir o muestras una mala actitud, serás ejecutado, y tú hermano Albert Tolrà, en tal caso, deberá cumplir íntegramente la misma condena que se te imputa.
Madre, tía y hermanos escucharon desde el interior de la casa, en silencio, las palabras del oficial. El padre, inmóvil y con la vista clavada en el suelo, se mordió los labios. Martí cerró los ojos y se dejó llevar. El oficial y los soldados se marcharon del manso llevándose preso al hijo de Pere Tolrà.
Sentado en un poyo frente a la casa, rodeado por sus hijos, su mujer y su cuñada, el padre seguía inmóvil, con su mirada fijada en el suelo. Neus se secó las lágrimas con la manga de su túnica grisácea y se sentó junto a su marido.
–Pere, esposo mío, nuestro hijo es fuerte, cumplirá la condena y en cien días volverá a estar con nosotros –dijo la mujer.
–Conozco muy bien a Martí y corre peligro, es capaz de cometer una locura y hacer que lo maten –respondió Pere sin dejar de mirar al suelo.
–No podemos hacer nada, tenemos que esperar y rezar por nuestro Martí –apuntó Beatriu, llevándose a los dos niños al interior de la casa para dejar a solas al matrimonio.
–Esposa mía, ayúdame a coger las dos mejores gallinas del corral, le pediré a Robert Clarà, de Casa Vella, que a cambio de estas gallinas me deje su caballo –el marido alzó su rostro curtido por el sol y miró los ojos de Neus.
–¿Un caballo? ¿Para qué? –preguntó la esposa sorprendida.
–Necesito un caballo para llegar hasta el castillo de Jaume Desbosc, le explicaré lo sucedido, le solicitaré ayuda –respondió el hombre alzándose del poyete, tendiendo la mano a su mujer.
–¡Pedirle ayuda! ¡Qué locura! ¿Te crees que hará algo por nuestro hijo? ¡Dios mio! ¡Has perdido los sesos! –la mujer se alzó con la ayuda de la mano de Pere.
–Si lo que dicen de él es cierto, es posible que ayude a nuestro hijo. No tengo la certeza de que Desbosc vaya a hacer algo por Martí, pero iré a las tierras de la montaña, donde está su castillo y le pediré ayuda.
Cuando ya divisaba en lo alto de un peñasco el castillo de Jaume Desbosc, después de cabalgar durante todo el día, Pere Tolrà fue detenido por un escuadrón de jinetes. El campesino explicó a los vigilantes el motivo por el que se hallaba en aquellas tierras y, poco después, fue conducido por éstos hasta la fortaleza.
–Nuestro señor Jaume Desbosc está muy ocupado campesino, hoy no podrá atenderte –dijo el secretario repantigado detrás de su mesa taraceada.
–Señor secretario, mi hijo corre peligro y…
–¿Quién eres y por qué estás aquí campesino? –preguntó Jaume Desbosc irrumpiendo en la dependencia.
Pere explicó con detalle quien era y la razón de su presencia. Ataviado con una sencilla marlota roja y mesándose la negra y larga barba, Jaume Desbosc, un hombre alto, huesudo y de rostro agradable, escuchó con atención las palabras del campesino.
–Lucharé por tú hijo si es preciso –dijo Jaume Desbosc después de que acabara de hablar el padre de Martí–. Soldado, lleva a este hombre a las cocinas y que le den de comer –ordenó al guardia que custodiaba la puerta de la dependencia–. Secretario, llama a Lluís y Ovidi, los espero en mi despacho.
En una dependencia pequeña y austera, sentados alrededor de una mesa oscura de madera, Desbosc departía con Lluís y Ovidi; almogávares que se encargaban de formar y organizar militarmente los campesinos que libremente se habían unido a Jaume Desbosc con el objetivo de acabar con el sistema feudal establecido en la región.
–Ha llegado el momento de iniciar nuestro cometido, por el que hemos estado trabajando todo este tiempo –dijo Desbosc–. Liberaremos a ese joven campesino y tomaremos el castillo de Rocaroja.
–Qué así sea y que Dios nos ayude –respondió Lluís, de semblante pétreo y arisco.
–Mañana a mediodía, con doscientos hombres armados, partiremos hacia el feudo de Rocaroja –indicó Desbosc–, y pasado mañana, antes de que oscurezca, habremos tomado la fortificación.
–Entonces llegó el momento de actuar, ¡por fin!, llevo demasiado tiempo adiestrando campesinos, y ardo en deseo de entrar en combate, creo que estoy engordando y perdiendo agilidad, esta vida sedentaria no me conviene en absoluto –dijo Ovidi exhibiendo una sonrisa astuta y canina.
–Sosiégate amigo Ovidi, nadie te asegura que pasado mañana vaya a producirse un combate –señaló Desbosc levantándose y observando por un ventanuco la puesta de sol–, pero te aseguro que lucharás en un futuro inmediato –agregó con un halo de tristeza en sus ojos–.
Enric de Rocaroja, vestido con una aljuba de seda, observaba desde la torre, con incredulidad, aquella inesperada banda armada de más de doscientos individuos bien armados capitaneada a caballo por Jaume Desbosc.
–Está loco ese bajo noble ¿A qué está jugando? –inquirió Rocaroja, pasando nerviosamente sus dedos blancos y obesos por encima de su nariz aguileña –¡Maldito bastardo! –gruñó tornando los ojos al observar el reflejo del sol en el yelmo de Desbosc.
–No lo sé mi señor, pero no estamos preparados para un asedio, vos lo sabéis –informó el consejero.
–Lo sé muy bien, disponemos de escasos medios –concedió Rocaroja con frustración, observando sus soldados y la fortaleza.
–Y para recibir una ayuda externa, probablemente sería demasiado tarde –agregó el consejero.
–¡Mirad! –espetó Rocaroja sorprendido.
Un hombre, a pie y desarmado, arrebujado en una capa, se aproximó a la muralla, llegando al alcance de dos arqueros que lo apuntaban con sus flechas. Los soldados del castillo se aproximaron a la almena para contemplarlo mejor.
–¡Soldados del castillo! –gritó el hombre– Soy un campesino que ha huido de la servidumbre de mi señor y ahora formo parte de las fuerzas de Jaume Desbosc, muchos de vosotros sabéis quien es. Estamos aquí porque ha llegado el momento de acabar con los malos usos que nos asfixian y nos esclavizan. En vuestro castillo tenéis preso injustamente a un hombre, un campesino. Vosotros soldados –El orador señaló con su dedo índice a los soldados que lo observaban desde la muralla– sois en vuestra mayor parte hijos de campesinos que sufren o han sufrido los abusos de feudales déspotas ¡Defended a vuestros padres y hermanos! ¡Abrid las puertas del castillo! ¡El feudalismo debe morir! ¡Somos los Desboscs! ¡Abrid el castillo!
Con gran vehemencia, el campesino repitió aquella exigencia ante la atenta mirada de los presentes. Los arqueros bajaron sus arcos y los soldados abandonaron sus armas pese a las amenazas de muerte de Rocaroja y de los oficiales. Los Desboscs entraron en el castillo entre gritos de victoria y admiración. Jaume Desbosc ordenó apresar a Rocaroja y a sus oficiales. Después, Desbosc, los dos almogávares y Pere Tolrà, se dirigieron a las malolientes mazmorras. Allí encontraron, en una celda, a la luz vacilante de una linterna de sebo, al muchacho tiritando, sucio y desnudo. Padre e hijo se fundieron en un abrazo ante la mirada serena y complaciente de Desbosc.
El niño observaba cómo las gallinas picoteaban incesantemente el suelo, preguntándose que demonios debían comer, hasta que sus cavilaciones fueron interrumpidas por el sonido de unos cascos de caballo.
¡Madre! ¡Unos hombres se aproximan a caballo! –gritó el pequeño Miquel entrando en la casa.
–La madre y su hermana, acompañadas de los niños salieron del hogar y contemplaron la llegada al manso de Pere y Martí montados a caballo, acompañados de Desbosc y de los almogávares.
–¡Martí! ¡Pere! –gritó llorando la madre, corriendo hacia su marido y su hijo.
–¡Madre! –respondió el hijo saltando del caballo, besando las mejillas mojadas por las lágrimas de Neus.
El padre contempló con emoción a los pequeños Albert y Miquel corriendo hacia él.
–Hoy Dios ha estado de nuestra parte –dijo Desbosc a los almogávares.
–Cierto buen amigo, pero hoy no pude luchar –respondió Ovidi con cierto aire de disgusto–. Tendré que hacer ejercicio y comer menos, mi caballo lo agradecerá.
–Y nuestras despensas también –añadió Lluís sonriente.
–Buena observación estimado compañero –Indicó Desbosc–. Por cierto Lluís, has demostrado una gran valentía y coraje al exigir la apertura del castillo. Gracias a ti y a tú discurso hoy no ha muerto nadie. Dios perdonará tu piadosa mentira.
–Mis padres, que en paz descansen, se sentirían hoy orgullosos de mí. Fueron campesinos maltratados injustamente por su señor, pero éste ahora arde eternamente en el infierno.
–Eres un buen hombre y un gran soldado –dijo Desbosc con una sonrisa franca dibujada en su rostro.
–¿Habéis visto aquel ángel? –apuntó Ovidi indicando con la cabeza la presencia de Beatriu.
Desbosc dirigió la vista hacia la mujer y ésta al contemplar sus ojos, sonrió e inclinó ligeramente la cabeza.
–Es un verdadero ángel –confirmó Desbosc.
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Últimos comentarios sobre este cuento
Fecha: 2008-05-26 11:39:55 Nombre: pedro email: prsaavedr@hotmail.com Comentario: Manejas bien el lenguaje pero esperaba más de la historia. Desgraciadamente la vida no es tan maravillosa ni fácil.Profundiza en el alma humana y ánimo; eres buen narrador.