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Clarence Carswell y la Ambig√ľedad del Tiempo

Autor: Fernando de Argensola

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Cuento publicado el 14 de Junio de 2016


"Todo sale perfecto de manos del autor de la naturaleza;
en las manos del hombre todo degenera."

Jean Jacques Rousseau: Emilio


Es imposible determinar con precisión el factor maintenant, teniendo en cuenta el carácter subjetivo e individual que tiene el Tiempo como variable para usted, para mí y para los demás. Ese maintenant se diluye en el pasado como inevitablemente se diluye en el agua caliente el sabor de la hierba elegida cuando se prepara una infusión.

Por consiguiente el maintenant no es un maintenant sino un Entonces¬Ö

Mi nombre es Clarence Carswell, y las palabras que contienen este escrito mostrarán, a quien los efectos de su curiosidad conlleven a leerlo, cómo dejé que mi alma se perdiera entre las circunstancias que inundan mi ahora: ¡mi maintenant!

Tal vez así lo quise, tal vez no. Lo cierto es que ya no lo puedo remediar. Dejo este escrito al lado de su mano derecha, la misma que aun sostiene una pluma, ¡La de él! quien sigue sin terminar de voltear… Y yo...

******

Había vivido en el claustro del estudio durante casi toda mi inerte e insignificante vida, entre libros y bibliotecas; entre polvo y papel. Mi verdadero vivir (llamémoslo mejor experimentar) era el libre tránsito por el ingente espectro de una imaginación sin fronteras, sin bordes, sin limites.
Cavilaba entre cuatro paredes, absorto entre historias largas y cortas. En ideas ajenas a la realidad, escritas por locos. Sabios locos. Viviendo una no-realidad paralela a mi realidad. Para entonces yo pensaba que lonormal era dejarme llevar por mis intensos estados de imaginación, mi trance literario; siquiera, más "normal" que la aparente normalité de mon existence.
Es atribuible también, en efecto, una altísima carga de subjetividad al factor normalité, teniendo en cuenta que aquello "normal" no siempre es lo que debería haber sido, o peor aun: lo correcto. En tal caso, no son más que subjetividades, tan solo un manojo de subjetividades.
Divagando entre pensamientos y recreaciones, producto de mi imaginación guiada por la lectura, me escapaba de aquella habitación en la que yo existía. Huía cual Quijote... Soy pues Clarence Carswell, pero como el Quijote: atado a su locura; desafortunadamente sin un Sancho que me ayudase en mi desdicha, pues no viví nunca ventura alguna.
¬ŅEra yo una v√≠ctima m√°s de la locura? No lo s√© ¬ŅC√≥mo saberlo? ¬ŅAcaso consciente est√° el loco de su locura como el pol√≠tico de su tropismo? Y de ser cierto, mi estado de enajenaci√≥n tendr√≠a que haberse alimentado hasta la saciedad del papel y la tinta; transformando, en consecuencia, el curso de mis actitudes en un inevitable taxismo.



Mi condici√≥n m√°s notoria, a pesar de aquella aparente demencia, siempre ha sido el ser preso del tiempo y su ambig√ľedad. Su valor individual y su car√°cter progresivo se destilan en m√≠, hipnotiz√°ndome inconscientemente, alej√°ndome, y a la vez, sumi√©ndome en el maintenant.

Para m√≠, bajo la sombra de lo irremediable, los momentos eran borrosos, difusos, extra√Īos; lejanos a mi consciencia, a mi raciocinio, a mi psiquismo y sus resortes.

Tal vez usted lector no entienda completamente lo extra√Īo de mi condici√≥n. Ser√° prudente que procure a sus esfuerzos tratar de entender simplemente que: no tengo sentido del tiempo. Nunca lo he tenido... No s√© cu√°ndo es ahora ni cu√°ndo fue ayer; no s√© si ya pas√≥ el d√≠a despu√©s de ma√Īana o en qu√© parte del ahora vuelvo a encontrarme: mi maintenant.
Me concibo atrapado en una esfera, sin poder apenas percibir el sentido del hoy.

Ciertamente sé quien soy... ¡Soy Clarence Carswell! Sé también dónde vivo y a qué era pertenezco. Entiendo mis habilidades y capacidades intelectuales; pero en comparación con quién, si conozco nada más que a una sirvienta que lava mis ropas y prepara mi comida. ¡Ja! ...A ella y a un séquito de meretrices. Vaya punto de comparación.

La verdad es que se me dificulta percibir el tiempo en medida y, para suma de mi aflicci√≥n, ni siquiera he podido debatir este tema con persona alguna; al menos para consolarme en sus posibles intervenciones al respecto. ¬ŅCon qui√©n podr√≠a hablar yo de esto? Podr√≠a imaginar a mi interlocutor frunciendo su ce√Īo y balbuceando irrelevantes preguntas...
Esta característica tan mía me diluye en trastornos nocturnos, los cuales hacen que me pregunte por dónde vaga mi alma y cuál es su función.
¬ŅEstar√© loco? ¬ŅPor qu√© entonces no me han recluido en un manicomio?
Conviv√≠ entre tropiezos y desaires con el ama de llaves, que durante toda mi vida, hab√≠a cuidado del Chateau Carswell. La misma sirvienta que, como ya coment√©, siempre ha lavado mis ropas y preparado mis comidas d√≠a tras d√≠a desde que tengo uso de raz√≥n. Con ella y con uno o dos ayudantes, familiares de esta por supuesto; aquella vieja, la se√Īora¬Ö ¬°vaya calamidad! no recuerdo haberla llamado nunca por un nombre m√°s all√° de algunos gritos llenos de peyorativos -sin que esto aparentemente le afectase pues siempre se mostr√≥ sumisa ante mis b√°sicas necesidades-. A decir verdad nunca inspir√≥ a mi intelecto el deseo sincero de charlar con aquella grotesca mujer; sencillamente siempre la vi al margen de mis intereses. Me tiene sin cuidado lo que se figure de m√≠; qui√©n sabe que extra√Īos pensamientos pasar√≠an por su limitada mente.



Ella era aborrecible; como aborrecible es la actitud de un empleado que trabaja obligado y ajeno a sus verdaderos deseos y a su verdadera convicci√≥n de ser y sentirse √ļtil.
En ocasiones pod√≠a alcanzar a escucharla murmurando palabras detr√°s de las paredes -mis paredes- como quej√°ndose de su condena de servirme hasta la muerte, a rega√Īadientes; contraria a sus ganas.
Mi repulsión a esta mujer era tal, que muchas veces pensé en matarla; pero luego, en calma, recordaba sus atenciones y cuidados en elchateau; por lo que consideré prudente y sensato dejarla vivir...

Además, yo nunca había matado a nadie; por qué habría de hacerlo. No me prestaría tan natural como los asesinos de las historias que leía. Aunque, siempre fantaseé con ello, en el fondo, no quería desarrollar aquella posible habilidad, incursionando en algo tan nuevo para mí como viejo para la humanidad.

Aquello era solo un humano impulso; como una ilusión más en mi perplejidad: ¡pasajera! comme la plupart des illusions.
Mi memoria no se había visto afectada por mi condición no perceptora del tiempo. Recuerdo detalladamente lo ocurrido en el paso de mis días como infante, al igual que en mi aburrida juventud. Yo era un monstruo mudo, enjaulado, preso de mi propia desidia. Cautivo por voluntad propia. Ajeno a la risa, la luz y todo aquello que en las afueras del chateaupudiera encontrarse.
Fui criado por sirvientes, quienes nunca se esforzaron en ofrecerme opciones que estimularan mis sentidos, en esa supuesta vida que me fue asignada en su enigmática aleatoriedad. Opciones más allá de una sala llena de libros y velas. Vaya si me deleité… serviteurs maudits…
Mis padres extra√Īamente murieron cuando yo era solo un ni√Īo y, de alguna u otra forma, aquellos jornaleros resolvieron en hacerse con mucho de los jugosos bienes del distinguido Monsieur Carswell.
El fantasma de mi madre acos√≥ de tal manera al ama de llaves (esa se√Īora que cocinaba para m√≠) que no recuerdo haber prescindido de sus cuidados; incluso hasta el d√≠a de mi muerte, cuando ella misma enterr√≥ mi cuerpo absque anima cerca de la colina en donde tambi√©n fueron enterrados Monsieur y Madame Carswell.
Esto lo entend√≠ luego de que dej√© de ser un joven. Me fue revelado por mi padre en un extra√Īo y recurrente sue√Īo. No me atrevo a imaginar lo que aquella sirvienta habr√° experimentado. No quiero pensar por qu√© simplemente no abandon√≥ nuestro aposento, huyendo as√≠ con aquellos bienes materiales; puesto que robarme a m√≠ y a un par de fantasmas le fuese tan aparentemente sencillo.
Una inmedible fuerza la ataba a sus labores; como condenada a elegir entre los oficios de sirviente o las consecuencias del asedio y el acecho fantasmal hasta el fin de sus días.
Era digno de apreciarse que aquella sirvienta podría disfrutar de las comodidades del chateau y del acceso a una fortuna sin cerrojo, sin embargo, la amargura y la envidia la hacían lucir decrépita e infeliz. Hundiéndola en sí misma. Definitivamente no era más libre que yo. De eso estoy más que seguro.
Mi difunto padre tenia mucho dinero guardado en una de las habitaciones de aquel chateau. Nunca confió a los banqueros el fruto de sus esfuerzos. Dispuso una habitación a manera de bóveda. El acceso a dicha fortuna no era mayor problema para resolver las necesidades que requerían vivir en tan ostentoso y mal aprovechado lugar. La sirvienta se encargaba de tomar lo necesario de la mencionada bóveda para comprar vestuario, comida y pomos de jabón. Esas eran mis básicas demandas. Lo demás, escapaba de mi atención y ciertamente no mermaba en gran cantidad aquel acervo, aquella herencia sin uso.
Mi condición de solitario y mi vida aislada de todo lo exterior, nunca permitió que me acercara a los infortunios del deseo por el dinero y el delirio que arrastra la ambición mal canalizada. Simplemente no llamaba mi atención eso por lo que tantos se afligen. Mucho menos, mis intereses se posaron en mujer alguna, puesto que no existía un digno estímulo femenino más que aquella horrenda sirvienta.




Confieso que, ciertamente, hubo un tiempo en que las prostitutas visitaban mi chateau, pero hace mucho que eso dej√≥ de ser una constante en mi vida. Una coyuntura m√°s en mi pasado. Como era de esperarse, el trato con estas cortesanas se limitaba estrictamente al extenuante aprovechamiento de sus habilidades en el oficio... Pero como todo merma, con el paso de los a√Īos aquella pasi√≥n transfigur√≥ en lasitud.
Ropas vestía, pues eran ropas que me abrigaban del frío y de la brisa nocturna. Zapatos calzaba pues protegían mis pies. Comida engullía cuando el hambre me sacaba de mi concentración. No hacía otra cosa más que leer aquellos libros. Qué más habría de necesitar un animal en cautiverio como yo, aislado de las banalidades de la sociedad de entonces, de ahora y de siempre.

Ah… ¡Licor! Pues, para suma de mi no-tan-bien-disfrutada herencia, mi padre no reparó en gastos al disponer un depósito repleto de varios y finos licores. Solo yo tenia posesión de la llave que abría la puerta que ocultaba aquella reserva y abastecía, siempre, las demandas que mi ansiedad requería.

Al parecer, antes de yo haber nacido se hacían grandes fiestas en esechateau imponente, pero eternamente gris para mí.
Mis repetidos episodios de embriaguez maximizaban mi condición: mi percepción del tiempo ¡de mi tiempo!

Muchas veces desperté con los pies llenos de tierra sin saber a dónde había ido la noche anterior... En ocasiones llegué a estar perdido entre los bosques cercanos al chateau bajo la faz del beodo y, luego de recobrar la sobriedad, regresar a mi habitación, desorientado, como ya era costumbre en mí.

Imágenes difusas vienen a mis recuerdos. Abstractas eran la mayoría de mis remembranzas en relación a esos episodios, como paradero de lo absurdo.
Con el pasar de los a√Īos una fuerte fiebre me atac√≥ hasta tal punto que √ļltimamente no recordaba ya sentirme bien. Hab√≠a olvidado lo que era saberme saludable y vigoroso. Hab√≠a perdido mis fuerzas y solo hac√≠a lo que, ya a duras penas, siempre hac√≠a: leer.
No recuerdo haber tomado medicamentos ni remedios que mitigaran mi malestar; mucho menos recibir visita de alg√ļn m√©dico. Mi cuerpo no adopt√≥ b√°lsamo alguno m√°s que el alcohol, en las disgresiones de dolor que me apartaban de mi enfoque: de mi lectura.



Yo me perd√≠a entre aquellas fant√°sticas historias, mientras las infecciones se hac√≠an en m√≠, por dentro, y sin embargo, en el abismo de mi estado, segu√≠a vinculado a esas p√°ginas llenas de polvo. Las le√≠a una y otra vez. Lloraba con ellas, me estremec√≠a; me asombraba y aprend√≠ainconscientemente el dominio de la lengua y su gram√°tica. ¬ŅPara qu√©? Pues aparentemente para nada¬Ö Entend√≠a la lectura misma como mi oficio y mi entretenimiento, y a la vez, eran aquellos viejos libros mis √ļnicos amigos, llenos de relatos, llenos de magia, llenos de locura, llenos tan inevitablemente de m√≠¬Ö
Aquella fiebre no dio tregua devastando mi salud, y mi silenciosa vida menguó una noche fría en la que se liberó un alma y también una condena de servicio.
La noche siguiente hubo fiesta en el chateau. En la lejan√≠a desmaterializada de mi maintenant pude escuchar la m√ļsica y en el limbo me re√≠... me re√≠ con una fuerza impresionante, tan impresionante que los invitados de aquel festejo se estremecieron al escucharme:

ja ja ja ja... Serviteurs maudits... ja ja ja...


**

Llegada la hora de mi muerte, en mi juicio -afortunadamente- sopesaron más los males que nunca cometí en contraste con los que sí cometí. Aquel tribunal para almas falló a favor de una posibilidad, de una entrada a donde todos quieren ir luego de abandonar la ciudad de Caín, tierra de los mortales.
Al fin y al cabo qu√© da√Īo pude ocasionar yo a qu√© ser vivo en esas tierras ya lejanas para m√≠; llenas de gentes, ajenas a m√≠, como ese Ca√≠n y sus Enoc y Lamec.
Qu√© fechor√≠a se me pudiera atribuir mas all√° de saciar mi apetito con mam√≠feros ya muertos y... mujeres tambi√©n ya muertas, al menos para mi consciencia. ¬ŅEse inevitable y sucesivo consumo ser√≠a catalogable de fechor√≠a? No lo creo. Qu√© acto malvado se me podr√≠a imputar m√°s que el de haber pensado, tan solo haber pensado en matar, puesto que nunca lo hice. Del pensamiento al acto hay solo una consecuencia nefasta: la culpa. ¬°Y yo no la sent√≠a en lo absoluto!
No les quedó otra opción que darme acceso al paraíso.
Resuelvo ser absuelto y me es permitido pasearme por aquel edén en mi nuevo maintenant, mi nuevo entonces. El péndulo dicotómico de mi vida oscilaba ahora hacia la felicidad. El mismo péndulo que me había recordado en horas muy anteriores, que definitivamente no existe esa felicidad, al menos, a plenitud.

Vivía yo, entonces, en aquel destello intermitente de la felicidad. Deslumbrado, admiraba todo a mi alrededor.
Existían paisajes infinitamente hermosos. Se podía escuchar el nunca escuchado sonido de la alegría constante e invariable. Nada era comparable con aquel majestuoso lugar lleno de colores, de luces, de aromas, de sensaciones agradables; de una ausencia de dolor alguno; de paz en su más pura expresión.
Describir los encuentros y paseos con los ángeles y arcángeles que habitaban ese más que Shangri-La sería incomprensible aun al juicio del lector más entendido y preparado.
No existía el frío ni el calor, ni el miedo, ni siquiera el hambre y la sed. ¡En aquel lugar nada hacia falta!
D√≠as enteros pasaron, imperceptibles a mi sentido, pues aun mi alma tenia grabada mi condici√≥n terrenal; como una amalgama malsana entre mi Civitas Terrena y mi Civitas Dei. Meses, a√Īos y siglos enteros en los que estuve distra√≠do entre aquello maravilloso que generosamente me sitiaba. Aquello que no puede ser descrito ni por s√≠mbolos ni por signos, ni escritos ni hablados.
Así anduve por las cercanías del Eufrates, y por las orillas del Tigris, y al otro extremo, también mojé mis pies muchas veces en el Pisón, en un instante entre tantos...

Al llegar al Guijón, mi mirada se perdió; el chocar de sus aguas con las rocas me hizo recordar, inexplicablemente, uno de los tantos relatos que de humano leía.

Mi paseo por aquel Ed√©n parec√≠a haber llegado a su √ļltima extensi√≥n.

¡Oh péndulo dicotómico de la felicidad!
Luego de una perturbadora inacción pude reincorporarme.
Record√© entonces cuando era un mortal y pasaba la noria de mis horas entre fant√°sticos escritos y fabulosos cuentos. Record√© tambi√©n mi afici√≥n por aquellos autores y mi deseo insaciable de leerles d√≠a tras d√≠a, noche tras noche ¬°inagotable deseo! Record√© que aquel era mi oficio y mi entretenimiento. Aquellos autores fueron mis maestros y mis compa√Īeros. Y entre aquellos maestros ¬°uno entre todos! El mejor entre los mejores. El m√°s cercano a mi deleite. El √°rbol m√°s hermoso en mi jard√≠n de la locura.
Recuerdo haber jurado buscarle entre los muertos, cuando mi hora me acercara a su estado. Recuerdo mi compromiso de buscarlo y conocerlo. Era pues momento de cumplir con mi juramento.
¬°Edgar! Al fin podre verte... ¬ŅCharlar√≠as con √©ste humilde?
Ahora bien, ¬ŅDonde estar√°? He estado distra√≠do tanto tiempo, y no he remediado en tratar de encontrarlo, en siquiera intentar buscarlo¬Ö
Solicité una audiencia ante el tribunal celestial para preguntar por aquel poeta, pero la respuesta ante mi solicitud me tomó por sorpresa.
Un √°ngel asignado a m√≠ por aquella corte me explic√≥, tomando mi mano como cuando de ni√Īo lo hicieron para explicarme que mis padres ya no exist√≠an, que la morada de aquel por quien yo preguntaba se encontraba en las lejanas profundidades del infierno. Su alma -continu√≥ aquel garboso √°ngel en su elucidaci√≥n- no obtuvo el privilegio de pertenecer a lo que yo finalmente fui destinado.
Rogué al ángel una nueva audiencia para solicitar que me llevaran ante aquel, poeta, brujo y genio en una sola criatura, lejano a mi maintenant.
El permiso me fue concedido luego de innumerable s√ļplicas. Innumerables.
Mi insistencia entonces me condujo a la entrada de aquel infierno en donde el √°ngel que hasta all√≠ me acompa√Ī√≥ me indic√≥:
-Procura no extraviarte, toma esta peque√Īa pero √ļtil piedra en tus manos y no la sueltes hasta que regreses. Pasar√°s cerca del Cancerbero, pero no te dejes llevar por el miedo; mientras tengas la piedra √©l no podr√° verte...



Aquel monstruoso ser estaba erguido muy cerca de esas enormes puertas tal y como era de esperarse. Sus cabezas atinaban a morderse entre ellas ¬°Era aterrador!
El ángel culminó sus indicaciones diciéndome lo siguiente:
- Una vez que hayas atravesado el umbral, corre lo m√°s r√°pido que puedas hasta que llegues hasta un r√≠o-pantano de colores naranja y negro. ¬ĖProsigui√≥ imperativo- No te dejes llevar por el miedo y corre hasta llegar all√≠ sin levantar tu mirada demasiado. Una vez en √©l, deber√°s atravesarlo sin soltar la piedra que en tu mano he colocado. Para ello deber√°s sumergirte en sus putrefactas aguas. Pondr√°s la piedra en tu boca y solo as√≠ podr√°s lograrlo sin ahogarte. Luego deber√°s caminar despacio para que las bestias y el mismo Abaddon no te escuchen. El lado del espeso r√≠o-pantano con m√°s nen√ļfares se√Īalar√° el rumbo que deber√°s tomar para llegar a su morada. Deber√°s regresar de la misma forma descrita. Yo estar√© esper√°ndote aqu√≠..
Hice todo cuanto se me sugiri√≥. Escap√© del Cancerbero. Hu√≠ al r√≠o-pantano y me sumerg√≠ en aquel Hades; fue inevitable abrir los ojos en sus profundidades. Pude apreciar una suerte de cielo invertido, oscuro y lleno de gestos espectrales que me invitaban a soltar la piedra en mi boca. Alcanc√© a ver innumerables im√°genes que a mis ojos se presentaban como en hordas espectrales: cuerpos leprosos, esquel√©ticas figuras y numerosas sombras fantasmales que se me acercaban mientras yo me apresuraba a llegar al otro extremo, guiado por los nen√ļfares. Incluso me pareci√≥ ver -si es que mi mente no desvari√≥ ante tal hecatombe- los rostros transfigurados de mis propios padres.

...Pude ver también otras cosas que prefiero no explicar.

Finalmente, atravesé, sin Caronte y sin Virgilio, aquel malévolo río-pantano.

Segu√≠ aquella senda callado y cuidadoso, recordando los consejos del √°ngel. No s√© cu√°nto camin√© pero llegu√© hasta algo que parec√≠a un mausoleo. Entr√©. Era un cl√°sico mausoleo de esos edificados solo en cementerios antiguos. Sin embargo, luego de dar algunos pasos, todo cambi√≥. S√ļbitamente, aquel lugar parec√≠a entonces mi alcoba en elchateau. Y... alguien estaba dentro, sentado en lo que parec√≠a ser una de las sillas que yo usualmente dispon√≠a para a leer. ¬ŅQui√©n...
¡Es él! ¡Definitivamente es él!
Pens√© -¬ŅCu√°nto tiempo he estado aqu√≠?-

Mi desconcierto me llevó a exclamar:

-¡Dios mío!

En las paredes de aquel antes mausoleo pude leer como escrito en fuego:

NO VENDR√Ā...

Mi asombro no daba cabida para m√°s emociones... Estaba completamente aterrado.



Camin√© unos pasos m√°s, acerc√°ndome lentamente. Tom√© la segunda silla y escrib√≠ todo esto al lado de mi silente acompa√Īante. Ah√≠ estuve, lleno de miedo, del m√°s intenso miedo que jam√°s hab√≠a sentido; sin poder siquiera ver su rostro. Ah√≠, tan asquerosamente cerca; como mu√Īecos de cera, inanimados, tanto √©l como yo. Ambos pluma en mano.

No sé cuanto tiempo me tomó escribirlo todo. Tampoco sé cuánto tiempo mi mano izquierda apretó incesante aquella piedra.
Al terminar mi relato grit√© su nombre buscando desafiarlo, pero √©l no se movi√≥; grit√© muchas veces sin encontrar alguna respuesta motora, alg√ļn gesto. Sent√≠a su respiraci√≥n pero era como si verdaderamente no existiera. Grit√© de nuevo cerca de su o√≠do agotando la fuerza de mi d√©bil garganta; grit√© desesperadamente tan fuerte que, esta vez, el eco de aquel nombre retumb√≥ ac√ļstica y tenebrosamente por todo los confines del infierno:

¬°Eeeeeeeeeeeeeeedgaaaaaaaaaaaaarrrrr..!

Aquellas letras de fuego cambiaron para decir:

AHORA...
Mi asombro ante el estruendo ecoico de mi propia voz me hizo soltar la piedra que en la mano sosten√≠a antes con fuerza, la cual rod√≥ hasta su pi√© derecho. √Čl, levantando su calzado, la fren√≥ haciendo adem√°n de voltear.
¬°Oh maintenant, mi mejor maintenant!
Las bestias y Abaddon vienen por mí…

Aun el √°ngel me espera, cerca de aquellas enormes puertas.

Fernando de Argensola
Octubre 2012




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