A un millón de años luz.

Autor: Alex M.

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Cuento publicado el 21 de Octubre de 2016


No digo que un par de veces abro la página para notar la claridad de tus ojos, puesto que hace meses me has hecho entrar en la divina confusión del amor. Tus labios me han aclarado, que el desamor es uno de los más temibles castigos del ser humano, aunque aveces, mirándolo desde otra perspectiva, parece ser alagante; o no lo sé en realidad, tal vez necesitaría ser un jugador de Wall Street y renombrarme en los diarios más famosos de New York, para así poder captar un aliento de tu mirada. Y es que me inspiras tantas cosas, que al final del día, durante esos largos viajes, contemplando la ociosidad de las horas y el calor, llego y vuelvo a mirarte muy literalmente, y las palabras se desvanecen de mi alma. Puedo apostar que soy la última persona en este asqueroso mundo, en vagar por una milésima de segundo por tu cabeza. Incluyo algunas variantes para el momento en cuando vuelvas a abrir tus alas y regreses al nido infertil que te las dió, puesto que soy un ser alejado de lo social y la camaradería (cosa que a ti se te da muy al natural). Una blasfemia para amantes considero mi amor por ti. Segunda de mi otro platonismo, que ha logrado robar mis ojos, a tal grado de decir que por un tiempo estuve tuerto sólo para ella.


El aire, el vino, el cigarro, el rock, y quizá hasta el maldito cine que me ha petulado con sus más pérfidas historias putrefactorías, son las cosas más en común que tenemos.

Y después de este mediático texto, al que según yo es fuente de mi talento, me vuelvo a quedar sin las palabras congruentes para poder chistarte. Me pasa seguido (o al menos estos últimos meses siento que perdí la inspiración), pero, ¿qué es la inspiración sin una musa? No digo que todos los artistas la necesiten; algunos sólo pueden ver un pedazo de comida rancia e inspirarse, tal cual lo hace un diseñador con la piel de un árbol y plasmarlo en algodón.

Esto es muy extraño, las personas que suelen estar demasiado cerca, son las que están a millones de años luz; amorosamente. De poder suavizarse las mejillas con sus respiraciones de enamorados en vísperas navideñas. De ultrajar los sentimientos y llevarlos en cada aire y a cada paso.

Recuerdo esa vez que te vi (no por primera vez), yo tenía un aspecto frágil, sencillo y de lo más normal (por no decirte jodido y hambriento). Para llegar a ti, recorrí la luna junto con otro hombre, del cual no recuerdo las palabras que decía en el trayecto, las enormes y delgadas luciérnagas en el asfalto, me alumbraban el camino, como cual rey acababa de nacer. Quizá estaba un poco drogado, pero puedo justificar mis dos lineas esnifadas; nadie se atreve a ir al lugar donde yacen dos cosmos, uno platónico y el otro con mi corazón y mi alma en sus manos. Y para colmo, unidas, inconscientemente quizá no por su karma trayectorio de sangre, si no que la maldad existente en otra vida, yo la pagué.


Cuando al fin vislumbre el camino, aturdido por el sonar de la sirenas materialistas y politizadas que están muy de moda, descubrí el placard, ¿sería yo el misil? o ¿el inmenso puntiagudo amoroso en el que me encontraría al dar mi siguiente paso?, con un toc-toc. Pero para mi fortuna (y de la demás seres humanos, aunque no lo admitan) existe la tecnología y esos escrutinosos y bacteriológicos celulares.

Bastó un tic-tac numerologico para que pudiera ver al ser anticipado y por el cual me había quedado tuerto. Me alegraba verla, nunca lo he negado; que hasta la fecha me dan nervios novieros cuando la veo. Pero era tal mi afán por verte a ti, a ti, que me habías robado mil noches, a ti, que te habías fumado miles de cigarros junto conmigo en mi mente, a ti, por la cual había buscado miles de canciones para identificar mi frustración, a ti, a ti, maldita sea.

Y una diminuta luciérnaga instalada en el techo, me advertía de los peligros, pues, esa misma luciérnaga, te había figurado. Ahí comprobé (y juro que por primera vez) que el tiempo en verdad se detiene; aunque aveces quisiera hacerlo con solo bailar la mano en el aire. Y después tu boca exclamo una tracción a sangre muy fuerte que por el momento quería salir corriendo como un completo estúpido y arrojarme al primer auto que se me interpusiera. Sin embargo seguí y me tragué el nudo en la garganta. Reconocí dos inmensas rocas que no tardaron en alardearme amablemente y quiero pensar que tu seguías en la espera de estrechar las lineas cósmicas que predicen los hijos y la muerte (aunque no creo en esto). Por fin llegué a ti, a ti ¡carajo!, estaba apunto de derretirme igual que Amelie, quizá el aliento me traicionaba por un vísio mal gastado, pero cuando fijé el olfato, mi cerebro se reconfortó, tu boca olía igual, y en eso imaginé un jardín y nosotros recostados mirando el alba de la luna. Regresé en sí (cuando estás drogado y enamorado, el tiempo es doblemente lento) y fotografié cada imperfección de tu rostro, cada linea de tu boca, la curva de tu nariz, la explosión de tus ojos, el ensanchamiento de tus mejillas ruborizadas y el radio de tu cara; todo en mi mente.

Tengo muchas variantes, como mencioné al inicio. En una soy campechano (aunque nunca he sido así) y reímos como idiotas salidos de una película de Vontrier, con su inminente cinismo y seducción.

En otras tu eres la que me encuentra en medio de la multitud céntrica, donde reposa el pozole, los caldos de res, la tiranía, la alegría, el consumo desproporcionado de la canasta básica. Y me preguntas una dirección, y yo me imagino descontrolado, parco, y en esa variante puedo ver que ese misterio te gusta en mi.

En otras quizá soy grosero, tal vez porque siento que te deseo demasiado, tal vez por el recelo de tus ancestros patrones, tal vez porque solo quiero ser grosero y quiero que me veas.

Pero estoy seguro que esas variantes desparecerán el día que el enorme pájaro toque el asfalto de esta olvidada tierra de dios. Y me sentiré como un completo idiota, peor que los protagonista de la gallina degollada.

Puesto que sólo es una imaginación mía, historias casi hiperrialistas que ni el mismo Dali sabría que pintar, ante tal suceso.

Me han escaseado las palabras (por el momento), ahora sólo veo comida rancia, piel de árbol y la noche que se asoma por mi puerta. Podría reproducir a Duck Ellington nuevamente con su bellizimo jazz, y ni así restauraría mi inspiración nocturna. Miraría tu fotografía toda la noche, pero este no sería un alago; sería una tortura pensar que desperté junto a ti.

Tu estás a un millón de años luz de mi.










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