La casa de mi nona Luisa. Otros cuentos


La casa de mi nona Luisa

Autor: Raúl Lelli

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Cuento publicado el 25 de Junio de 2010


Vaya a saber porqué, pero en estos últimos días tuve que pasar varias veces por el frente de la que fue la casa de mi abuela Luisa.
El barrio a cambiado, aunque no mucho y la mayoría de sus casas originales todas del mil ochocientos aún están de pié como orgullosas de una época en que se construía con calidad.

La vieja casa tiene el frente revestido de una piedra verde, trabajada como mármol, pero más parece granito y cubre desde el suelo hasta la mitad de la fachada.
Hay tres aberturas principales, la ventana que perteneció al estudio de tío Emilio, la puerta principal y el portón de cuatro hojas de un importante garage confeccionados en chapa muy gruesa que aún conservan su pintura gris.
En la planta alta, un balcón en semicírculo es adornado por un macetero que quizá guarde en sus entrañas las raíces de aquella planta de albahaca que tanto me gustaba tocar en las mañanas y ella como agradecida dejaba salir ese perfume penetrante que me remontaba al campo de los tíos Janos, como solíamos decirle al hermano de la Nona y a su esposa Emma.
Cierro los ojos y me parece ver a la Nona Luisa, así le gustaba ser nombrada, enfundada en un pañuelo azul con lunares pequeños y blancos en la cabeza, dejando relucir esos ojos que escondían como en un secreto dos diademas de esmeraldas por su color verde intenso.
Si agudizo el oído, puedo escuchar sus pasos al transitar por la escalera de mármol blanco para ir a la terraza a buscar la ropa que está seca y de paso darle de comer a las gallinas pues en una hora se pondrá el sol y ellas se acurrucarán en sus nidos esperando el nuevo día, pues don gallo da turnos muy temprano y no es cuestión de quedarse sin consulta.
De pasada controla la temperatura del horno de barro y sabe por su experiencia, que falta muy poquito para que el pan casero esté listo, y con su voz aflautada llama a una de mis primas, su nieta más grande, la que ya tiene catorce, y le dice que traiga los manteles del pan para recogerlos y llevarlos a la cocina.
Un estrepitoso bocinazo me trae a la realidad y es que estoy mal estacionado, pero algo me pide que no me vaya que falta algo por saber y me detengo haciendo marcha atrás y acomodando mi vehículo de manera de poder ver en primer plano aquella hermosa casa.
No demoro ni un segundo en entrar en clima, cuando la voz de mi nonita me llama para que le alcance el tarro con el maíz para las gallinas y como estoy jugando a los Cow Boys con el Llanero Solitario, le digo que me espere junto a unas rocas que allí estará a salvo hasta que regrese y que de paso traeré más balas para matar tantos indios como podamos.
Caminar sobre el piso de la terraza es todo un vértigo, pues pueden verse todos y cada uno de los techos del barrio ya que la casa de mi Nona es la más alta y me deleito dándole de comer a las gallinas que agradecidas cucuruchean con una voz silenciosa y pausada; la misma que usan cuando buscan de dormirse, como el murmullo de una canción de cuna milenaria.
Me apoyo en la baranda de material que da al patio principal y unos metros más abajo está aquella parra hermosa cargada de sus frutos que parecen envases de miel por lo dulce de su jugo y su perfume atrae a las abejas que en algún lugar del vecindario tienen su colmena.

La noche va cayendo y escucho las voces de mi Nona, con mis primas a quien instruye a cada momento con enseñanzas del hogar, la ropa y la comida.
Desde la cocina se escapan esos olorcitos únicos; las milanesas rebozadas con pan y queso rallado y el perejil recién cortado con el ajo picado, que le dan ese “no se qué” que terminará con la vida de mis glándulas salivales al contraerse tan de prisa cuando al primer bocado lo unto con savora y se acomoda en mi boca regalándome todos sus manjares, mientras esperan su ejecución un huevo frito y unas crujientes papas bastón.
Era la cena prometida y ella siempre cumplía con sus mimos.
La tarde se escapa y una luz se enciende en su interior que alcanzo a divisar por un visillo de la puerta principal y podría jurar que es una cortina que dejó la abuela antes de morir ya hace más de treinta años.
Ante mi sorpresa la puerta se abre y una nena de no más de trece años se asoma como si buscara a alguien que está por llegar y tengo ganas de pedirle permiso para ver la casa por dentro, para ver si está igual, pues mi corazón me lo exige.
Abro la ventanilla y le digo: - ¡disculpame, ¿vives aquí? y me responde que si, y entonces arremeto y sigo: ¿están tus padres?, a lo que contesta que su mamá, entonces me envalentono y le digo: - cuando era chiquito, ésta era la casa de mi Nona Luisa; ¿le preguntás a tu mamá si me deja pasar aunque sea al patio principal?
La joven hizo un gesto de aprobación con la cabeza y fue para adentro de la casa y al cabo de unos minutos apareció con su mamá.
Inmediatamente me bajé del auto, me presenté y le conté que la parte más hermosa de mi niñez la había pasado en esta casa y si me dejaría pasar a ver el patio.
Felizmente la señora aceptó y cuando traspuse la puerta cancel encontré un mundo desconocido, los pisos no eran los mismos, ni los muebles tampoco; ya no existía más la puerta que comunicaba el garage con el recibidor y cuando llegué al patio se me partió el corazón al verlo lleno de flores, gomeros, geranios y luces especiales y donde antes era todo parra, ahora era cielo abierto.
Quedé mudo y cuando recobré el habla le pregunté por la parra y me dijo: - la hice sacar cuando nos mudamos, era muy dulce y atraía tantas abejas que le tuve miedo por los chicos.
No tenía nada para decirle que no fuera una grosería, pero era su casa y ya no más de mi Nona Luisa, cuando en aquel cretino remate subastaron sus cosas a causa de los herederos enemistados por la codicia.
Con suma educación le agradecí y me retiré con un nudo en la garganta.
Cuando la mujer cerró la puerta, sentí que su mirada me acompañaba desde atrás del vidrio y por el costado del visillo, pues se había dado cuenta de la pena que me había dado la ausencia de aquella parra.
El olor de la noche se acomodó en el ambiente y entre las sombras de la vieja arboleda de fresnos me pareció ver a la Nona Luisa con la bolsa del pan como si viniera del almacén de los Lutri y al llegar a la luz, su rostro hermoso y sus ojos verdes me encandilaron el alma; ella me arrojó un beso con la mano y atravesó la puerta sin abrirla.
Seguramente pasó para decirme que por más que no esté viva, esta sigue siendo su casa y con un nudo en la garganta y con dos lagrimones inmensos que se suicidaron en mi camisa estiré mi mano para saludarla.
Puse mi vehículo en marcha y mientras avanzaba le pedí a Dios que el día que me lleve, le diga a mi Nona Luisa que venga a buscarme.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2010-06-26 07:51:29
Nombre: Antonio
Comentario: Muy buen relato. Lo felicito.


Fecha: 2010-06-25 15:23:54
Nombre: Raúl Lelli
Comentario: Te comento Hugo que el relato es totalmente ficticio, pero no por ello carece de vida. Creo que cuando un escriba, logra hacerle creer al lector la historia ya está consumado el acto, más allá que esté bien escrito o no.
En lo personal trato de divertirme y disfrutar de la escritura, sin atormentarme por la técnica y la elevación de grandes escribas, pues ante este mundo lleno de arquitectos de la pluma, me sé un humilde albañil de la birome. Gracias a todos por el tiempo dispensado a mi relato y por tan lindos comentarios. Raúl Lelli


Fecha: 2010-06-25 13:32:35
Nombre: Hugo Domínguez
Comentario: Hola Raul
No me caben dudas que es un relato real basado en tu niñez, y en el caso de que no sea así aplaudo tu imaginación.
Yo no quiero pasar por ese momento en el cual reconoces el cambio de la casa gracias a la amabilidad de la dueña de casa. Por eso cuando paso por la casa que me vió nacer, y por la casa de mis abuelos que para mí era una selva, la miro de afuera, sonrio recordando aquellos años y sigo sin parar.
Cordiales saludos.


Fecha: 2010-06-25 10:55:44
Nombre: Tomi
Comentario: ¡Qué bonito y entrañable! Y es cierto que los escenarios de antes vuelven a nuestra mente tal y cómo los recordamos, sobre todo si los recuerdos son buenos. Me ha encantado.


Fecha: 2010-06-25 08:12:42
Nombre: Carmen
Comentario: ¡Qué bello y nostalgioso relato! La descripción es tan vívida que invita a participar de un día en la casa de la Nona Luisa. El tiempo lo cambia todo y perfecciona los recuerdos de una época feliz. Algunas veces es preferible no confrontarlos con la realidad. Me gustó mucho.