Despertó con la piyama de franela empapada de sudor frio, sensación que aumentaba por la temperatura helada de la habitación. La pesadilla había regresado, tan intensa que en su mente se confundía con la realidad. Se estremeció, no estaba seguro si por el frio o por miedo. Otra vez había visto el intimidante rostro de ella, cuando después de golpearlo con la vara de fresno hasta sangrarlo, lo encerraba durante horas en la oscuridad del cuarto de tiliches, y cuando cansado de llorar y pedir perdón se hacía el silencio, entonces podía escuchar los rezos de ella del otro lado de la puerta. Todo volvía una vez más y se iba acomodando en su justo sitio dentro de su universo de terror.
Después de ducharse, desayunar y ponerse su cachucha salió del pequeño departamento, no sin antes recorrerlo con los ojos. Todo estaba en perfecto orden, tal y como era su obsesiva costumbre. Caminando se dirigió hacia la estación del metro. Como cada año en esa fecha, no iría a su trabajo como embalsamador en la funeraria con el logo de un amanecer; vagaría por las estaciones más conflictivas del sistema colectivo de transporte durante las horas pico, en la interminable búsqueda de la mujer.
Durante los últimos días y conforme se acercaba el momento, su angustia había ido creciendo hasta sentir una insoportable opresión en su pecho y un coraje incontrolable en su cerebro. Ese 23 de diciembre sería el día en que la luz del sol es la mínima del año, la hora era inminente. Mientras caminaba sentía ese cosquilleo estimulante en sus manos y piernas, la adrenalina circulando por sus arterias excitándolo y su mente alucinando sangre, el rostro de ella y muerte.
En tanto miraba los ornamentos navideños de la estación Pantitlán donde abordó el metro, con su mano acariciaba el frio acero del afilado bisturí retráctil que llevaba en la bolsa de su chaqueta. Al pasar frente a unos policías sonrió y pensó que eran unos imbéciles, durante años les había enviado a las autoridades advertencias y mensajes que, sin duda, se habían perdido en la maraña de la ineficiencia y la burocracia; eso le hacía sentirse bien y aumentaba su autoestima, era demasiado inteligente para ellos. Se bajó en la estación Pino Suarez y transbordó para apearse en la estación Zócalo; ése año deseaba hacerlo en el centro de la ciudad y ahí inició la búsqueda de ella. Sus ojos, como los de un halcón, se fijaban en cada mujer que remotamente se asemejara a la imagen de su madre, quien sería la elegida.
Permaneció por algún tiempo en la entrada del metro; más tarde merodeó por sus intrincados y extensos pasillos, cuidándose siempre de las cámaras de vigilancia. Nada, no pudo reconocerla entre la multitud que en oleadas se movía en todas direcciones. Entonces decidió regresar a la estación Pino Suarez, pero tampoco tuvo suerte. Ya era tarde y tenía hambre, se comió una torta en uno de los locales de los pasillos del sistema antes de la hora pico de la tarde, cuando salían cientos de personas de sus respectivos trabajos para transportarse en el metro. Conforme pasaba el tiempo se ponía más nervioso y su impaciencia le impulsó a probar suerte en la estación Chabacano. No había otra oportunidad, ése era el día.
La vio caminando rumbo a la línea 2 con dirección Tasqueña y desde ese momento la persiguió como un implacable depredador sigue a su presa. Lo que él veía en su mente era a su madre, una mujer bajita y delgada, entre unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con un semblante adusto y dominante. Comenzó a sentir que le ardía la sangre y una furia inaudita se apoderó de sus entrañas, como le sucedió cuando tenía dieciséis años, aunque paradójicamente ahora su actitud controlada era tan fría como el hielo.
Todo lo que se encontraba en la periferia de su visión se volvió borroso y se fue esfumando, sólo la figura de ella se mantenía nítida y aproximándose. De pronto las cosas comenzaron a sucederse: por el túnel la luz del tren se acercaba a la estación, la gente se apretujaba para colocarse en donde asumían quedaría una puerta de los vagones; él se situó por delante de la mujer y sentía en su espalda la presión de su cuerpo. Cuando se abrieron las puertas del metro las multitudes se enfrentaron, los que querían bajar empujaban a los que querían subir y éstos a su vez luchaban por entrar. En ese momento él se volteó con el escalpelo soldado a su mano, pero fue sorprendido al no ver el rostro de su madre, sino el de un hombre tan alto como él.
Confundido se dejó arrastrar hacía dentro del vagón; al recuperarse, desesperado comenzó a buscar a la mujer. Pronto logró localizarla al fondo del tren, ella había sido empujada por la gente hacía la siguiente puerta. Abriéndose paso entre los pasajeros se acercó hasta quedar frente a ella y esperó. En la siguiente estación, los usuarios que iban a bajar se amontonaron en las puertas de los carros y en el preciso momento en que éstas se abrieron, mirando con odio inaudito el semblante de quien creía era su madre, con el bisturí la penetró con la exactitud de un cirujano y le partió el corazón a la pobre mujer que tuvo la desgracia de parecerse a la progenitora de su asesino.
Sintió un placer indescriptible al hundir el bisturí en el pecho de ella, su trabajo le había capacitado para ser preciso y evitar el sangrado; sólo unas cuantas gotas escurrieron entre sus dedos de la mano, excitándolo al máximo con su calor y viscosidad. Lo sucedido después transcurrió en unos cuantos segundos, pero pareció que todo se movía en secuencia retardada. La mujer se desplomó ya muerta entre el vagón y el andén, unos hombres trataron de sostenerla, una mujer gritó, mientras la mayoría de los pasajeros eludían el cuerpo o lo brincaban por encima. Él simplemente se alejó con tranquilidad, ocultando su rostro a las cámaras de vigilancia con la visera de su cachucha.
Saboreando el éxtasis de su venganza, enajenado llegó a su departamento. Una vez dentro, como en un ritual abrió la puerta del cuarto que casi siempre mantenía cerrado. La excitación le había provocado una dura erección, que le obligó a masturbarse dos veces consecutivas frente a las fotografías y los recortes de periódico pegadas en uno de los muros, de las veintidós mujeres asesinadas por él. Las primeras fotografías eran de su madre y en los recortes los encabezados de ese 23 de diciembre señalaban, que una pobre mujer había sido masacrada de veintitrés puñaladas por su propio hijo, quien era buscado por las autoridades sin ningún éxito.
Como siempre le pasaba después de unos cuantos días, cuando perdía interés la noticia, empezó a sentir la necesidad de reconocimiento y de la emoción de burlar a sus posibles perseguidores. Desde un café-internet lejos de su departamento, decidió enviar un e-mail a la procuraduría general del Distrito Federal, retando a las autoridades para que lo encontraran, antes de que volviera a sentir el incontrolable deseo de matar:
Cuando el día se hace más pequeño
el vengador anda en el nido de la serpiente
para liberar su odio contenido,
dejando de maquillar a la parca
en la casa del sol naciente; es ahí
donde espera que el justo lo encuentre
antes de otro 23 de diciembre.
Si lo descifras me tienes
El asesino del metro
//alex
Solsticio de invierno
Autor: Checovalebon
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Cuento publicado el 25 de Enero de 2013
Después de ducharse, desayunar y ponerse su cachucha salió del pequeño departamento, no sin antes recorrerlo con los ojos. Todo estaba en perfecto orden, tal y como era su obsesiva costumbre. Caminando se dirigió hacia la estación del metro. Como cada año en esa fecha, no iría a su trabajo como embalsamador en la funeraria con el logo de un amanecer; vagaría por las estaciones más conflictivas del sistema colectivo de transporte durante las horas pico, en la interminable búsqueda de la mujer.
Durante los últimos días y conforme se acercaba el momento, su angustia había ido creciendo hasta sentir una insoportable opresión en su pecho y un coraje incontrolable en su cerebro. Ese 23 de diciembre sería el día en que la luz del sol es la mínima del año, la hora era inminente. Mientras caminaba sentía ese cosquilleo estimulante en sus manos y piernas, la adrenalina circulando por sus arterias excitándolo y su mente alucinando sangre, el rostro de ella y muerte.
En tanto miraba los ornamentos navideños de la estación Pantitlán donde abordó el metro, con su mano acariciaba el frio acero del afilado bisturí retráctil que llevaba en la bolsa de su chaqueta. Al pasar frente a unos policías sonrió y pensó que eran unos imbéciles, durante años les había enviado a las autoridades advertencias y mensajes que, sin duda, se habían perdido en la maraña de la ineficiencia y la burocracia; eso le hacía sentirse bien y aumentaba su autoestima, era demasiado inteligente para ellos. Se bajó en la estación Pino Suarez y transbordó para apearse en la estación Zócalo; ése año deseaba hacerlo en el centro de la ciudad y ahí inició la búsqueda de ella. Sus ojos, como los de un halcón, se fijaban en cada mujer que remotamente se asemejara a la imagen de su madre, quien sería la elegida.
Permaneció por algún tiempo en la entrada del metro; más tarde merodeó por sus intrincados y extensos pasillos, cuidándose siempre de las cámaras de vigilancia. Nada, no pudo reconocerla entre la multitud que en oleadas se movía en todas direcciones. Entonces decidió regresar a la estación Pino Suarez, pero tampoco tuvo suerte. Ya era tarde y tenía hambre, se comió una torta en uno de los locales de los pasillos del sistema antes de la hora pico de la tarde, cuando salían cientos de personas de sus respectivos trabajos para transportarse en el metro. Conforme pasaba el tiempo se ponía más nervioso y su impaciencia le impulsó a probar suerte en la estación Chabacano. No había otra oportunidad, ése era el día.
La vio caminando rumbo a la línea 2 con dirección Tasqueña y desde ese momento la persiguió como un implacable depredador sigue a su presa. Lo que él veía en su mente era a su madre, una mujer bajita y delgada, entre unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con un semblante adusto y dominante. Comenzó a sentir que le ardía la sangre y una furia inaudita se apoderó de sus entrañas, como le sucedió cuando tenía dieciséis años, aunque paradójicamente ahora su actitud controlada era tan fría como el hielo.
Todo lo que se encontraba en la periferia de su visión se volvió borroso y se fue esfumando, sólo la figura de ella se mantenía nítida y aproximándose. De pronto las cosas comenzaron a sucederse: por el túnel la luz del tren se acercaba a la estación, la gente se apretujaba para colocarse en donde asumían quedaría una puerta de los vagones; él se situó por delante de la mujer y sentía en su espalda la presión de su cuerpo. Cuando se abrieron las puertas del metro las multitudes se enfrentaron, los que querían bajar empujaban a los que querían subir y éstos a su vez luchaban por entrar. En ese momento él se volteó con el escalpelo soldado a su mano, pero fue sorprendido al no ver el rostro de su madre, sino el de un hombre tan alto como él.
Confundido se dejó arrastrar hacía dentro del vagón; al recuperarse, desesperado comenzó a buscar a la mujer. Pronto logró localizarla al fondo del tren, ella había sido empujada por la gente hacía la siguiente puerta. Abriéndose paso entre los pasajeros se acercó hasta quedar frente a ella y esperó. En la siguiente estación, los usuarios que iban a bajar se amontonaron en las puertas de los carros y en el preciso momento en que éstas se abrieron, mirando con odio inaudito el semblante de quien creía era su madre, con el bisturí la penetró con la exactitud de un cirujano y le partió el corazón a la pobre mujer que tuvo la desgracia de parecerse a la progenitora de su asesino.
Sintió un placer indescriptible al hundir el bisturí en el pecho de ella, su trabajo le había capacitado para ser preciso y evitar el sangrado; sólo unas cuantas gotas escurrieron entre sus dedos de la mano, excitándolo al máximo con su calor y viscosidad. Lo sucedido después transcurrió en unos cuantos segundos, pero pareció que todo se movía en secuencia retardada. La mujer se desplomó ya muerta entre el vagón y el andén, unos hombres trataron de sostenerla, una mujer gritó, mientras la mayoría de los pasajeros eludían el cuerpo o lo brincaban por encima. Él simplemente se alejó con tranquilidad, ocultando su rostro a las cámaras de vigilancia con la visera de su cachucha.
Saboreando el éxtasis de su venganza, enajenado llegó a su departamento. Una vez dentro, como en un ritual abrió la puerta del cuarto que casi siempre mantenía cerrado. La excitación le había provocado una dura erección, que le obligó a masturbarse dos veces consecutivas frente a las fotografías y los recortes de periódico pegadas en uno de los muros, de las veintidós mujeres asesinadas por él. Las primeras fotografías eran de su madre y en los recortes los encabezados de ese 23 de diciembre señalaban, que una pobre mujer había sido masacrada de veintitrés puñaladas por su propio hijo, quien era buscado por las autoridades sin ningún éxito.
Como siempre le pasaba después de unos cuantos días, cuando perdía interés la noticia, empezó a sentir la necesidad de reconocimiento y de la emoción de burlar a sus posibles perseguidores. Desde un café-internet lejos de su departamento, decidió enviar un e-mail a la procuraduría general del Distrito Federal, retando a las autoridades para que lo encontraran, antes de que volviera a sentir el incontrolable deseo de matar:
Cuando el día se hace más pequeño
el vengador anda en el nido de la serpiente
para liberar su odio contenido,
dejando de maquillar a la parca
en la casa del sol naciente; es ahí
donde espera que el justo lo encuentre
antes de otro 23 de diciembre.
Si lo descifras me tienes
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