El vestido me molestaba

Autor: Eliza Dt

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Cuento publicado el 24 de Enero de 2017


El vestido me molestaba, ciertamente esas prendas no están hechas para permitir el libre movimiento de las piernas. Aún menos, si pretendes escapar a toda velocidad por una calle empedrada cuesta abajo. Pero, por si no fuera suficiente mi casi nula habilidad en el uso de esas lindas ropas femeninas, hacía unos minutos algo se había pegado, por no decir incrustado, en mi mano izquierda. Aunado a la peculiar situación en la que estaba envuelta muy a mi pesar, me seguían, o mejor dicho, nos seguían. Por eso es que corríamos con el corazón acelerado, totalmente inundado de adrenalina. Descompuesto, fatigado. Enamorado.

Toma mi mano. No me sueltes. No me dejes, quédate conmigo. Al dar vuelta en la esquina de aquella callejuela me había quedado sin aliento. Pero también sin padres, sin parientes lejanos y agregados políticos. Sin dinero, sin apoyo, sin reclamos. Era libre, éramos libres. El bulto junto a mí y yo pudimos llegar hasta el umbral de aquella puerta que nos sirvió por unos minutos de refugio. Y con ello fue que pudimos por fin mirarnos a los ojos. Sí, ese raro ser pegado a mi mano izquierda tenía, además de extremidades para sujetarse a mí, unos brillantes ojos cafés.
Frente a mi estaba más que su mirada extasiada de dopamina, adrenalina y demás sustancias químicas que seguro inundaban su cuerpo en ese preciso momento. Podía ver mi vida pasar como les ocurre a las víctimas de accidentes casi mortales. Así, veía mi vida. Pero no era víctima del destino. Había elegido por mí misma. Había perdido mi historia anterior, aquello que me había hecho lo que era hasta ese instante. Pero la perdía por voluntad. Elegí padecer otras vicisitudes, buscar otro apoyo y formar mi propia familia.
Tan sólo unas horas atrás me preparaba para pararme en el altar. Espantoso lugar para una chica como yo. No es que buscará trascender la vida del común, aunque lo cierto es que no pretendía vivirla de igual modo que los allí presentes. No es de extrañarse, pues, que me escapara tan pronto tuve la oportunidad. Son sorprendentes los indeseables lugares a los que llegamos por ver solamente los rostros de felicidad, por los sueños realizados, de aquellos que tanto nos han dado. Así, con tan molesto vestido entallado, pero con tenis deportivos bajo los 10 metros de tela que me recubrían, es que llegue puntualmente al pasillo de la pequeña capilla.
No olvidaré que la primera vez que lo vi sus ojos cafés lucían una tristeza que se traslucía en una leve lejanía. Sentado junto a sí mismo, ya que pese a estar entre muchos su ensimismamiento era evidente. No hubiera pensado jamás que esos ojos me mirarían alguna vez en la forma en que ahora lo hacen.
Bajo ese umbral que enmarcaba ese viejo portón nos pudimos refugiar del intenso sol. No llovía, no existía ni una sola nube y con ello se iba también toda posibilidad de aplacar el incesante calor. Ese maldito sol se posó ahí para mancillar a cualquiera que osara salir y ciertamente cumplía su labor con cautela. Él me seguía mirando. Sus labios se posaron en los míos. Al sentir su lengua no pude sino suspirar. Y es que éramos libres. Libres de encadenarnos de otras tantas formas, distintas a las establecidas aunque igualmente sofocantes.
De traje no se veía nada mal, pero prefería verlo como lo conocí. Su simpleza siempre me pareció atrayente. Pensé que todo saldría bien al encontrarlo al final del pasillo. Por eso el verlo rígidamente vestido y de pie junto al sacerdote me causo cierta desconfianza. ¿Eres tú? Mas ya estaba decidido. Correría tan pronto mi cabeza le ordenara a mis pies que era hora de dar por terminada tan desagradable escena.
Sus labios continuaban acariciándome, al igual que su lengua. Sin decir palabra alguna. Ambos en silencio. Esperando que no continuaran buscándonos, esperando que aquel portón que nos resguardaba del pasado y del inclemente sol no fuera abierto jamás. Y que nos permitieran seguir besándonos taciturnamente. De pronto lo reconocí. Ciertamente era él. Sus ojos castaños eran los mismos y su mirada ahora calma me miraba con extraña expresión. La misma que encontré en una foto vieja de cuando él era un niño.
Aun recuerdo la primera vez que lo vi sonreír. No aquellas risas entre amigos por alguna estupidez dicha. Fue cuando tomados de la mano paseábamos por los alrededores. Momento definitivamente contrastante a nuestro primer encuentro. Sus ojos seguían tristes, pero ya no así distantes. Te amo, dijo. Y yo supe a dónde quería ir.

El decidir casarnos fue fácil. El organizarlo todo no lo fue para nada. De pronto todo se salió de control. Un espectáculo para beber y comer. Una excusa para estrenar ropa nueva y presumir la vida lograda, o por lo menos para aparentarla. Una vez que mi padre me entregó, como si yo dependiera de la voluntad de otros, tomé su mano, pero la solté de inmediato ya que el sacerdote nos pedía arrodillarnos y pararnos injustificadas e incontables veces. El vestido me permitía bajar, pero el ponerme de pié era una prueba de resistencia. La temperatura era aún mayor bajo aquel conjunto a pesar de su color claro. Sólo deseaba salir de ahí, del vestido, del sermón, de las indeseadas miradas, de la capilla, del circo en que se convirtiera un acto tan sencillo. Afirmar ante los demás, pues dios ciertamente ya lo sabía, que nos quedaríamos juntos un rato, no para siempre. Unos 60 años por lo menos. Después quién lo sabe.
Las palabras nunca fueron su fuerte. Por mi estaba bien, siendo que nos entendíamos de una extraña manera. Si deseaba hacer o decir algo lo hacía o lo decía. Y si no, no lo hacía. Tan sencillo como él mismo. Te amo, dijo de pronto. Entre el sermón del vino milagroso y una nueva serie de arrodillarse y levantarse. Fue la única vez desde que empezara todo aquello que dejé de ver el suelo para escuchar lo que me decían. Omití cuanto puede los Felicidades y los Enhorabuena de los invitados; los chistes burlones de los tíos huraños y las consignas pesimistas de los amigos decepcionados. Te amo, dijo. Y yo supe que ese era el momento.
Ya habíamos pasado por ahí en una tarde en que caminando sin rumbo fijo, como comúnmente ocurría, nos topamos con esa encantadora capilla. Vieja como todas, rebuscada en sus adornos como todas, silenciosa como todas, pero atrayente y acogedora como ninguna. Él decidió no entrar o así lo interprete ya que en vez de seguirme se recargo en un gran árbol junto a la entrada. Sus tonos blancos me parecieron perfectos, propios de un lugar como aquel. Alejado del ruido de las avenidas próximas, escondida entre estrechas calles que no llevaban a ningún lado, rodeada de frondosos sauces bastante extraños en la ciudad. Todo ello le daba frescura, una frescura deseable en aquellos días calurosos.
Nunca fui disciplinada por lo que era normal que las profesoras me miraran con una expresión de reproche, junto con algo de lastima al pensar en las desdichas que les traería a mis padres. El hombre de la sotana me dirigía la misma expresión, parecía decir con sutil ademan que hacíamos algo impropio al hablarnos, que debíamos guardar silencio. Que en este, el momento en que proclamábamos nuestro amor frente a los demás lo correcto era callarnos. La ceremonia no era nuestra si bien era para nosotros. Me concentré en su inexpresiva sonrisa, en sus ojos. Su respiración comenzó a acelerarse, seguramente a la par con la mía. Lo último que logré ver fue a mi madre que por enésima vez le acomodaba la corbata a mi hermano menor. Ella no estaba prestando atención, por lo menos no a mí, ni a la ceremonia. El ritual carecía de sentido. Te amo, volvió a decir. Y yo corrí por el pasillo alfombrado a toda velocidad y con toda mi voluntad.
Él fue el primero que se decidió. Tomo mi mano cuando caminábamos solos a un costado de mi casa. Un movimiento errático, temeroso y confuso. Sus dedos buscaban dónde situarse entre los míos, como si quisieran encajar a la perfección. Yo no se lo hice fácil, me quedé quieta esperando que su mano encontrara el justo lugar junto a la mía. Sólo fue un momento, hasta que termino la calle unos metros más adelante, al doblar la esquina volvimos a nuestro estado natural. Separados. Nadie nos vio en esa ocasión y posiblemente en ninguna otra. No era un secreto, pero era nuestro solamente. El amor que crecía entre ambos era algo que sólo nosotros queríamos saber. Desde el inicio fuimos egoístas y el único momento en que lo compartimos tomó una forma indescifrable, desconocida.
Yo no sabía si él me seguía. No voltearía atrás hasta salir de allí, hasta sentirme más ligera. Hasta que el peso se fuera quedando en el camino, a pedazos. Jamás pensaría en pedirle algo, con el paso del tiempo aprendí que nadie te dará más de lo que quiera darte, si lo hace el querer se perdería dando lugar a la penosa obligación. No sabía si continuaba parado sobre el altar con rostro entristecido, si me miraba partir desde la puerta de la capilla o recargado en aquel gran árbol con una sonrisa sarcástica. Como fuera no pensaba pedirle perdón. Mientras corría sabía que él lo entendería, mi arrogancia me lo decía.
Pero él no lo llamaría arrogancia, para él sería confianza. Él es así, cambia mis palabras por otras de mejor intención y es que él piensa lo mejor de mí, aún cuando yo misma no puedo hacerlo. Sentí el calor de su mano tan pronto pasé la entrada del atrio arbolado. Se sujetaba con fuerza a mi mano izquierda. En un instante no era yo quien corría, sino que era llevada por él entre la empedrada. -Te amo- grito, volviéndose para verme. Te amo, dijo. Y yo sabía a dónde quería ir. Pero a cada paso que daba el maldito vestido me molestaba.




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