La esposa de Antonio tenía muchas cualidades, tanto físicas como morales. Pero lo que más destacaba de su anatomía era un magnífico par de nalgas, redondas, carnosas, como dos melocotones… y grandes.
Un buen día, Antonio escuchó unos ayes angustiados de su esposa desde el baño:
- Antonio, ¡socorro, ayúdame, por favor!
La esposa de Antonio tenía muchas cualidades, tanto físicas como morales. Pero lo que más destacaba de su anatomía era un magnífico par de nalgas, redondas, carnosas, como dos melocotones… y grandes.
Un buen día, Antonio escuchó unos ayes angustiados de su esposa desde el baño:
- Antonio, ¡socorro, ayúdame, por favor!
Cuál no sería su sorpresa al advertir que la mayor característica de su amada esposa era la causa de su desasosiego, puesto que había quedado atrapada en el asiento del inodoro sin posibilidad de liberarse.
Intentaron empujones, tirones, todo en vano. Contemplaron la posibilidad de serrar el asiento, o quemarlo con un soplete, pero, ante la cara de terror de su esposa, Antonio decidió pedir consejo a un experto.
Desatornilló el asiento del inodoro, colocaron un abrigo sobre los hombros de la mujer, que tapara el desaguisado, y se encaminaron a una fontanería.
Al llegar, Antonio retiró el abrigo y le mostró el problema al atónito empleado.
- ¿Qué le parece?
- Hombre, no está mal, pero tampoco es para ponerle un marco, digo yo…
//alex
Una obra de arte
Autor: Meiram
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Cuento publicado el 11 de Octubre de 2015
Un buen día, Antonio escuchó unos ayes angustiados de su esposa desde el baño:
- Antonio, ¡socorro, ayúdame, por favor!
Un buen día, Antonio escuchó unos ayes angustiados de su esposa desde el baño:
- Antonio, ¡socorro, ayúdame, por favor!
Cuál no sería su sorpresa al advertir que la mayor característica de su amada esposa era la causa de su desasosiego, puesto que había quedado atrapada en el asiento del inodoro sin posibilidad de liberarse.
Intentaron empujones, tirones, todo en vano. Contemplaron la posibilidad de serrar el asiento, o quemarlo con un soplete, pero, ante la cara de terror de su esposa, Antonio decidió pedir consejo a un experto.
Desatornilló el asiento del inodoro, colocaron un abrigo sobre los hombros de la mujer, que tapara el desaguisado, y se encaminaron a una fontanería.
Al llegar, Antonio retiró el abrigo y le mostró el problema al atónito empleado.
- ¿Qué le parece?
- Hombre, no está mal, pero tampoco es para ponerle un marco, digo yo…
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