¡Lustrada, lustrada...señor?. Otros cuentos


¡Lustrada, lustrada...señor?

Autor: Javier Cotillo (JACO)

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Cuento publicado el 04 de Abril de 2008


El hambre puede ocultarse
en los pliegues del sueño.

INTRODUCCIÓN

Un grupo de universitarios de la facultad de educación de una universidad de Lima, decidimos fundar la "Escuela Cultural Peruana" para dar educación y ayuda social a niños lustrazapatos, canillitas y huérfanos.

"Diablito", así se llamaba el alumno, no recordaba su nombre ni a sus padres. Demás está decir que el niño no existía para la municipalidad. No tenía partida de nacimiento. Cuando nació, el destino lo puso en la línea de partida, y salió despedido hacia la vida de los sin nombre.


Los ojos de Diablito parecían continuación de su piel morena y, para diferenciarse, sus pupilas se rodeaban de blanco, entonces salían desde adentro, haciendo travesuras con sus pestañas. Éstas se entretejían para cerrar con orgullo esos grandes ojos, abanicando el aire antes del candado.

Con los ojos cerrados abría los brazos y empezaba a dar vueltas sobre sus talones, imaginando ser un gran helicóptero; y, entubando los labios, desde su garganta, imitaba el ruido del motor imaginario que traqueteaba con la intermitencia de su lengua.

En su vuelo, el niño chocaba con los curiosos, a quienes abrazaba uno a uno, para no caerse, pero al final, rodaba por el suelo prendido de la cintura de uno de ellos. Todos reíamos de estas piruetas, y "Diablito", con los labios ensanchados por la carcajada, se incorporaba sacudiendo la tierra de la ropa. No me explicaba el porqué, los amigos de "Diablito", en este punto del juego, coreaban:

—¡Ya se quedó sin náa. Ya que quedó sin náa. Ya se quedó sin náa!

Nuevamente el niño reiniciaba su vuelo, como helicóptero y, con él, se repetía su "ramo de sonrisas".

Cierta vez, un grupo de alumnos me visitó para hacer un pedido:

—Profe., invocaron en tono de queja; por favor, dígale a Diablito que ya no haga de helicóptero.
—¡Me pueden decir, el porqué?
—Porque así, el helicóptero, se roba nuestra plata.

_ _ _ _ _ _ _

En esos años, Raúl Huarco Torres era secretario general de lustrazapatos de la plaza San Martín y Dionisio Yánac Tipay de la plaza Manco Cápac. Ellos apoyaron a los universitarios para crear la escuelita que permitió dar educación, y lo necesario, a un buen número de niños de la calle.

Quizá, en esas tareas de romántica entrega social, están las raíces del presente relato, las que afloran —años más tarde— como homenaje a los niños-adultos que, con su cajón de trabajo, surcan las calles de la gran ciudad para arrancar del cuero, el brillo oculto y, del cliente, una moneda para comprar su pan de cada día.

El autor

¡LUSTRADA..., LUSTRADA SEÑOR?

Nuevamente el sol está dorando las calles, haciendo que las cosas, los animales y las personas se alarguen con su sombra.

Los perros vagos, a dentelladas, se pelean por algunos mendrugos que han rescatado del basural que la gente acumuló durante la noche, y las moscas empiezan a desperezarse en su escondite para revolotear sobre los desperdicios.

Es otro día. Las personas van y vienen con nuevas ilusiones; y como siempre, tienen el afán de llegar temprano a sus quehaceres, otros, atender a los clientes de siempre.

Los carros, llenos de pasajeros, cruzan las esquinas rugiendo, con sus llantas que chillan por los frenos, como maldiciendo por tánto peso sobre sus espaldas; y el humo, por el tubo de escape, fuma su destino.


En un rincón de la calle, el mismo lustrazapatos cuyo nombre no interesa a nadie. Él vive con su quiosco en ese rincón. Está allí como el arbusto o el poste de siempre, los que hacen familiar el lugar, pero a quién importa su presencia.

Es un anciano que ha envejecido con la calle. No se sabe cuándo ni cómo llegó allí. Tiene las manos huesudas. Sus uñas curvas, como picos de loro, se enraízan en la punta de sus dedos deformes, después de los cuales, sus gruesos tendones y venas se introducen en desorden sobre sus encallecidos músculos. Las sobrecapas de betún y tinte se han ido sobrepintando como tratando de barnizar su piel para ocultar su edad. Su mirada es fría, sin motivos para brillar. Su frente, en la parte superior, se prolonga sobre su calvicie, y su pequeña nariz se esconde entre sus labios que cuelgan con exageración encima de su mentón. El tiempo se ha encargado de cuartear su rostro, abriendo miles de brechas y surcos, como buscando destino para entresacar su esperanza.

Don Lustrazapatos, como todos los días, ha madrugado para abrir su negocio, pero ya no tiene clientes. La mayoría murió o simplemente ya no quieren que el anciano lustre sus zapatos porque hace mucho tiempo perdió el entusiasmo y la habilidad para arrancar, del cuero, el brillo oculto.

Con el estómago vacío, esconde su hambre cerrando sus ojos. Él aprendió que el hambre puede ocultarse entre los pliegues del sueño. Entonces, cuando ronca, sus labios tiemblan al ritmo de sus pulmones; unas veces hacia fuera y por momentos a los lados. Semiencogido, mueve en abanico los pies superpuestos y, como de costumbre, tiene las manos entrelazadas en medio de las piernas esperando, dueño del tiempo, a sus ocasionales clientes.

Contrastando la escena, en un costado del quiosco, un macetero criaba a un hermoso jazmín, con sus hojas alegres. La plantita se daba maña para estar siempre adornada con sus flores blancas, como novias, llenas de aroma. A veces, las manos huesudas de su dueño, se hacían delicadas cuando acariciaban las flores; entonces, su diminuta nariz se dilataba, golosa, para hurtar su perfume y esconderlo en los pulmones del anciano.

Recuerdo, hace algunos años, Don Lustra-zapatos amaneció de fiesta. En la calle, las cuerdas de una vieja guitarra arrancaban ayes de dolor cuando eran pulsadas por un mozuelo que había ido, según decían, a saludar al abuelo por su cumpleaños. El anciano desbordaba su contento marcando el ritmo con la madera de una escobilla, sobre su cajón de trabajo. Hasta el policía de la esquina, simulando que no se daba cuenta, permitió el escándalo conmovido por la escena. Dicen que en una pequeña fotografía que está en el quiosco, se ve al anciano abrazado de su nieto y su guitarra.

Una mañana, al salir rumbo al trabajo, un tumulto de personas se agolpaba en la esquina. Alguien gritó:

—¡Atropellooo! ¡Atropellooo! ¡Han atropellado… a un hombreee!

Estiré el cuello por sobre el hombro de las personas. En el piso, sobre un charco de sangre, unas manos huesudas teñidas con betún y tinte sobresalían debajo de las ruedas del pesado vehículo. Al lado, una pequeña fotografía cubierta de rojo. Todavía se podía ver parte de una vieja guitarra.

Con el espíritu sobrecogido, seguí mi camino, pensando en cómo resolver mis problemas.

Al regresar por la tarde, pasé por la esquina del quiosco. La sangre, en el piso, era ahora una mancha oscura que trataba de ocultarse en el asfalto y, para disimular su dolor, se afanaba por dibujar las huellas de los carros entreverados con miles de pisadas de la gente.

Condolido hilvané una oración. De pronto, la voz ronca de un niño devolvió mi realidad:

—¡Lustrada! ¡Lustrada…, señor?

El infante tenía un aire familiar. Siguió caminando rumbo a la vida, con sus manos huesudas, la mirada fría y sin motivos para brillar.

Esa noche, al quitarme los zapatos, vi en el par izquierdo, una ligera mancha de sangre que se había ocultado entre el brillo del cuero.

_ _ _ _ _ _ _ _ _

Desde entonces, todas las mañanas me despierta un agradable olor a jazmín, y mi zapato izquierdo tiene un brillo eterno que... no sé explicar.



LUSTRANDO EL HAMBRE

Tus ojos se han desbocado
escupiendo los años de abandono,
eternidad senil
que dobla tu espinazo
preñando a los huesos de dolor.

Hoy he visto, sobrecogido;
la vida te sigue golpeando
con rencor
por más que te escondas
en los callos de tus dedos.

Quise abrazarte
“hermano”
y compartir en abundancia
mi pobreza,
para que bebieras en mi taza
el agua perfumada con anís.

Decidido, salí a buscar
los callos de tu vida
para abrumarte en mi pecho;
apretujarte, sin conocerte;

y, cuando alcé en mis brazos
tu desventura
solo tus recuerdos encontré.
¡Qué tarde llegué! ¡Qué tarde!
Los panes con tu nombre
rodaron por la calle
y al instante
el infortunio los devoró,
ajeno a tu hambre cotidiana
a tus ojos de letargo,
a tus músculos de hueso.

¡Qué tarde llegué para abrazarte...!
HERMANO
¡Qué tarde!

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2011-05-04 01:05:10
Nombre: Carmen
Comentario: Precioso cuento, ha logrado conmoverme. Buenas imágenes visuales.
Saludos.


Fecha: 2010-12-31 15:41:45
Nombre: julio
Comentario: Excelente Texto!!


Fecha: 2010-06-24 05:57:10
Nombre: Martha Alicia L
Comentario: Me agrado la primera parte sobre Diablito. Me sorprendió la estrategia aeronáutica para ganarse la vida que había inventado.
Muy buena descripción y su desenlace buenísimo.
Martha Alicia


Fecha: 2010-03-28 19:41:24
Nombre: Martha Susana
Comentario: hace poco descubro la pagina, me emocioné al leer sus cuentos, son realmente muy buenos...llenos de humanidad... Lo felicito!


Fecha: 2010-02-01 15:27:34
Nombre: arturo
Comentario: Es un cuento profundo. Conmueve y hace pensar. Me gusto mucho aunque me hace sentir triste.


Fecha: 2009-06-14 10:16:21
Nombre: marta rivas
Comentario: Me gusto muchisimo este cuento breve. La historia y la manera de narrarla emocionan. Aunque las descripciones siguen siendo un poco inconsistentes.


Fecha: 2009-03-13 18:30:07
Nombre: susana
Comentario: Muy tierno , como la vida misma , vivimos corriendo tras nuestras obligaciones y solemos llegar tarde a otras .
Y después , cuando ya no lo podemos remediar ,pensamos que era lo realmente importante , pero seguimos corriendo


Fecha: 2008-11-07 20:07:20
Nombre: vagner
Comentario: amigo jaco hoy que por segunda vez tuve la oportunidad de tu conferencia en la escuela de E.T.S P.N.P TUS CUENTOS SON PRECIOSOS Y SOBRE TODO TU LLEVAS LA SANGRE PERUANA 100% HABLAS MUY BIEN DE ELLA Y SOBRE TODO DEJARAS EL NOMBRE DE NUESTRA PATRIA BIEN EN ALTO Y DE NUESTRA P.N.P ADIOS AMIGO JACO . TU AMIGO ALO 1ER año pnp vagner martinez silva (espartano)


Fecha: 2008-09-21 01:45:54
Nombre: Hugo
Comentario: sencillo y profundo de buen gusto


Fecha: 2008-09-19 08:45:05
Nombre: Juan Cárcamo R
Comentario: Tu cuento en verdad es hermoso...de esos que empiezas a leer y ya no puedes parar hasta terminarlo....y cuando lo terminas te quedas con la magia que conciente o inconcientemente quisite dejar en él...felicitaciones por este y tus otros cuentos.


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