ÔĽŅ Un invierno en el corazůn del tigre. Cuentos cortos rom√°nticos
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Un invierno en el corazón del tigre

Autor: Adriel Gómez

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Cuento publicado el 07 de Agosto de 2007


Un invierno en el corazón del tigre.

A esas horas de la noche era dif√≠cil discernir cu√°l de las sombras le pertenec√≠a, pero el hombre, que alguna vez fue ni√Īo, avanz√≥ resuelto por los pasillos de la mansi√≥n p√ļblica, dispuesto a encontrar la ilusi√≥n perenne de la caricia conocida.


Hab√≠a sido un ni√Īo bueno.

Dios no lo quer√≠a entre gentes que desde la infancia rodeaban la pureza que El les concediera con una nefasta muralla de pecados anticipados, y a los diez a√Īos lo llam√≥ para que, a su lado, con la cabeza protegida por todopoderoso gesto y sin paredes en torno, contemplara desde lo alto el luchar constante de sus desagradecidos semejantes. Pero el ni√Īo decidi√≥ permanecer en sus predios para buscar por s√≠ mismo los encantos que tambi√©n all√≠ deb√≠an existir.

Se volc√≥ sobre una compactaci√≥n de fuerzas negativas porque no de otra forma pod√≠a desafiar su destino, llevando el cuestionamiento a las decisiones del Omnipresente. Ten√≠a que obligar al Supremo a determinar mejor la elecci√≥n de sus √°ngeles, ten√≠a que deshacerse de aquella vigilancia enamorada de la virtud para encontrar una visi√≥n menos poderosa, y a despecho, m√°s cercana, m√°s compa√Īera. Al hacerse hombre, el ni√Īo comprendi√≥ que hab√≠a conseguido retardar el llamado a las alturas inc√≥lumes a la vez que evitaba la ca√≠da en las fauces del infierno, pues aunque la permanencia entre los suyos lo convirti√≥ en una fiera sedienta de maldades, ninguno de sus actos fue tan serio que implicara un pacto con Lucifer.

As√≠, acostumbrado a los m√°s rudos enfrentamientos, no hab√≠a columbrado la presencia de la buscada dicha a escasa distancia de la diaria hostilidad. La violencia de una sonrisa bastar√≠a para frenar sus acometidas; pero, despu√©s de conocer el lenguaje de todas las armas, los lamentos de todos los heridos, las agon√≠as de todos los moribundos, los ruegos de todos los vencidos; despu√©s de satisfacer las exigencias de su car√°cter de acero y de saborear fragmento a fragmento las inc√≥gnitas del sufrimiento propio y ajeno; en fin, despu√©s de deleitarse con el desagrado del universo entero cual si asistiera a un convite de reyes,¬Ņqu√© fuerza osar√≠a retarlo, si ya carente de temores y de dudas, lo rodeaba una muralla de fuego cuyo calor lo estimulaba a las acciones desenfrenadas e irracionales?




La respuesta a esta pregunta permanec√≠a agazapada en una casa de intercambios carnales previamente acordados por la mediaci√≥n de una bolsa repleta de monedas: una fisonom√≠a moldeada con curvas en medio de una oscuridad sugerente; una corona de cabellos en la que esplend√≠a un torrente de luces de ne√≥n filtrado en porciones desordenadas y peque√Īas a trav√©s de la ventana entreabierta; el brillo de una sonrisa y de unos ojos pinceladores de la delectaci√≥n que no tardar√≠a en desencadenarse.

Entonces le gustaba escuchar la historia entre los roces preparatorios y excitantes; era la historia de un latido triste que se multiplicaba en un lamento sin l√≠mites bajo los zarpazos de mil carn√≠voros como √©l, pero latido al fin, destinado a retumbar en la hoguera delicada, de calor ingenuo y noble. Tambi√©n ella hab√≠a sido llamada en la infancia por las campanas del Alt√≠simo. Fue su latido el que le impidi√≥ responder. Tambi√©n entre las fieras busc√≥ el contento, gru√Ī√©ndoles con una sonrisa que les dec√≠a de mil alegr√≠as propias. S√≥lo uno de ellos responder√≠a en serio a su solicitud.

Los encuentros entre las cuatro paredes h√ļmedas comenzaron a regularizarse. Cuando los dos fuegos se proteg√≠an frente a la ca√≠da de la lluvia despedida por sus soledades respectivas, sent√≠an soplar en aquel conjunto un viento g√©lido y el invierno se asentaba en el coraz√≥n del tigre, priv√°ndolo de su rugido a la luz de los ojos compartidores de su dicha, suavemente entornados en los peri√≥dicos ciclos del placer; y en r√°fagas pasaban las ventiscas del lado triste para evaporarse bajo la c√°lida provocaci√≥n de las caricias.

De tal manera fundidas, las dos murallas eran un √ļnico aro √≠gneo. En esas paredes retozaban miles de ojos nuevos, los de un Dios desconocido y curioso, hijo y atento observador de aquella felicidad, √ļnicamente posible en esta tierra.



//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-10-14 12:50:48
Nombre: an-yi
Comentario: la vaerdad que me encanto este cuento y me llego hasta el fondo del alma


Fecha: 2008-09-23 07:21:27
Nombre: paloma
Comentario: es muy pegajoso y tierno



Fecha: 2008-09-11 19:04:13
Nombre: jenny
Comentario: exelente sacare 10 bueno gracias ymuy lindo el titulo y la leccion bueno bayy


Fecha: 2008-04-25 08:33:26
Nombre: karen martinez
Comentario: exelente cuento....