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El intruso

Mario Escobar


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Ahí estaba parado lleno de ansias. Eran las 2:00 de la tarde y el autobús aún no llegaba. Impacientemente se había metido la mano en el bolsillo derecho para jugar con el cambio, las pocas monedas que le habían sobrado después de haber comprado la cajetilla de cigarrillos. Esos cigarrillos que tanto le calmaban las ansias. Ya se la hacía tarde para llegar al instituto de arte.
—Hoy no puedo llegar tarde— dijo entre labios. Y es que, claro, hoy llegaba la nueva modelo de ciudad Juárez.
Toda la mañana se la había pasado en la Internet viendo las fotografías de esta modelo. No se aguantaba por ver la Venus de ciudad Juárez, la que tantas veces había acariciado durante sus solitarias sesiones de placer. Al fin llegó el autobús, juntó sus lienzos y se subió. En su cara posaba una decisiva sonrisa.
Eran las 2:45 y ya se encontraba dentro de la escuela poniendo su material en orden cuando el profesor entró con la modelo. Sí, era como él se la había imaginado. Esbelta, ojos cafés como dos gotas de chocolate en su rostro, el pelo rotundamente negro, y al caminar parecía como si estuviera caminando en el aire. Vaya que suerte la mía—dijo Alberto. Por un minuto se mantuvo callado, perturbado. Ésa era la contraseña secreta; el silencio propio. Él gozaba al verla. Su imaginación le daba muchas libertades. Nunca se había atrevido a seguir las modelos después de las clases y es que esta vez sentía una fuerza que lo impulsaba aventurarse, a pesar de que había ya saciado su apetito horas antes, frente al computador. Quería sentirla, tocarla como su pincel tocaba la piel vacante del lienzo. —¡Qué lindo cuerpo tiene!—decía mientras apretaba la brocha.
A los pocos minutos la voz de monsieur Philippe volvió a timbrar. Miró a sus alumnos y dijo—“essayez de capturer le corps humain avec vos brosses”—. Los eróticos pensamientos volaron a tal velocidad por su mente que apenas pudo paladearlos. Alberto tuvo ganas de continuar con la contraseña. Quería quedarse agazapado en un rincón de su mente, pero la voz de Monsieur Philippe rompía los cristales del deseo. La noche calló. Las puertas del instituto se cerraron. La clase sólo se reunía una vez por semana.
Eran las 2:45 de la tarde y Alberto no estaba detrás de su caballete. La modelo entró mirando a su alrededor. Buscaba respuestas entre el silencio de los estudiantes. Sin importarle las miradas que descendían sobre su cuerpo, prosiguió a la plataforma redonda que se encontraba en el centro del estudio. Empezó a quitarse prenda por prenda, a desnudar los golpes. Los estudiantes no entendían la razón de Monsieur Philippe de pintar una mujer magullada. monsieur Philippe los miró y con el grandeur de siempre pidió— “chers étudiants, avant je voulais que vous capturiez le corps, mais aujourd’hui, je voudrais que vous capturiez l’âme avec vos brosses.” Todos los estudiantes sacaron de sus cajas el color rojo, el color morado y el color negro. Colores necesarios para plasmar los moretes.




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