Por fin, después de muchos años la tenía en frente de mí. Impávida y dulce como siempre fue. Tome sus manos entre las mías, estaba fría y tensa. Su cabello blanco, todavía largo como en sus años juveniles, se agitaba suavemente con la brisa que entraba en la habitación.
Sus ojos recargados de años de reproducción como una grabación, momentos y recuerdos de la vida transitoria desde la memoria.
Juraría que me sonrió con sus claros labios rosa, juraría que quería besarme como nos besábamos escondidos en el armario de su casa.
Le reproche por haberme abandonado sin siquiera dejarme una nota, me reproche por no buscarla.
Le dije que todavía la amaba, que si me lo pedía me quedaba para siempre junto ella. Pero no, no pronuncio una palabra, ni siquiera asintió con la cabeza, me seguía mirando fijamente. Tenía tantas cosas que decirle, tantas que contarle, tantas ganas de abrazarla…
“me hubiera gustado pasar todo este tiempo contigo”- le dije, y una lagrima corrió por mi mejilla “te extrañe”.
Le di un beso en la frente y grite con la poca fuerza que tienen los viejos en la garganta ¡lastima, lastima que estés muerta¡…
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