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Irene y el próximo teatro
Ketty Blanco
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Ese día Irene llegó poco antes del amanecer. Consultó el reloj; 5:31, lo hacía por rutina, poco le importaba a qué hora llegar, ni siquiera una rana la esperaría. Al tumbarse en la cama, miró de soslayo la foto que se hiciera años antes con un perro callejero, aquella imagen conservaba la ternura que ella había perdido. Fría llegó la noche en la que primera vez se acostó con alguien que no le gustaba, lo más repulsivo no fue que la penetrara, sino los besos pegajosos por todo su cuerpo y la lengua sucia dentro de su boca, estuvo llorando toda la mañana. Aquel día bajo la ducha se percató que nunca más sería la misma, junto a la espuma que caía al piso con los restos del tipo de la noche anterior, también caían despojos de su alma que no servirían para el oficio.
La muchacha movió la cabeza, no necesitaba recordar cosas desagradables. Intentó sustraerse, observó las paredes sin pintar y comenzó a dar forma a las imágenes abstractas que la humedad había tatuado en los muros, su diversión fue atropellada por lo que parecía un carro, el vehículo evocó los días donde los clientes deseaban sexo matutino, y al terminar, salía a tomar la guagua de regreso a casa, con la ropa de noche y su rostro a las claras decía que estuvo cabalgando. En ese momento hubiera querido desaparecer, volverse invisible. Pero el tiempo todo lo cura, ya le importaba poco motar en el ómnibus a la una de la tarde con el hilo dental que se le marcaba a través del vestido negro y aquellas ojeras a la boca, total, uno siempre debe ser lo que es con la cabeza bien alta: le había dicho alguien o leyó ella misma una vez en alguna parte.
Se puso de pie para ir a la cocina por un vaso de algo capaz de quitarle el mal sabor del semen en su boca. Aunque el agua estaba helada no lo quitó, el ron serviría; se empinó de una botella hasta que el alcohol no la dejó respirar, tras un momento bebió otro poco. Ahora necesitaba dormir. Regresó al cuarto, el lecho permanecía en silencio, aguardándola sin reproches; se observó a sí misma sintiéndose sucia, y en un rapto de rabia se despojó de la ropa cómplice de sus desvaríos. Exhausta, tumbóse lentamente en el piso.
El licor, sin darse cuenta de ello, comenzaba a hacer efecto y por su mente pasaron muchas cosas: atropelladamente llegó la ocasión en que fornicó con un perro que laceraba sus entrañas con su miembro, y los deseos de vomitar al lamer sus testículos y encima del animal, el dueño que pagaba por todo, su cuerpo y su mente desvariada por un polvo extraño. Abrió los ojos para apartar aquel cuadro de su mente. El llanto la desbordaba, mojando sus senos, caía tibio hasta correr por su cause: rapado para evitar los malos olores. Se creyó desnuda ante su dios y le entraron urgentes deseos de alcanzan un libro, lo cogió de encima de la cama y se dispuso a ojearlo, como para engañarse a sí misma, igual que otras tantas veces. Se detuvo en unas letras marcadas, quizás lo había hecho su madre la última vez que estuvo a visitarla: “El tiempo verdadero solo se encuentra cuado llegamos a conocer el propósito de nuestra existencia”; meditó un instante... “Encuentra tus respuestas sino estarás a merced del tiempo...” leyó un poco más arriba
A estas alturas, recordó a su madre, una mujer fuerte que se enfrentaba a la vida con dientes y uñas, cómo se había convertido en una mujer ajada y lúgubre. Nunca pudo reponerse de esa prueba, la de ver a su hija convertida en aquella marioneta. Siempre callada, iba cada cierto tiempo a limpiar y recogerle la casa, una que otra ves hablaba con la chica, le daba algún consejo, más, dejaba ver la tristeza instalada en sus ojos. Nuevamente el rostro de la muchacha se humedeció. Su madre siempre estuvo al lado de ella, por sobre cualquier cosa, aunque en ocasiones lo negara, tal vez el golpe había sido muy duro. De súbito, el teléfono sonó rompiendo el silencio de la habitación
- Diga – dijo limpiándose la garganta
– Oye, nena... ¿qué, estabas llorando? – preguntó una voz de hombre.
– No, no –balbuceó, intentando reponerse.
– Ven para la casa, tenemos trabajo. Apúrate, chao.
El teléfono cayó con estrépito sobre su mesa. A Irene le fastidiaba, más que ninguna cosa en el mundo, esta clase de llamadas... Querrás decir yo tengo trabajo, ¡Cabrón!, aquí la que baila aunque la música no le guste soy yo.
Julio era quien disponía casi todos los compromisos, era su representante. No le importaba quedarse, casi siempre, con la mayor parte de la ganancia, con igual gratitud le hacía el amor a la joven, incluso sin dejarla descansar, después de algún nauseabundo trabajo. Le conseguía sus clientes, y creía lógico cobrar su parte. Sin embargo, él la quería a su manera, ella estaba segura de eso. A veces, se sentía desfallecer, y él corría a animarla, solía jurarle que ese oficio era ni más ni menos que el de una gran actriz, tenía razón, todas las noches salía a fingir orgasmos, cuando la verdad es que la embargaba una repulsión enorme, mientras las bestias la mancillaban...
Se arrastró a la ducha, el agua limpió los últimos vestigios de su arrepentimiento, ante el espejo los cosméticos comenzaron a disfrazar la tristeza. Cuando la obra estuvo terminada, pensó en Julio. Y en su madre. Sonrió, siempre lo hacia antes de salir, así se engañaba cada noche.
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