Las niñas que yo cagué. Otros cuentos


Las niñas que yo cagué

Autor: Josselita Hening

(3.62/5)
(76 puntos / 21 votos)


Cuento publicado el 25 de Junio de 2009


Oscurecía en el pueblo, mientras las gallinas dormitaban en el tapesco del corral, los perros ladraban hoscamente a todo aquel que pasara en el camino de la casa.
Dentro de la casucha desvencijada, apenas se advertía la tenue luz del fogón y entre las sombras deformadas se adivinaban las de una mujer encorvada, y asombrosamente delgada, sufría de artritis y acurrucada atizaba la leña para darse calor; la noche era fría y estrellada, en la esquina del fogón, inmóvil, taciturno e indiferente a los continuos lamentos de la vieja se encontraba un hombre de aspecto poco agradable y con voz ronca decía a la vieja que fuera por su manta, el frío era insoportable.

La vieja apenas y pudo levantarse, tenía los huesos de las coyunturas hechos polvo, se encaminó hacia la siguiente pieza de la habitación en busca de la manta del marido agrio que refunfuñaba al ver vacía su taza de café.
La mujer se lamentaba de los calambres y de que la luz se hubiera ido así nada más, de repente, como se fueron marchando cada una de sus nueve hijas.
En esa contemplación se encontraba, cuando palpando a ciegas halló la manta que le pedían y al volverse para dejársela al esposo la luz regresó y se vio reflejada en un pedazo de espejo que se hallaba empotrado al cartón de lo que alguna vez fue un ropero.
De súbito sintió la caída de los años en ella y escuchó en el fondo de la habitación contigua, un resoplido que demostraba enojo, después escuchó aquéllas palabras que llenas de ira decían: “qué haces mujer que no traes esa manta, mis canias están tiesas y tú atrás de esa puerta azareada, si al menos una de tus hijas se hubiera quedado en el rancho, pero no, las niñas que cagaste solo sirvieron pa darme llanto”
Ella recordaba esas palabras “las niñas que cagaste”, “mujer no sirves, pura niña cagas”, “otra vez con tus sonseras, cagaste niña desgraciada”….. ya no quiso recordar mas y cerró los ojos, dio vuelta al espejo y se dirigió al marido que impaciente venía ya en su busca.
Hubieron miradas encontradas, la mujer bajó la vista alargando la mano con la manta, pero el hombre cambió de parecer, ya no la quería, decidió calentarse los huesos golpeando sus carnes contra las de su mujer, del cuerpo de esta última no se distinguía queja, ni ruido, pero si un dolor profundo mientras era, prácticamente, untada al suelo y los golpes llovían torrencialmente sobre ella.

El se hartó dejándola en el piso, exánime, diciéndose a sí mismo lo bueno que era la vuelta de la luz pues esperaba una llamada de los estados, si, Amelia como sus ocho hermanas se encontraba en el norte y no regresarían al pueblo, se habían ido todas a ganar dinero porque por ser niñas no servían para arrear ganado, ni sembrar.
El hombre tomó el jarro y lo llenó de café, luego gruñó entre dientes y a gritos pidió de cenar, la mujer sintiéndose al borde de sus fuerzas, sacudió el polvo de su falda, arregló su mandil y fue al fogón con los ojos hinchados, la boca herida y los cabellos desaliñados a servirle de comer al hombre.
él le dijo: “habló mi Amelia va a llamar hoy, ya no tarda pa que me hable, le voy a pedir dinero, sí que me mande dinero y mucho porque necesitamos tragar y unos tiliches, además mi muchacho anda necesitado y como es lo único bueno que salió de entre esas niñas hay que cuidarlo.
La mujer sentía como el odio y la ira se levantaban a borbotones desde sus talones hacia arriba de su ser, cuando ese calor subía por sus brazos no lo soportó y terminó sacando del fogón uno de los leños ardientes, que sus manos apretaron con fuerza y dejó caer sobre la cabeza del marido.
Todo había sido tan rápido, que el hombre solo atinó a alejarse a gatas, mientras escuchaba horrorizado lo que su mujer le decía, “ahora si quieres a mis niñas ¿no?, las niñas que yo cagué y que tú mismo hiciste que se fueran del pueblo, esas niñitas que hoy te mantienen y tú tanto despreciaste.
La ira era insostenible, la mujer golpeó incontables veces al hombre, que absorto no reaccionaba a defenderse.
La luz volvió a fallar y la mujer dio fin a los golpes, ahora sentía las ampollas en las manos, miró hacia abajo, el hombre había dejado de existir, ya no se sentía que respirara y la cara tiznada le daba un aire herrumbroso como el del machete oxidado.
En esta contemplación se hallaba la mujer cuando la habitación se iluminó al regresar la luz.
No se arrepentía, por el contrario se hallaba satisfecha e inmensa y extrañamente feliz.
Sirvió café, se disponía a sentarse cuando…..
El teléfono rompió el silencio.
“las niñas que yo cagué” pensó, y una sonrisa dibujó entre sus labios.
“Las niñas que yo cagué” repitió y el teléfono dejó de sonar….

//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contraseña de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2009-09-02 16:58:34
Nombre: ROMAN ADRIAN
Comentario: ¿por que no hay comentarios en este cuento?

Me gusto mucho...
admiro los cuentos que plazman muy bien una realidad tan cotidiana...en este caso, la de mí México lido y querido!...

felicidades!