El ocaso aplastaba la luz. Otros cuentos


El ocaso aplastaba la luz

Autor: Antonio Méndez Llort

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Cuento publicado el 13 de Mayo de 2008


El ocaso aplastaba la luz, la última nube roja fue desapareciendo, como si palideciera al dejar escapar la sangre, para que goteara hacia el horizonte en un necio intento de alimentar al Apolo moribundo; parecía tratar de revivir al antes rey rutilante, que con el atardecer moría tras el horizonte. La noche que siguió al suntuoso espectáculo cotidiano del atardecer, se pintó oscura como el caldo de los frijoles, agua retinta de los granos sempiternos que se revolvían en los hervores del trasto de barro, allá en el rancho. La obscuridad que siguió al magnífico atardecer, se sufría sin esperanza en el alma de la sombra descalza que subía por la vereda, como la repetición del sabor de ayer y de siempre, que esperaba al paladar del indio que con pasos extenuados se dirigía a la champa. Pero en contraste, la noche también era descansada, y anunciaba al “catre” que habría de soportar los huesos del indio, y que les iba dar fuerza nueva para desgastarla neciamente arañando la tierra al día siguiente.


Las tinieblas son engañosas, más cuanto más obscuras. La curva suave de la lóbrega cúpula celeste, parece semejar la vasta bóveda abdominal de los hijos del indio, que en un paradójico presagio de obscuridad, aloja los nocturnos monstruos engusanados, que se nutren en las tripas frágiles de las criaturas de mirada asombrada. El indio nunca sintió tanta semejanza entre la noche y su destino; entre el opaco y su fatal acaso; entre ese vacío del aire nocturno y su facultad embrutecida. Siempre se absorbía en un no pensar continuo; no por holgazanería, ¡Nunca!, más bien por el cansancio, por la ignorancia involuntaria, dura e impuesta; por la capacidad apenas estimulada que se había empurruñado en un rincón de la facultad toda.

¡Saco! – exclamó instintivamente, al tener enfrente la primitiva construcción que le servía de vivienda, y penetró en el rancho entre la bruma apenas debilitada por el candil. Al entrar, la mujer que lo esperaba atareada con la olla de barro, emitió una especie de sonido gutural que pretendía ser bienvenida. El no respondió, y después de descargar el machete y sentarse, fijó su atención en el pecho de la mujer, y se le despertó la conciencia de una semejanza con el sostén que luchaba por mantenerle erguidas las mamas cansadas, bajo los harapos que la cubrían: ambos daban la impresión de laboriosos artefactos exhaustos, condenados a sostener hasta el final de los círculos, un peso que nunca habría de levantarse: el sostén los pechos fatigados, y ella el destino anacrónico e inmejorable. La india procedió silenciosa, absorta y hasta suplicante, a colocar los granos cocidos del frijol en el plato hecho por la inmensa tortilla de maíz, y servirlo sobre la mesita escuálida y esforzada. El indio, que de seguro se llamaba José, al igual que su padre y que todos los primogénitos repetidos de su ascendencia, viró la mirada hacia las panzas prominentes de los "cipotes" dormidos, y pensó en la vasta bóveda de la noche; pensó en el cerro, en los relieves agotados del terreno que sembraba. Notó que su facultad empurruñada había empezado a trabajar. La reflexión, ancestro de la idea, aparecía misteriosa. Tornó la vista al plato de frijoles, y observó los granos apretujándose como luchando por no ahogarse, los de arriba se apoyaban en los de abajo, para escapar de la oscuridad del fondo, y algunos hasta lograban resbalar y salvarse de ser comidos. La imaginación volvió a la similitud de la noche, a los frijoles revolviéndose en la semiobscuridad hirviente de la olla, como los descalzos revolucionarios, que peleando por un palmo de tierra y haciendo de la tierra sangre, se revolvían al amparo del desorden civil que campeaba por todos lados. El indio pensó y repensó la escena. Su instrumento muerto había revivido. Su imaginación y su intención crecían en el apagón de la noche, hasta confirmar la convicción del abandono.

La mañana agarró a Joaquín Martínez subiendo la montaña con el fusil por carga y los verde olivo por compañeros. El ranchito de la ladera se cromaba, como encendido por el sol. El Dios que pereciera tan espectacularmente el ocaso anterior, recién había revivido, como siempre grandioso, por el otro lado de la tierra perennemente ajena, justo atrás de la armazón de paja que servía de vivienda al José, quien había salido al campo antes de que Apolo rejuvenecido se asomara por el oriente.

– ¡Desayuno! – exclamaron los muchachos que acompañaban a Martínez al tener el ranchito a la vista.

– Cálmese camarada, – dijo Martínez – que en ese ranchito, quien sabe.

– Algo habrá, por lo menos nos podemos tragar una “chenga” y descansar la caminada – replicó el guerrillero que marchaba junto a Martínez.

La columna enfiló al rancho. La india, que los había divisado desde la cuesta, siguió moliendo el maíz como si nada.

– Buenos días – Saludó Martínez mientras se dirigía a la entrada del rancho.

– Buenos días les dé Dios – Contestó ella soltando la piedra cilíndrica con la que molía los granos cocidos, y siguiendo con la vista a Martínez.

Martínez penetró en el rancho, se sentó sobre la mesita escuálida, y miró con actitud de reclamo a la india, que recién entraba tras él. Ella, silenciosa, entendió la llamada muda que se dibujaba en la cara del guerrillero, era la llamada que generaciones de mujeres como ella, sometidas a la pobreza y a la ignorancia, reconocían como el mandato inapelable de hombre; una llamada que estaba atávicamente obligada a obedecer. Moviéndose con un maquinismo irrevocable, recogió un trozo de leña, y lo depositó sobre las cenizas, le puso un poco de ocote y lo prendió. El comal calentó pronto, y las tortillas fueron arrojadas al barro irritado. El plato de maíz cubierto de frijoles se sirvió minutos después, y los hambrientos enfusilados los engulleron con avidez. Los petates en que habían dormido los niños de barrigas inflamadas los invitaron al descanso, y los enfusilados optaron por sestear, para reponer la larga caminata nocturna.


Despertaron cuando ya claudicaba la tarde. Habían caminado a lo largo de la senda de San Juan toda la noche anterior, y el cansancio los hizo dormir todo el día. José mientras tanto, se encaminaba al rancho, repitiendo sus huellas conocidas sobre la vereda acostumbrada. El atardecer se coloreaba como el del día anterior, vistoso y épico; paradójico pero sensiblemente siniestro: embellecíase para morir y dar paso a la victoria de la oscuridad. El cavilar que absorbía a José mientras subía la vereda, se había concentrado en sus pies descalzos, endurecidos y callosos por la vereda; y como la vereda. En medio de estas meditaciones, el pensamiento del indio voló al machete que colgaba en la funda de cuero a su diestra, y sintió como si su alma resplandeciera en el brillo de la hoja, que tomaba cuerpo en el filo del arma. No es raro que el hombre se identifique con su labor o con el instrumento de ésta. Los usos inconscientes del idioma nos hacen creer ser lo que hacemos. Decimos, yo soy abogado o carpintero, o campesino; indicando que nuestra naturaleza es la de nuestro trabajo, que existencialmente somos idénticos a esa tarea que desempeñamos, que somos un instrumento del hormiguero de todos los hombres. Es fácil olvidar que no somos únicamente una pieza de esa impersonal maquina social que llamamos producción, una herramienta del “todo” organizado. El hombre es más, es un ser que encierra en la experiencia de su existencia, la posibilidad de un Dios único y satisfecho, y que no sólo es en lo que produce, sino, y aún más importante, es en lo que siente, en lo que piensa, y en aquellos a quienes ama. Pero la repetición de esa aberración semántica que lo identifica a uno con el trabajo, hace del hombre una pieza de la maquinaria, y lo mata del alma, lo hace herramienta y no hombre. José se había identificado con su machete, con la herramienta de trabajo, que hace el brazo más extenso y permite día a día dominar la naturaleza, con esa arma filosa que servía de instrumento; pero que además anunciaba su peligrosidad. Ese machete que como él, era herramienta para la faena, pero además, arma orgullosa que con su filo advertía la posibilidad de la muerte, reafirmando su machismo obsoleto y su potencia de rebeldía amodorrada.

Siguió andando y llegó al rancho. No olió a los visitantes. Venía distraído. Penetró al rancho y lo encañonaron. Los AK-47 tronaron preparándose. Los tubos de hierro de los fusiles establecieron una línea imaginaria hacia su cabeza, mientras dos guerrilleros se dirigían a sujetarlo. Quien sabe si por esa identificación de la caminata al atardecer, que parecía haberle llevado el alma recién despierta al machete, o por algún raro reflejo animal, pero el mango maldito del machete se le pegó a la mano. El filo pretendió desenvainarse, no sin que antes, los golpes de cacha de los fusiles lo pararan en seco. El indio cayó sobre el suelo de tierra y sobre el corvo orgulloso, y la mujer, convertida en fiera, y dominada por algún otro reflejo similar al del cautivo José, se tiró sobre los agresores a defender a su marido. Los guerrilleros pudieron someterla, no sin mucho esfuerzo. Esa alma de fiera, que se esconde bajo la apariencia de debilidad femenina sometida, puede explotar con un coraje y fuerza capaz de sorprender al más plantado. Recogieron el cuerpo inconsciente de José y se lo llevaron entre los gritos desesperados de la india, que veía desaparecer con su hombre una mitad de su ser.

– Despertáte hombre, no te dimos tan duro – dijo Martínez, mientras con palmaditas revivía a José.

– Sí, ¡no tan duro¡ Te voy a dar uno yo para que sepás – reclamó José para después agregar – ¿Crees que era lo mejor?.

– No hay para donde, si ella supiera que te venías con nosotros, – contestó Martínez – nunca te hubiera dejado ir, además así queda protegida al no saber nada. La revolución quiere hombres sin compromisos. No se puede andar por allí haciendo la guerra popular prolongada, cuando se tiene mujer e hijos para preocuparse; es más, a partir de hoy ya no te llamas José. Elegí un nombre, que con ese te van a conocer todos, y así nadie va a poder relacionarte con tu familia para desquitarse con ellos.

– Me llamo Juan – contestó el nuevo guerrillero, al mismo tiempo que botando el cascarón del nombre repetido por generaciones, se incorporaba e iniciaba la marcha con los demás, luciendo el nombre de todos los hombres.

José nunca regresó. La india abandonada sufrió; pero el hambre de los niños panzones finalmente la hizo reaccionar, y con la salida de un nuevo sol, a los tres días de la tragedia, preparó un canasto que llenó con todas esas formas comestibles del maíz en que el ingenio, impulsado por la monotonía del mismo alimento, transformaba al grano de la mazorca. Hizo atol y tamales, elotes cocidos, y se dirigió al mercado del pueblo. Después de un tiempo, su canasto se hizo famoso: ¿Quién no había probado los tamales de elote de la niña Juanita? Con los frutos de la bonanza se mudó al pueblo, y llevó a los niños, quienes pudieron asistir a la escuela pública, expulsaron los gusanos que les comían los intestinos, se graduaron de bachilleres, y se hicieron soldados.

La fuerza de esa fiera dormida que quiso defender a su marido, había despertado en el abismo de desesperación que significaba la ausencia del hombre. Liberada de ese amor atávico y reverenciado, y llena del rencor de la venganza imposible, logró ser más fuerte que José. Con la dedicación al trabajo que emanaba de esta redención, alimentó y educó a sus hijos hasta verlos en flamantes uniformes. Más nunca se liberó de ese temor reverencial que confundía con amor a José, nunca se liberó de la memoria del indio esforzado y dominante, que un día desapareció entre sus gritos impotentes, y el rencor que sintió contra los que se lo quitaron lo llevó siempre consigo, y lo transmitió a sus hijos, que ahora hechos hombres, tenían la fuerza para vengar la afrenta contra su padre, aquella afrenta que sus infantiles mentes no recordaban, pero que su madre les había hecho más latente que una experiencia propia, convirtiéndolos en verdugos insensibles y justificados.

Cuando el sol bajaba, la columna en que iban los dos hermanos inició la cuenta. El teniente gritó “uno” y los soldados sucesivamente siguieron contando en voz alta, cada nueva voz, un número: “dos, tres...”. Cuando la cuenta de los veinte soldados llegó a veintiuno, todos sabían que alguien se había metido en la columna. No esperaron más; se tiraron al suelo, y pudieron ver cuatro sombras apresuradas, de los infiltrados descubiertos, que se internaban en el cafetal. Los hermanos siguieron la pista de la cabellera entrecana que corría a la izquierda. Dispararon casi al azar, y pudieron sentir como el cuerpo alcanzado por los proyectiles caía entre las matas. Lo alcanzaron ya sin vida, y lo llevaron de vuelta con la columna que había reunido tres cuerpos más.

En la madrugada, cuando aún dominaba la oscuridad, la puerta de la casa de la niña Juanita resonó con golpes apurados y decididos.

– Mamá, esta vez son cuatro.
– ¿En la misma calle? – preguntó Juanita a su hijo.
– No Mamá hoy los pusimos en la doble vía, a la salida del pueblo. Y ya me voy tengo que estar en el cuartel con el sol.

Siguiendo las indicaciones de su hijo, Juanita se dirigió a la carretera, justo a la salida del pueblo. Ya se había agrupado un gentío alrededor de los cuatro cadáveres alineados sobre la orilla de la calle. Ella se acercó a la multitud con la expresión sorda de su cara arrugada, esa cara mineral inmutable, que no refleja tristeza a pesar de ser espejo de todos los sufrimientos y todos los odios. Se coló entre los demás mirones, y colocándose en frente de los cuerpos de los guerrilleros muertos, escupió su odio sobre el primero de ellos. Nunca supo que bajo el espectáculo cotidiano del Apolo rejuvenecido, la saliva de su odio ancestral cayó sobre el cuerpo decapitado de José, muerto y decapitado anoche por sus hijos, cuando el ocaso aplastaba la luz.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-06-15 19:34:33
Nombre: INES
Comentario: Antonio, tu narración está muy buena en lo que refiere a contenido, pero gastás demasiados adjetivos al pedo. Tratá de lograr construcciones más simples, oraciones más cortas adjetivos más contundentes. Buscá un sinonimo para la palabra necio/neciamente. No entendí porque catre está entre comillas. No encontré en el diccionariop la palabra "empurruñada", pero como el idioma castellano permanentemente se recrea , es extensisimo y lleno de distintos regionalismos, te doy el beneficio de la duda. Ojo con las soluciones mágicas y el final absolutamente previsible


Fecha: 2008-05-20 18:10:55
Nombre: jesus
Comentario: me gusto este cuento es muy entretenido tienes algunos susesos impactantes me dejo asombrado bastante...


Fecha: 2008-05-16 04:06:01
Nombre: Pablo Salomone
Comentario: Me ha gustado tu cuento, es intenso.
Amo mucho a tu país (al que espero volver pronto)y tu cuento me lo ha traído a flor de alma una vez más.
Felicitaciones


Fecha: 2008-05-14 17:38:40
Nombre: cristina
Comentario: Es un cuent muy intenso y apegado a la realidad que en nuestro País, El Salvador se vivió durante la guerra civil y es de suponer que se vive en muchos lugares donde hay una oposición armada