Trágica Luna de Miel. Cuentos cortos de terror


Trágica Luna de Miel

Autor: Ruben Oscar Lofeudo

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Cuento publicado el 07 de Enero de 2015


Un cuento de puro pudor
La mente humana es la reacción de nuestros pensamientos más crueles, nada puede hacer el ser humano, para que las sensaciones, cambien el destino de la vida.




Se encontraron las dos amigas del alma, al regreso de Tatiana de su viaje de bodas, un viaje que seguramente la desposada, jamás olvidara.

Su amiga Carolina, quería saber cómo le había ido, y que hábitos nuevos le florecieron, en su dulce y prolongada estadía en Necochea.
-Mi querida Carolina, me pides que te cuente mi experiencia sobre la noche de bodas, pero no sé si puedo atreverme a confesarla, le dije con timidez.
-Porque no, querida Tatiana, no somos amigas desde que aun gateábamos en los hogares de nuestros padres, que puede impresionarme de la noche más hermosa, en el traspaso de la soltería al matrimonio.
-Hoy quieres conocer mi experiencia, verdad?, más, porque no me hablaste antes, sobre lo que podía depararme mi primera noche con Walter?
-Vos Carolina, que ya habías conocido todas las peripecias de esa noche, en los veinte meses que llevas de casada...nunca se te ocurrió alertarme?
-Sabes que ocurre, querida amiga, es una noche muy especial, y casi nunca son comparable en las parejas primerizas. Desconozco que puede haberte ocurrido, pero es una noche muy dulce en el conocimiento mutuo.
-Si me hubieses advertido, Carolina, si hubieses despertado siquiera un poquito mi curiosidad, si me hubieses dejado entrever una mínima sospecha, me habrías ahorrado una simpleza, de que aún me avergüenzo, de la cual se reirá mi marido toda la vida; y es tuya la culpa.
-He quedado en ridículo para siempre; cometí una estupidez, cuyo recuerdo no se borrara fácilmente, y tú podías haberlo evitarlo… ¡Ah, si yo lo hubiera sabido!
-Prométeme que no te reirás de mí, si quieres que te diga lo que me pasó; no fue una comedia, fue un verdadero drama.
-“Me casé por la noche, y debíamos tomar el tren en Constitución, para el viaje de novios; ya lo sabes, yo distaba mucho de haber tenido aventuras, y conocer los avatares, que pueden leerse en las muchas novelas amorosas, con relación al matrimonio.
-Y si mi mamita me hubiese dicho, como la señora de Perez, dijo a su hija:
“Tu marido te oprimirá entre sus brazos, y luego...bla, bla, bla…”
Yo no podría responder como lo hizo nuestra amiga Laura Perez, riendo:
“No sigas, no me hace falta preparación; estoy al tanto de lo que puede, o debe ocurrirme...”
-Yo lo ignoraba todo, y mi mamá trastornada, no se atrevió a insinuarme la menor práctica, sobre un suceso tan escabroso.
-Aún me parece ver a mi cuñado cargando las valijas, y oigo el vozarrón de mi papá, quebrado por el llanto que no podía contener.
-Al despedirse de mí, besándome y abrazándome, dijo: ¡Valor, hijita! , como si fuese al dentista a sacarme una muela.
-En cambio, mamá, estaba hecha un mar de lágrimas, como si nunca jamás nos volviésemos a ver.
-Mi marido Walter, apresuraba la despedida, procurando acortar aquella esa situación tan difícil.
-Yo, completamente dichosa por aquel momento, y sin embargo, lloraba también.
-De pronto sentí que me tiraban de la pollera: era mi perrito Pepino, al cual había olvidado por completo, no haciéndole ninguna caricia; y el pobre, me daba su adiós a su manera.
-Me enternecí, y tomándolo en brazos lo cubrí de besos, me encantaba el poder acariciarlo, y obsequiarle mis mimos, es una sensación muy grata.
-El perrito estaba loco de alegría, lamiéndome el rostro tiernamente, pero de pronto, me clavó superficialmente los dientes en la nariz.
-No pude contener un grito, y solté a Pepino, porque la menuda herida me dolía y sangraba; todos se alarmaron… pidieron agua, vinagre, gasas, y mi cariñoso esposo, me hizo la curación en pleno anden.
-No era nada; una rozadura insignificante; al cabo de unos cinco minutos, partimos, entre llantos y deseos de buen viaje.
-La idea era pasar un mes en el hotel Horizonte de Necochea, disfrutando del mar, y sus largas e inmensas playas.
-Tú, ya sabes Carolina, como me encanta el mar y caminar por la arena.
-Le dije a Walter, sobre mi deseo de no acostarme sin haber visto el mar, y muy pronto comprendí, que mi sugerencia lo había contrariado.
-¿Ya tienes sueño, Walter?, le pregunté riendo, y me respondió:
-No tengo sueño; pero comprenderás que tengo muchas ganas de estar a solas contigo.
-Su respuesta me sorprendió, y le dije:
-¿A solas conmigo?... ¿No hemos venido solos en el tren?
-Sí—replicó sonriendo—, pero un vagón de tren, aun estando solos, no puede compararse con una cama nupcial.
-También en la playa, caminando por la húmeda arena, estaremos solos a estas horas..., nadie nos acompañará en el paseo.
-Decididamente, mi proyecto no fue de su gusto, pero accedió afectuoso:
-Lo que tú quieras, ángel mío, me contesto algo resignado.
¡Espléndida noche! Una de esas noches que inspiran a soñar, pensamientos que vuelan por los aires en busca de nuevas ilusiones, como si abriendo los brazos pudiésemos volar, y compartir con las nocturnas gaviotas, el sabor acre del mar.
-Observe la compañía de la inmensa luna llena, rodeada de estrellas, que se sentía como que el mundo, era nuestro habitáculo deslumbrante y rugiente sobre la tibia arena.
-Nada de todo esto parecía importarle a Walter, que seguía mostrándose inquieto e impaciente.
-¿Tienes frío?, le preguntaba yo; y él me respondía negativamente.
-Quise entusiasmarlo, mostrándole en el horizonte, un buque llegando al puerto de Quequen, uno de los más grandes de nuestro país.
-¿No ves a lo lejos aquel buque? Parece que se hubiese dormido encima de las aguas, míralo bien... ¿no es fantástico?
-Yo me pasaría aquí toda la noche... ¿Quieres que aguardemos a ver salir el sol, querido Walter?
-Creyendo que me estaba burlando, me arrastró casi violentamente hasta el hotel… si yo hubiera sospechado... ¡Ah, miserable!
-Cuando subimos a nuestras habitaciones, me sentí avergonzada, cohibida, sin saber por qué; te lo juro... le rogué que me dejara sola, para poder ir a desnudarme al baño, y meterme luego en la cama.
-Y ahora llega lo más terrible, no sé cómo decírtelo, haré lo posible para darme a entender con pocas palabras.
-Walter creyó maliciosa mi extremada inocencia, y como que fingiese, mi absoluta y pura ignorancia.
Supuso que mi abandono, confiado y sencillo, era una táctica, y no se preocupó de las delicadas atenciones, precisas para que los semejantes misterios, no sorprendan y resulten siquiera tolerables, a una criatura que no está preparada, ni advertida para un momento tan crucial.
-Primero, temí que se hubiera vuelto loco, y después, me aterró la idea de morir en sus brazos; creí que Walter, se había convertido en una espantosa bestia salvaje.
-El miedo no deja lugar a la reflexión; poseída por la aprensión del miedo, sin siquiera razonar, imaginé cosas horribles, en un segundo.
Todas las gacetillas de los periódicos, donde se refieren aquellos sucesos extraordinarios, crímenes complicados de pasión, todas las relaciones de fieros dramas conyugales, fueron acudiendo a mi memoria.
-No podía ser un malvado… como era que me trataba de aquel modo?
-Me defendí, le rechacé como pude, y, defendiéndome desesperadamente, le arranqué un mechón de pelo; al fin, conseguí librarme de sus poderosas garras, con un supremo esfuerzo, y escape gritando por la escalera:
-¡Socorro! ¡Socorro!, me precipité, casi desnuda, por los fríos escalones.
-Se abrieron a mis gritos, ante mí, varias habitaciones, asomándose a las puertas, hombres en pijamas, o simplemente en calzoncillos.
-Me arrojé desconcertada en los brazos de uno de ellos, implorándole su protección.
-Otro señor, detuvo a mi marido, que enloquecido corría tras de mí.
-No puedo precisarte lo que ocurrió entonces; se tomaron a golpes de puño tratando que se tranquilizara, y cuando logro comentar todo lo que estaba ocurriendo, acabaron riendo a carcajadas, unas risotadas intensamente ruidosas y estremecedoras.
-¡Qué manera de reírse!...puedes imaginarte, lo que era aquel hotel?
-Creí que iba a desmayarme, pues la vergüenza, no cabía en el interior de mi cuerpo; el conserje se retorcía de la risa, sobre el escritorio, y hasta de la calle, acudía gente para plegarse al espectáculo, realmente fue denigrante!
-Volví a encontrarme a solas con mi esposo, el cual me ofreció algunas ligeras nociones del caso; como explican los expertos, antes de realizarlo, un experimento de la química genética.
-Walter no se mostraba muy satisfecho; yo lloré toda la santa noche, y en cuanto amaneció, huimos de allí, como ratas por tirante.
-Decidimos trasladarnos a Miramar, donde nadie nos conociese, e intentar dar fin a nuestra luna de miel, tan vapuleada por mi ignorancia.

-¡Pero aún hay mucho más, pues la locura no finalizo allí!.
-Por la tarde, llegamos a Miramar, que sólo es un embrión de balneario, cuando lo compramos con la imponente Mar del Plata.
-Walter me agobiaba con sus atenciones y sus ternuras; ya pasados los momentos más críticos, parecía estar satisfecho.
-Avergonzada, y desolada por los acontecimientos descritos , me procuré mostrarme todo lo amable y dócil que pude; pero, no te imaginarás todo el horror, la repugnancia, casi el odio que me inspiró Walter, al revelarme del todo, el infame secreto, que se les oculta con tanto afán a las muchachas.
-Me sentía desconsolada, con una tristeza mortal, arrepentida, y a toda costa, quería regresar al hogar paterno, a mi vida sin azares, de soltería.
-Ni bien bajamos las valijas en el hotel, nos enteramos que el pueblo estaba muy preocupado, por un horrible suceso:
-Acababa de morir una joven, a la cual había mordido un perrito rabioso; al saber de la noticia, todo mi cuerpo se estremeció, quede pálida y pasmada de terror.
-Al mismo instante, me dolió la mordedura en la nariz, de mi perrito.
-Cuyo accidente, ya no me acordaba siquiera, tal vez por el bochorno de mi estadía, en el hotel Horizonte, de Necochea.
-Como te dije, de inmediato sentí un cosquilleo extraño en mi nariz.
-Por la noche, me fue imposible dormir, sobresaltada, olvidándome casi por completo, de mi esposo Walter.
-¡También yo podía morir de hidrofobia, por la mordedura de Pepino!
-¡Qué angustia! Pasé todo el día paseando por la playa, sin hablar siquiera con Walter, y meditando constantemente:
-¡Morir de hidrofobia! ¡Qué muerte tan horrible!...no podía entender…
-Mi esposo Walter, me preguntaba asiduamente:
-¿En qué piensas? Te veo muy triste, desde nuestro arribo a Miramar.
-Y yo le respondía, con una marcada preocupación:
-¡No estoy triste… no pienso nada!.
-Mis ojos se fijaban desvanecidos en el mar, en las olas, en los bañistas que no dejaban de correr contra el oleaje; pero sin ver nada preciso.
-Nadie hubiera entendido lo que me atormentaba, y quizás a nadie hubiera comunicado mis horribles pensamientos.
-Sentía un dolorcito molesto, un verdadero malestar sobre la nariz; le dije a mi Walter, que deseaba volverme al hotel, pues sentía que la brisa del mar, estaba algo fría.
-Apenas de regreso en nuestra habitación, me encerré, sola, para examinar mejor aquella mordedura de Pepino.
-No pude observar nada, y, sin embargo, era indudable que me dolía cada vez un poco más.
-Telefonee a mamá y tuvimos una breve charla, plena de sorpresa, pues no sabía la razón de las tontas preguntas que le hacía; le pregunte finalmente como estaba Pepino, y si me extrañaba.
-¡Está bien, querida Tatiana, seguro que te extraña!...todos te mandamos un beso muy grande.
-A la mañana siguiente, no quise desayunar, al ver las tostadas y el café que nos servían en el comedor, se me revolvía el estómago y no podía tragar un mísero bocado.
-Walter me observaba cada vez más preocupado, y me propuso de llamar al médico, pero me rehusé, diciéndole que era un simple mareo.
-Fuimos a la playa, y me tire en la arena caliente, veía como disfrutaban los turistas de aquel hermoso día soleado.
-Había gordos y flacos, pero todos me parecían horripilantes y ridículos; yo ya no tenía humor de burla, ni ganas de risa, y pensaba:
-¡Qué felices deben de ser todos!... no les ha mordido un perro, como a mí, o como a la pobre infeliz que ya murió… nada temen, y nada les apura… vivirán felices con sus familias, y yo estoy muriendo de hidrofobia…que vida más ingrata, por Dios!
-A cada momento me llevaba la mano a la nariz, palpando, y rasguñando la piel de mi nariz; aún no se hinchaba demasiado, pero próximamente podía estallar como una granada.
-Volvimos al hotel, con Walter sonrojado de la bronca de no poder disfrutar de un hermoso día de playa junto al mar.
-Ni bien abrí la puerta de la habitación, corrí al baño para mirarme al cruel espejo que devolvía mi desfigurada imagen.
-Con todo mi dolor a cuestas pude comprobar que la herida tenía otro color y no era del bronceado, ya que llevaba puesta una capellina, que me cubría del sol casi todo el rostro.
-¡Estaba próxima la muerte!...finalizaría la luna de miel, en un sarcófago de roble; el dolor me carcomía hasta el alma, pensé en mis pobres padres, en lo doloroso del funeral, en las coronas y flores, en los sollozos de todas mis amigas más allegadas.
-Llegada la nochecita, sentí de momento, una ternura inexplicable por mi esposo Walter, una ternura desesperada, lo veía muy amable, y busqué el apoyo, en sus fuertes brazos.
Estuve a punto, más de veinte veces de confesarle mi secreto espantoso; pero me contuve, no quería que se anticipara mi sepelio, en mis palabras de acuciante dolor.
-Esa noche, nuevamente me comunique con mi mama, le pregunte como despreocupada, como se encontraban todos en la casa.
-Quédate tranquila, Tatiana, estamos todos bien, disfruta feliz de tu Luna de Miel, me contesto solemnemente.
-Corte la comunicación, aun mas apesadumbrada, puesto que de Pepino, no dijo ni una palabra… estaba segura que ya había muerto, y me lo ocultaban para que no me preocupase, y siguiese disfrutando mis días junto a Walter, en la costa atlántica.
-Tampoco podre saber la verdad; si el animalito ha muerto, no se atreverían a comentarlo, pero me surgió una idea para enterarme de la verdad.
-Le diría a mi madre que extrañaba mucho a Pepino, y que me lo enviaran por los días restantes de la luna de miel…ahí ya no podrían ocultarme la verdad!
-Puse en práctica mi idea de inmediato, y volví a llamar a mi madre, para exponerle mi demanda.
-La contestación de mi mama, fue que no valía la pena, gastar tanta plata en el traslado de Pepino a la costa, y a su vez, hacer sufrir al pobre perrito encerrado en la jaula porta perros, durante ocho horas de viaje.
-¡Ya está! me dije, murió el perro, y han encontrado la mejor excusa, para no satisfacer mi solicitud, y termine la Luna de Miel en paz.
Esa tarde tuve varios temblores, que agudizaban mi estado, ya no podía retener en mis manos, un simple vaso de agua, porque derramaba la mitad.
Walter era un muchacho amable, pero ya había perdido su buena postura; me miraba, y movía la cabeza hacia ambos lados, en son de desengaño.
-Casi al anochecer, con la excusa de ir a la farmacia en busca de aspirinas, escape hacia a la iglesia, que estaba a unas siete cuadras del hotel… me hinque ante la cruz, y pedí al Señor, que si había decidido llevarme, no me haga sufrir demasiado.
-Al salir de la iglesia, me dolía más que nunca la nariz; encontré abierta una farmacia, y le expliqué al farmacéutico, el caso de una joven mordida por un perro callejero, y nerviosa le pregunte qué sería lo más prudente hacer.
-El farmacéutico, era un hombre muy afable y servicial; me proveyó toda clase de instrucciones, pero yo las olvidaba, a medida que él me las iba explicando.
-Lo que más retuve de todos sus consejos, fue que los purgantes han estado siempre indicados, con los mejores resultados.
-Compré varios sobres de esos medicamentos, creo que eran de magnesia Phillips, de alto efecto, para llevárselos a la joven mordida, le dije.
-Los perros que me salían en mi camino por la calle, me horrorizaban, y me costaba gran esfuerzo contenerme, y no echar a correr; además... también me pareció sentir locos deseos de morderlos.
-Llegue mortificada al hotel, Walter estaba tirado en la cama, leyendo un libro de Alan Poe, sobre el hombre que se convirtió en lobo.
-Me encerré en el baño, y me tome doble dosis del purgante de alto efecto, que la indicada por el farmacéutico.
-Pasé toda la noche horriblemente agitada, el purgante estaba haciendo su efecto, y el estómago me vibraba, hasta que un fuerte cólico acabo con mi preservada dignidad.
-Me había cagado entera en la cama, ensuciando sabanas, colcha, y hasta al mismísimo Walter, que encendió la lámpara de la mesa de luz, y me miraba con un desconcierto total.
-Mi esposo, ayudo a sacar la ropa de cama, en medio de un olor que no era soportable, por la terrible cagada dispersa en toda la habitación.
-Quise ir hasta el baño para limpiarme y estuve a punto de caer desmayada, las piernas me temblaban, y no podía sostener el jabón con mi mano, pero ya no me dolía la nariz.
-Por la mañana, hubo que llamar a la empleada del hotel, y explicarle lo sucedido, yo ya había perdido toda mi dignidad, y en medio de la vergüenza que nos albergaba, tanto a Walter como a mí, decidimos abonar los cargos de nuestra estancia en el hotel, y huir despavoridos, sin rumbo ni destino, acarreando las valijas con rueditas, y los bolsos colgados en los hombros.
-Pasamos frente a la farmacia, y decidí comentarle al profesional, que era yo, la joven que había sido mordida por un perro, y agregue:
-¿Si la inflamación se acentúa, que me indicaría Ud. hacer?
-El me miro suspicazmente y riendo, me indico este otro consejo:
-En su caso, estimada jovencita, le convendría comprarse una nariz postiza, para los casos de emergencia, y decirle a su esposo que tenga un poco más de cuidado cuando hacen el amor.
-No comprendí nada de lo que quiso insinuar, y preferí alejarme de aquella siniestra farmacia.
-Logramos ubicamos en un pequeño hostal, para pasar las últimas noches, de la Luna de Miel más angustiante que pueda tener una pareja de recién casados.
-Esa noche, Walter, que seguía sin entender nada, me invito para ir a ver un concierto en la sala del Teatro Cervantes.
-Asistimos con las mejores ropas de gala, y ocupamos un palco muy cercano a los comediantes, la interpretación no era buena, por lo que a la mitad de la función, nos escapamos al hostal, a disfrutar de una noche poco más que especial.
-Me revolvía, sin cesar, fatigada, inquieta en la cama; con los nervios muy alterados y vibrantes, que no me dejaban gozar de un reposo saludable.
-Walter tampoco podía dormirse, me acariciaba suavemente, me besaba, como si hubiera comprendido al fin mi sufrimiento, y tratase de aplacarlo con su ternura.
-Yo recibía sus caricias sin emocionarme, sin entender, y tampoco las podía aceptar placenteramente.
-En un preciso momento, una sensación extraordinaria, con toda violencia, enloquecedora, me hizo estremecer de pies a cabeza.
-Lancé un grito espantoso, y desasiéndome del hombre que me tenía entre sus brazos oprimida, salté al suelo, y fui a desplomarme junto a la puerta.
¡Era la hidrofobia; la horrible hidrofobia!...no había salvación posible para mí, lo comprendía horrorizada!.
-Walter me recogió del suelo, asustado y curioso, de saber lo que yo sentía.
-Resignada, insensible, aguardando la muerte próxima, creía yo, que luego de algunas horas de tranquilidad, vendría otra conmoción violenta, y otra, y otra, y así se repetirían hasta llegar la crisis mortal.
-Me dejé llevar a la cama, y al amanecer, las irritantes obsesiones de mi esposo, provocaron otro brutal desequilibrio, que fue más duradero que el anterior.
-Yo ansiaba chillar, morder, arañar, era terrible, pero menos doloroso de lo que eventualmente temía.
-Eran las ocho de la mañana cuando me dormí; no había descansado en las últimas cuatro noches.
-A las doce, me despertó una voz adorada, era mamá, que aterrorizada por mi salud, y enterada por Walter de mis problemas, decidió venir de forma urgente, para ver qué era lo que me estaba ocurriendo.
-Traía en su brazo un canastito, dentro del cual, un bichito ladraba sin cesar.
-Lo descubrí con inquietud, esperanzada, y vacilante, al mismo tiempo que comprobé que: “era mi Pepino”, y estaba vivito y coleando.
-El perrito brinco sobre mi cama, lamiéndome, bailoteando, y revolcándose loco de natural alegría.
-Ya ves, mí querida Carolina; tampoco entonces logre comprender que era lo que había ocurrido...
-Pero a la noche siguiente, comencé a sentir el fuego, de mi frustrada “Luna de Miel”...algunas cosas cuestan aprenderlas, pero…
-¡Oh, la imaginación! ¡Cómo trabaja!... ¿Y pensar que yo supuse...?... ¡Qué natural simpleza!, ¿verdad?
-No le he confesado todo esto a nadie; comprenderás entonces las razones de mis torturas, de aquellos interminables cuatro días.
-¡Imagínate Carolina, si Walter se enterara!...
-Ya se burla bastante de mí, por el escándalo que armé la primera noche, y por lo sucedido con el inefable remedio contra la hidrofobia.
-Sin embargo querida amiga, sus burlas sobre mis desempeños, en nuestra extraña y anómala Luna de Miel, ya no me desagradan, y me causan gracia.
-¡Nos acostumbramos a todo en la vida...y así es como vamos floreciendo!

//alex


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