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El Pulgar

Fernando Alcides Rossi


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Hora incierta la de aquella mañana. Al abrir los ojos, la luz cegadora de los rayos del sol ingresaban por la ventana, opacando las retinas. El desperezar se hacía largo, eterno, de nunca terminar y las sabanas estaban acogedoras, implacables al retenerme y yo sin ánimo de saltar y salir de allí. Palpe a los lados antes de mirar y ella ya no estaba, se había levantado y fue en ese instante, en la somnolencia de la mañana cuando escuché los pasos cansinos por la cocina, pesados, como arrastrando algo. Desde la ubicación en que me hallaba puede verla, la puerta entreabierta y ella allí, de pié frente a la mesada, acomodando los utensillos, tranquila, parsimoniosa en su andar, con esos movimientos seguros y firmes de alguien que entiende lo que está haciendo, que conoce su oficio. Todo se desarrollaba mágicamente ante mis ojos, cada movimiento, cada suspiro, el tomar la taza, la cuchara. Pero imprevistamente y rompiendo la magia de los movimientos elásticos, su brazo derecho se extendió hacia arriba, abriendo la pequeña puerta de la alacena color café que pendía de la pared, y ahí me di cuenta, algo andaba mal, su brazo izquierdo, el que tanto utilizara y que estaba bajo la manga del buzo blanco con vivos negros, se hallaba recogido sobre su pecho, no pudiéndose ver la mano, y mil ideas se me cruzaron por la memoria, ya despabilada, despierta, atenta a cada movimiento y efectivamente, algo estaba sucediendo, había nervios, una o varias pequeñas crisis que se desarrollaban en ese instante. Quizas el recuerdo lejano de sus seres queridos, quizas esa soledad de la mañana, pero de algo estaba seguro, el día había comenzado mal ya que al terminar con la alacena y al darse vuelta, pude observarla detenidamente, y mientras tenía el brazo izquierdo cruzado hacia arriba, sobre su pecho, el pulgar, estaba dentro de su boca.-



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