Afligida existencia

Autor: Jhonatan Restrepo

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Cuento publicado el 31 de Enero de 2017


Día 1

Mauricio, así se llama él, está esperando a que algo suceda. No le gusta trabajar porque siente que la libertad se le esconde cuando está ocupado. Se pasa la vida sentado en una pequeña oficina, pensando que pasarán los años y la ausencia de la soledad no llegará nunca. Se acomoda siempre de la misma forma, su cabeza queda paralela a la pantalla cuadrada que "le da sentido" a su existencia; y aunque él intente evitarlo, su columna parece comenzar a curvarse.


Mauricio no está viejo, ni tampoco joven. No es del tipo de personas que trabajan en una oficina, pero con el tiempo se acostumbró "a volverse realista y a dejar de creer en bobadas". Se convirtió en un hombre, para el mundo, serio y parco. Generalmente no habla; le gusta el silencio porque lo abstrae. Le gusta pensar que esta loco y que la gente no lo ve de la misma forma en que él se ve. Ahora mismo, Mauricio está pensando en ella; una mujer cuyo rostro no recuerda, pero que ve siempre.

Piensa él, mientras intenta descubrir su forma: "Ella mira siempre en silencio, con cautela; es muy discreta. Debe de ser de ojos reposados y tranquilos. ¿Quién sabe en qué piensa ella? Seguro se siente predecible, sin embargo yo no la entiendo. Puedo recordar que ayer me sonrió, pero, ¿por qué lo hizo? ¿Será acaso porque me entiende? O tal vez, ¿porque no lo hace?... La voy a llamar para preguntarle (es que me da miedo que mañana no venga y pasado mañana tampoco, y de pronto me quedo entonces con las ganas de saber qué piensa). Mas si la llamo, ¿Qué voy a preguntarle? Acaso: ¿Señorita usted me entiende?... Si me dice que sí, le cuelgo; y, ¿si me dice que no? Creo que mejor no la llamo, ella vuelve todo muy complicado; por eso no la entiendo y no puedo saber si ella me entiende.
Y si mañana viene, seguro ya no me vuelve a sonreír y todo a lo mejor porque no la llamo".

Un leve timbre de teléfono saca a Mauricio de sus reflexiones. Revisa con agilidad y entusiasmo su celular, pero rápidamente se decepciona, ¡Ya está cansado de tanta publicidad barata que le llega a diario! Mira de manera casi inconsciente su pequeño reloj de pulsera, y siente una especie de alivio al ver que ya puede irse.

Ahora, en la calle, él considera que puede detenerse. Se queda parado en medio de un andén escuchando música con unos audífonos gastados. Se ve, en este momento, apático y despreocupado. Posiblemente tenga "crisis existencial". Se siente asfixiado, confuso y los susurros en su cabeza, ni siquiera en la noche, lo dejan tranquilo. Justo en este momento, ahí parado, se limita a observar la calle, a existir.

Sin darse cuenta, Mauricio está conociendo su mundo: las calles largas y planas, que se ven oscuras y deprimentes en los días nublados (como hoy); los árboles, que parecen surgir espontáneamente del suelo, y cuyas hojas se sacuden de manera brusca y sin ritmo ante la insolencia del viento; y los edificios, que se interrumpen absurdamente por una que otra casa de arquitectura vieja y desorganizada. Él esta percibiendo también a las personas: la forma en que actúan cuando presienten la lluvia, las está clasificando según la longitud de los pasos.

De repente, comienza a desahogarse el cielo, y las primeras gotas que le caen encima, lo despiertan a él de su coma ficticio. Algo ansioso, se monta en un bus, y sentándose junto a una ventanilla, se va pensando en cuánto le gustaría dejarse mojar por la lluvia.

En otro lugar de su mismo mundo, está ella, que posiblemente se llama Laura. Ella está muy cansada, como casi siempre. Comienza a oscurecer y puede ver cómo ríos de luces que bañan el valle emergen imprevistamente de la nada. Camina meditabunda por un par de calles, espera el cambio de un semáforo que se le hace eterno, y al igual que Mauricio va perdida en la música que transmiten los audífonos blancos. Lo risueño de su alma le hace resbalar, en ocasiones, una que otra sonrisa casi imperceptible; transita por una acera más o menos llena, mientras mantiene pensamientos suaves y ligeros; se deja llevar por el movimiento de la gente. En tanto, llega a una estación del metro, entra con una naturalidad completa... Se le ha vuelto costumbre. Siente las gotas de lluvia mientras se monta al vagón, se da cuenta de que le toca irse parada; se acerca lo que más puede a una ventana que esta a su derecha, y comienza a ver las almas de Medellín, reflejadas en las bujías artificiales de las pendientes que justo ahora la rodean.


Día 2

Laura, no ve la hora de que termine su turno. Juega con un lapicero mientras observa cómo, vagamente, la manilla del reloj se desplaza hasta llegar a las cuatro. Vestida de negro, con ese uniforme de siempre, medita en silencio, mientras siente como su estomago se "revuelve" en un laberinto de pensamientos.

Superficialmente piensa: "Ayer estaba lloviendo de lado... Seguro por eso no me mojé mucho." Pero más adentro, sólo puede pensar en él: "Incluso a través de toda esta multitud de cuerpos y voces, me es posible escuchar su respiración; los suspiros que son más de su alma que de su cuerpo; y muy lejanamente sus pensamientos..... Entiendo perfectamente que su brutalidad se debe al cansancio. Su vida no ha sido tan fácil y aun así, con todo esfuerzo sigue haciéndolo, sigue viviendo. Es posible, que su trabajo se vuelva mediocre, y la existencia se le torne,por épocas, monótona."

El grupo de oficinas, en donde ella trabaja, se encuentra en el sexto piso de un gran edificio, con ventanas que son apenas normales. Laura, es pelirroja; siente su corazón bajo una presión que no se explica. Respira rápido, y la ansiedad y el tiempo le carcomen de manera vertiginosa sus opciones; a la par que con una terquedad profunda, repasa sus más recientes recuerdos. Una empobrecida sonrisa se dibuja en sus labios cuando opulentamente el reloj le avisa que puede irse. Se levanta entonces y abandonando todo, camina hasta la puerta del edificio. Suspira con intensidad una o dos veces, toma un taxi a la salida, y los que quedan adentro pueden ver cómo la forma de su cuerpo se desvanece en la distancia. Va muy nerviosa, pero está segura de lo que hace, sabe que "siempre hay sombras donde brilla el sol".

Mauricio no tuvo que ir a trabajar hoy. Está aún más nervioso que la pelirroja; anda con la mirada perdida y espera sigilosamente el momento preciso para salir de casa. En esa timidez rotunda que lo determina, se está alejando más del mundo, penetrando cada vez más en sus reflexiones; se está dejando agobiar por las sensaciones, y sin aguantar más se levanta y se va. Cierra la puerta y con pasos temblorosos camina hasta donde tiene que llegar.

El taxi tuvo que dejar a Laura dos calles antes de la dirección correcta porque la vía estaba cerrada. Ella camina entonces por un par de minutos y se detiene frente a Mauricio que la espera en la puerta de un viejo restaurante. Comienzan a observarse, y se sienten conformes de lo que son, de sus cuerpos, de sus almas, de sus seres. Él piensa que podría observarla durante toda su vida. En su imaginación ella le pertenece y él le pertenece, no se siente afligido por lo que puede ser real; su mundo se ha vuelto un sueño, una fantasía: un escape irreal de su esencia.

Entran juntos al restaurante; caminan 4 ó 5 segundos y se sientan sosegadamente. Sus cuerpos desgastados, cansados, deprimidos y comunes se presentan al mundo, en esta ocasión, como dos figuras gachas, que de forma espontánea levantan sus rostros, para dejarlos caer entre "choques visuales". Están sentados de frente; los separa sólo una mesa cuadrada que para ellos no existe. Él con su cobardía intensa descarga un brazo sobre el mantel, y ella apaciblemente, sin considerarlo, comienza a acariciarlo con los dedos. Él empieza a sonreír; y ella, a sonrojarse.
Se contemplan en silencio (en el mundo de ambos, el silencio es lo que más existe). Se cuentan todo con las miradas; se entienden sin utilizar la voz, sin palabras; abrazan sus almas, haciéndose víctimas de los sueños. Sus ojos se convierten en portales a lo más profundo de sí mismos.

En el viejo restaurante, no hay ventanas, se habrían quedado a oscuras de no ser por las ilusas velas que hay en todas las mesas y las paredes. Justo ahora, más tranquilos que nunca, sin afanes, él y ella se mueven; deslizan sus cuerpos hacía arriba, rompen la gravedad que los obliga a estar sentados y se van. Laura va en un taxi camino a su casa, va satisfecha, pero preocupada: mañana tiene que madrugar a trabajar.
Mauricio va caminando y mirando el cielo. Cerca a su casa hay un árbol enorme, y apenas ahora, que está mirando para arriba, se da cuenta de que el árbol de siempre, es de mango.




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