|
Ay hijo mío.
Janet Artiles
 (514 puntos / 126 votos)
-Ud no podrá tener hijos Sra Rogers- fue la respuesta del Dr. Cox mientras revisaba mis exámenes. Me quedé mirándolo sin poder decir nada, un nudo en mi garganta no me dejaba hablar. Aquellas palabras con sabor a sentencia se clavaron en mi alma como un puñal. Apenas tartamudeé un gracias, y me marché rápidamente de la consulta. No podía contener mi llanto. En silencio, llorando me fui caminando por las largas calles de New York. Hacáa tanto tiempo que anhelaba ser madre, pero había tomado la decisión demasiado tarde. Había decidido primero estudiar, graduarme con honores de la universidad y conseguir un trabajo que me permitiera desarrollarme como profesional. Hasta que a mis 30 años recién cumplidos, conocí a Emilio, el hombre de mi vida, y decidí entonces que era hora ya de formar un hogar a su lado.
Emilio y yo anhelabamos tener un hijo, por eso, al ver que los meses pasaban y nada sucedía, decidimos ponernos en manos de un profesional. El Dr. Cox era uno de los médicos mas famosos en esa especialidad, y por ello acudimos a su consulta llenos de esperanzas. Después de varios examenes, había llegado a la conclusión de que ya no podría tener hijos. Mis sueños se habían desecho.
Caminé y caminé llorando en silencio por las largas calles, no me atrevía a llegar a casa, no sabía como explicarle a mi esposo lo que el médico había dicho. Pasé horas y horas pensando, mientras me dirigía hacia un pequeño parque en el centro de la ciudad. Allí me sente mirando a mi alrededor. Era víspera de Navidad, y la gente pasaba de largo, atareadas con sus compras navideñas, felices en medio de los festejos. Cuan lejos estaban de ignorar, que aquella elegante mujer que estaba sentada en un parque, estaba llorando destrozada por dentro. Para mi no habría navidad.
Una anciana de cabellos blancos como el algodon y dulces ojos azules se sentó a mi lado. Me miró a los ojos y sonriéndome me dijo:
-No llores hija, eso tambien pasará, y un milagro va a suceder.
La mire incrédula, ¿cómo aquella mujer podía saber lo que me estaba pasando?, pero en aquel momento, necesitaba hablar con alguien, desahogar mi pena, y por eso, sin importar que era una extraña, le conté mi vida, y le dije lo que el médico me habia dicho.
La anciana movió la cabeza negativamente mientras sonreía con dulzura.
-No hagas caso hija, la ciencia solo puede decir hasta donde ellos llegan, pero la última palabra la tiene Dios, y yo te aseguro que los milagros llegan a pasar. Tranquila, verás que todo se arreglará.
No sabía decir porqué, pero las palabras de aquella mujer tuvieron el efecto de calmarme. La gente pasaba por mi lado y me miraban con pena, como si yo estuviera loca, debían haberse dado cuenta del dolor que tenía yo plasmado en el rostro.
Estuve mucho rato hablando con la anciana, y luego ya más calmada me marché a casa. Al llegar, tome una decisión: no le diría a mi esposo lo que el médico me había dicho, mejor haría lo que me dijo la anciana, esperaría y tendria fe, si en un tiempo las cosas no sucedían entonces le contaría la verdad.
Emilio me miró a los ojos esperando una respuesta.
-¿Qué te dijo el médico? me preguntó esperanzado.
-Nada, que muy pronto el milagro puede suceder, que en cualquier momento sucederá, porque ya la ciencia hizo lo que tenía que hacer, ahora es solo cuestión de fe y esperar que Dios nos conceda el milagro- le dije con una sonrisa, tratando de ocultar mi propia pena.
A partir de ese momento, aunque incrédula, decidí esperar. A lo mejor un milagro sucedería.
Meses después, en medio de una reunion de mi trabajo, me sentí mareada y cai desmayada al piso. Me llevaron a urgencias y el médico después de reconocerme me dijo:
-Su desmayo es normal Sra. Rogers, debido a su estado.
-¿A mi estado? ¿cuál estado? pregunté asustada.
-Ud está embarazada- me dijo el médico sin prestar mucha atención- por eso su desmayo.
Me quedé sin poder creer lo que estaba oyendo, ¿embarazada? no podáa ser. Pero así era, el milagro había sucedido.
Meses después, nació nuestro hijo al cual le pusimos por nombre Alejandro. Nuestra felicidad no podía ser mas completa. Al fin teníamos la dicha de ser padres. Alejandro era un niño hermoso y saludable, pero cuando tenía como unos 4 años, después de un chequeo de rutina, el Dr. nos llamo para darnos la noticia.
-Alejandro está grave Sra. Rogers- me dijo con preocupación- el niño tiene un problema en los riñones y necesita un transplante urgente, y si no lo tratamos a tiempo puede morir.
Me quedé sin habla, aquello no podía ser cierto, ¿cómo era posible que Dios me diera un hijo para quitármelo de esa forma tan cruel?. Sentí que el mundo se derrumbaba para mi. Alejandro fue internado en el hospital y comenzó un duro tratamiento de diális, en espera de un donante para su riñón. Los días en el hospital eran eternos, y el sufrimiento nuestro parecía no tener fin. Las horas de vida de mi hijo estaban contadas y si no aparecía ese donante, mi pequeño moriría.
Una noche, en que el niño se puso más grave, salí del cuarto del hospital rumbo a la capilla. Quería ir alli, para gritarle a Dios, para preguntarle, exigirle, pedirle una explicación de por qué me estaba haciendo ese sufrimiento. Llena de ira y dolor fui hacia la capilla del hospital, pero antes de llegar allí, sentí una voz dulce que me llamó.
-Hola querida, ¿cómo estas?
Me volteé y allí estaba ella, era la misma anciana dulce con la que hablé aquel día en el parque cuando mis esperanzas estaban perdidas. Me quedé mirándola con incredulidad, la anciana se acercó a mi y me tomó las manos. Mis lágrimas salieron a raudales y la abracé.
-Se muere mi hijo, se muere, ¿por qué Dios me ha hecho esto? ¿Por qué me dio mi hijo para quitármelo? ¿Dónde está la justicia de Dios?.
La anciana secó mis lágrimas y moviendo la cabeza negativamente me dijo.
-Ay hija mia, otra vez vuelves a caer, vuelves a perder la fe, confiando en la ciencia y no en la palabra de Dios. Hija mía, créeme que Dios no quiere verte sufrir, como te dije aquel día en el parque, tienes que tener fe, que un milagro puede suceder.
Me senté a su lado en la capilla y juntas rezamos, yo lloraba y ella me hablaba con sus palabras llenas de ternura que me fueron llenando de consuelo. Horas después, me acompañó hasta el cuarto de mi bebe. Pero al llegar al salón de las enfermeras, vimos un corre corre de médicos que entraban y salían del cuarto de mi hijo, asustada corrí alli olvidándome de ella, una de las enfermeras se me acercó feliz.
-Sra. Rogers tenemos el donante para Alejandrito, hay que operarlo de inmediato, ha sucedido un milagro, Sra. Rogers, un milagro.
Llena de felicidad corrí hacia la entrada del waiting room donde debía esperar el resultado de la operación. La anciana se sentó a mi lado y me dijo con una sonrisa:
-Ves querida, los milagros suceden, ahora sólo hay que tener fe.
Por horas estuvo allí a mi lado, esperando el resultado de la cirugía y consolándome. Por fin, el médico salio y con una sonrisa me dijo que todo estaba bien. Mi hijo estaba fuera de peligro.
Cuando entre al cuarto y vi a mi hijito vivo, me llene de emoción, estaba feliz, segura de que Dios me había escuchado. Busqué a la anciana para darle la noticia mas no la hallé, y por más que pregunté por ella, nadie supo decirme donde estaba. Las enfermeras me aseguraban que no habían visto a nadie junto a mi en el waiting room del hospital, lo cuál me parecía increible, pues yo estaba segura que ella estaba a mi lado.
En fin, pocos dias despues mi hijo salió sano y salvo del hospital, gozando de buena salud.
Meses después, sufrí una apendicitis y tuve que ser intervenida de urgencias. En la cama del hospital mientras me recuperaba, vi la anciana, pero esta vez vestia de un traje blanco y radiaba mucha luz. La mire incrédula.
-¿Has muerto? pregunté creyendo que era un fantasma.
Ella sonrió y me dijo:
-Mi niña, mi niña querida, no me reconoces, soy tu angel de la guarda, y estoy siempre junto a ti para velarte y cuidarte, y también para demostrarte que los milagros si existen.
Y con esas palabras desapareció. Desde ese día, nunca más he dudado de que en la vida por muy dificil que sean las cosas, y muy nefastos que sean los resultados que la ciencia nos de, siempre debemos tener fe, confianza y esperar. Porque allá, en lo más remoto de un cielo está Dios, que nos envía ángeles para que nos cuiden y nos ensenen a creer en que con fe todo es posible. Los milagros existen, nunca lo olviden.
|
¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario aquí
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado. Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)
|
|