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¡Ay, Patria mía!

Horacio Imola

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Cuento publicado el 01 de Agosto de 2012

- El Ramiro está malo dotor, me anda escupiendo sangre y mira lejos sin hablar, está muy malo dotor, ¿Será que usted podrá venir?

El rancho era de adobe y techo de paja, en realidad todo era un amplio espacio en el cual se disponían, arbitrariamente, una suerte de sectores que uno presumía eran la cocina y el dormitorio, en el centro de la sala habitación bajaba un alambre desde el techo que remataba en el piso de tierra atado a una estaca, “pa’ que los vientos no se lleven todo…vio dotor”
La cama era, en realidad, una sumatoria de cueros secos de vaca y algunos aún un tanto olorosos, amontonados unos sobre otros, sin más pretensión que elevar la altura del piso de tierra. Dos más hacían de cobertor a cada lado de la cama.
Las vinchucas caminaban por las paredes barrosas con total libertad y los ratones, con dimensiones más que generosas, tenían sus cuevas en las esquinas del lugar.

El viejo galeno lo revisó despaciosamente, sabiendo de antemano que las horas de Ramiro habían entrado en su conteo final.
Pidió agua y la mujer le alcanzó un recipiente de barro cocido con un agua marrón que servía para todos los menesteres. Embebió una tela que traía consigo y refrescó la frente del enfermo varias veces.
- Dele este jarabe a la mañana temprano, cuando el sol esté en lo alto y cuando ya se haya caído. Apenas un traguito nomás, dijo el médico
- ¿Será que se va a poner bueno el Ramiro, dotor?
El viejo la miró con piedad y su respuesta fue un deseo más que una explicación
- Está de Dios doña, en sus manos lo encomiendo
- ¿Qué me lo ha enfermao, que ha sido?

Esto viene desde lejos, quiso decirle, esto es el producto de la cruz y la espada y es resultado de todos aquellos que dicen defender a su pueblo y lo estafan, lo utilizan y lo abandonan, esto es el “avance tecnológico” que hace crecer cereales y mata ríos, tala árboles y convierten en fantasmas a los hombres. Pero sólo atino a decirle, para que la mujer tuviese una respuesta que la acercara rápidamente al olvido: “el mal de los hombres mansos”
Le acercaron dos tortillas asadas y un cuero de chivo curtido como pago, lo tomó sabiendo que, de no hacerlo los hubiera ofendido y que esa noche, ni el moribundo ni su mujer, comerían otra cosa que un cocido sin tortilla.
Sintió vergüenza cuando ascendió al sulky y se fue mascullando la frase del adiós de Mariano Moreno… ¡Ay, Patria mía!



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Fecha: 2012-08-09 10:31:10
Nombre: Carlos Alfonso
Comentario: Buen trama mi amigo, moraleja de la guerra sin sentido, donde la sangre envilece la conciencia...!FELICITACIONES !


Fecha: 2012-08-08 13:53:45
Nombre: jeremias
Comentario: El cuento está muy bien compuesto, el estilo del escritor es muy bonito y dinámico. Con facilidad se puede entender el mensaje, gracias a la forma en que se describe el ambiente y se trabaja el nudo del cuento.


Fecha: 2012-08-04 08:00:04
Nombre: Cèsar Muñoz
Comentario: Notable. Tranquilo Horacio. Nos han destrozado, màs que por las armas... por nuestra ignorancia. Afortunadamente, LA HORA DE AMÈRICA LATINA, HA LLEGADO. Saludos.