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Una tibia luz se filtraba por las cortinas y acariciaba su cara cuando despertó. Después de la pesadilla que había tenido, exploraba todo su alrededor desconfiadamente, pero se tranquilizó al momento de ver a su mujer a su lado todavía sin abrir los ojos.
Una puñalada en el corazón le asestó José Punzón a su mujer después de haberla cogido en pleno adulterio con Mariano Picaflor. Ocurrió el día que Punzón había salido una hora antes del matadero municipal de Vallapordios, lugar donde trabajaba. Mariano pudo escapar por la ventana apenas con los calzones puestos y los pantalones en la mano cuando fue testigo de la mortal acción.
Todo parecía tan real que cuando despertó Punzón, aún estaba sudando.
En el pueblo de Vallapordios había quinientos veintisiete habitantes con el cura Don Adelterio incluido, situado en la costa gallega, rodeado por un frondoso monte al oeste y un extenso mar con un pequeño puerto al este. En los momentos de silencio la naturaleza les regalaba el chillido de las gaviotas por las mañanas y el de los cuervos por las tardes provenientes del este.
- A ver Mariano, ¿cuál es la capital de España?- le preguntó el profesor Don Sabundo.
- Eh, yo…- Mariano Picaflor fruncía el ceño y miraba para el techo como si allí estuviera la respuesta.
- Joseito ayúdale tú- le dijo Don Sabundo a Joseito Punzón sin apenas esperanzas de obtener respuesta.
- Creo que…- y se rascaba la cabeza mirando el suelo.
- Ni está en el techo ni en el suelo la capital de España- le dijo Don Sabundo a los dos después de un breve tiempo- ¡está aquí, Madrid!- les respondió señalando con el lápiz el mapa de España.
Siempre estaban juntos, y aunque no sabían nada en la escuela, disfrutaban yendo a ella para jugar. Se les veía juntos incluso por las tardes subiéndose a los árboles y haciendo cabañas en ellas. Un día Jacinta, madre de Mariano, decide matar la cerda que tenía en la granja y para eso mandó a su hijo a casa de los Punzón.
- A las ocho de la mañana allí estoy- le respodió Armando, padre de Joseito, a Mariano.
Armando trabajaba en el matadero, y sus vecinos lo solicitaban con frecuencia para las matanzas de animales. A las ocho menos cinco ya los avistó Doña Jacinta desde la ventana de la cocina. Caminando lentamente agarrado de la mano de Joseito venía Don Armando. En la cocina ya los esperaban Palomo Picaflor, padre de Mariano, y sus dos vecinos bebiendo vino. Salieron al momento y después de saludarse todos, fueron hacia la granja donde yacía acostado el inocente animal sin saber su sangriento destino. Chillidos ensordecedores emitía el animal al ser agarrado por las patas por los cuatro fornidos hombres. Joseito ayudaba agarrando la misma pata donde permanecía su padre, y éste cogía a su vez el cuchillo de treinta centímetros, mientras Mariano tapaba los ojos a pocos metros. Los chillidos se convirtieron en gemidos que se ahogarían rápidamente con el chorro de sangre que le brotaba por el orificio que le atravesó el corazón.
- Don Adelterio, Don Adelterio, mi padre mató una cochina esta mañana ¿se va a ir para el infierno?- le preguntó Joseito al cura.
- Hijo mío, matar una cochina no es pecado- le respondió Don Adelterio con una sonrisa piadosa.
Se irguió de cama después del susto, y sentado en ella torcía la espalda y estiraba los brazos mientras bostezaba. Quiso ponerse las zapatillas cuando apreció una camisa que no era suya sobresaliendo por debajo de la cama. Sin aliento y con los ojos hipnotizados se giró y destapó a su mujer que yacía sin abrir los ojos, ojos que nunca abriría por la mortal puñalada que había recibido.
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