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Maestra de Frontera
Bacarat
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1969 sería un año clave para María Laura, por fin le daban su diploma de maestra de grado. Siempre supo que la docencia iba a ser su vocación, ya desde chica en su casa de Resistencia, Chaco, ponía todos sus muñecos en fila y algún hermanito menor frente a un pizarrón que le pidió a los Reyes y no solo les daba clases, también incluía retos y castigos como no salir al recreo o quedarse después de hora. Ahora recibida, sentía que parte de su vida estaba resuelta , debía anotarse en el Ministerio a la espera de alguna vacante, entonces podría ayudar a sus padres y comprarse alguna ropa.
También con Martín, su novio, las cosas iban bastante bien, se sentía enamorada como solo pueden estarlo los adolescentes con todo el calor y la inocencia de descubrir un mundo que se les brinda a cada paso. Pero después de tanto sol, siempre viene una tormenta. Cuando después de dos meses y medio no le vino la menstruación, no dijo nada a nadie y fue sola a ver al médico que, por supuesto, le confirmó su embarazo. Se sintió feliz e insegura, feliz porque ya comenzaba a amar ese hijo que crecía en su vientre, insegura de la reacción que tendría Martín. De tardecita lo fué a buscar a la salida de su trabajo, le explotaba el pecho de alegría y angustia, pero no le dijo nada hasta que llegaron al banco de la plaza en que se sentaban siempre. La primera reacción del muchacho fue de sorpresa, dijo que estaba contento con la noticia y se haría cargo como correspondía. Por primera vez María Laura descubrió en su novio esa cara de bebé asustado, con más ganas de salir corriendo hacia la falda de su mamá que de festejar con ella la llegada del hijo que llevaba en su vientre.
Esperó unos días que fueron siglos, pero él no volvió a buscarla. No sabía como encarar la situación en su casa, no era fácil en esos tiempos ser madre soltera en una Provincia conservadora. Sabía que les haría mucho daño a sus padres, hermanos y parientes. Pero Dios siempre nos ofrece una puerta de escape o nos abre otro camino para transitar. Se enteró que el Ministerio de Educación inauguraba un grupo de docentes llamados Maestros de Frontera, para escuelas muy alejadas de los centros urbanos, en los límites del País, para mantener la lengua y nuestras costumbres.
No lo pensó dos veces, era su oportunidad, iría a donde sea y después de tener a su hijo encararía a sus padres de otra manera, los padres se enternecen cuando ven un nieto.
Por supuesto había pocos inscriptos y a los pocos días ya tenía destino en “Las Jarillas”, casi en el límite entre Formosa y Salta.
A fines de febrero recibió el pasaje, faltaban quince días para el comienzo de clases pero ya quería viajar, empezaba a notarse su panza y comenzó a fajarse pero tenía miedo de poner en riesgo “su criatura”. comenzó a despedirse de sus amigas, casi todas ex compañeras de magisterio y a recolectar cuadernos a medio usar, hojas de carpeta, libros de lectura del primario, lápices, gomas sacapuntas y hasta algunos zapatitos que ya no usaban los hermanitos porque les quedaban chicos, su hermano le regaló una pelota para sus primeros alumnos, algo que la emocionó mucho porque sabía cuanto la quería. Peleaba constantemente con su madre que le ayudaba a hacer la vieja valija de cartón de la familia y un bolso grande de lona rallada donde le agregaba un equipo de mate y salamines, quesos, paté, galletitas, etc. Para que se arreglara los primeros días.
El dos de marzo la despidieron en la estación de ferrocarril. Nunca se iba a olvidar del abrazo con su papá, porque sentía que lo había defraudado y era la primera vez que lo veía llorar. No bien arrancó el tren fue al baño a sacarse la faja y se preparó para un viaje muy largo, casi interminable.
Después de diez horas, por fin llegó a “El Calden” la última estación de la línea. Cuando volvió a partir la formación, recién tomó conciencia de donde estaba, sola, en un andén rodeado por unas pocas casas muy humildes y no pudo evitar un poco de angustia y autocompasión,
Se toco el vientre pidiendo ayuda a su pequeño compañero y se recuperó. El Jefe de estación se quedó mirando aquella jovencita menuda con esos bultos tan grandes para ella. No era común en ese paraje que llegara gente que no fuera de la zona. Se acercó y le preguntó en que podía ayudarla. María Laura lo miró agradecida y le dijo:
-Tengo que llegar a “Las Jarillas”, soy la nueva maestra.( no pudo dejar de sentir cierto orgullo).
-Otro maestro más, espero que usted se quede. Nunca aguantan mas de seis meses, ya los padres no quien mandar los chicos porque nunca terminan un grado entero. Tiene dos maneras de llegar, una por tierra, pero no se lo recomiendo, después de la última inundación hay muchos pantanos y la otra con una lancha que va por el río dos veces por semana y hace las compras en el boliche para todos los ribereños, tiene suerte porque lo vi al hombre hace un rato en el boliche, venga, acompáñeme. Cruzaron un campito y ahí estaba el almacén y despacho de bebidas y detrás de él, el rio no muy ancho aunque caudaloso, caían algunos sauces llorones al agua y atada a uno de ellos había una lancha de uno ocho metros, cruzada por cuatro filas de tablas que hacían de asiento y un motor fuera de borda que se veía bastante viejo.
Esperó sentada en un árbol caído comiendo unas galletitas y se acordó de su madre que la obligó a llevarlas, las viejas son hinchas, pero sabias pensó mientras sonreía. Al rato llegó el lanchero, se presentó como Luna y enseguida partieron rio arriba.
Luna era mas bien bajo y ancho con unas enormes manos callosas de trabajar, era difícil precisar su edad, su piel cuarteada por el sol, sus ojos eran chiquitos tal vez por los reflejos del agua y una barba rala que no le alcanzaba a cubrir la cara. El hombre casi no hablaba, por suerte pensó la maestra, mientras observaba las horillas en las que no se veía a nadie, apenas un par de tramperos o algún niño cuidando unas vacas.
Una hora después llegaron a destino. Había un embarcadero, si se puede llamar así, en un claro del monte y una pequeña cuesta donde estaría la escuela para protegerla en caso de inundación. Cuando llegó arriba soltó las valijas, vio una tapera de tres por tres con techo de paja bastante ralo, tenía una ventana pequeña y una puerta apenas agarrada al adobe, cuando la pudo abrir empezó a hacer un inventario visual: un catre de lona, una manta corta, una mesa y dos sillas bastante enclenques, seis bancos pesadísimos de madera de la zona, unos mas altos que otros por lo que dedujo que serían los pupitres, un pizarrón todavía escrito por el maestro anterior, un sartén, una olla, unos vasos y un paquete hecho con diarios donde estaba la bandera Argentina con una nota que decía: “ojalá que el que venga después de mí tenga mas vocación y paciencia”. María Laura se tocó la panza y dijo:-Nosotros la tendremos.
De pronto se dio cuenta que faltaba poco para anochecer y sintió miedo. Sacó todo afuera, con una tabla golpeó el catre y el cobertor para sacarles el polvo y encendió fuego en un fogón que estaba anexado con unas ramas secas que encontró y puso la pava para cebar mate. Por suerte había una lámpara con kerosén y un par de litros mas en unas botellas de gaseosas .Atrancó la puerta por dentro con los bancos. Luego se acostó, se tapó con el cobertor, se puso en posición fetal mientras se acariciaba la panza y lloró casi toda la noche.
Al otro día, apenas amaneció tomó unos mates y empezó a recorrer la zona, llevaba el bolso de lona donde ponía ramas que encontraba para el fogón, realmente ahora entendía porque el paraje se llamaba “Las Jarillas”, solo había dos árboles de eucaliptos pegados a la escuela con unos clavos que dedujo eran para colgar el pisaron, es decir “la escuela de verano”. Cerca del mediodía, empezó a intuir que alguien la observaba, esto la puso nerviosa y volvió a la casa, antes de entrar se dio vuelta de golpe y sorprendió al “intruso”. Era un chico de unos doce años, muy flaco, morocho, de pelo duro con ojos pícaros y una sonrisa que debía ser permanente, cuando se vio sorprendido parecía que iba a salir corriendo, pero lo traicionó la curiosidad. Cuando María lo llamó se acercó muy despacio, con respeto.
-¿Como te llamás?.
-Pedro.
-¿vivís cerca?
-Por ahí nomás
-¿Vas a venir a la escuela?.
-Y...no se...capaz mi papa no me deja.
-Que lástima. Yo iba a necesitar un secretario.
No pudo evitar una sonrisa cuando vio los ojos entusiasmados del chico ante semejante ascenso.
-Bueno, no se ... si usted quiere...
-Tu primer trabajo será traer para mañana a esta hora a los demás chicos para conversar. Les voy a dar caramelos y además tengo una sorpresa que les va a gustar.
-Y yo como secretario, ¿puedo saber cuál es la sorpresa?.
María Laura hacía mucho que no se reía así, Le acarició la cabeza y le dijo: –mañana.
Al otro día llegó Pedro con once chicos, siete varones y cuatro chicas de distintas edades. María había preparado los bancos en circulo debajo de las plantas, les puso caramelos habló de la importancia de aprender a leer y escribir, los anotó en un registro y cuando preguntaron por la sorpresa les tiró la pelota entre el griterío de los chicos. La novel maestra sabía que no hay mejor cebo para un niño que un partido de fútbol. Mientras tanto las chicas recibieron unas muñecas usadas y jugaron con la maestra.
Con pedro salieron recorrer la comunidad a saludar y tratar de convencer a los padres que mandaran sus hijos al colegio pero se negaban porque los necesitaban para trabajar. Al principio los trataban con desconfianza, pero luego terminaban negociando: -¿cuántos hijos tienen? . -cinco nomás. -bueno mande tres, repártalos en días distintos. Así fue armando una matricula de veinticinco chicos, bueno, mas o menos.
Cuando le preguntaban por su embarazo decía que su marido estaba en Resistencia y que ya iba a venir mas adelante.
El quince de marzo izaron la bandera quince chicos y tres madres, mientras cantaban Aurora a capella, no importaba la entonación. A la maestra le temblaban las piernas y se le cayeron algunas lágrimas de emoción. Después vendrían mas alumnos a agregarse.
Cuando cobró el primer sueldo, le encargó a Luna que le trajera de “El Calden” semillas de varias verduras y con los chicos hicieron una quinta que cuidaban y regaban por grupos distribuyendo a cada uno la responsabilidad de los canteros y también plantaron plantas de frutas alrededor de la Escuela.
En julio ya estaba para parir y una matrona, abuela de una alumna, se quedó con ella de guardia. Nació una nena que se llamó Itati, en honor a la virgen. Pero la cosa no venía bien. Respiraba mal, devolvía todo lo que comía ante la desesperación de su madre. Trajeron un enfermero, que era lo único que había en el poblado, la gente traía curanderos de adentro del monte, pero la bebé seguía igual. María Laura decidió volver a Resistencia para ver un médico pero mientras esperaba la lancha para partir falleció en sus brazos..
Parecía de piedra, no derramó una lágrima, estaba vacía de todo dolor. El padre de un alumno preparó una caja con un cajón de manzanas y la enterraron en la cuesta mirando el rio, María hizo una cruz con dos troncos que pintó de blanco y le juró a Itati que dejaría su sangre en esta tierra que había recibido su cuerpito y que nunca se separaría de ella.
Recién cuando todos se fueron se tiró en el catre y lloró como nunca lo había hecho hasta entonces, mientras acariciaba su panza vacía y solo repetía una palabra, mamá. No rezaba, estaba muy resentida con Dios para hacerlo.
Con el tiempo se agrandó la huerta, hicieron una comunitaria con los vecinos, además de verduras fabricaron dulces de frutas que vendía Luna en El Calden y en toda la rivera lo que permitió construir dos aulas de material y una casita para la maestra, consiguió que venga un cura una vez al mes para dar misas. De a poco aquel paraje tomó una dimensión que nunca pensó que tendría.
Volvió a Resistencia solo para la muerte de sus padres y alguna vez en vacaciones pero sentía que ya no era su lugar, además no quería dejar sola a Itati.
De a poco aprendió a hacer de enfermera, ordeñar, talar árboles, hacer defensas para inundaciones cuando subía el río, pero en eso la ayudaba su hija, el agua llegaba justo hasta la cruz y no pasaba de ahí.
Así se fue la vida de María Laura, casi sin darse cuenta, había tanto para hacer que nunca pensó en otra cosa que en trabajar, ni siquiera en tener novio y reencausar su vida, veía en cada uno de sus alumnos su prolongación, ella era la receptora de sus alegrías y sus tristezas.
Los alumnos pasaron de grado, algunos fueron a casa de parientes el alguna ciudad y terminaron el secundario y uno hasta fue a la universidad. Otros se casaron y le dieron sus hijos como ahijados algo que la hacía muy feliz.
Una mañana fue al embarcadero a esperar la lancha para ver si traía correspondencia. Ya no era el bote a motor de Luna, esta era mas grande, con techo y todo. Recibió un sobre grande del Ministerio y después de saludar a algunas personas, le dio un beso a la cruz como todos los días, entró en el aula, se sentó en su escritorio y empezó a revisar el contenido del sobre, como siempre planillas y planillas, pensó que si tuviera que llenar todas los papeles que le mandaban no trabajaría nunca. De pronto encontró un sobre personal con una nota. Después de leerla se quedó blanca mirando el vacío como cinco minutos. Volvió a leerla y al rato se acercó al espejo del baño. Siempre se miraba para peinarse, pero no se veía. Tenía el pelo cano, la piel tostada por el sol y hasta encontró arrugas que nunca se había visto, después de un rato murmuró:- Jubilada, volvió al escritorio a releer la carta mientras se iba haciendo cada vez mas chiquita “el Ministerio de Educación de la Provincia de Chaco a resuelto nombrar en escuelas de frontera a docentes con estudios terciarios, especializados en esas zonas tan sensibles para el País......”
Los vecinos se movilizaron, hicieron notas, hasta viajaron a Resistencia, pero fue inútil, la suerte estaba echada.
Entró en una gran depresión, se la veía casi siempre sentada al lado de su hija.
Un día llegaron las dos nuevas maestras, muy jóvenes y con muchas ilusiones como cuando ella llegó hace treinta y cinco años. Estaban contentas porque no creían que se encontrarían con un lugar tan lindo. María no sabía si sentir alegría o bronca porque recordaba la vieja tapera que encontró ella cuando llegó.
A la noche cenaron juntas y ellas le explicaban lo nuevos métodos
y los programas que había implementado el Ministerio según los estudios que habían realizado para las áreas de fronteras.
Al rato María se levantó de la mesa porque al otro día viajaba temprano. Cuando llegó a la puerta se dio vuelta y les dijo:
-En todos los años que estuve aquí nunca vino un Inspector, ni siquiera un político porque somos pocos votos. No entiendo como se puede programar sin conocer un lugar. Si nunca se estuvo con el agua hasta el cuello en una inundación, sin saber lo que es chuparle el veneno a un chico que lo picó una víbora o nunca se le murió un niño en los brazos porque faltaron vacunas. Se le llenaron los ojos de lágrimas, así que por pudor dio media vuelta y se fue a dormir.
Al otro día mucha gente estaba para despedirla, muchos lloraban y le agradecían. Ella parecía de piedra como cuando murió Itati, no quería hablar con nadie. Se sentó en un banco de atrás de la lancha. Mientras la embarcación se alejaba tenía clavada la vista en aquella cruz blanca, que cada vez se hacía mas chiquita.
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