LAS HUELLAS DEL CAPITAN. Cuentos cortos románticos


LAS HUELLAS DEL CAPITAN

Autor: Matias. Olivares. Gazitua.

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Cuento publicado el 01 de Junio de 2007


Abrió las cortinas y dijo; ¡No lo entiendo! Aparece como si nadie lo hubiese olvidado. ¿Cuanto tiempo ha pasado? –Preguntó Alan- ¡Demasiados! –Dijo Lilia- Prometió llevarme a conocer el otro lado del mundo, porque también tenía el mismo sueño que yo, esa noche nos dijimos muchas cosas…-Tú sabes que no es un misterio la reputación que tiene, sobretodo cuando algunos se enteren de su regreso.-Dijo Alan- Con buen afán.- Viene por sus cosas. Nada más que sus cosas. -Repitió Lilia con amargura-. Cuando se entere de… ¡No! -Exclamó- ¡No lo hará!… Hubo silencio.

Se quedó observándola. Siempre había sentido por ella una atracción acompañada de buena amistad. Tenía una belleza natural, de personalidad simple, y cómplice, cuando prestaba ayuda a otros en sus conflictos. Una vez, intentó besarla cenando juntos en un restaurante, desde entonces no ha olvidado aquel bochornoso momento.
Se tomó el pelo, y continuaron la conversación.
-En su ausencia viví la desgracia de conocer el desamor. La última vez que vi sus ojos, estaban llenos de felicidad, igual que un niño ansioso por tener el juguete más deseado. ¡Aun lo amas!-Le preguntó- El día en que se marchó, no entendí porque mentía, no confió en mi, y eso fue lo que más me dolió. ¡Pero aun lo amas! –Insistió Alan- ¡Y tu que sabes de amor! -Le dijo con risita- ¿Has amado a alguien? Hubo alguien. –Respondió- Sacó de su bolsillo, la mitad de un cigarro, acercó la silla a la mesa, y quedó pensando. ¿Quieres tomar algo? –Ahora no gracias. ¿Qué harás entonces? -Dijo Alan- Pero con la voz apaciguada, y apoyando su espalda sobre la puerta, ella le dijo; ¡Sé que vendrá!... Lilia se retiró un momento, y Alan continuó fumando y tomando café. La fresca mañana, estaba por convertirse en un caluroso sol de medio día. – De vuelta, de donde ni el mismo demonio puede ir por ella, le preguntó; ¿Sigue en pié lo del café?, mientras se ubicaba sobre un amplio cojín que estaba en el suelo. ¡Claro! –Tres de azúcar, una más cargada, y con leche. ¿Todavía lo recuerdas? –Le dijo- ¡Jamás lo olvidaría! Exclamó, con una amplia sonrisa. Durante esa mañana Lilia había estado cubierta con abrigo, y un sweater de cachemira beige, que le había regalado su madre el invierno pasado. Ahora más relajada, asimilando los rayos de sol, una blusa primaveral tapaba su gran busto, que dejaban a Alan al borde del tormento. ¡Si, yo amé a ese capitán! -Murmuró Lilia- Odio decirlo, pero es la verdad. Desde que lo vi, su rostro se apoderó de mi pequeño corazón, y al tener el primer contacto con su piel, se hizo cenizas. Sus manos fuertes como el arpón, acariciaron cada parte de mi cuerpo, las veces que fueron necesarias para calmar sus deseos. Día, y noche, tuvo mi boca, para decirle una, y otra vez, que yo lo amaba, que era suya para siempre, y que moriría, antes que separarme de el. Desnudos siempre, corríamos por las olas, pretendiendo atrapar al inmune viento, hasta agotarnos, y dormirnos en el ambiente más frío, pero tibio de nuestras labios. A veces, en las tardes, me acerco a la orilla de la playa, y deslizo mis pies descalzos por la arena húmeda buscando sus huellas que me ha robado la brisa. Un amanecer, nos cubrimos con la arena más seca que encontramos en las rocas altas, y con ternura, y fiereza, manoseó mis pechos, los besó vivamente, hasta deslumbrarme en los primeros atisbos de sol. Alan, se limitó a escucharla, y admirar la cima de su amor por éste capitán, y si en algún momento olvidó el bochorno que tuvo en el restaurante por intentar sacarle un beso, fue en honor a la figura descriptiva del relato. ¿Qué hora es? –Le preguntó- Pronto serán las cinco, dijo Alan. La temperatura bajaba y Lilia pidió que le trajera el sweater. ¿Dónde vas? -Articuló- ¡A respirar un poco! Con discreción, abrió la puerta más rápido que lento, y un amargo misterio azotó la entrada dejando vacío toda nutrida esperanza. Sintió escalofríos al pensar si de verdad deseaba volver a encontrarse entre sus brazos, de contemplar sus ojos, que enloquecía con su recuerdo, y su voz, si, esa voz limpia, y clara, nombrándola desde la playa, ¡Lilia!... ¡Lilia!... ¡Lilia!.., aunque sólo fuera una locura de su mente. ¡Entremos!, tus ojos te dañan. ¡Alan!, le dijo; tomándolo del brazo. Gracias. Oscar se le parece, y ha crecido mucho este año, se entretiene armando pequeños botes con los hijos de otros pescadores. ¡Pobre niño! Si necesitas un…, bueno, olvídalo. ¡Que tal capitán!, un saludo se escuchó desde el exterior. Ha sido largo el camino. Le dijo el extraño. ¡Que lo trae por esto lados! Le preguntó -Nostalgia por viejos amigos- Exclamó, con franca sonrisa. ¡Hasta cuándo se queda entonces! -No estoy seguro. Pero pasaré a despedirme. Un silencio se paseaba por toda la casa, ningún gesto cobraba vida entre Alan y Lilia, sólo se miraban el uno al otro. ¡Qué piensas hacer! Dijo en voz baja. Asombrada le respondió; ¡No puedo respirar! ¡Bromeas!, Le dijo. Hizo una negación con la cabeza. Había entrado en una especie de shock nervioso, pero Alan logró aliviarla. Acostada sobre el sofá, arreglado por su anfitrión, el alma, le volvía al cuerpo. ¡No podré estar sin el! -Pensó en voz alta- ¡Que dices! Reclamó Alan. ¡Si ahora lo pierdo, no podré vivir sin su amor! ¿Quién dijo que lo perderás? Estaba tan segura, y se fue por cinco años. Dime tú; ¿Alguien me puede jurar que no se marchará? Además, ya no soy, quien fui. ¡Eres hermosa! Exclamó Alan. Yo no te abandonaría jamás. ¡Lo sé!, Dijo Lilia. ¡Tu capitán, merece que lo maten! ¡Bastaría con hacer una llamada! -Manifestó decidido- ¡Si lo matas, entonces también moriré! Alan se paseó de un lado para el otro, ruborizado por la codicia de sus palabras. La suerte de algunos, se decía, para mortificarse, mi destino está trazado, toda mi vida anclado hasta el fondo por esta mujer, la mofa no me la quitará nadie. Lilia se apartó. Sentado en la mesa, prendió un fósforo y esperó que regresara. Eran las siete de la tarde. Sentía que hoy, era el último dialogo con la interlocutora mas bella que había deseado tener entre sus brazos, este amor escondido de largo tiempo, por no perder su amistad, también llegaba a su fin. Un llamado de puerta, quebró el silencio. Su mirada se posó sobre la manilla. Acto seguido, insistieron en un segundo llamado de puerta, pero más intenso. Alan observó hacia el pasillo, pero no había indicios de Lilia. La decisión estaba en sus manos, enfrentar al hombre que le arrebataba la vida de la mujer que el amaba, o dejar que se fuera lejos juntos con sus toques en la puerta. Esperó un rato, a ver si el intruso se cansaba de insistir. Pensó en tomar la escopeta, y acabar con el, pero no podría resistir el duelo de perder a Lilia. Sin hacer ruido se levantó de la mesa, clavó sus ojos en la puerta, dio unas pisadas para afianzar su curiosidad, puso la mano haciendo un gesto para abrir, y de lejos percibió una voz que decía: ¡Alan, tengo ganas de fumar!...

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-05-01 12:46:08
Nombre: giuly
Comentario: alguien me puede explicar este cuento??...yo no lo entendi sobre todo el final....pero bueno no importa........besos...........bye


Fecha: 2007-06-08 07:34:53
Nombre: noya
Comentario: Es un cuento muy emocionante, además posee un final que no se intuye. Me agradó mucho. Felicidades al autor.