"No hay soledad más triste ni aflictiva que la de un hombre sin amigos, sin los cuales el mundo es un desierto, pues vivir sin amigos no es vivir."
Francis Bacon
I
No pretendo contar toda mi vida pues creo que no llegaría a ser interesante e implicaría una pérdida de tiempo considerable para aquellos que, generosamente, se detuvieran a prestarle atención. Creo que me sentiré bien narrando algunos episodios de ella, aquellos que recuerdo porque tuvieron especial significado. Espero que al final de esta lectura mi esfuerzo pueda ser comprendido, mis penas aplacadas y mi vida haya tomado algún sentido.
De todas las formas de interacción que conozco, conversar ha sido para mí siempre muy difícil. Confieso con vergüenza que a través de las conversaciones me he sentido injustamente expuesto a la humillante compasión ajena. Nunca pude desarrollar por completo mi aparato fonador y ello repercutió sobremanera en mi capacidad de emitir una cadenciosa voz. A veces he creído que sólo puedo graznar. Sin embargo, como es bien conocido, la necesidad aguza el ingenio y fue entonces que, consciente de mis limitaciones, me dediqué a observar mucho, a compartir la mayor cantidad de experiencias y a vivir constantemente atento a mis circunstancias, determinadas, de vez en cuando, por los otros.
Sin embargo, no adopté esta actitud auto compasiva desde el principio, pues entonces era muy joven y poco reflexivo. La senectud es un periodo en el que, a pesar de que es muy preciado, el tiempo para meditar sobra. Así que, con los años encima y la negación de la muerte y la depresión por tarea diaria, empecé mi cruzada por reseñar mis más atendibles pensamientos -lamento si esto suena vanidoso de mi parte, pero creo que mis años me lo permiten- esperando que alguien me dé vida después de lo inevitable. Si tal encargo anónimo te ha correspondido, ruego que le dediques paciencia juvenil a este senil impaciente, que hoy ya no te acompaña más sino a través de estás líneas.
Y es que la inmortalidad es un anhelo onírico, que no se realiza materialmente ni siquiera a través de los hijos. Tal propósito es inmoral, pues ellos son únicos en sí mismos y así quieren y deben serlo. Intentar que de nosotros lleven una impronta es ser intolerablemente egoístas. Sin embargo, los amigos son distintos. Ellos actualizan voluntariamente los recuerdos de personas distintas y lo hacen sin interés ni consanguinidad alguna, lo hacen por aprecio, por afecto, por pureza. Tal es una expresión de sinceridad que aprecio y aprovecho, pues si el final de este texto invoca en ti alguna emoción humana, será indicio de que aún muerto, puedo tener amigos.
II
Siento frío. Estoy en medio de una muchedumbre aterida. Creo que toda mi vida he sentido frío. Al principio lo sentía más que hoy, pues crecí y me hice más resistente a su tormento. A pesar de ello, tengo ganas de dormir, sucede que ya me agoto muy pronto y el desinterés por la rutinaria jornada marca la pauta de mis escasos actos. He comido a tiempo, como de costumbre. Hoy he podido elegir mi comida y aprovecharla en paz. La dieta diaria no ha variado, pero me consuela pensar que hoy pude haberla elegido, aunque no sea cierto.
A veces pasa que estamos sometidos a penurias cuya cotidianeidad las hace más llevaderas. El espíritu debe ser tenaz y resistir la tentación del fracaso. Todos los días se nos plantean retos, pequeños las más de las veces, pero retos al fin y al cabo. La vida misma y sus exigencias de competitividad son un reto para aquellos que nunca se conforman. Ir de un lado a otro en procura de mejorar las condiciones de vida que nos fueron impuestas por el destino, conocer a muchos otros, buenos y malos, para aprender de ellos aunque voluntariamente no quieran enseñarnos, cultivar la tolerancia y la calma, son recursos y herramientas útiles para contrarrestar el frío con el que la vida nos trata. Y es que a veces la vida parece querer prescindir de nosotros, quiere expulsarnos de ella y relegarnos a la mendicidad de la dignidad o lo que es casi lo mismo, al intento de suicidio.
Sin embargo no estoy solo y nunca lo he estado. Muchos como yo me acompañan. Todos nos miramos con calma. No conozco a muchos de los que están hoy aquí, pero advierto con facilidad que todos son iguales a mí. Un hombre se acercó con prudencia, sigilosamente, pensando que no lo vería, y tomó muchas fotografías. Terminó de hacerlo, guardó su equipo, se abrigó el cuello y nos dedicó una última mirada antes de abandonarnos: no pudo evitar sonreír. No le causábamos comicidad, no se burlaba de nosotros, simplemente éramos graciosos y divertidos a sus ojos, como ingenuos niños, pequeños y juguetones. Un breve ejercicio de empatía le habría revelado lo equivocado que estaba, lo desgraciados que nos sentíamos, pues creo que mi fatalismo, al final de mi vida, es compartido en silencio por muchos de mis congéneres.
Los otros caminan casi con la misma torpeza con la que yo me desenvuelvo. No los culpo. Ellos, como yo también, hubiésemos preferido volar por los aires. Dicen que el cuerpo es el templo del alma, pero a pesar de que aquel no sea más que ruinas, ésta se conserva incólume y empieza la injusticia de la existencia. Las caídas nos amenazan, vivimos en un estado de permanente zozobra, pero ya casi nos hemos acostumbrado -miento-. Sobrellevar tal estado para subsistir es un costo que debe asumirse con hidalguía.
He pensado que la uniformidad nos hace imperceptibles, a pesar de que podamos ser muchos. Me explicaré mejor. Al ser todos iguales a simple vista, nadie quiere tomarse un momento para proponerse -¡qué locura!- que a lo mejor todos somos distintos. Nuestra individualidad, nuestras penas, alegrías, percepciones y opiniones se diluyen en la identidad colectiva que nos es asignada sin consulta ni consentimiento. Si se me nota un poco molesto no te equivocas. Nada ha sido fácil en mi vida, tal vez sí para otros, pero es justamente por eso que no debe tratársenos como a un grupo a secas, somos un grupo de individuos.
III
No sé cual es la razón, pero el resultado es siempre el mismo. Cuando alguien me ve, sonríe, no puede evitarlo y parece que tampoco se lo propone. En estos tiempos en los que la rutina, la economía y la contaminación -principalmente-, agobian a todos y también a mí -aunque también me preocupa conservar a salvo el pellejo y poder comer- debería considerarme afortunado de causar ese efecto. Pero al cabo de muchas sonrisas y de mucho tiempo, ya he logrado aburrirme, pasando, obviamente, por el desconcierto y la incomodidad. ¿Podría ser que el sentimiento de breve alegría que causo justifique mi existencia? Creo que las emociones son lo más valioso que se puede tener. Atesorar emociones a través de recuerdos es la parte más bella de la vida. No importa la clase de emociones que se guarden en la memoria, importa que en algún momento fuimos parte de ellas junto a otros que también fueron importantes. Por eso es que ahora me siento afortunado de causar alguna emoción -aunque sea anónima- en alguna persona.
Hoy he creído divisar al sol, pero no por la mañana que lo aguarda siempre, lo he visto al atardecer, entre nubes o montañas en el horizonte. Realmente no he podido verlo bien -nadie puede-, a mi edad mi visión no es muy buena. Me han contado que el sol todo lo puede, que es muy importante para nuestra vida. Y está allí, siempre, aun cuando nadie puede verlo por las noches, lo sé, está allí porque deja sus furiosos rayos en las nubes o en las montañas eternas del horizonte.
He vivido aquí mucho tiempo. De todo lo que conozco me han gustado mucho los barcos. Los hay pequeños, otros grandes, unos pocos muy complejos, siempre quietos y casi inmóviles. He viajado varios kilómetros para verlos pasear entre las olas, con libertad, sin límites en la inmensidad inconmensurable del océano, aquella que no conoceré jamás palmo a palmo. Y es que un barco no es sólo un barco, es una nave con relevos. Es una idea de libertad. Cuando un barco no pueda llegar a explorar más el mar, otro siempre podrá llegar más lejos y reivindicar a su antecesor. Esa es una idea cabal de libertad. Aquella que no respeta ni al tiempo ni a la adversidad.
A veces la indiferencia es lo único que se puede esperar en la mañana, aunque se anhele al sol. La inclemencia es frecuente también, pero ambas son circunstancias de las que se puede aprender. Vaya que sí, aprender es bueno, pero lo es aún más el enseñar. Yo he aprendido mucho de los viejos, de esos que se jactan con derecho de su buena suerte y de su conocimiento, de sus amigos, de su experiencia y de los imponderables que les fueron favorables y dan cuenta también de aquellos que les jugaron una mala pasada. Y es que -como me dijo uno de ellos hace poco- “mucho se puede saber por haber vivido tanto, pero el valor de lo que sabes se pone a prueba en las situaciones nuevas”. No habría de olvidarme de eso.
Es curioso, pero la experiencia imborrable y la más útil se refleja en nosotros casi de la misma forma, es decir, con cicatrices. Conozco a muchos que las tienen amplias y feas: van serios y amargados, pero orgullosos de su posición y del respeto que esas marcas significan. Otros, tan viejos como los anteriores, con cicatrices pequeñas -algunas imperceptibles-, las toman con buen humor y a menudo bromean de las circunstancias en las que se produjeron. Ambos ocultan así el miedo constante, la zozobra ínsita al hecho inevitable de vivir cada día hasta que no se pueda más.
La experiencia potencia el valor propio de cada uno, pues no seríamos los mismos si prescindiéramos de algún miembro de nuestra espontánea cofradía. Cada quien ha aportado lo suficiente, destacada o anónimamente, para crear un sentimiento de aprecio por el prójimo en cada uno de nosotros, somos buenos, nos llevamos bien. Yo he aceptado la influencia de mis amigos y creo que ellos también la mía, pues me siento enriquecido con sus opiniones, sus actitudes, sus costumbres y su predisposición para enseñar, para compartir sus propias experiencias y conocer las que yo he atesorado. En este proceso se ha requerido de paciencia y constancia, pero al final, ambos hemos aprendido mucho, aunque a veces nos sintamos solos.
IV
Aunque la mayoría de las veces paseo inevitablemente acompañado, me gusta hacerlo estando solo. Mis amigos, e incluso a quienes sólo conozco de vista, lo desaprueban. Yo, que siempre me siento y me he sentido fuera de contexto, como objeto prestado en el cuadro que me sirve de fondo, procuro la soledad para intentar eso que muchos llaman la reflexión. Pero es difícil y lo fue más aquella tarde, en la que, estando solo nuevamente, una ventisca se divirtió conmigo y mi debilidad, me arrojó al suelo y me fue difícil volver a ponerme de pie, aunque lo conseguí tras varios intentos conmovedores, rechazando la ayuda de uno de los jóvenes vestidos de blanco, que quiso ayudarme. Me sentí débil e insignificante, pues ¡sólo era una ventisca! Sin embargo, ésta, como todas las experiencias que no son tomadas a la ligera, me sirvió para darme cuenta de que a lo mejor de eso se trata la existencia: de la insignificancia y la terquedad. Y es que nada somos ante fuerzas superiores que son constantes. El viento es constante a diferencia de mí o de cualquiera de mis semejantes. Pensé que la existencia mediocre que he llevado sólo se justifica si cada día lucho con tenacidad y valentía ante los elementos constantes, ante el mar, el frío, el más fuerte y su reemplazo, el hambre y su saciedad. Sólo en esa lucha, en el coraje que puedo demostrar y transmitir, hallaré una razón para tolerar los días.
Me animan las caminatas grupales por la tarde, no por el recorrido, que siempre es el mismo, tampoco por el paisaje, que cambia muy poco, me gustan por lo que puedo compartir con los otros y la forma tan amable con que ellos me corresponden. He de ser sincero, la actitud del grupo nunca ha sido uniforme, creo que depende de las estaciones del año (sinceramente estoy renunciando, por pereza, a plantearme una explicación más atendible). A pesar de que todos nacimos y crecimos en la misma localidad, somos tantos que a veces olvidamos que nos conocemos. En esas largas caminatas hemos descubierto que estamos más emparentados de lo que creemos, al fin y al cabo, dijo alguien a quien no pude ver, todos somos hermanos.
Hoy me he sentido estúpido una vez más. Otro hombre ha venido a tomar fotografías, o tal vez sea el mismo siempre, una y otra vez. Lo ha hecho casi como siempre: apostado sobre una superficie que para él es inusual, tolerando el dolor que sufre su cuerpo, pensando en algo más que el objetivo delante de su lente profesional, procurando apurarse lo suficiente como para esperar un buen ángulo o una buena toma. Ha disparado mil veces más y debo sentirme afortunado de haber sido, muchas veces, su objetivo. Y deberé sentirme afortunado de serlo nuevamente porque sólo así seré recordado, porque sólo así alguien volverá a sonreír viendo mi imagen, porque creo que en las fotos va parte del alma de uno ¡y yo he dado ya tantas partes de mi alma! Sin embargo este hombre fue diferente, al final, no por haberlo querido, lo fue por el azar, por esos imponderables de los que ya les conté, que favorecen y desgracian. Este hombre fue diferente porque me dio un nombre. El viento le azotó con furia, le hizo caer, perdió sus implementos y muchos papeles que no pudo recuperar por completo. Pareció molesto, se rehízo con poca paciencia y se marchó.
En aquel momento no le presté atención y pronto dejé de recordarle, al menos por el resto de ese día. Pensé que en otra oportunidad vendría nuevamente, lo cual lo convertiría a mis ojos, en otro ser con el mismo propósito, con la misma conducta y para quien las circunstancias no habrían de cambiar, ni de su lado ni del mío. A la mañana siguiente, mirando entre los cristales nuevos, aprecié nuevamente el diario viaje de las madres en procura del alimento para sus hijos, los jóvenes que en algunos años nos sucederían inevitablemente. Por alguna razón que no me propuse averiguar, me sentí aliviado.
Algunos días después, como todos los días, caminando lentamente con el grupo, los que iban delante se detuvieron sin explicación aparente, formando un círculo alrededor de un punto de atención común. No sin poco trabajo alcancé, debido a mi gran tamaño, introducirme entre los cuerpos de mis pares hasta el centro, y la vi. Era una revista, cuya portada retrataba a uno de nosotros, tal vez muerto ya, pues nadie lo reconoció, y entonces tuvimos nombre. Cuatro palabras eran el único texto que, en letras grandes, ocupaban la portada: -Aptenodytes forsteri- Pingüino Emperador.
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Últimos comentarios sobre este cuento
Fecha: 2008-06-03 11:58:01 Nombre: Pedro email: prsaavedra@hotmail.com Comentario: Me parece un buen texto pero se hace algo pesado.Necesita acciones,más visualización.La personificación es buen recurso pero cuida la esencia de lo personificado.A los anteriores lectores: poned más atención. Fecha: 2007-04-21 20:26:24 Nombre: Claudia email: lisseth067@hotmail.com Comentario: ..es una historia muy interesnate y muy cierta a la vez..pues la vida es un sin fin de experiencias buenas y malas pero que dejan algo de que aprender..y esta en uno mismo saber sobrellevar esta vida..saber justificar el porque de nuestra existencia....
Fecha: 2007-04-21 18:48:49 Nombre: renzo email: renzoabantoquevedo@hotmail.com Comentario: que loco no le entendi nada que es Aptenodytes forsteri-