Estoy sentado en la sala de espera del aeropuerto, espero mi vuelo, voy solo, siempre viajo solo, es interesante ver como todos van a despedir a sus seres queridos al aeropuerto, ver cómo se abrazan los hermanos, se besan los amantes, se alejan las familias con una mueca que simula una sonrisa para dejar ir al viajero con una sensación de paz, diciendo adiós con la mano hasta perderse en la multitud.
Yo solo observo, veo como la euforia se convierte en pensamientos, en miradas perdidas, en silencios obligados, en soledades pasajeras. Pero, ellos han compartido conmigo una parte de su vida, una expresión de amor, he podido ver cómo son en realidad, como si me hubieran invitado a ser parte de su familia por unos minutos, han montado un espectáculo y yo soy el espectador. Ellos no saben, estaban tan ocupados expresando su emoción que no me notaron. Al abordar, tomo mi asiento y abro un libro, no me gusta platicar con la persona de al lado, me parece inútil, un extraño empezará por hablar del clima y terminará contándome de sus más profundas frustraciones, no necesito eso. He pedido mi asiento junto a la ventana así que dormiré y quizá sonría al pedirle que se mueva para poder llegar al pasillo y dirigirme al baño. Yo llegaré a mi destino y nadie estará ahí para recibirme, tomaré un taxi y llegaré a un hotel, despertaré temprano, me pondré mi maquillaje, mi traje de payaso y realizaré mi espectáculo, todos reirán, todos aplaudirán, todos gozarán de mi gran talento, después, volveré al hotel, haré mis maletas, tomaré un taxi y estaré sentado en la sala de espera del aeropuerto.
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