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Dígame Roberto

Alejandro Daniel Mayoral


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Maldini del otro lado, como una sombra que acecha, una pesadilla o un muñeco diabólico. Aquí Sonia, conmigo, atravesados los dos por el mismo escalofrío, pescados in fragantti, a punto de almorzar. Ahora descalzos para no hacer ruido, desconcertados, sorprendidos pero no tanto porque se veía venir. Mi ojo pegado al visor de la puerta.
-¿Y? ¿Se va o se queda? -pregunta Sonia.
-Esperá un poco. Recién llega. ¿Qué querés?
-¡No se te ocurra abrirle! –me grita en voz baja.
De nuevo el dedo arrugado de Maldini en el timbre y la descarga nos sacude, nos eriza la piel. La miro sugestivamente.
-No –dice-, no lo podría soportar.
-Esto así no va –contesto-; algo hay que hacer...y yo sé qué.
Del otro lado Maldini, mirando el reloj, yendo de un lado a otro, golpeteando nerviosamente en su portafolios.
-A ver si te ve –me dice Sonia.
-¿Desde afuera? Imposible.
-A ver si nos oye –agrega
-Tonta. Dejá de darte manija, ¿querés?
Nosotros acá, esperando. Y la comida que se habrá enfriado. Tenemos todo el tiempo del mundo; él parece que también.
-No se va más, la puta madre
-Ya vamos a ver quién gana –le digo.
-¿Qué pensás hacer?
-Vos, hacelo pasar, nada más ¿ok?
-¿Estás loco? ¿Y después qué?
-Lo recibís así, envuelta en esa toalla: te estabas bañando, por eso no escuchabas el timbre. Lo demás, dejámelo a mí.
-Cuando no hay, no hay, Polo –dice-. ¿Qué va’ser? Además, no es el único...¿a cuántos más tenemos con el aliento en la nuca?
-Por eso, hacelo pasar, y por el resto no te preocupes.
-Siete meses son muchos –argumenta, tratando de convencerme-. ¿No te das cuenta? Es impagable, gordo...
-¡Carajo! –grito en voz baja, y el golpe de la mano sacude la mesita: un portarretrato vuela por los aires, un vidrio estalla-.
Maldini del otro lado: imagino el sobresalto, su cara ajada y ridícula al abrirse la puerta, al verla así.
-Desde el baño no escuchaba -se justifica Sonia-. No, Polo no está. –improvisa-, hoy vuelve tarde. Pase igual, Maldini.
-No –dice él-, café no tomo ¿recuerda? Ahora, si fuera un tecito...aceptaría.
Ella así, haciendo el papel de tonta que tan bien le sale, acomodándose la toalla cada tanto; él sin sacarle los ojos de encima, como la vez pasada (“hoy vino a cobrar. No dejaba de mirarme, el viejo, sobre todo las tetas: una risa”).
Yo acá, incómodamente parapetado detrás de la puerta. Frente a mí, como un destino obligado, el armario abierto: se me da por curiosear mientras, de fondo, hay ruido de cucharitas. Un viejo impermeable de mi abuelo, una radio descompuesta y sin perillas (me pregunto para qué carajo la guardo), el destornillador gris que no encontraba. Y ese martillo un poco torcido de golpear el frente de los bancos, allá por marzo, cuando el corralito financiero. Si habrás hecho desastres, le digo al tomarlo.

-Pasa que son muchos meses, Sonia –explica Maldini-. No se trata de apretarlos pero, ya esperé demasiado y ni siquiera recibo una explicación satisfactoria. Dígame, ¿qué tengo que hacer?
-No, Ud. dígame qué puedo hacer yo para satisfacerlo…
Un silencio, un necesario instante para pensar qué decir porque del próximo comentario puede depender el curso de los hechos.
-Estoy cobrando con mucho atraso –continúa Sonia-. Además, Ud. sabe, no manejo cheques y la tarjeta de crédito nos la cerraron por falta de pago. Es una situación que...la verdad...
La mirada risueña de Maldini, atento al relato, saboreando placenteramente su té, chasqueando un poco los labios. De pronto suelta una risita, como distendido o seductor o falluto o todo eso junto.
-Ay, ay, ay –dice sin perder la sonrisa-. Qué más querría yo que condonarle la deuda.
-¿Condonar? –dice Sonia sin disimular el asombro.
-Si, si: hacer de cuenta que aquí no pasó nada, volver a cero. No me mire así. Es algo...posible. En última instancia, es como todo en la vida: cuestión de proponérselo, buena voluntad. Con buena voluntad, decía mi padre, se solucionan muchas cosas.
-Su padre, ¿era de ...condonar deudas, Maldini?
-Yo supongo que sí –se sonrie-. Claro, esto sería algo ...entre Ud. y yo.
-No sé –dice Sonia-, Ud. siempre me confunde. No se sabe cuándo habla en serio y cuándo no. ¿Más té?
-Bueno, le sale tan rico...
Una corriente de aire entreabre apenas la puerta, y esa rendija es suficiente para ver la mano arrugada que urga el portafolios, extrae un montón de recibos firmados y luego se posa en la mano de Sonia.
-Por favor, no se confunda. Hablo bien en serio. Es la primera vez en muchos años que alguien me entusiasma. Ud. es diferente y...a mi edad...
-Pero, Maldini...-suelta Sonia cuando mira hacia la rendija, donde me intuye, donde sopeso el martillo y ensayo simulacros-. Ud. tiene una esposa...
-...Que está muy enferma desde hace seis años –completa, colocando los recibos en la mesa, uno sobre otro-: ya no sabe quién soy la pobre. Y yo, Sonia, no pido mucho –dice, mirándola a los ojos-, o mejor dicho, nada: le propongo algo que es de mutua conveniencia, entre Ud. y yo. Alegrarle un poco la vida a este viejo no es tan tremendo, después de todo ¿o sí?
-Yo nunca tuve nada qué decir de Ud., Maldini, al contrario...
-Ni tendrá, Sonia. (Dígame Roberto) Siempre la traté con respeto: con más razón ahora. Soy hombre reservado y muy discreto, eso se nota. De mi boca no saldrá nada que a Ud...
-No sé qué decir, Roberto –suelta ella buscando una señal detrás de la puerta-, todo esto me toma por sorpresa y..
-Yo sé que la propuesta es tentadora, y eso me alegra, porque Ud. obtendrá un beneficio muy grande: una tranquilidad económica, que la necesita, y cómo.
-No quisiera que Ud. piense...
-No pienso nada, créame. La comprendo perfectamente, es más, yo en su lugar haría lo mismo, sin dudarlo.
-Ud. se refiere a que entonces... –esboza Sonia, un poco turbada, y tal vez por eso, un descuido, o simplemente los nervios, el toallón resbala hasta las manos de él, que alcanza a abarajarlo en el aire.
Durante esos segundos casi eternos su mirada la recorre una y otra vez y un silencio espeso, solo alterado por el sonido de las respiraciones se apodera de la sala.
Antes de pasar al dormitorio, busca mis ojos por última vez en ese pequeño espacio entre la puerta y el marco. Luego el ruido seco del toallón sobre el piso, los pasos presurosos que van y, del otro lado, una mano cerrando la puerta con cuidado, guardando el martillo en el armario, archivando una pila de recibos.



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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2010-04-12 21:00:18
Nombre: Monica
email: monicaparrondo@hotmail.com
Comentario: Cada quien toma sus decisiones: ser una victima, ser un complice, ser un aprovechador. Todos arman sus papeles para una misma accion.



Fecha: 2010-03-29 05:44:29
Nombre: Carmen
email: cardel.ret@gmail.com
Comentario: Un cuento que muestra la sordidez premeditada del hombre y el sacrificio pasivo de la mujer. Deja un sabor amargo.


Fecha: 2010-03-29 05:42:39
Nombre: Carmen
email: cardel.ret@gmail.com
Comentario: Un cuento que desnuda la sordidez premeditada del personaje masculino y el sacrificio pasivo de la mujer. Deja un sabor amargo.