Don Ricardo Arrieta y su familia. Cuentos cortos de humor


Don Ricardo Arrieta y su familia

Autor: Manuel Ibarra

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Cuento publicado el 12 de Julio de 2010


Habia una vez un campesino de nombre Ricardo Arrieta, quien vivia con su mujer en una granja, en las afueras del pueblo la Quebrada. Dedicado a la agricultura habìa tenido varios hijos a los cuales llamaba segùn el nombre de los animales que tenìa en la hacienda, a pesar de los reproches de su esposa, por ejemplo al hijo mayor lo llamaba el burro porque este nunca quiso asistir a la escuela del pueblo, a su segunda hija la llamaba cariñosamente la cochinita porque estaba muy gorda y cachetona, al tercer hijo lo llamaba el loro, porque nunca paraba de hablar y al hijo màs pequeño de apenas dos años de edad, lo llamaba el sapo, porque en vez de caminar, se la pasaba saltando de un lado a otro. Un dìa mientras realizaba unas compras en un negocio del pueblo, don Ricardo se encontrò con la maestra Juliana, quien le sugiriò enviara los niños al colegio, a lo que el anciano agricultor respondiò: ¡Bueno mì estimada maestra para complacerla, el pròximo lunes le enviarè muy bien bañado al burro, para ver si me le enseña algo!. La maestra Juliana abriò los labios de par en par al escuchar lo que el anciano le habìa dicho y muy molesta, pensando que le estaba jugando una pesada broma le respondio: ¡Mire señor, como se le ocurre tan semejante cosa, como es eso que me va a mandar un animal al colegio!.Don Ricardo muerto de la risa le respondio: ¡No se moleste maestra, no se me ponga brava, mire yo llamo burro a mì hijo mayor, porque èl nunca ha querido asistir a la escuela!.Entendiendo la situaciòn, la maestra Juliana exclamò: ¡Por favor señor recuerde que tiene que llamar a sus hijos por sus nombres!. Don Ricardo nuevamente soltò una carcajada y le respondio: ¡Caramba maestra, mire es una tradiciòn de mì familia llamarnos asì, por ejemplo mì papà que en paz descanse, acostumbraba llamarme el mocho, porque cuando pequeño accidentalmente me corte un dedo de mì mano derecha!. Sorprendida la maestra continuò escuchando el relato de don Ricardo: ¡Yò recuerdo maestra, que la pelona siempre le reclamaba a mì papà esa actitud!. Por simple curiosidad la maestra juliana interrumpio para preguntar: ¿Quièn era la pelona?. Don Ricardo respondio: ¡Mì difunta madre!. Un largo suspiro saliò de la garganta de la maestra y estaba a punto de marcharse cuando don Ricardo le dijo: ¡Bueno maestra mì compromiso es enviarle a los muchachos al colegio, eso si primero tengo que consultar con la bruja, para que ella me de tambièn su consentimiento!. Al escuchar aquella afirmaciòn, el rostro de la maestra juliana se puso rojo como un tomate y exclamò: ¡Mire mì don, yò soy muy cristiana y no acepto que usted me diga tal barbaridad, como es eso que para enviar a sus hijos al colegio, primero tenga que consultar la opiniòn de una bruja!. Don Ricardo volvio a sonreir y respondio: ¡Disculpe maestra, espere y le explico, Yò llamo la bruja a mì mujer, la madre de mìs hijos!. Nuevamente la maestra Juliana respirò con tranquilidad y en silencio pensaba que aquel señor era todo un caso y estaba a punto de salir del negocio, cuando escuchò a don Ricardo decir: ¡Bueno mejor me marcho a la cueva, ese relàmpago en el cielo està anunciando un palo de agua, la otra noche la bruja me dijo que no saliera y yò no le hice caso, me fuì para un baile en el pueblo, de regreso me agarrò un aguacero que me mojò hasta el cogote, ese otro dìa me dio una pulmonìa y hasta ahora estoy sufriendo de un catarro que no se me quita y eso me pasò por no hacerle caso a la bruja, mejor me marcho!. Casi al mismo tiempo la maetra Juliana y don Ricardo se marcharon a sus casas, ambos iban pensando en los pormenores y detalles de aquel dìa y de la peculiar conversaciòn que habìan tenido.
Habia una vez un campesino de nombre Ricardo Arrieta, quien vivia con su mujer en una granja, en las afueras del pueblo la Quebrada. Dedicado a la agricultura habìa tenido varios hijos a los cuales llamaba segùn el nombre de los animales que tenìa en la hacienda, a pesar de los reproches de su esposa, por ejemplo al hijo mayor lo llamaba el burro porque este nunca quiso asistir a la escuela del pueblo, a su segunda hija la llamaba cariñosamente la cochinita porque estaba muy gorda y cachetona, al tercer hijo lo llamaba el loro, porque nunca paraba de hablar y al hijo màs pequeño de apenas dos años de edad, lo llamaba el sapo, porque en vez de caminar, se la pasaba saltando de un lado a otro. Un dìa mientras realizaba unas compras en un negocio del pueblo, don Ricardo se encontrò con la maestra Juliana, quien le sugiriò enviara los niños al colegio, a lo que el anciano agricultor respondiò: ¡Bueno mì estimada maestra para complacerla, el pròximo lunes le enviarè muy bien bañado al burro, para ver si me le enseña algo!. La maestra Juliana abriò los labios de par en par al escuchar lo que el anciano le habìa dicho y muy molesta, pensando que le estaba jugando una pesada broma le respondio: ¡Mire señor, como se le ocurre tan semejante cosa, como es eso que me va a mandar un animal al colegio!.Don Ricardo muerto de la risa le respondio: ¡No se moleste maestra, no se me ponga brava, mire yo llamo burro a mì hijo mayor, porque èl nunca ha querido asistir a la escuela!.Entendiendo la situaciòn, la maestra Juliana exclamò: ¡Por favor señor recuerde que tiene que llamar a sus hijos por sus nombres!. Don Ricardo nuevamente soltò una carcajada y le respondio: ¡Caramba maestra, mire es una tradiciòn de mì familia llamarnos asì, por ejemplo mì papà que en paz descanse, acostumbraba llamarme el mocho, porque cuando pequeño accidentalmente me corte un dedo de mì mano derecha!. Sorprendida la maestra continuò escuchando el relato de don Ricardo: ¡Yò recuerdo maestra, que la pelona siempre le reclamaba a mì papà esa actitud!. Por simple curiosidad la maestra juliana interrumpio para preguntar: ¿Quièn era la pelona?. Don Ricardo respondio: ¡Mì difunta madre!. Un largo suspiro saliò de la garganta de la maestra y estaba a punto de marcharse cuando don Ricardo le dijo: ¡Bueno maestra mì compromiso es enviarle a los muchachos al colegio, eso si primero tengo que consultar con la bruja, para que ella me de tambièn su consentimiento!. Al escuchar aquella afirmaciòn, el rostro de la maestra juliana se puso rojo como un tomate y exclamò: ¡Mire mì don, yò soy muy cristiana y no acepto que usted me diga tal barbaridad, como es eso que para enviar a sus hijos al colegio, primero tenga que consultar la opiniòn de una bruja!. Don Ricardo volvio a sonreir y respondio: ¡Disculpe maestra, espere y le explico, Yò llamo la bruja a mì mujer, la madre de mìs hijos!. Nuevamente la maestra Juliana respirò con tranquilidad y en silencio pensaba que aquel señor era todo un caso y estaba a punto de salir del negocio, cuando escuchò a don Ricardo decir: ¡Bueno mejor me marcho a la cueva, ese relàmpago en el cielo està anunciando un palo de agua, la otra noche la bruja me dijo que no saliera y yò no le hice caso, me fuì para un baile en el pueblo, de regreso me agarrò un aguacero que me mojò hasta el cogote, ese otro dìa me dio una pulmonìa y hasta ahora estoy sufriendo de un catarro que no se me quita y eso me pasò por no hacerle caso a la bruja, mejor me marcho!. Casi al mismo tiempo la maetra Juliana y don Ricardo se marcharon a sus casas, ambos iban pensando en los pormenores y detalles de aquel dìa y de la peculiar conversaciòn que habìan tenido.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2012-02-17 16:59:09
Nombre: andrea
Comentario: el cuento me parecio muy divertido


Fecha: 2010-07-14 08:58:51
Nombre: Cèsar Muñoz
Comentario: En Maracaibo, un tipo le gritò a su hijo: -¡Epa,maldito,entra ahora mismo a casa!
Un transeùnte le recriminò el apelativo. -Mire amigo, no llame maldito al niño.
-¿Y còmo quiere que lo llame?... Su nombre es Maldo.



Fecha: 2010-07-13 08:23:15
Nombre: Carlos Alfonso
Comentario: Acertada historia tipica de nuestros pueblos andinos, con ese toque magistral de tus cuentos infantiles. Buena Manuel


Fecha: 2010-07-12 02:45:47
Nombre: Tomi
Comentario: Muy divertido, Manuel. Es cierto que en las familias muchas veces nos llamamos con apodos que se siguen manteniendo incluso cuando somos adultos y tenemos nuestros propios hijos.La maestra estará temblando pensando qué mote le pondrán a ella.Un abrazo.