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Quédate conmigo

Autor: Rey 40

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Cuento publicado el 02 de Febrero de 2012


En el jardín siempre en el jardín, sin hablar con nadie, sin mirar a nadie, arrodillada junto al rosedal, inmóvil, como una estatua, esa era la imagen que veía desde la habitación del tercer piso de la clínica. En la habitación 30, hace seis meses que estoy cuidando a Mauro. De una sobredosis, entró en coma profundo y quedo encerrado en su mundo, quien sabe a que distancia de nosotros. Sin familia que lo quiera, sin amigos que lo visiten, sólo se que me tiene a mí y tomé el compromiso de cuidarlo, porque siempre sentí por él, mas que una amistad, siento que somos como hermanos.

Baje hasta la Administración y solicité permiso para ir al jardín. Se que no esta permitido a las visitas ingresar a ese espacio, puesto que esta destinado a la recreación y esparcimiento de los internos psiquiátricos y los enfermos. Por fortuna le había caído simpático a mas de una enfermera y me permitieron acceder.
Pregunté sobre la mujer del jardín que a diario observaba arrodillada en el césped y Rosalía, una robusta y morena enfermera de unos cincuenta años, me dijo que a juzgar por su rostro y la delicadeza de su piel, no se trataba de una mujer, sino de una niña de apenas doce o trece años y de la cual no se conoce historia ni familia, ya que fue encontrada la primavera pasada en la rama de aquel Ombú, me comentó, mientras señalaba a un árbol que con su presencia central, daba la impresión de ser un vigilante infatigable de quienes allí ingresaban. Nunca pudimos obtener una palabra de ella, comentó la enfermera. Los médicos que apenas la intentaron tratar, determinaron que padecía de autismo, pero que no recibiría tratamiento, puesto que no había tiempo ni presupuesto para ocuparse de ella, así que aconsejaron que la dejaran estar en el jardín, ya que era inofensiva y tal vez la ayudara.
Me la quede mirando y le pedí a Rosalía que me dejara, por favor acercarme a ella. No hay problema, pero mañana, eso si, no tenga muchas esperanzas, ya que no sacará demasiado de ella; nosotros no pudimos saber siquiera su nombre, por eso la llamamos Marylen, le pusimos ese nombre porque suena musical y a primavera.
Pase por la habitación de Mauro y le acomodé la almohada, le ofrecí como todas las noches, una propina a Clara, la enfermera de la noche y me dirigí a la ventana para observar a Marylen por última vez en el día y pude ver como Rosalía, con un abrigo de lana, la envolvía y abrazándola de un modo maternal, la llevaba a su cuarto.
Esa noche maneje hasta casa, la imagen de Marylen se había instalado y adueñado de mis pensamientos, llegue a casa, me bañe, no pude cenar y me acosté a dormir, claro que me fue imposible hacerlo, di vueltas una y mil veces en la cama, pero en ningún momento pude conciliar el sueño.
Finalmente, creo que me dormí y que tuve un sueño, soñé que corría hacia un precipicio con el torso desnudo, llegaba al borde, me impulsaba y saltaba, en la caída, extendía los brazos y un ángel me tomaba de la mano, llevándome hasta la cima de una gran montaña; la sensación del aire acariciando mi rostro me inundaba de una gran paz y libertad, abriendo mi corazón y llenándolo de un amor desbordante.

Desperté temprano, con las primeras luces de la mañana, era viernes y llame al trabajo para dar parte de enfermo preparé e equipo de mate, me duché y salí apurado a la clínica, estaba muy ansioso por ver a Marylen.
Cuando llegué, no era todavía la hora de visita, fui a ver a Mauro, lo salude, lo acomodé en la cama, le hice unos masajes en las piernas y en los brazos y cuando Roberta, la enfermera de la mañana, entró para darle la medicación y cambiarle el suero, me acerque a la ventana para ver el jardín. Me alegró ver a Marylen en la misma posición, pero esta vez parecía brillar, ya que el sol acariciaba su pelo, dejando al descubierto su aura.
Fui hasta el jardín y me senté en la banca al lado de ella, le hablé intentando comenzar una conversación, le conté el motivo por el cual estaba ahí, le ofrecí un mate, le conté una parte de la historia de mi vida, pero fue en vano, en ningún momento me respondió, ni siquiera me miró, pero tenía la firme convicción que como con Mauro, ella me escuchaba. Así trascurrieron las horas hasta el anochecer, momento en que tenía que retirarme. Dándole un beso en la frente, me despedí hasta mañana.
Así pasaron las horas, los días, las semanas, los meses y ya casi finalizaba el otoño, nada cambió en nuestra rutina, hasta la madrugada del veintiuno de septiembre en que Rosalía, me llamó al celular y con gran agitación me informó que Mauro parecía comenzar a despertar. Le corté, apenas diciendo un “gracias” entrecortado y me vestí con lo primero que encontré a mano y maneje hasta la clínica, llegué trotando, casi corriendo, en la puerta me espera impaciente Rosalía, me saludó y subimos rápidamente a la habitación; el médico de guardia lo estaba controlando.
Por ahora son sólo movimientos, pero tengamos esperanzas, esto que esta sucediendo es un gran avance, comentó.
Aparte al médico y tomé a Mauro de la mano, con fuerza y deseando que despertara, en ese instante, parpadeó, apretó mi mano y sonrió, me dijo “hola Renzo” y me quede perplejo, volvió a hablar “gracias por estar a mi lado y cuidarme”, como pudo se incorporó en la cama y extendiendo sus brazos, me abrazó -Nunca había sentido un abrazo tan cálido-, llorando aferrado a mi cuello y con lágrimas de felicidad recorriendo su mejilla y mi barbilla, me preguntó, “¿dónde está Marylen?”; me quede inmóvil, sin poder articular palabra, luego de unos instantes sin decirle nada, fui a buscarla.
Corrí lo mas rápido que pude hasta el jardín, ahí estaba Marylen; por primera vez de pié, me detuve ante ella y la observé , era hermosa y más alta de lo que suponía, sus ojos verdes, parecían desafiar el tono mas perfecto que la naturaleza podría dar en primavera, me sonrió y me dijo “ tú amigo Mauro ya estará bien y se irá fortaleciendo con el tiempo, por eso mi momento ha finalizado”.
Tomo mi rostro entre sus manos y menciono la última frase, “ ahora debo irme, gracias por cuidarme, eres un alma noble y dentro de un tiempo mucho mucho tiempo, vendré a buscarte y te llevaré nuevamente a la cima de esa montaña de tus sueños. Por favor, cierra los ojos”.
Cerré los ojos, y sentí sus labios cálidos posándose en mi mejilla y el amor de su beso extendiéndose en mi cuerpo. Me pareció escuchar el sonido de un leve aleteo y cuando volví a abrir los ojos, ya no estaba. Marylen, finalmente había partido.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2012-02-05 11:36:11
Nombre: Stella Bautista
Comentario: bien, es ujn cuento que se parece a los míos, tiene mucho de mi estilo,