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La noche Anterior

Rogerio Machado


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Este relato es dedicado a los compañeros Anarquistas que un día cruzaron el río para llevar su solidaridad a un pueblo que poco creyó en ellos.

La noche anterior

Un teléfono publico, en una plaza pública, pocas palabras y la extraña sensación de que algo comenzaba a andar, no sabía de qué se trataba, solo que debería estar en Buenos Aires el día 10, la idea de viajar en esa época no era ni de cerca, agradable, trasladarse de un lugar a otro era, entre otras cosas, sumamente peligroso, sabía de eso, sabía cuan inseguro es ir de un país al otro, pero…
Salí de Santiago de Chile el día 4, el tiempo era bueno en esa época, los vientos del pacífico son diferentes de los del atlántico, al pacífico, desde Chile, uno lo ve, puedes imaginar sus intenciones, adivinar sus pasos, tendría seis días para recorrer lo que normalmente se recorre en avión en pocas horas, mi camino, ya decidido, sería otro, subir hasta “la Serena”, ciudad límite entre Argentina y Chile y por allí cruzar la Cordillera de los Andes en dirección a San Juan, ya conocía el camino, conocía el valle de Huachimoco como la palma de mi mano, ya había pasado por allí media docena de veces, ya sea para “descansar” o para estar en alerta, por allí sería más fácil llegar el día establecido.
Frente a ese mundo blanco, amenazador y soberbio uno se siente del tamaño real, somos insignificantes ante tal naturaleza, escuché algunas personas al decir que; -si Dios existe-, allí es el lugar ideal para hablar con él, uno pierde los deseos de hablar, aceptando que los ojos tomen la delantera, no solo mandan callar, apenas nos dejan respirar, -son sus movimientos- lo único perceptible en nuestro rostro, imágenes que remontan a espacios recorridos solo en sueños parecen saltar de una pantalla cinematográfica gigante a estrellarse en mil tonos de un blanco enceguecedor, abrumador, esas horas de nieve se convierten en un juego infantil, imaginando pisadas enormes, en busca de seres prehistóricos, buscando un rastro, algo que nos diga que no estamos solos en aquel paisaje abrazadoramente inhóspito.
Mientras acostumbraba mis ojos al horizonte -me preguntaba ¿de qué se trata ahora?
No se si quería saber la respuesta, entre tantas sensaciones y esperas, por momentos me sentía un viejo, pensando en la distancia que había recorrido entre mi infancia y esa ventanilla de ómnibus que, de una forma o otra me encerraba, determinando imperiosamente cual era mi lugar y espacio, así, sumergido en esos pensamientos sentí que, con un tono imperativo, pedían los documentos, habíamos llegado al tope de la montaña, por decirlo de alguna manera, a partir de allí nada cambiaría, ni el idioma, todo hacía parte de un mundo casi irreal, ni los consabidos “Buenos días” sonaban familiares o simpáticos, entrar en un túnel de represión por libre y espontánea voluntad, después de salir de otro, no estaba en mis planes, el aire y el viento de los Andes eran, a pesar de la ropa, de este lado, mas helados, no se si todos tenían la misma percepción, algunos pasajeros aprovechaban para sacar fotos, jugar con la nieve a una guerra sin vencedores ni vencidos, la aduana Argentina parecía un “búnker” como si hiciese parte de la roca donde se situaba, en segundos pasaron por mi mente miles de imágenes, -es bueno decir que en ninguna de ellas apareció algo llamado justicia o buenos modales,- el otro aire, el que emanaba de las figuras uniformadas era mas frió aún, revisaron todo el ómnibus como quien busca un objeto perdido por un niño, tiene que aparecer sí o sí, la sensación de que alguien o algo los estaba engañando se podía ver en sus ojos, no conseguían esconder eso ni con sonrisas turistas, algunas personas descubrirían con el pasar del tiempo que ese comportamiento que nos convertía a todos en sospechosos forma parte del síndrome de culpabilidad.

Volvimos al ómnibus, subimos en impuesta fila y en marcha lenta salimos del estrecho estacionamiento, las miradas eran de tranquilidad, en definitiva todos habíamos respirado el aire de desconfianza a que nos habían sometido, por las expresiones se podía deducir que no eran muchos los conformes con el trato, a pesar del silencio, los tiempos vividos casi justificaban las acciones, a nuestro alrededor la vegetación comenzó a crecer mientras bajábamos por los sinuosos y estrechos senderos que mostraban horizontes de variados colores, montañas formando una enorme paleta multicolor, ríos como un hilo en movimiento imitaban víboras líquidas en abismos que daban la impresión de intentar tragarnos, los pequeños arbustos iban convirtiéndose en dueños de sus sombras y la noche se adueñó de todos nosotros.
Pasamos un día entero mirando como poníamos más y más distancia de la cordillera, ella continuaba majestuosa, imponente, ahora, distante, plantaciones y plantaciones a cada lado del camino, pocos autos y mucho interior.
Ya las casas estaban mas cerca una de la otra, el aire mostraba su nuevo uniforme, nada saludable por cierto, miles de almas en movimiento mostraban el enorme hormiguero humano que es Buenos Aires al despertar, mi cuerpo cansado de pensar y de, como un perro, buscar la mejor posición para dormir, se intentaba despertar, sabía que comenzaría a encontrar respuestas a mis preguntas, eso no me dejaba más tranquilo, todo lo contrario, una especie de extraña sensación se incorporaba a mi persona, lo noté y eso no me hizo bien, pensé ingenuamente que, como en las películas, alguien estaría esperándome, disfrutando de tiempos de paz, que podría alguien estar, por lo menos, esperándome, me conformaba con eso, así como muchos brazos saludaban y abrazaban a medida que descendíamos por la pequeña puerta, intenté encontrar ojos amigos o un señal de que mi soledad terminaba, mi equipaje era pequeño, pero estaba en las entrañas del ómnibus, pues no era permitido viajar con equipaje acompañando, a no ser cosas de real necesidad, medidas de seguridad, - así las llamaban-, estiré mis piernas buscando el equilibrio, en definitiva hacía dos días que no quedaba de pie por mas de treinta minutos seguidos, caminé por la estación terminal unos pocos pasos y me preguntaron la hora, de la forma esperada, sentí que estaba vivo, por lo menos alguien dependía de mi.

Caminamos por el enorme estacionamiento de la estación Retiro, no tenía buenos recuerdos del lugar, allí había sido detenido unos años atrás, en ese juntarse de vías de tren y corredores de ómnibus un compañero se suicidó en el momento en que fuimos detenidos para confirmar nuestras identidades, algo común en esos tiempos, con aquella actitud él venció la tortura, sumergido en esos pensamientos y observando el andar de la ciudad fue que el recorrido se hizo corto.

Llegamos a un apartamento antiguo, sin ascensor, amplias escaleras de mármol, puertas altas de dos hojas de madera que los años no habían conseguido opacar, al entrar se veía el enorme balcón que, panorámicamente mostraba todo el puerto, la vista era embriagadora, las chimeneas de los barcos y los colores daban ese aire de tristeza a la zona portuaria, bastaría con cerrar los ojos y sentir los acordes de Piazzola en el aire, sentados -en un raído sofá- estaban tres compañeros, nos saludamos como una enorme familia lo podría hacer, con un demorado abrazo, era la forma encontrada para saber que entre tantas personas, habían algunas que respiraban al mismo ritmo que nosotros.
No hablamos mucho, nos miramos intentando encontrar rasgos conocidos, puntos en común, si bien todos teníamos preguntas para hacernos, el silencio cómplice nos respondió, personalmente, -quería saber el horario y la forma en que saldríamos de allí- el resto, ya sabíamos, nos sería informado minutos antes, combinamos la forma de vestir y como movernos en el espacio elegido, solo sabíamos que, como piezas de ajedrez pensantes, uno dependía del otro, así era y así seguiría siendo, me fue dado el numero “dos”, ese numero era -a partir de ese momento-, mi nombre y apellido, tanto paterno como materno, era algo paradojal, luchábamos para que la sociedad dejase de ser un enorme catálogo y ahora estábamos reducidos -por seguridad- a eso, “el tres” era un muchacho flaco, de pelo claro y largo, ojos un poco asustados o se podría decir, nerviosos, a pesar de esa forma de mirar, sus movimientos eran ágiles y firmes dentro de la sala, “la cuatro” era una muchacha, alta, usaba lentes, lo que le daba un aire de estudiante avanzada, su voz era grave, -ronca podría decirse- pelo corto, castaño, sin maquillaje ni adornos, no llevaba anillos ni caravanas, “el cinco” era el más alto de todos, de aspecto fuerte, mirar fijo, se notaba que su forma de hablar era interiorana, si tuviese que arriesgar, diría que era “cordobés”, el ya sabía que esa “identidad” no lo favorecía e intentaba disimularlo, “el seis” era casi gordo, estatura media, se notaba que sus estudios eran superiores y sabía muy bien de lo que hablaba, estaba sentado y movía unas piezas -que llevaban nuestros números- sobre la mesa como si ya lo hubiese hecho varias veces, era el que más parecía saber sobre lo que haríamos, fue él quien nos dijo que se trataba de un banco, que estaba todo analizado y pronto para que de ese operativo pudiésemos sacar los mejores “frutos” esa fue su expresión y me quedó grabada por ser diferente, “la uno” era también una mujer, joven, muy joven, aparentaba tener, cuando mucho, 18 años, rubia, se podría decir que su estilo era Marilyn, exuberante y llamativa, ojos llamativamente pintados, movimientos teatrales, ella jugaría un papel de suma importancia en el momento cierto, fue motivo de risas cuando supimos que sería ella la encargada de “abrir la puerta” .
Así nos fuimos despidiendo uno tras otro y quedamos a la espera de que nos fuese dada la orden de levantar el telón y “actuar”, estábamos prontos, aún no sabíamos quien era “el siete” y “el ocho”, número de compañeros que también estarían en el banco, no estaban inclusos los choféres, a quienes no conocíamos, dependíamos de ellos, conoceríamos los autos antes de entrar en el banco.

Eran las doce de la noche y las luces de la ciudad no se acostaban, se despertaban algunas desde puntos oscuros que avisaban que la vida, allí, recién comenzaba, eran menos los autos, menos las personas, se respiraba diferente, el olor de mar mezclado con petróleo, -dejado por los descuidados barcos-, característico del puerto de Buenos Aires, los sonidos parecían dar un descanso, se podía oír la música de los bares cercanos, un tango atrás del otro, subían, volaban y caían en los techos de casas antiguas, pintadas de colores llamativos y diferentes, casas que se mantenían de pie a pesar del crecimiento desordenado de la ciudad, hoy dominada por el cemento, -tarjeta de presentación- de momentos políticos como los vividos por los argentinos, eran puentes y más puentes, túneles por casi toda la ciudad, producían sombras en el alma, conseguían eclipsar diariamente el sol, autopistas para poder llegar rápidamente a donde quieran, menos a la justicia, eso y la creciente pobreza, fue lo que más me llamo la atención desde la ventanilla del ómnibus.
Eran los primeros minutos de un día martes, comenzaba a pensar y desear que terminase rápidamente todo, quería mirar a los costados y ver gente caminando libre, yendo y viniendo, mirarlos con la convicción de que le habíamos dado motivos para pensar que aún se podía enfrentar todo ese seudo poder que los dominaba, que los encerraba en sus casas, que los masacraba diariamente con propagandas llenas de inverdades, así, apoyado en la redonda y gastada madera del balcón, miraba los reflejos de un cielo lleno de pálidas y nubladas luces, aquel no era mi cielo, si bien que no era diferente, solo que él me parecía un manto de simple añoranza,
-¿estás pensando en qué?-
Aquellas palabras me sacaron del cielo y me dieron una especie de tregua del pasado que ya se apoderaba de mí,
-en las chimeneas de los barcos;-, respondí.
Parecen piezas de un teatro de títeres, van y vienen y no vemos sus barcos, son solo chimeneas coloridas, humeantes, ruidosas
-no sos de aquí ¿verdad?
-No, no soy-, después de responderle, sentí que no era ni la pregunta ni la respuesta correcta, la miré con la curiosidad con que ella también me miraba, se apoyó en el balcón y buscó en las chimeneas la pieza de teatro que yo había imaginado,
- realmente parecen títeres-, lo dijo con la certeza de que había visto lo mismo que yo, -había algo de silencio instalado junto a nosotros,-
no debíamos romperlo con preguntas que pudiesen comprometernos, era una forma de salvarnos, lo sabíamos los dos.
Buenos Aires era, por mérito propio, el centro de las arbitrariedades, una moderna torre de Babel que había conseguido crear un idioma común -el miedo- guardaba en sus calles empedradas el ruido sordo de miles de lamentos, de seres que reclamaban por mejoras en su vida, invirtiendo en eso su vida.
Hoy ya no se trataba de reclamar por mejorar el salario-
se reclamaba por la vida, una vida desrespetada por los “guardianes” peronistas, villeros ascendidos a autoridades armadas, bandas fascistas de seudos obreros que en nombre de un populismo ladrón y retrógrado sometían a sus propios vecinos a tortura para poder robarles, -desde sus hijas a sus mujeres-
Una Argentina dividida en “pedazos”, como quien divide un botín animal, delatores en cada esquina, solo para decir que, -como los franceses-, “colaboraban”, hacían de cada atropello un trofeo patrio, les faltaba solo un poco de tiempo para poder ver correr por entre sus empedradas calles la sangre de hermanos, hermanos que ellos mismos llevaron a sus mazmorras medievales, blandiendo banderas pisoteadas por regimientos de argentinos que pensaban estar cambiando la historia, cada acto “popular” removía tumbas de mártires críticos de “ese” comportamiento,
-aquí nada sucede por acaso- palabras que pude leer en una celda olvidada y que describe el accionar de los “patriotas” argentinos, podríamos hacer un mundo diferente, solo con contrariar la doctrina adoptada por los “lamuriantes”.
Disfrutaban de un Parlamento donde la moral y el honor eran “Porceles, Olmedos y Minguitos”.
Todos llevando ventaja -universidades cerradas a las ideas- escuelas con delatores en salas de clase, profesores persiguiendo profesores, vecinos entregando vecinos, parientes denunciando parientes, prensa vendida, prostitutas explotadas por milicos, delincuentes denunciando que los tanques en las calles eran fruto de las traiciones subversivas reinantes, un mundo así seria un paraíso para Freud, eso, si él sobreviviese a las delaciones.
No hablábamos nada, el silencio se infiltró entre nosotros, formaba parte, compartía el balcón, mirábamos los tres el horizonte, ese silencio estaba dispuesto a ser testigo de pequeñas palabras, que,
-como un rezo- fueron sueltas al viento.
-soy viuda, tengo dos niños- viven con mi madre en Tucumán.
Parecía que algo se desgarraba en mi interior, ¿qué decirle?
- ¿Que se fuese?- ¿Que pensase bien lo que íbamos hacer?
Ella sabía lo que teníamos que hacer, sabía que entre las palabras de ella y el “trabajo”, estaban nuestras vidas, sentí el deseo de decirle que también tenía un hijo,
-lo callé para protegerla-
Cuanto menos supiese de mi, mejor para ella, quien estaba mal en eso era yo, ya sabía demasiado de ella
¿y ahora?,
Entré, tomé un poco de soda que aún quedaba sobre la mesita del living y me senté en el suelo, en la parte mas oscura de la sala, desde allí conseguía verla, apoyada sobre sus codos, sus manos sosteniendo su cabeza, su pelo corto, dejaba ver su respiración y su llorar, así pasaron muchos minutos, creo que más de una hora, no me animaba a moverme, tenía miedo de que ella saliese de sus pensamientos, pensé.

Comencé a recorrer en mi memoria los movimientos de piezas que “el seis” había dispuesto, solo podía hacerlo imaginando sobre la mesa, el interior del banco, los papeles ya no estaban allí, improvisé con los vasos y el sifón, las puertas y mostradores, mi lugar y mis pasos, repasé en mi cabeza la figura de cada uno y su número,
-no sea cosa que llamase a uno por el número de otro-
Eran las tres cuando sentimos que se abría la puerta y nos avisaron que sí, que sería a las diez horas, como estaba planeado, era una buena noticia, podría decirse que era maravillosa, la idea de salir “rápidamente” ya se estaba concretizando, salieron y quedamos sin hablar por varios minutos, mirándonos, indagándonos,
¿Tú ya pasaste por esto?
¿Y vos? Le respondí,
Para sorpresa mía, su respuesta fue si, -había pasado ingenuamente por mi cabeza que era su primer “trabajo” grande-.
Me encerré en mis silencios y guardé respuestas que ninguna pregunta buscó, cerré los ojos, intente dormir sobre el sofá,
-duerme en la cama me dijo-, yo intentaré buscar el sueño en el balcón, -está bien-, fue mi lacónica respuesta y me acosté, vestido, ya estaba acostumbrado, en días así lo que menos importa es la ropa, una mezcla de nervios y adrenalina se adueñó de mis ojos y los cerro más.

Dos, dos, a pesar de hablar bajo - consiguió despertarme-, no me puedo dormir, dijo, quiero y no puedo.
Abrí los ojos sin sorpresas, mi sueño no era profundo, -dadas las circunstancias-, no lo podría ser, intenté levantarme, sentarme y sus manos me lo impidieron, se sentó en el borde de la cama y me miró con una extraña, podríamos decir, profundidad, una de sus manos estaba apoyada sobre mi brazo, suave y firme a la vez,
- la luz que entraba por el balcón era suficiente para verla, para vernos,
-¿estás bien? pregunté, su respuesta fue un simple movimiento de ojos, con un sombrío tono de tristeza preguntó;
-¿no pasó por tu cabeza que esta puede ser nuestra última noche?-
No, no me pasó, y a vos ¿si?
Si, me respondió e intentó sonreir,
-por un segundo pasó por mi respiración el olor de esa ultima noche-, tenía razón ella, podía ser nuestro último mirarnos, nuestro último mirar de chimeneas, nuestro último oír las sirenas de los barcos, nos levantamos y fuimos al balcón, miramos largamente el puerto y nos apoyamos uno contra el otro,
-besó mi brazo con una suavidad que nunca había experimentado-
Sentí en mi piel sus palabras, con un dejo melancólico,
“nuestra ultima noche” esas tres palabras rebotaban en mi sien, me negaba el derecho de pensar en los míos, -nada se veía en el espacio que nos rodeaba-
No existían figuras definidas, apenas oscuras siluetas,
-estábamos realmente solos- ya no existía el mundo por el cual intentábamos vivir, el silencio nos vio sentar en el rellano del balcón y escondernos en los brazos, como dos niños asustados, ninguno de los dos quebraría el silencio, dejaríamos que el miedo hablase más alto, que la soledad nos desnudase y intentásemos vivir, agarrarnos a nuestra última noche como a una tabla en el océano, mientras el mar se tragaba nuestro barco, sentí sus labios -mojados por lágrimas- besarme, lágrimas que caían sobre mi rostro, ella intentó secarlas con su aliento, con sus manos, recorriendo mi cara como una ciega, guardando, memorizando, intentando borrar las marcas que su presente sentir dejaban en mi piel, mi sentimental debilidad quería saber su nombre, mi interior lo necesitaba, mis ojos estaban aún en el horizonte plagado de chimeneas, de resplandores, su seguridad no me lo permitía, ahogaría mis preguntas en su cara, apreté mil veces mis labios contra su frente, evitaba su boca como una forma de protegerla, su cuerpo nada me decía, era su respiración el centro del universo inmóvil que daba las cartas, me sentía como un animal en busca de su último refugio, sentí su cuerpo vivo, desnudo, sus manos fuertes marcaban en mi piel sus deseos de vivir, de estar cada vez mas lejos de mí, de sentirse mas cerca de sus hijos, sentí en mi cuerpo el calor con que su cuerpo buscaba proteger los suyos, besé su cara tantas veces como ella besó mis cabellos, busqué respirar cerca de su oído para hacerla dormir, no me pregunté ¿por que?

Ya lo sabía, necesitábamos saber que estábamos aún vivos y solo vivos podíamos emprender cualquier cosa que considerásemos justa, agarrarnos a la vida con rabia, con deseos de no estar allí, la abracé con una fuerza que intentaba decirle que yo también tenia miedo y así, protegiéndonos, nos dormimos, un sentimiento de ternura y paz salió por la abierta ventana en dirección al puerto que aún dormía.

Nos despertamos despacio, como si estuviésemos en una estación de descanso, de vacaciones, no teníamos apuro, nos dirigimos al cuarto de baño, ella entró primero, mi espera despertó en mi cierta curiosidad, caminé hacia el balcón, busqué las chimeneas, eran otras, otros colores, otros humos, los sonidos comenzaban a entrar por la abierta ventana, los motores tomaban cuenta del espacio, las puertas se abrían dejando que pies y cuerpos apurados se cruzasen unos con los otros, visto desde arriba era un hormiguero organizando las tareas diarias, la puerta se abrió y pude, al fin sacar de mi cara parte de la noche anterior, mojé mi cabeza en busca de poder enfriar, calmar mis sienes, el espejo me devolvió mi cara más joven, más viva, intenté encontrar alguna culpa y no estaba allí, peiné mis cabellos con los dedos y ella me ofreció su peine, mis primeros sonidos fueron, gracias, no solo por el peine, sino por ayudarme a no estar solo en ese momento, unos nudillos golpearon una vez y seguidamente tres veces la puerta, podíamos abrir, en una bolsa de papel llegó una caja de leche y unos panes, aún calientes, comimos en silencio, nos mirábamos con la curiosidad estampada en cada rostro, creo que todos queríamos decir algo.
¿Quién comenzaría? sin darnos cuenta, casi simultáneamente, comenzamos a sonreír tímidamente, en definitiva, no podíamos continuar con esas caras, así lo hizo saber el tres, con su voz fuerte, sabíamos que en pocos minutos algo comenzaría a andar y solo pararía cuando nosotros lo decidiéramos.

Bajamos los tres en busca de la calle, la cruzamos y nos paramos frente a un semáforo que parecía contar los autos distraídamente, demoró un siglo para dejarnos pasar, ómnibus repletos, taxis en una especie de carrera, sus colores negro y amarillo eran un destaque entre el mar de coches, uno paró sin que lo llamásemos y su puerta nos invitó a entrar, anduvimos unos minutos y , como establecido, bajamos la cuatro y yo, estábamos frente a la casa Rosada, casa de referencia para los democráticos y dictadores de turno, allí se decidían, antiguamente, los pasos a seguir por un pueblo que siempre tuvo la manía de decidir, equivocados o no, decidían, debíamos caminar unas cuadras por la calle lateral, estábamos en plena zona bancaria, un ir y venir de corbatas y trajes bien cortados , dominaban, mayoritariamente, el estilo de los miles de hombres y mujeres que circulaban entre cambios y bancos, así, de repente descubrí quienes eran “el siete” y “el ocho”, un aire de seguridad bajó en mí como quien recibe un espíritu, parodiando a los umbandistas, una leve sonrisa cómplice sirvió de saludo, el auto estaba estacionando unos metros antes del banco que, era nuestro destino, dentro de él, “la uno”, con su llamativo pelo rubio y su ropa provocativa, era imposible no verla, tacos altos, pollera justa, muy justa se podría decir, me pregunté como podría ella moverse según lo planeado, imagino lo que pensaron mis compañeros anarcos al verla, ya se juntaban personas en la puerta del banco, nos sentíamos protegidos entre tanta gente, estábamos esperando para entrar, tomamos las armas que nos esperaban en el auto, “la uno” se dirigió a la puerta de servicio, lugar por donde entraban los empleados, los ojos del guardia uniformado, enorme, con aspecto de actor de películas de guerra, orgulloso de su imagen, se derritieron al verla, entró y quedó hablando con él junto a la puerta de vidrio, se abrió de par en par y todos entramos, unos rápidamente buscaron ponerse en las filas de las cajas, otros se agruparon alrededor de un portero que distribuía las señas, nos miramos y nos encaminamos hacia el fondo del banco, unas mamparas separaban más o menos treinta empleados del resto, el trabajo que yo tenía que hacer era cerrar la mampara y no dejar salir a nadie, mientras “el siete” y “el ocho” quedaban en la parte de afuera de la mampara, no dejando entrar, “la uno” llegó caminando rápidamente con el guarda que, con los ojos casi saliendo de sus órbitas y sus costillas calzadas con un 38, no encontraba respuesta a sus silenciosas preguntas, nunca debe haber pasado por su cabeza que aquella frágil mujer le haría pasar tal vergüenza, varias palabras dichas con un tono mas alto que las maquinas de escribir y las calculadoras, se adueñaron del salón, ¡esto es un asalto!
¡Nadie se mueva de sus lugares!
Las armas dejaron de vivir escondidas,”La cuatro” recorrió rápidamente los diez o doce metros que nos separaban del cofre, “el seis” estaba ya en la puerta con el encañonado gerente que no atinaba ni a hablar, su miedo nos ayudó, los demás, contagiados, se escondieron contra el piso, caminé en dirección a la puerta del cofre, tomé al gerente por debajo del brazo y “el seis” llamó a “la cuatro”, ¿pronto? ella se asomó, ya con una bolsa en cada mano y el arma colgada del hombro izquierdo -era zurda total- el gerente se agachó contra un escritorio y al intentar gritar, un golpe se lo impediría, su boca no gritaría por socorro durante un mes, por lo menos, era de lamentar, pero…
Una bolsa “el seis” otra la cuatro y a encerrar a los empleados en el salón que servia de antesala del cofre, el gerente, asustado, se arrastró solo y los demás entraban entre arrastrándose y corriendo agachados, ¡Vamos!, Vamos!
¡Pueden avisar que estamos vivos y que el pueblo no los perdonará nunca!
Esa fueron las palabras “del cinco”, “la uno” ya se había librado del hombre de sus sueños y abrimos la mampara que dividía el banco en dos salones, “el siete” y “el ocho” ya estaban en la puerta, por allí solo saldríamos nosotros, nadie entraría, salieron cargando una bolsa cada uno y sus armas amenazaban a todos los que sin darse cuenta formarían parte de la noticia del día, “el tres” ya tenía el auto en marcha y rápidamente subieron los dos, alguien disparó contra el coche, chirriar de neumáticos, las personas sorprendidas comenzaron a correr y refugiarse detrás de los autos estacionados frente al banco, el movimiento era enorme,
-no tan grande como nuestra sorpresa-
parecían estar buscando un lugar más seguro y decidieron que era el interior del banco el lugar más indicado, el tiroteo se extendió y ya no eran solo “el siete” y “el ocho” los que descargaban sus armas, el centro bancario se convirtió en una plaza de guerra y “el cinco” salió en dirección al segundo auto llevando a empujones a ”la uno”, que ya no estaba sobre sus tacos altos y su vestido justo ya no cubría sus piernas, -estaba casi en su cintura-, arrancaron rápidamente con una de las puertas abiertas, el interior del banco comenzó a levantarse, ya se podían ver cabezas curiosas por todas partes, teníamos que decidir rápidamente que hacer, si nos quedábamos, “perderíamos de la misma manera”, hacer rehenes dentro del banco no estaba en nuestros planos, correría mucha sangre y aquello que era simpatía podría transformarse en odio popular, el dinero ya estaba en los autos y corriendo por la ciudad de Buenos Aires, ahora solo nos quedaba salir y desaparecer, estaba previsto algo así, lo sabíamos y así lo decidimos, no salir de a uno, ni por puertas diferentes, “el seis” cruzo todo el salón y se juntó a nosotros, era un gordo ágil, las personas que estaban intentando ver o descubrir que fin tendría aquello, arriesgaban tanto como nosotros, “la cuatro” se dio vuelta y disparó contra los vidrios de las cajas con la intención de que todos se bajasen y así sucedió, solo nos quedaba salir y con un mirarnos lo decidimos, salimos, no podríamos tirar contra los curiosos, pero…había que hacer con que se desorientasen con nuestra decisión, salimos disparando para arriba y contra los que estaban armados, buscando con eso, llegar a la esquina, allí estaríamos a salvo, los autos estaban a nuestra espera, perdí de vista “el seis” entre tiros y olor de pólvora, gritos, vidrios rotos, alguien disparaba desde adentro, era el “armario” de “la uno”, haciéndose el valiente, al darme vuelta intentó esconderse y le disparé, su cuerpo cayó contra los vidrios, “la cuatro” estaba a tres metros de mi, intentando correr y disparando contra los que se asomaban por detrás de una patrullera, fue la primera a caer, los disparos eran muchos, sentí en mi pierna un golpe, como si un enorme martillo me golpease, se doblo mi pierna, comencé a caer y mi cabeza pareció explotar, sentí el golpe y continué en dirección al cordón de la vereda, intente disparar y otro golpe no me lo permitió, eran medio centenar de pies rodeando mi cuerpo y entre ellos vi el cuerpo de “la cuatro”, se movía aún, no daba para ver donde estaba baleada, una mancha de sangre sobre su brazo fue lo único que pude ver, aumentaron los pies y me levantaron en vilo entre varios, sentí que mis ojos se llenaban de sangre, sentía quemar mi cabeza y un olor de cabello quemado envolvía mi cara y mis pulmones, sentí otro golpe en la cabeza, era la puerta de un Fálcon que se abrió justo cuando intentaban colocarme adentro, intentaron cubrir mi cara con una ropa de lana, sucia, con gusto a grasa de auto, sentí que otro cuerpo caía sobre mi, cayó como un espantapájaros mojado, gritaban para que la gente saliese del camino del auto, la sirena apagaba los gritos de la gente que, curiosamente, intentaban participar de ese día “histórico” podrían contar a sus hijos y nietos que habían visto los asaltantes de bancos baleados en el tiroteo.

El Fálcon recorría rápidamente las calles del centro y las “Motorolas” comunicaban, gritaban que ya nos tenían, que nos llevasen a Avellaneda, no la sentía moverse, uno de ellos herido en el cuello reclamaba a gritos, por que demoraban en llegar al hospital, solo decía ¡estos hijos de puta!
Frenamos bruscamente y otros autos frenaron también, se bajo el milico herido y seguimos, -según sus radios-, para Avellaneda, apagaron la sirena y aumentaron la velocidad, -me di cuenta que estábamos en una autopista-, uno preguntó
-¿y? ¿La yegua está viva?
No, esta ya no jode a nadie y este hijo de puta también es “boleta”, mi cabeza no conseguía pensar en otra cosa que no fuesen aquellas palabras,
¿ La yegua está viva?.
Llegamos a una casa que tenia un garaje subterráneo enorme, los sonidos del motor retumbaban mucho, era un espacio vacío, varias voces distantes comenzaron a crecer en nuestra dirección, me arrastraron unos metros por los brazos esposados, intentaban que no tocase el piso, me pusieron sobre una mesa que tenia partes metálicas y partes forradas, levantaron la capucha improvisada y una luz muy fuerte me cegó, sentí que la sangre se convertía en una costra en mi cara, no sentía el peso de la pierna, me golpearon con la intención de saber si sentía algo en ella, uno de ellos decía,
¡fui yo el que lo acertó!
Orgulloso, justificaba su salario, rasgaron el pantalón y al ver la herida descubrieron el lugar donde deberían buscar mis respuestas, con una especie de pinza sacaron lo que restaba de la bala , ya no sentía dolor alguno, no sabía en que lugar del cuerpo me dolía más, sentí que mojaban mi cabeza en busca de saber cual era la gravedad del tiro dado por el héroe asumido, alguien con voz un poco mas grave que los demás y con menos olor de alcohol dijo, pueden preguntar, resistirá.
¿Que hacemos con la vaca?, llama a los del avión, que ellos decidan que hacer, los comentarios eran una especie de susurros y palabras secas, llegaron varios autos y mi cuerpo, atado a la cama, buscaba oír algo que fuese buena noticia, eran buenas, no habían conseguido agarrar a los demás y la rabia se convirtió en un enorme volcán de golpes, sentí que mi cuerpo se levantaba de la cama en contracciones terribles, mi boca apenas me dejaba respirar,
¿Donde están tus compañeros?
¡Asesinos!, ¡hijos de puta!
¿Donde están?
¿Donde ponen la plata?

Se repetían las mismas preguntas, así quisiese responder no podría hacerlo, ellos no escucharían nada, la rabia los cegaba y solo querían golpear, uno de ellos golpeaba el cuerpo de la cuatro que estaba en el suelo, muerto, lo consiguieron controlar a duras penas,
¿Cómo se llamaba?
¿Cuántos son?
No se cuantos eran los que estaban en aquel garaje, no eran pocos y muy nerviosos, las radios hablaban solas, ellos solo escuchaban y descargaban su rabia en un cuerpo inmóvil y en mi. Salieron varios autos en rápida carrera, así como salieron, otros entraron ya preguntando,

¿Dónde está? ¿Quién es? ¿Dónde está la guita?

Cada sonido llegaba a mi con forma de martirio, el tiempo estaba parado, mi reloj no conseguía dar media vuelta sin que ellos lo pararan, intenté pensar en ella, en sus hijos, era una forma de que el dolor no me alcanzara mas, descubrí que era de noche cuando a uno de ellos se le escapó un buenas noches, vino el ”médico” para ver si podían “tratarme” un poco mas y así lo hicieron durante lo que me pareció un siglo, cuando salieron caminando en dirección a una especie de sala, conseguí ver su cuerpo cubierto por unas hojas de papel de diario, solo se asomaban sus pies, grotescamente separados, descalzos, sucios, al volver, por la radio avisaron que uno más de ellos había muerto a consecuencia de las heridas en el enfrentamiento con guerrilleros frente a un banco, ahora eran tres los caídos, así lo comentaban ellos, en sus rabias, en mis rabias y miedos sabía lo que vendría, ella estaba libre de eso, podría viajar libremente a su Tucumán, ver y tocar el rostro de sus hijos, ya nada ni nadie se lo podría impedir, el ruido de una camioneta al frenar interrumpió mis pensamientos, después de saludarse, comentaron algo sobre “la cuatro”, no conseguí entender, la cargaron en la camioneta junto con las hojas ensangrentadas y salieron, uno de ellos al arrimase me dijo, -tu amiguita va a volar- yo ya sabia de que se trataba, se sumaría a otros muchos cuerpos que soltaban desde aviones para que el río los llevara al Atlántico, algunos anclarían en las playas uruguayas donde se les trataría como a marineros japoneses o chinos, por sus rostros hinchados y deformados por el mar.
Después de varios años supe su nombre y el de sus hijos, se llamaba Carmen, ellos, Juan y Luis, su compañero había sido un militante, tenia 32 años cuando lo encontraron dentro de un auto, junto con otros compañeros, atado de pies y manos, sus hijos aún tiran flores al río, nunca recibieron el cuerpo de su madre.





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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2007-03-04 19:30:48
Nombre: Roberto
email: robert_o@yahoo.com.es
Comentario: s un relato muy bueno, imagino que el lenguaje es tipico de la argentina, donde el español original ya poco se usa, pero quiero que quede claro que, independiente de entender o no algunas palabras , el cuento es de parar los pelos, me gustaria leer más sobre el autor, muy agradecido al site por editarlo.



Fecha: 2007-03-01 13:12:18
Nombre: Kelly
email: Kellydau@globo.com
Comentario: Sr.Machado, soy traductora de español y despues de leer su cuento o relato, quede muy impresionada con la fuerza impuesta en cada paragrafo.
Como soy traductora, me gustaria saber el significado de algunas expresiones, que a decir verdad, me superaron.
Crei que ya lo sabia todo, espero su respuesta a mi email para poder cambiar alguna idea sobre el tema. muy agradecida y felicitaciones, el relato es estupendo.



Fecha: 2007-02-26 04:20:01
Nombre: Adriana Aguirre
email: adrianaaguirre@adinet.uy
Comentario: Muchas gracias por el cuento, tiene usted el don de atraer desde e inicio al fin, ya recomende su cuento a mis amigos, es estupendo, felicitaciones