Solución S.A.. Otros cuentos


Solución S.A.

Autor: Antifaz

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Cuento publicado el 20 de Septiembre de 2011


Diez años, Susana. Son diez años y yo tengo que justificar por qué terminan. ¿Acaso es posible? No es culpa del formulario, al contrario, estará muy bien pensado. Todas las causas han de estar presentes, sólo que así, tan generalizadas… Seguro que a todas las hemos padecido alguna vez. Y si yo lo tildo todo, Susana, creerán que nuestro matrimonio ha sido un martirio y no es cierto. Tampoco me parece optar algunas, sería como ponderar ciertos momentos. No, a cada cual lo suyo. ¿Recuerdas aquel cuadro que me pareció un matete? Tú te reíste porque estabas contenta ese día y mientras te sostenía a Tití rezongándome, ese peluche chino que costó tanto como pintar el auto, tus esclavas de oro, la de tu madre, la de tu abuela, fueron envolviendo formas, trazando puentes, esclareciendo el ritmo del artista. ¿Se podría elegir un par de manchas que lo representaran?, ¿verdad que no? Diría que yo era feliz porque tú lo eras, aunque mi propio perro muriera atado en el fondo hasta donde tenía que ir para poder acariciarlo. De ti aprendí esa vida que se compra, que es eufórica, pero que sustituye y es sustituida. Cuántos ejemplos más podría darles, un sinfín de minucias cotidianas, sin que supieran nunca dónde colocarlos en este formulario. Pero yo debo marcar en los casilleros al margen de las hojas para que quede establecido un motivo que a nadie más le interesa y firmar en la última, esto es lo que ocurrió. Y adiós para siempre, Susana.

Es lujosa esta empresa, una vez adentro nada indica su función. Voy por un pasillo que te hubiera gustado, la luz cae sobre los cuadros sin molestar. No hay muñequitos como en Chagall, ¿o era Dalí?, ni árboles como los de Turner que tanto me gustan; son paisajes precisos y serenos. Tú te hubieras demorado en explicármelos hasta que, fatigada de escucharte, me reprocharas ¡pero vos qué vas a entender! Al final hay una puerta que se abre cuando llego y él me recibe, un amigo instantáneo que me ofrece su privacidad.
Estoy en una habitación extraña y demoro en acomodarme. Él lo sabe y me espera hablando de sí mismo, con las manos y el contrato inmóviles sobre la carpeta del escritorio. Me cuenta fragmentos de una vida ordinaria, como supone la mía, que van haciendo nuestra vieja amistad. Entiende y perdona que me distraiga con los objetos que llenan el alrededor, son muy antiguos y de lugares muy remotos. Como si se pudiera tomar cosas de todos los tiempos para crear un pretexto. De a poco me voy habituando al tono del ambiente y de su voz. Sin embargo, algo me molesta y no sé qué es. Estamos conversando, ¿así que he leído los términos y estoy de acuerdo? Entonces, de noche la capilla ardiente y por la mañana el sepelio. Por favor, debo leer nuevamente el contrato antes de firmar. Enseguida sirve la bebida que nos devuelve la fraternidad y abre la cigarrera para que encendamos como de costumbre. Se disculpa por dejarme solo y revierte el escritorio que ahora es mío. Y bebo y fumo mientras voy releyendo y me vuelve a estrujar la pena. Pero soy de ese tipo de hombres que sufre sin derrumbarse, calladamente como es la sinceridad y dueño de mi destino, como dijo y admiró mi nuevo viejo amigo. Firmo sin terminar porque me hace daño y él lo sabe y ya regresó. Ya sé lo que me molesta del lugar, nada refiere al tiempo que transcurre. El tantán da una hora eterna y el calendario de colección trasciende los hechos que contuvo.

¿Estoy listo? Salimos por otra puerta a un pasillo más impersonal. Sin apuro y con confianza me conduce del brazo, zona franca entre su calma y mi tristeza. Ha puesto al aire los pormenores de otra anécdota que durará exactamente hasta que lleguemos. En ningún momento veo a alguien más, es realmente su casa como me ofreciera orgullosamente.
Y abre la puerta de un dormitorio donde estás recostada, Susana. En una cama que no es la tuya, en la penumbra de una veladora, ¡duermes! ¡Tú que el más mínimo resplandor te perturba! Y enciende la luz que llena los detalles que no son nuestros y te veo espléndida. ¡Estás hermosa, Susana! Hermosa y en paz como nunca. No tuviste esa expresión a mi lado ni el cabello suelto así de esa manera. Por un instante dudo y el médico, que no es otro que mi nuevo viejo amigo, retira un poco la sábana descubriendo tu cuerpo que un recatado camisón adelgaza. Se diría que lo compraste ayer si no fuera por la diminuta abertura en el pecho. Una ventana abierta al cielo en negativo de tu piel donde titila un lunar ignoto. Recién comprendo el sitio exacto de tu corazón. El doctor pone en mi mano un instrumento y nada tiene que explicarme, su empuñadura será el broche de nuestros diez años, Susana.





//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2011-09-20 10:29:13
Nombre: Lucia
Comentario: caramba, no he entendido nada! volveré a leerlo!