Los colores de Antonia. Otros cuentos


Los colores de Antonia

Autor: Jairo Higuita

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Cuento publicado el 23 de Mayo de 2008


Blanco
La primera vez que lo vió era un Martes y sobre la ciudad comenzaba a caer finos copos de nieve, las gentes iban de un lado a otro enfundadas en sus abrigos y gorros de lana apurados por tomar el tren, ella los observaba imaginando sus desconocidas vidas, para así entretener los largos y tediosos minutos que debía recorrer durante el regreso a casa. Pasó la mano sobre su uniforme de enfermera y observó a su compañero de asiento , lo saludó con un movimiento de cabeza, el joven de lentes redondos la miró con indiferencia y siguió inmerso en su lectura, no tardó el vagón en irse colmando de pasajeros, ella hizo un recorrido con su vista y entonces se topó con aquellos ojos, desde el extremo opuesto del vagón le llegó aquel calambre que la fulminó, atrapada en el embrujo de aquella mirada permaneció un espacio de tiempo sosteniendo esa comunicación no verbal con el dueño de tal encanto, el sonido del timbre del tren anunciando la partida la sacó de tal ensoñación y desvió su mirada nuevamente en el joven de lentes que estaba a su lado, que otra vez ni se inmutó en ella, con temor pero a la vez con una necesidad apremiante buscó en el tumulto aquellos ojos y nuevamente los encontró, se sintió turbada, un leve cosquilleo le corrió la espalda desde la nuca hasta la parte baja de la cintura, se sintió deliciosamente incómoda , pero otra vez se evadió, no se sentía con el arrojo inicial de sostener dicha mirada, clavó sus ojos en sus zapatos blancos, el pudor la tuvo amarrada así durante unos minutos hasta que la curiosidad la hizo enfrentar otra vez al dueño de aquellos ojos, no lo encontró, se sintió un poco frustrada y renegó de su estupidez, se consoló pensando que tal vez lo volvería a ver.


Verde
Había pasado una semana y ella mantenía firme la esperanza del re encuentro, buscaba en la cara de cada desconocido al causante de su desasosiego, esta vez fue ella quien ni siquiera se interesó por el joven de lentes que casi siempre y por pura casualidad le acompañaba en el tren, el amago de nevisca había quedado sólo en eso, la ciudad disfrutaba de un inesperado tiempo primaveral y sobre las mangas, jardines y bosques comenzaba a rebullir un manto de hierba fresca, ella, la ciudad y el tiempo parecía enloquecer, comenzó a juguetear con su anillo de esmeralda y supo que él ya estaba allí, no tuvo que mirarlo, se lo dijeron sus centenares de vellos que enhiestos parecían saludar al ansiado desconocido, otra vez vino la turbación como la vez primera, el aroma fuerte de una loción seca le avisó que lo tenía cerca, alzó la vista y allí estaba, trigueño, cejas pobladas, labios carnosos, mentón partido, treinta años tal vez y dos ojos verdosos en los cuales ella se sumergió lasciva y desnuda, el le sonrió y ella supo al instante que hacer, le respondió esta vez con una sonrisa amplia, generosa y provocadora, durante minutos se dieron al juego de atrapar miradas pagándola con sonrisas, él era un príncipe y ella una princesa, al llegar el instante del adiós aquellos ojos verdes la despidieron con el vehemente deseo del próximo encuentro.

Amarillo
No cabía duda, el tiempo había enloquecido, la ciudad ahora sufría las inclemencias de un sol canicular, los científicos y expertos culpaban al calentamiento global y ahora todos guardaban sacos y paraguas para lucir trajes mas frescos, otra semana había pasado desde aquel encuentro y ella moría por verlo otra vez, sabía en cual estación se subiría, otra vez miró a su vecino de lentes redondos y lo saludó, pero esta vez ni le importó si le respondía, estaba radiante, se sentía por encima de todo y el día radiante le parecía que era el marco adecuado a su sentir, cuando él ingresó al vagón fue ella quien lo saludó, se había hecho la promesa de ser mas arrojada, para ello decidió nunca más ir vestida con su uniforme de trabajo, se vistió con el trajecito de tiras que dejaba al descubierto sus hombros y asomaban la promesa de sus senos, él se sorprendió por su coquetería pero agradeció tal osadía acercándose a ella.
-Hola -le dijo, y fue esa voz recia otro eslabón que la encadenó a su deseo

-¿Cómo estás? -le respondió ella, mientras sus senos amenazaban con liberarse de la prisión de su sostén
-Hace calor, ¿no te parece?
-Mucho -dijo ella, juguetenado con su cadena de oro.
-¿Trabajas por aquí cerca?
-Sí, en el hospital -se apresuró a responder

Después siguió un rato de silencio antes de llagar a la estación en dónde el se bajaba.
-Hasta aquí llego yo, nos vemos
-Hasta luego, fue un placer -dijo ella, y él busco la salida
-¡Antonia! -Gritó ella
El volvió su mirada extrañado sin entender, y ella dijo
-Antonia, me llamo Antonia
El le correspondió con una sonrisa y le dijo
-Hasta pronto Antonia, hasta pronto

Azul
El cielo desnudo saludaba ese día, el vaivén del tiempo tenía a todos confundidos, cuando todos creían que el invierno llegaría un espléndido sol los sofocaba, cuando todos aligeraban sus trajes por el verano una improvisada lluvia o nevada los castigaba, ella optó entonces por siempre cargar su abrigo, el joven de lentes redondos también lo había hecho, esta vez fue él quien la saludo con un movimiento de cabeza y fue ella quien ahora no se interesó en responder, no lo necesitaba, se sentía hermosa, se había puesto una blusa celeste que hacia juego con sus pendientes agua marina, sacó el espejuelo de su bolso y se revisó su rostro.
-Hola Antonia -le dijo ojos verdes
-Hola, ¿Cómo has estado?
-Algo resfriado, ya sabes, esto del tiempo nos va a matar
-Cierto -dijo ella
-¿Me permites que te diga algo?
-Si, claro, dale
-Estás hermosa
-¿Cómo?
-Que estás hermosa Antonia
-Gracias
Antonia se sumergió en aquel océano que él le ofrecía, navegó entre las olas de aquellas frases cargadas de encanto, descubrió en aquel al príncipe azul por el que tanto había suspirado, supo que era un hombre soltero y afectuoso, hablaron de sus gustos y aficiones, del encanto mutuo por el mar y los atardeceres, del buen vino, la buena mesa y las noches sin luna, ella le alabó su inteligencia y su facilidad de palabra y el valoró su candor y naturalidad.
Se despidieron con risas y lágrimas como dos viejos amigos, le besó la mano y le dijo que pronto se verían, ella miró ese beso y cuando el se hubo marchado, besó ese beso recibido y agradeció a la vida y al tiempo por tan divino regalo, ni siquiera cayó en cuenta que aún no sabia su nombre.

Rojo
El inesperado verano había secado los nacientes matorrales convirtiéndolos en fácil combustible para las llamas, los incendios en los cerros que circundaban la ciudad pintaban el cielo de escarlata, los citadinos añadían ahora a su vestuario improvisados tapabocas para protegerse del molesto humo.
El joven de lentes saludó a Antonia y por vez primera le dirigió unas palabras
-Es una barbaridad lo de los incendios
-Sí –le dijo ella, intentando ser cortés pero a la vez distante
-¿Ya no eres enfermera?
-¿Cómo dices?
-Que si ya no eres enfermera, digo, como ya no te veo con el uniforme
-No, mintió ella, ya no lo soy
Y mintió por que no tenía ganas de seguir con aquella conversación, no fuera que él llegara y la viera conversando con otro, el entró al vagón e inmediatamente la buscó
-Hola Antonia
-Hola desconocido
El la miró con extrañeza pero al instante comprendió la ironía
-Fernando, me llamo Fernando
-Entonces, ¡Hola Fernando!
Y nuevamente se dieron al juego de palabras, miradas y sonrisas, él le obsequió una manzana que ella provocativamente mordió y luego convidó, también le dijo lo linda que estaba con ese traje púrpura, luego de un silencio incómodo que se sentía como presagio de algo más grande le dijo
-Antonia, ¿puedo preguntarte algo?
-Hazlo Fernando, por favor
El corazón trepidante se le salía por la boca, las manos se le bañaron en sudor cuando sintió su aliento calido que se acercaba al laberinto de su oído provocándole ese cosquilleo que le recorrió como un flash todas las autopistas de su cuerpo.
-¿Tienes novio?
-No, no , claro que no -Antonia le respondió eufórica
-No, Fernando, no tengo
Y mientras tanto pensaba, no mi amor, no lo tengo, sólo te tengo a ti, sólo existes tu, sólo tu
- Y entonces -dijo él- ¿El joven de lentes que va contigo no es tu prometido?
- No,por supuesto que no

Ella creyó que se partía por dentro, un incendio explotó en millones de llamaradas que prendieron fuegos en cada rescoldo de su cuerpo,se consumió en flamas que asomaron por sus turbados ojos y su boca se abrió dadivosa para contarle lo que tanto la consumía, ese fogonazo que ahora la quemaba allá detrás de los oídos, en la nuca, los senos, el talón y su sexo.

Negro y Epilogo
Fernando la miró con la misma alegría y tomándole las manos le inquirió de nuevo
-¿Estás segura?
-Segura, Fernando
Entonces el tiempo cambió nuevamente, en uno de esos bruscos giros el cielo se pobló de nubes, y una fuerte lluvia se derramó desde el cielo, Fernando apartó su mirada de Antonia y mirando al joven de lentes le dijo
-Hola, ¿Como te llamas?
Entonces Antonia que miró el cielo negro lo comprendió todo, de repente todo se había puesto de color rosa, muy rosa, demasiado rosa.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-05-30 10:10:10
Nombre: paula
Comentario: io e encontrado muy buen el cuento
y espero k todos los cuentos puedan ser igual.....