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Mi lugar en el tiempo

Ignacio Burgos


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Estoy en un campo lluvioso con mis botas llenas de fango oscuro pegado como si fuera una especie de cemento, mis pies se hunden en los charcos y me cuesta trabajo caminar, el clima es malo y empieza a hacer frío. Mi casa esta a pocos metros y veo como sale humo de la chimenea invitándome a entrar a un espacio cómodo y protegido. Toco la puerta y abre mi madre esperándome con felicidad de que llegué. Se cierra la puerta tras mío. Con el ruido me sobresalto y me doy cuenta que tengo la frente pegada a la ventana del bus mientras afuera llueve y todo se hace lento. En dos minutos recorrí veinte de mi infancia, recordé seres queridos y volví a sentir el aroma del campo. Todo esto me lleva a pensar en que el tiempo es relativo, no como lo diría un postulado de física, sino que según mi mente y el ambiente que me rodea.

Puedo tocar mi saxofón durante treinta segundos, pero al poner mis labios sobre la boquilla me siento transportado a un mundo sin tiempo, pero con una métrica establecida casi por Dios. Todo se me hace infinito pero a la vez claramente estructurado para pasear libremente por el tiempo como si fuera el dueño, y claro que lo soy. Estando sentado en el estudio es otra cosa, eso de arreglar tiempos y detalles con una serie de botones se me hace un trámite interminable, según mi opinión, no es necesario todo ese trabajo, pero el hombre tras del vidrio vive de eso y no lo dejará de hacer por mi simple capricho.


El escenario está listo, los instrumentos afinados en sus lugares, las butacas llenas de un público expectante, las luces bajan su intensidad para darme paso. Entro y la audiencia se pone de pie aplaudiendo sin parar como si estuvieran viendo a un santo en persona. Soy simplemente yo, un pobre negro que vive de y para su música, pero que en el último tiempo ha tenido que recurrir a ella para hacer dinero.
Me demoro dos minutos en estar listo para tocar, toco dos horas y cuarenta sin parar, pero para mi solo han pasado unos minutos desde que subí, para hacer sonar como a mí y a nadie mas le gusta el saxo. Esa manera de que todos esos metales que por si solos no sirven para nada trabajen juntos logrando sacar un sonido único y especial capaz de mover multitudes y quizás sus almas también.


Ya es tarde. Todo ha terminado bien. Me encuentro acostado en mi cama fumando el último cigarro que queda y tomando el ron barato que dejaron de regalo en mi pieza del hotel. Miro el techo y pienso en todo lo que paso hoy día, desde la ventana del bus hasta mi gran concierto, pero hay algo que me preocupa. Mañana tendré que vivir con el recuerdo de hoy día, pero hacer algo totalmente distinto para que el tiempo no haga de mi su muñeco y juegue conmigo. Es cierto que no se puede parar, pero cada uno elije como lo maneja y en que forma lo aprovecha, ya sea componiendo algún próximo éxito para mi saxo o durmiendo esperando el día que viene.



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