La escotilla. Cuentos cortos de humor


La escotilla

Autor: Alba Sepúlveda

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Cuento publicado el 26 de Mayo de 2012


¿Se han fijado alguna vez en lo tortuosas que pueden llegar a ser las escotillas de los autobuses? Sí, me refiero a esas benditas aberturas que están en los techos de todas las máquinas del aún más bendito sistema de transporte público. Si no eres un viajero frecuente como yo, te preguntarás por qué son tan odiosas. Por el contario, si te ves en la humillante obligación de movilizarte de este modo, me entenderás.

Éste es un relato extremo de supervivencia.
Aquel lunes de abril llovía, llovía mucho, como es usual en esa fecha. Como todos los días, abordé el bus a dos cuadras de mi casa, que me bastaron para quedar empapado hasta los calzoncillos. Aún maldigo al destino que me impulsó a ocupar el asiento que quedaba justo bajo la mencionada escotilla. Adivinaste, estaba abierta, y para mi sorpresa y desesperación, comenzó a caer un chorro de lluvia en mi cabeza. Miré alrededor mientras fingía no percatarme de la perversa intención de la escotilla de darme muerte por inmersión. Todos los demás asientos estaban ocupados, para colmo de males, mi compañera de asiento era una chica muy guapa con traje de oficina.
¡Diablos! Tenía que pensar en algo, cualquier cosa. Pensé incluso en hacerme el dormido, pero dadas las ridículas circunstancias, deseché ese plan de inmediato. Fue entonces cuando en mi cabeza apareció el primer atisbo de la peor decisión que pude haber tomado: levantarme a cerrarla. Después de haber acumulado en mi repertorio horas y horas de viaje, debí haberlo sabido. Nunca intentes cerrar una escotilla con público. Mi adrenalina subió a su límite máximo mientras me levantaba del asiento, no sentía las piernas, desconocí mi cuerpo por completo como si se moviera solo, podía escuchar el latido de mi corazón y por un segundo que pareció una eternidad todo el mundo se detuvo, todo quedó en silencio. Como en cámara lenta alargué mi brazo tomé el mango y… tiré de la escotilla. Terror, no se cerró. Lo intenté una vez más. No cedía. ¿Acaso era tan estúpidamente débil como para no ser capaz de cerrar aquella invención maligna? El terror me invadió y en vez de volver a mi asiento para sufrir de las miradas de todos, toqué el timbre de parada y la puerta trasera se abrió. Salí casi corriendo a la calle húmeda y ahí me quedé, bajo la lluvia. Qué más daba, ya estaba a salvo del agua… bajo la lluvia y aun quedaban diez cuadras para llegar a la oficina. Emprendí mi camino calmadamente, como si fuese un día soleado.

Ahora jamás me siento junto a la escotilla, aunque sea el único asiento disponible permanezco estúpidamente de pie.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2012-05-26 18:37:56
Nombre: Rafael Garcia
Comentario: Excelente redacción, Me gustaría que al final le dieras más énfasis, "preferible a estar encaramada tratando de cerrar la maldita escotilla.