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La Venus de Cobre
Bacarat
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Cuándo Enzo Pachelli abrió la puerta sintió ganas de llorar. Otra vez en casa pensó, mientras el olor del óleo y los solventes lo volvían a embriagar, rápidamente abrió las ventanas de su atelier sintiendo con placer que la luz del sol, esa gran aliada del pintor, lo envolvía y lo arrullaba con su calor. Vivía y pintaba en un altillo del sexto piso en un edificio de principios del siglo veinte, que daba a una terraza con persianas destartaladas, pero que le daba ese toque de bohemia que debe tener todo pintor que se precie.
Enzo era un artista con cierto éxito, a pesar de ser relativamente joven, pero aún a los cuarenta años, la depresión mezclada con el alcohol y otros excesos lo habían llevado a internarse en recuperación a una clínica especializada. Había sido muy duro soportar el aislamiento y estar controlado continuamente por gente desconocida, pero había tocado fondo. Ciertas cosas irresueltas de su adolescencia, le daban un sentido de autodestrucción que lo llevaban a los excesos y su vida muchas veces caminaba por la cornisa.
Golpearon la puerta . Cuando atendió encontró a su amigo y galerista Paolo Di Santo, que se encargaba de la venta de sus obras. Se había hecho cargo de él en los difíciles momentos pasados y Enzo no paraba de agradecerle, aunque éste le restaba importancia.
-Paolo, le dijo, quiero empezar de nuevo, voy a dejar de pintar las nuevas tendencias. Voy a volver al retrato, que es en realidad lo que me gusta. Lo hablé con mi sicólogo y me aconsejó que me dejara llevar hacia lo que realmente me de placer, así que vasta de no-figurativo, debo volver a las fuentes, a reencontrarme conmigo mismo.
Su amigo lo miró pensativo.
-No se, no olvides que tienes un nombre y un estilo con el que te va bien, no creo que comercialmente sea una buena idea, pero si es lo mejor para tu salud...
Ni bien se retiró Paolo, se comunicó con los pintores amigos y uno de ellos que tenía una academia se comprometió a mandarle una modelo. Pasó el resto del día arreglando su bohardilla, que era un ambiente grande con una cocina y baño que trataba de mantener limpios y en orden. Pero el resto de la estancia, como el decía , le gustaba el desorden ordenado, aunque nadie lo entendía, él sabía donde estaba cada cosa y como encontrarlo, aún pinturas guardadas desde hacía mas tres años.
Sara Haal, era hija de un Alemán de pelo amarillo y ojos celestes, que vino al Río de la Plata por unos trabajos hídricos y se enamoró de una morena preciosa. De esa mezcla de semillas nació hace treinta años, esta mujer que además de ser hermosa, tenía una piel cobriza que llamaba la atención. El Alemán un día se marcho tras otro sueño y ella se crió sola, al lado de su madre, que lamentablemente murió cuando ella tenía solo quince años. Fue peregrinando de casa en casa de parientes, pero una adolescente molesta en todos lados, así que cuando pudo se independizó. Por su figura la invitaban para modelaje de ropa o fotografías, pero siempre terminaba en manos de indeseables que la querían prostituir. En un tiempo se puso de novia con un pintor de cuadros y comenzó a modelar para distintas academias y pintores, así poco a poco se fue haciendo conocer y era requerida porque su tipo daba tanto para gitana como para árabe y aunque también era un ambiente difícil, poco a poco se fue ganando un lugar.
Al día siguiente cerca de mediodía Enzo atendió la puerta y se encontró con una morena de tez mate que lo impresionó, traía un papel con su dirección en la mano.
-Me mandan de la academia –dijo.
-Si claro, adelante.
Se sentaron a la mesa, Enzo preparó té. – ¿Es para dar clases? preguntó ella.
-No, es para una pintura personal, ¿me dijiste como te llamás?
No, me llamo Sara. Mejor que no es para academia, estoy cansada de soportar a esos adolescentes, que ven desnuda una mujer por primera vez y se ponen colorados, pero a su vez te miran con todas sus fantasías no cumplidas.
Se rieron de buena gana, se había roto el hielo y comenzaba la parte profesional. –Te podés desnudar por favor..., no hace falta que te quites la bombacha, así está bien, dijo Enzo.
Ella separó la silla y empezó a hacerlo. El no la miró hasta que estuvo sin ropas. Son códigos, el desvestirse para una modelo es lo menos artístico, recién desnuda asume su rol.
Entonces la vio en todo su esplendor. Mediría un metro setenta, de cabellos muy largos y enrulados, una frente ancha con cejas arqueadas que terminaba en unos ojos grandes y renegridos, enmarcados por unas sutiles ojeras que le daban un toque sensual, nariz pequeña y redondeada y los labios, ah..., los labios eran una manzana del edén, la puerta a un puñado de perlas.
No era muy delgada, era lo que los pintores buscaban, que tuvieran redondeces, para manejar mejor los ritmos con el dibujo y las luces para la pintura. Al cuello largo le seguían unos senos muy grandes, pero a pesar de eso mantenían su firmesa y dos piernas larguísimas que seguían a una cadera poderosa.
Mientras Sara se vestía, arreglaron el precio, ella quería cien pesos por día de doce horas, era cara, pero de la mejor. Al final llegaron a ochenta pesos y comerían juntos. Al otro día comenzarían a trabajar.
Enzo no durmió en toda la noche, estaba excitado planeando como iba a encarar su obra, la posición de la modelo, la composición general, en fin. Cuando llegó Sara al otro día, él ya estaba bañado y desayunado. Había armado una tarima a treinta centímetros del piso que había cubierto con una tela de tipo gamuza color ocre-amarillento, que a su vez caía del techo de manera que cubría todo el fondo de la modelo pues pensaba que la piel amarronada de ésta favorecería la composición, al reflejo de la luz natural de los ventanales, los ayudaba con tres spots ubicados estratégicamente.
Luego comenzó a ubicar el cuerpo desnudo, sentada, apoyada sobre el brazo izquierdo, la rodilla derecha levantada, con el pié sobre la tela, mientras la pierna izquierda rodeaba la otra tapando el Pubis, el otro brazo caía sobre la rodilla levantada, la cara en tres cuartos y la mirada penetrante dirigida al pintor. Enzo silbó e hizo una reverencia ante tanta belleza, es increíble dijo, tu piel parece de bronce, eso... así se llamará la obra, “La Venus de Bronce”, ella sonrió halagada.
Tenía preparado un bastidor de 80x60. Pasó un tiempo para que él empezara, sentía el síndrome de la tela en blanco, tan difícil de traspasar para todos los pintores. De pronto se decidió y empezó a hacer las líneas horizontales marcando las alturas en proporción. Luego las rayas verticales encajonando la modelo, con elipses y círculos marcó los ritmos de las piernas con los hombros, del cuello con la cadera y de las rodillas con los senos. Estaba como poseído, no podía parar, sus ojos iban y venían de la modelo a la tela, a medida que aparecían las tres dimensiones y el dibujo comenzaba a “salir” hacia afuera su felicidad parecía no tener fin.
Luego siguió con la mancha ocre de la tela y con un pincel pequeño y plano, con color tierra de ciena comenzó la mancha del cuerpo. Después seguiría con las tintas y medias tintas de luz y sombras, cálido frío, etc.
Cuando Sara se retiró, puso una silla frente a la tela y se quedó mirándola hasta que llegó el sueño.
A medida que pasaban los días junto con la obra avanzaba su relación. Ella por primera vez se sentía tratada con respeto, por ese hombre que parecía querer protegerla. El estaba obnubilado por su belleza que ya conocía centímetro por centímetro por haberlos pintado.
Un día de lluvia con cielo encapotado Enzo no trabajó por falta de luz y se dedicaron a cocinar. Se chocaron junto a la heladera y sus bocas se juntaron, dieron rienda suelta a todas las fantasías que venían guardando en todos esos días; fue una tarde fantástica de sexo a la luz de los relámpagos y la música de los truenos. Tres días después Sara se mudaba al atelier y comenzaban un romance de amor y arte que inspiraba aún mas al artista.
Ya estaba terminada la obra, pero Enzo siempre encontraba un detalle mas, no quería cortar tanta felicidad, tenía miedo a que la última pincelada pusiera fin a la historia fantástica que estaban viviendo.
Llamó a Paolo a su galería para decirle que se estaba quedando sin dinero y que tenía unas obras anteriores para vender que le parecían bastante buenas. El marchant le dijo que había mucho turismo extranjero dando vueltas, que tal vez había posibilidades.
Tres días mas tarde se presentó el galerista con un posible comprador norteamericano. Luego de las presentaciones de rigor, Enzo comenzó a sacar sus telas, pero los dos se habían quedado mirando la Venus de Cobre. Estaban absortos. El pintor no pudo evitar sentir un poco de celos, pues le parecía que no juzgaban su pintura, si no a la modelo, pero siguió juntando sus obras. Mientras tanto Sara preparaba té
Le quiero hacer una oferta por el retrato.
- No está en venta, contestó, como un latigazo.
- Estoy hablando de cincuenta mil Dólares, amigo.
- No está en venta, amigo. Contestó el artista, mientras sentía sobre la nuca las miradas de desesperación de su mujer y su amigo, que no entendían lo que estaba pasando.
Está bien, es todo lo que me interesa, saludó a los presentes y se dirigió a la puerta. Cuando se hubo retirado, Sara se sentó como vencida sobre la cama. Paolo casi le gritó:- Estás loco, nunca vimos tanta plata junta. Enzo se sentía culpable, pero había hecho lo que sentía. Volvieron a golpear la puerta. Esta vez atendió Sara. Era el Yanqui nuevamente, apenas traspuso la entrada le dijo: ochenta mil dólares y tiene que ser ya, mañana tengo vuelo a Nueva York. Mas por las miradas de sus amigos que por los dólares, aceptó.
Esa noche salieron a festejar los tres. Buen restauran, buen vino, champaña. Regresaron ya de día, se arrojaron vestidos sobre la cama desechos por el alcohol y el cansancio.
Al otro día ya tarde Sara comenzó a ordenar y puso en el atril otra tela en blanco. Era todo un mensaje. La vida continuaba. Pasaron unos días, Enzo miraba la tela en blanco por horas, se sentía vacío, extrañaba la Venus. Una tarde tiró la tela y salió a la calle como desesperado. Volvió a la madrugada borracho, su mujer lo ayudó a entrar, mientras él gritaba cosas incoherentes. De ahí en mas esto se hizo una rutina, volvió al alcohol y a las drogas, además se ponía agresivo y hasta llegó a pegarle a su mujer, que no sabía como manejarlo.
Una noche llegó mas temprano que de costumbre, Sara estaba pelando una manzana sentada a la mesa. No estaba tan borracho, pero tenía los ojos desencajados, por primera vez le tuvo miedo. Lo abrazó en forma maternal apretando su cabeza contra el pecho.
- ¿qué le está pasando a mi amor? –le dijo.
Pasa que ya no te quiero, le dijo llorando, me di cuenta que mi amor era la Venus del cuadro y no tú, estoy desesperado, pues cada vez que te veo me acuerdo de ella y no lo puedo soportar.
A pesar del shock, ella trató de mantener la tranquilidad.
Está bien, le dijo, mientras las lágrimas invadían sus ojos. Yo mañana me voy a casa, cuando te sientas mejor, si querés, vas a buscarme, yo siempre te voy a esperar.
No, yo ya lo pensé, si te vas no voy a tener quien me la recuerde, no se, es todo muy enfermizo, no tiene salida. De pronto empezó a tener convulsiones, la apretó fuerte, le dio un empujón y luego un golpe que la tiró al piso, la agarró por los pelos y la arrastró hacia la tarima de posar donde todavía estaba la tela ocre, volvió a pegarle brutalmente, estaba enajenado, gritaba cosas incoherentes, tomó el cuchillo que había quedado al lado de la manzana, se tiró encima de ella y comenzó a apuñalarla. Ella no se defendió, solo le decía: - porqué..., porqué... mientras se le escapaban la voz y la vida. Cuando al fin Enzo reaccionó, se sentó en el suelo llorando entre convulsiones.
La sangre se Sara corría sobre la tela ocre, parecía color bermellón, un color mas de la paleta de aquel pintor loco, que se enamoró de quien no debía, SU OBRA.
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