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Almuerzo familliar

Matias. Olivares. Gazitua


(56 puntos / 17 votos)


No importa. Tengo el tiempo del mundo para pensar con detalle lo que estoy hablando. Sostengo mi opinión sin importar lo que dirán en la casa, en la calle, los nuevos vecinos, en el restaurante de don Manuel Rodríguez, a la salida de la iglesia, o en la mesa, sentado al lado de María dolores colocando buena cara, como si fuera lo más entretenido de la naturaleza estar con ella. Detesto la comida hipócrita. La misma madera de caoba cuadrada longeva hasta más no poder, se ha llevado generaciones enteras incluyendo el mal carácter de mi padre. ¡Dile a Marcela que se vaya a la mierda!...
Fueron sus palabras…
El escritorio, tenía una amplia vista hacia un patio de espaldas al domicilio, gracias a la ampliación que el difunto aplicó años atrás con la venta de los Dobermann. Sentados, estábamos cuando se internó a mi lado. Su apariencia era el de una señorita, a pesar de haberse criado en el campo con ocho hermanos, y una mujer. Su pelo deslavado, vivía teñido a rubio, su piel, una constante nube blanca amarillenta, sobretodo cuando el sol entraba violentado por la ventana, y le daba en su rostro. Tenía un insondable azul en sus ojos, decían que un ermitaño se los había regalado al nacer, pero se defendía diciendo que su abuelo materno era el responsable de su bella faz. Sin embargo yo le daba la razón casi siempre, disfrutaba de su buen carácter, además de tener pupilas azuladas, guardaba dentro de su blusa, unas tetas espectaculares. La misma situación se daba todos los sábados a la hora del almuerzo, servían los platos a la redonda, y siempre comenzaban por el frente. María Dolores, y el que habla, esperábamos que dieran la vuelta atendiendo al resto de los invitados, mientras pedían un vaso de vino, pan picado, condimento para la ensalada del tío Juan, bebidas para los más chicos,(nunca faltan en la mesa), que ábrete el casillero del diablo porque no dejen la botella vacía, y tengan para la tarde, y cosas por el estilo, demorando más de lo debido según mi forma de pensar, y de mi acompañanta. Por lo menos cuarenta minutos de espera, lograron que me enterara que ella no llevaba puesto su corpiño ésa tarde, ya que en las últimas semanas no había respetado la dieta de la luna que hacía con Sandra su hermanastra, e inevitablemente los gramos se acumulaban en su delantera. La empleada estaba sirviendo en lo más íntimo de la conversación. Me hice a un lado. ¡Deja tranquila a ésa niña! –Reclamó, mi madre-
La dueña, tenía una personalidad abierta, sincera, y espontanea con todos. Según cuentan, esos mismos rasgos psicológicos fueron los que cautivaron a mi padre. En el ambiente que fuera, y si la situación lo ameritaba, decía frases incontestables porque no soportaba quedarse con nada adentro. ¡Sin vergüenza, la tienes toda caliente!... –No me hagas caso… conoces mi lengua… ¡Pero no dejes que se aproveche!... ¿Eh? –No señora- Ésa tarde tomamos vino como excomulgados, los pómulos de mi compañera estaban igual que su nariz, y los ojos le brillaban como perlas zafiro bajo un calentador. La verdad de todo es que nada parecía distinto, una sensible costumbre fomentada por mis padres. Sentarse un sábado con toda la familia reunida, en teoría sonaba bien, pero hoy no se porqué, las copas me habían sobrepasado un poquito. Dolores, para hacer su nombre corto, tenía tiempo en esto, todos la apreciaban mucho. Es buena niña dijo en vida el difunto, descubrió que era perfecta para mí, y también decía que hallar a alguien que entendiera mis pensamientos era; ¡Más difícil que la concha de mi madre! (textual), y mis hermanos opinaban lo mismo, nadie en ésta casa se atrevía a tener una opinión contraria. Conversamos todo lo que nunca habíamos hablado. A sus veinticuatro, soñaba en formar una familia numerosa, porque ese era el ejemplo que había recibido de su prole, tal y como ellos lo habían hecho. Yo también hablé con la verdad en las manos. Le comenté que nunca he pensado tener familia, no me gustan los cabros chicos, son muy pelusas, no tengo paciencia. –Le expliqué- Además, soy joven para encerrarme en un amor, y tener que responder a una mujer sacramentada. Cuántas veces vi a mi padre afligido con la dueña, y otras tantas soñando en los senos de otras hembras del sector. Dirán que soy canalla, pero, su presencia en la mesa me parecía indiferente en todo el sentido de la palabra. Comenté que su cabello esponjado me producía nauseas porque sabía que su color no era natural, su piel joven y tersa, me chocaba que fuera tan recontra blanca, y le pedí, y le aconsejé, que vistiera más provocativa, porque parecía vieja cartuja haciéndose la tonta de que nunca en toda su vida, lo probó. Pero todavía puedes comenzar a caminar sincera por las calles, -Añadí- (no quitaba la vista de encima), tienes dones naturales con los que te puedes desenvolver. Continuando con ésta verdad, y al ver su expresión, reconocí sentados en un sofá grande, que su rostro como decía su abuelo, lucía más bello ésta tarde. La idea de tomarse el pelo después que nos levantamos todos de la mesa, había sido buena, y coqueta, y si antes lo había repetido con la mente ocupada en otras cosas, no me había dado cuenta de ello. Todavía quería preguntarle algo que siempre me había llamado la atención en ésta mujer de campo, pero opté dejarlo para más tarde. Le ofrecí más vino a la señorita. Aceptó. Preguntó si no era inconveniente quitarse el sweater ya que hacía calor en el ambiente. Luego de ordenar mis pensamientos, insistí en la franqueza con ella. En realidad, pensándolo bien, tenía una mirada amante. Escuchaba atenta lo que le decía, y buscaba algo en mí, pero no estaba en mis palabras, quizás un sentimiento, no lo sé. De manera inesperada, en plena conversación, me dijo que le gustaba mi voz, pero siempre había temido decirlo. Le respondí que me gustaba su sinceridad, y las mujeres así, tenían valor para mí. Quise que escuchara con atención lo que tenía que decir. En todo mi existir, había visto azules, tan azules como su par de iris, cada tinta de sus ojos, me tenía absolutamente cautivado desde la hora de almuerzo. De seguir ésta situación, me vería obligado abrazarme sobre ella, y quitarle la ropa con la lengua, y pegar un grito pidiéndoles a los demás que no interrumpieran, porque estábamos recalientes sobre el sofá. Expresé, una y otra vez, que poseía los pezones más exquisitos que haya acariciado hasta este momento, después de almorzar. Una masa enorme holgaba en mis manos. La tuve desnuda frente a mí. Hice lo mismo. Primero nos besamos, y asimilé todo el buen gusto del vino mezclado en su boca. Después, descubrí el verdadero sabor de su lengua rabiosa. Me puse sobre ella, y nos quedamos pegados buen rato como perros felices todo momento. Después, tomó las riendas de la cuestión. Cariñosa la mujer…
Más tarde, para evitar comentarios, nos vestimos, y nos quedamos abrazados recordando. La dueña nos ofreció agua mineral. ¡Sirve para apagar las llamas! –Dijo-. Después, los rostros retomaron su normalidad, y Dolores volvió a ser una nube blanca del cielo. Su pelo desatado, y descolorido tomó forma grotesca, y de nuevo sentí nauseas. Si no fuera por las imágenes, le hubiese pedido que se marchara, que no pensara volver, a no ser que se emperifollara diferente, y no ocupara ropa con olor a naftalina. Sin embargo, al revivir su cuerpo desnudo, no pude resistir acercar las manos a sus senos. Entonces recordé que hace un rato le quise hacer una pregunta. Una duda me tenía atrapado. Desde hace tiempo realizamos encuentros familiares los días sábados. Según la tradición, las sillas están ordenadas de mayor a menor, y si alguien respetaba ése mandato dicho por el dueño, éramos nosotros. Formas parte de esta familia, lo dicen todos, pero insistías sentarte a mi lado sabiendo que te rechazaba, hasta hoy; ¿Por qué?... Su mirada se posó distraída, y luego, retomó la conversación con dificultad. Arregló los botones de la blusa, y apretó su cinturón. Lo que dices es cierto. Cada año viniendo a tu casa desde que era niña, hasta convertirme en mujer, y tú en adolescente. Lo de la ropa, tenía que ser peculiar, y entiendo que no te guste mi pelo, a mí tampoco. Pero el dueño te conocía bien. Antes de morir, pidió solemnemente que me encargara del último marginado de la mesa. Así lo haré…



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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2008-09-17 16:51:24
Nombre: paula
email: clarialecami@hotmail.com
Comentario: Esta muy bueno el cuento,pero me confunden los signos d puntuacion...y lo mas importante,y esto es x lo tonta que soy...ellos se conosen desde niños,pero que son?vecionos? porque como estan en "la mesa familiar" no entinedo! Pero esta bien!



Fecha: 2008-06-10 16:09:47
Nombre: alcira
email: ala.rita@hotmail.com
Comentario: Me gusta mucho el tema y la forma de abordarlo. El ambiente está muy bien conseguido.Sólo modificaría la puntuación; a mí, al menos, me confunde. Tiene originalidad y ambiente. Como soy argentina me sorprenden las expresiones localistas.


Fecha: 2007-08-21 15:11:09
Nombre: john
email: decapado33@yahoo.es
Comentario: tu cuento es muy bueno, me gusto, me gustaria tener contacto con usted, ademas chile es un país precioso, ami me gusto yo estuve en arika