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Abnegación de un misionero

Fernando Puma Aguilar


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Después de suculenta comida al mediodía, viene como pedrada en ojo de boticario la consabida siesta que ningún hijo del seráfico san Francisco de Asís, de prior a lego, perdona suceda lo que suceda.
Quitad al fraile su siesta, y cuidadito con los coscorrones y tirones de oreja que no se dejan esperar mucho, poniendo a estos más finos que fino provil.
Es tal la universidad de esta patriarcal costumbre, bajo pena de excomunión mayor, por los ritos o estatutos de la Orden.
Ahora vamos al cuento:
Precisamente se dispone nuestro protagonista a echar su buen capítulo, arrojando los hábitos a un rincón, cuando llaman muy quedo a la puerta de su celda.
-¡Quién va!, grita malhumorado abriéndola.
-Aurabe pá taita (como está, en guaraní), le saludan dos indios jóvenes, macho y hembra. Se aventuran tímidamente a penetrar en ella, en vista de la cara feroce que les pone el taita.
-¡Eh badulaques!, qué quieren, déjenme descansar. Anoche los casé y los suponía tomando chicha en su casa y muy contentos con el matrimonio. Con que... afuera muchachos.
-Ani pecuá lazo (no padre, no me voy). Yo no puedo cumplir tu sacramento. Naponay taita. Vos güeno, enseñarme pues.
-¡Per la madona! Oye bestia, eso no se enseña nunca, se aprende por instinto, procura nomás hijo con paciencia, que ya te resultará. Guta cavat lapidem. Además, recién he comido... y así no va bien la cosa. Ea, arréglatelas como puedas y márchense, que se pasa la hora de la siesta.
Pero tanto insistió el indio que al fin, movido a compasión, el cura tuvo que darle una lección práctica, sobre tablas como se dice y los despidió.
Al franquear la puerta los detuvo diciéndoles:
-Ven acá hijo. Miren, la lección que les he dado ha sido muy a la ligera y puede que se les olvide antes de que lleguen a su casa. Ustedes son muy desmemoriados. Voy a repetirla con más calma y fíjense bien.
(.............................................................................)
-Abuyé, abuyé taita (bueno, bueno padre). Y se fueron los indios más contentos que unas pascuas.
-¡Oh cuánta abnegación y sacrificio se requiere para convertir y civilizar a estos neófitos y sufrir sus impertinencias!, exclamó satisfecho el maestro; acto seguido se tiró en su hamaca, quedándose dormido.



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