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Un día de tantos

Manuel Mora


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Mientras Lucía estaba en el baño, Ricardo aprovechó para vestirse de prisa. Se sentó en la cama junto al buró y se sirvió en un vaso de plástico lo que quedaba de una botella de vino tinto, lo bebió de dos tragos y encendió el televisor, el cual sólo tenía dos canales disponibles; uno pornográfico y otro de noticias. Decidió ver el noticiero en el cual aparecían los incrementos en la Ciudad de México de los índices de secuestros y de asesinatos por narcotráfico. Estaba atento a las noticias cuando salió Lucía del baño con el cuerpo envuelto con una toalla y la cabeza con otra.

Ricardo la miró con enojo y le pidió que se apurara, a lo que Lucía no hizo mucho caso y con toda calma se sentó también en la cama y empezó a frotar su cabello con la toalla que traía en la cabeza. Él se paró y comenzó a recoger furioso la ropa que se encontraba regada por todo el cuarto, se la aventó sobre la cama y le volvió a insistir que se diera prisa ya que se estaba haciendo tarde.

Lucía comenzó a vestirse lentamente y sonrió, lo que molestó más a Ricardo, le exigió una respuesta al porqué de su alegría, ella lo miró, permaneció en silencio unos instantes, después suspiró y le dijo:

− Te tengo que dar una noticia, pero, no sé cómo la vayas a tomar.

− De qué se trata, dímelo de una buena vez.

− Tengo dos meses de embarazo.

−¿Qué dices? ¡Estás loca! ¡No puede ser!

−Es en serio. –Y acercándose Lucía a una mesita donde estaba su bolso, extrajo de él un sobre y se lo dio a Ricardo, este lo tomó, sacó la hoja que venía dentro y efectivamente eran los resultados positivos de una prueba de laboratorio. Apretujo el papel con sus manos y lo lanzó con furia contra la ventana.

−Te dije que te cuidaras y no lo hiciste, tú sabes que esto no es correcto, yo no puedo responsabilizarme de esa criatura. Tenemos que hacer algo para evitarlo.

−Yo no voy a hacer nada para interrumpir mi embarazo, quiero tenerlo. −Respondió enérgica Lucía.

−¡No lo vas a tener. Mañana mismo vamos a algún hospital para que abortes! −Resopló Ricardo.

−¡Si tú no lo quieres, yo sí y nada ni nadie impedirá que mi hijo venga a este mundo!

−Eso es lo que tú crees estúpida, nadie va a arruinar mi vida.

Y antes de que Lucía pudiera hacer nada, Ricardo la tomó por los hombros y la arrojó sobre la cama y en milésimas de segundos estaba sobre ella, apretándole el cuello fuertemente y no dejó de hacerlo hasta estar seguro de que estaba muerta. Salió del cuarto, bajó las escaleras del hotel y salió a toda prisa, perdiéndose entre la muchedumbre que caminaba por la calle.

Al día siguiente, domingo por la mañana y como cada semana, el sacerdote Ricardo oficiaba misa en su parroquia. Con la conciencia tranquila, pues su promesa de celibato estaba a salvo.



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