El adolescente temerario

Autor: Emil Maraby

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Cuento publicado el 25 de Octubre de 2016


Pedro tiene catorce años. Pero su apariencia es de más edad. Practica atletismo y levantamiento de pesas. Eso le ha permitido tener un cuerpo bien formado, sin abdomen prominente y los brazos con gran musculatura. Es un chico extrovertido, risueño y amante de la música. Vive con su madre y una hermana, Sofía, de ocho años. Su padre se fue de la casa cuando apenas Pedro tenía siete años. Así que fue creciendo sin la figura paterna, tomando actitudes de un chico mayor a la edad que tenía.

Julia tiene veintitrés años, es profesora de primaria, de religión evangélica y está de novia con un pastor que dirige una iglesia en otra ciudad. Planea casarse muy pronto. Es alta, espigada, de piernas gruesas y bien torneadas. Su cabellera negra tiene bellas ondulaciones que le dan un toque exótico. Su piel trigueña contrasta muy bien con sus grandes ojos negros, muy expresivos. Su sonrisa es fácil y su voz es algo ronca, lo cual le da un toque de sensualidad cuando habla.
En una ocasión, Pedro revisó las notas de su hermana Sofía en el colegio. Notó que su rendimiento estaba muy bajo en matemáticas. Decidió buscarle una profesora para que la ayudara. En la iglesia donde asistía le recomendaron a Julia. La contactó telefónicamente y le dijo que debía venir a su casa.
--Te pago lo que me pidas pero debes venir acá. Es difícil que mi hermana salga –le dijo Pedro al solicitarle los servicios. Julia aceptó gustosa. Quedó en ir al siguiente día por la noche.
Cuando Pedro abrió la puerta y vio a Julia, quedó impactado en el acto. La contempló de arriba abajo y tuvo un ligero temblor que lo agarró en todo el cuerpo. Casi no podía expresar palabra alguna.
--- ¿Julia? ---le temblaba el maxilar inferior. --¿Eres la profesora?
--Si, yo soy Julia –contestó sonriente. Tenía un pantalón color rosa muy ajustado a su cuerpo, el cual permitía ver sus prominentes glúteos y firmes muslos. La blusa era blanca y algo abierta en el pecho. Ella no fue indiferente a la belleza física de Pedro. Lo había imaginado como un adolescente flaco y desgarbado.
Luego de acomodarse en una mesa donde inició la clase a Sofía, pidió un vaso de agua. Pedro, impactado por la belleza de aquella mujer, le trajo un jugo de mango y unas galletas crocantes que guardaba para ocasiones especiales en su casa. Sus miradas se cruzaban de manera pícara. “Dios, este joven es bien lindo. Pero, ¿Cómo podría gustarme este adolescente si yo le llevo unos nueve años?”, pensaba para sus adentros.

La rutina de las clases continuó por siete días más. Una noche, mientras Julia explicaba la clase a Sofía, se fue la luz. Pedro encendió un par de velas y colocó una en la mesa de estudio. Otra en la sala, en la mesa de centro. Pasada media hora, la niña decidió acostarse. Julia y Pedro se ubicaron en un sofá para charlar mientras la luz volvía. Sus miradas se cruzaban con una energía propia de atracción desbordada. En un momento, se agarraron las manos y Pedro, le dio un beso en la boca. Ella correspondió sin resistencia, decidió fundirse en ese mágico instante de pasión. La diferencia de edad no era obstáculo para continuar con las caricias.
--Esto es una locura –dijo ella en un murmullo, el cual se convirtió en una melodía afrodisíaca dada su ronca voz sensual.
--Me gustas mucho. Y voy a seguir, no importa lo que digan –Pedro estaba decidido y siguió besándola con intensidad. La luz llegó a los diez minutos e interrumpió aquel momento increíble. Se miraron a los ojos y guardaron silencio.
En los días posteriores, se citaban en sitios lejanos del centro de la ciudad. Era un verdadero problema que los vieran juntos. Y mucho más problemático, si sabían de un romance prohibido por donde se le mirara: Julia le llevaba nueve años a Pedro, estaba en planes de casarse, era evangélica y estaba con un menor de edad. Sin embargo, decidieron continuar con esta aventura.
Como el amor no tiene libretos, esta pareja se fue enamorando cada día más. Como tenían la necesidad de encontrarse con mayor frecuencia, los planes para verse eran cada vez más difíciles. Pero lo hacían y lo disfrutaban al máximo.
El día de la boda llegó. La familia de Pedro fue invitada a la ceremonia. Asistió su madre, Sofía y él, con un vestido entero color gris. Luego del ritual religioso, los nuevos esposos se dirigieron a la casa de la novia a festejar con todos los invitados. Julia se ubicó en la sala de su casa y allí saludaba a todos los que se acercaban a felicitarla. Sonriente estaba hasta que apareció Pedro. La expresión de la novia cambió, su corazón se arrugó y sintió una congoja profunda. El adolescente que le había robado el sueño estaba allí. La miró fijamente, se le acercó despacio, le dio un suave beso en la mejilla y de forma rápida, pasó la punta de su lengua cerca a la comisura labial. Ella se erizó pero a la vez, producto de sensaciones turbulentas encontradas e inexplicables, soltó una lágrima que secó inmediatamente fingiendo un sucio en el ojo. Con su voz ronca sensual le dijo al oído a Pedro: --Creo que voy a amarte toda la vida.







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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2016-10-27 15:33:19
Nombre: Gabriel Vergara
Comentario: Todos en algún momento de la vida hemos vivido sensaciones parecidas, leer este cuento me ha hecho dar una especie de brinco dentro de mi, buscar en el baúl de los recuerdos y tratar de traer lo vivido, las obras si son capaces de llegarnos al alma, hacernos recorrer los años ya pasados es permitirnos vivir nuevamente este cuento en mi lo ha logrado. Felicitaciones lo disfrute.


Fecha: 2016-10-25 11:00:59
Nombre: Martha Alicia
Comentario: Emil Maraby, has logrado hacer visible la carga emocional que conlleva todo amor prohibido. Me gustó el final. Te felicito.