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Yo estaba convencido de que esa navidad iba a ser especial pero no sabía por qué. Estaba acelerado. No era extraño: la llegada de las vacaciones y sus fiestas usualmente me tornaban emotivo.
Y fue cierto, ese diciembre perdí la virginidad existencial.
En esos años las navidades eran un motor de alto cilindraje que desde pequeño cogía impulso en noviembre y llegaba al cenit el último día de diciembre para agotarse a mediados de enero, antes del regreso a clases. Pero en esa ocasión iba a ser diferente, pues no tendría que volver jamás, después de doce años, a recorrer los fríos pasillos del colegio cristiano.
Hasta ese entonces habían sido una alegría invariable que comenzaba con los primeros hallazgos de memoria en largos corredores de la casa de mi abuela, junto a sus desinteresados y nunca suficientes pechiches, a la tutaina y el resto de villancicos, las panderetas, maracas, pitos, chipotes y estridencias infantiles; los paseos junto a ella a algunos caseríos olvidados y polvorientos del Caribe: Campeche, Caracolí, donde ella desempolvaba sus recuerdos y los consignaba en mis inocentes oídos; los viajes junto a mis padres a las ubérrimas fincas cafeteras de mis otros abuelos, en los boscajes de la cordillera del Quindío; las idas al mar, un añejo diciembre se abrió ante mí en su imponencia, luego de catorce horas de tedio, en una vertiginosa carretera interminable. En la adolescencia vinieron las variopintas y poderosas corralejas en Cienaga de Oro o Sabana Larga, nochebuenas cargadas de maicena en Santa Marta, Barranquilla o Cartagena.
En esas temporadas vivía con alegría rencuentros con los primos de mi edad a quienes sólo veía en aquellos períodos para continuar juegos empezados de las festividades anteriores, con la misma alegría renovada, como si nunca se hubieran interrumpido; cómo olvidar con qué candidez destapaba los regalos los veinticuatros de diciembres presa del más lindo engaño en el que jamás caí; bajar del desván las cajas de cartón que contenían el pesebre y el árbol platinado y sus policromas bolas tan frágiles como cáscara de huevo.
Ese año las cosas habían cambiado, ya lo dije, estaba mayor, había salido del engaño nadal hacía años e igual recibía regalos y dinero, los peregrinajes al mar continuaban sucediéndose, los primos crecidos habían transformado sus juegos en costumbres incluso más atrayentes.
A una vida que no ha enfrentado tropiezos no se le puede reprochar hacer planes a la ligera y ese fue mi caso, aquel año programaba y daba por hecho ir a conocer la isla de San Andrés y de paso hacer negocio con fruslerías. Soñaba con facilidad sueños de independencia, de riqueza y de amor. Pensar en transitar el camino despejado de la felicidad era normal si nadie me había hablado de las poderosas fuerzas que superan nuestras expectativas e ilusiones, de cómo unas u otras son apabulladas por un destino cuyo férreo poder la mayoría de las veces abraza con fuego nuestros sueños de la manera que consumen las llamas el papel dejando tan solo ceniza.
Llevaba varias noches sin dormir bien; además, regresaba tarde de las fiestas ocasionales inventadas o programadas que eran más bien parrandas con muchos desconocidos a los que tenía el desatino de considerar amigos. Esa madrugada, al volver, me tiré sobre las lozas del patio a contemplar las estrellas y así se me fueron las horas casi hasta al amanecer. Desperté a las siete y media con los ánimos tan elevados como si hubiera estado durmiendo toda una eternidad.
En la mañana, en lugar de tomar el jugo de naranja, me bañé con él al coger el vaso que convertí en un manantial de fruta; después del desayuno supe que tenía cita ese mismo día con un especialista, situación que no era extraña, puesto que como mi madre era médica de profesión ocurría con frecuencia que visitáramos, mi hermano y yo, diferentes expertos en medicina para exámenes rutinarios y sin previo aviso.
Al decirme que eso era un disparate, mi padre me tranquilizó después de la consulta, de la que había salido bastante irritado. Ese tipo había diagnosticado que lo mejor era que esas vacaciones descansara y no precisamente en San Andrés. Luego pidió que lo acompañara a la dependencia del hospital donde hacía consulta mi madre, para solucionar el problema que tenían con la liquidación de la prima.
Yo lo esperé alrededor de media hora dentro del carro bajo un sol vespertino y desnudo. Cuando volvió, dijo que las cosas se habían complicado, que lo mejor sería ir al hospital mientras resolvía lo del dinero. Entonces recorrimos varios pasillos, franqueamos una pequeña iglesita y ahí el bombillo intuitivo de alerta que siempre me ha acompañado se encendió; continúe por un par de zaguanes más que desembocaban a otros salones, y pese al recelo interior que tenía para desconfiar de mi padre, sabía que el fango que pisaba salpicaba mis zapatos. Giré en redondo para devolverme y no vi más que puertas cerradas de barrotes en el camino que había recorrido. No hubo marcha atrás. Era inútil oponer resistencia, varios hombres corpulentos vinieron a sujetarme y me inyectaron al no encontrar oposición.
Desperté casi doce horas más tarde con la cabeza hecha un caos a una realidad que desde esta fecha me acompaña. No entendía nada, por qué estaba allí, qué había hecho de malo y qué fallaba dentro de mí, quién se había robado los alumbrados.
Faltaban cerca de ocho días para el veinticuatro y no había todavía un solo adorno navideño. Todos mis intentos por fingir cordura, engañar a los siquiatras y salir antes de esta fecha fueron vanos. Pasar allí ese día preñado de significados me afligía sin medida.
Conocer los rigores de perder la libertad es a cualquier edad una experiencia abominable, para ser preciso, traumática, y lo es más cuando se es un adolescente que recibe este padecimiento por partida doble, en una celda custodiada por carceleros vestidos de blanco y oportunas dosis azules de Halopidol. Una pastilla tan pequeña como enajenante.
La fecha de navidad fue una más de una hilera de días tristes que pase encerrado entre paredes despojadas de clínica. El veintiocho llegó mi madre con la cara desencajada y la autorización de salida, en ésta asumía el riesgo de sacarme sin haber completado el tratamiento que sugerían allí.
Obtuve así una liberación bastante restringida, porque de la prisión que provocó la resaca química sólo escapé por medios nada ortodoxos años después.
Ese día cambiaron los obsequios mis allegados por miradas cargadas de pesar, por palabras cuidadas y lastimeras de aliento, y lo recuerdo como el primero de una serie de muchos si no iguales parecidos, en los que surgieron nuevos delirios paranoicos a los que no sabía escapar ni dar explicación.
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