Un Caso de Infidelidad

Autor: Abner Hale

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Cuento publicado el 22 de Septiembre de 2016


Memorias ocultas de Luís Ángel Cáceres


A veces no es fácil comprender lo que ocurre ante nuestros ojos. La línea que separa el bien y el mal es tan difusa que no hay forma de saber cuando nuestras sospechas son ciertas o cuando son infundadas o cuando es preciso tragarse el orgullo y limitarse a comprender.


Cuando Maria Helena se caso conmigo tenía 25 años. Yo tenía 40 y por más que la quería y sabia que ella me amaba, algo me prevenía que tarde o temprano tendría que perderla. En cierta forma consideraba un alivio que su mejor época como estrella juvenil hubiese pasado… Pero cuando cumplió los treinta volvió a ser una cantante de éxito y para mí turbación se volvió más sugestiva y hermosa que nunca.

Mí propia inseguridad hizo que me volviera sumamente celoso. Empecé a discutir con Helen por cualquier cosa… Por la forma en que vestía, por el modo en que se divertía en las fiestas, por la facilidad con que todos simpatizaban con ella… Me disculpaba después, ella me perdonaba… Pero su indiferencia era el peor de los castigos. Por momentos deseaba que me confesara de una vez que ya no me amaba, pero ese momento no tenía cuando llegar.

Sus nuevos discos, a partir de 1977 le devolvieron la fama que había perdido en los años 60, pero fue preciso que conociera a Armando Farell para que se consagrara como una de las mejores cantantes del Plata. Recuerdo muy bien como fue que lo conocimos. A comienzos del 79 María Helena y yo celebrábamos el nacimiento de nuestra última hija y un amigo se presento en la fiesta con Farell y nos lo presento como uno de los mejores compositores de la década.

Puedo jurarlo. Armando la vio de un modo distinto… Y ella lo vio de la misma forma. Hablaron de cosas sin importancia, pero en cada palabra había una suavidad y una ternura que me pusieron furioso. Logre contenerme. Pero concluida la reunión le rogué a María Helena que nunca más volviera a verlo.

Armando era apenas tres años mayor que María Helena: Había nacido en 1942 y desde sus más jóvenes años destaco en la música y el teatro. En 1969 dio en presentarse con otros jóvenes talentos en obras de protesta en las que sutilmente censuraba la violencia y el extremismo ideológico. Se ganó muchos enemigos y se vio obligado a emigrar en 1974, cuando tanto los terroristas de derecha como los de izquierda lo amenazaron de muerte por no definirse ideológicamente. Logro huir, pero su joven esposa desapareció misteriosamente y no se ha vuelto a saber de ella.

En 1979 María tenía 34 años y se la veía más hermosa que nunca. Por su parte Armando Farell, por más que sólo tenía 37, sentía que todo había acabado. Ella no lo recordaba, pero de muy joven con gusto gastaba los pocos pesos que llegaban a sus manos para asistir a un teatro y ver a la estrella de sus sueños. Empezaron hablando de cosas banales, intrascendentes… Pero mucho después Maria Helena recordaría aquel encuentro de la siguiente forma:

- Sus ojos irradiaban tristeza. Pero no tanta como la que sentí yo… Mis ojos se humedecieron al verlo… Había sufrido mucho en aquellos años.

No pude impedir que siguieran viéndose. Ella lo admiraba. Era joven, apuesto y su vida estaba llena de peripecias. Además, como músico era genial. Pocos días más tarde se presento en nuestra residencia con algunas canciones que Hellen primero escucho y luego canto con entusiasmo. “¡Tengo que grabar estas canciones!” Dijo entonces. Y yo conocía ese tono de voz. Cuando ella se decidía a hacer algo, lo hacia y en las semanas siguientes no me quedo más remedio que verlos y oírlos ensayar aquellos temas. No hacían nada de malo, él sólo tocaba el piano y ella cantaba… Pero yo notaba algo más.

No hacían nada de malo. Tan sólo ensayaban. Como no hubo nada de malo en que Armando la acompañaba a la disquera y supervisara personalmente la grabación. Y tampoco lo fue que estuviera presente en el concierto en el que Helen estreno aquellos temas, ni que fuera el que más la aplaudió al concluir aquella noche gloriosa. Pero cuando dieron en presentarse en diversos escenarios cosechando más aplausos y más éxitos… Aquello fue demasiado.

Precisamente la noche en que Armando anuncio que tenía nuevas canciones que ofrecerle a Hellen, comente mordazmente que empezaba a parecerme extraño en que insistiera en trabajar con mí esposa. Un reportero interpreto lo que quiso oír y otro tomo unas fotos que se prestaban al doble sentido… Helen se libro de milagro de un escándalo, pero cuando volvimos a nuestra residencia, María Helena me dijo que estaba harta de mis desplantes.

- Sí lo que quieres es que abandone mí carrera. Lo haré. ¡Pero ni pienses que después de eso volveremos a vivir juntos!

No pronuncio la palabra “divorcio”. Pero quedo implícito que yo debía abandonar de una vez mis absurdos celos o concederle la libertad. No me quedo sí no aceptar aquella ambigua situación. Ni ella ni Farell dieron motivo para que se hablara de ellos. En público eran correctísimos y apenas notaba alguna incomodidad de mí parte, se retiraban, siempre con discreción y buen humor. Ella permitía que le tomara de la mano… Y eso era todo.

Era todo y sin embargo yo sabía que Helen sólo pensaba en él y aquellas canciones que revelaban un amor tan intenso tenían una segunda intención. En todas ellas se hablaba de la incomprensión, del olvido, del deseo de volver, de sentirse amada, viviendo como vivía siempre sola y sin la menor esperanza.

Ellos no me podían engañar. Algo estaba naciendo o había nacido ya entre los dos. Por alguna razón Hellen dejo de sonreír al verlo y era cada vez más evidente una gran tristeza en los ojos de Armando. Fue hacia 1982, cuando yo tenía 52 años, cuando note que en los pocos momentos en que ambos creían estar solos, hablaban siempre en voz baja. Y hubo noches en que ella, creyendo que yo estaba dormido, parecía ahogar algo parecido a las lágrimas.

Hasta entonces mis celos la irritaban y me echaba en cara mí poca confianza, pero ahora sólo me miraba y guardaba silencio.

Con los éxitos vinieron los agasajos, las fiestas, los admiradores que le suplicaban un autógrafo o unos segundos de atención… También algunos que casi con vergüenza le rogaban que aceptara un valioso obsequio: un frasco de perfume o un florero de alabastro, un cuadro con marco de plata, o la miniatura de un carruaje labrado en pan de oro. Los rechazaba siempre, pero algunos insistían tanto, que no le quedaba más remedio que aceptar…

¿Cómo decirle que no a uno de los más importantes ejecutivos de una disquera? ¿O a un amigo de la infancia o un adolescente que lo único que deseaba era que lo recordara alguna vez? Una niña le regalo unos pendientes, un muchacho una cadena… Y Farell un brazalete hecho con hilos de plata y oro.

Aquel brazalete fue motivo de la discusión más seria que haya tenido con Hellen. Ella decía que Armando obraba sin mala intención, pero yo no le creía y por un momento sentí deseos de buscarlo y arrojarle su obsequio a la cara. Hellen tuvo que devolverlo y yo prohibí a Farell que volviera a nuestra casa.

A partir de entonces sólo se encontraban por motivos de trabajo y reñían a menudo. Cuando en las fiestas se mostraba demasiado atenta con algún invitado, él... ¡Precisamente él!, le sacaba en cara que hiciera papelones frente al publico. Pronto descubrí que también él estaba celoso y temía perderla.

En una gira, después de un concierto en Bogota, María Helena recibió a unos admiradores en su camerino. Uno de ellos era un joven que le dijo que ella brillaba con luz propia en los escenarios, que bastaba cerrar los ojos y oírla, para sentirse en el cielo.

Hablo con tanto entusiasmo que me sentí incomodo. Para mí sorpresa fue Farell quien lo interrumpió y le dijo con brusquedad que haría muy bien en retirarse. El chico se retiro, pero olvidando que no estábamos del todo solos en el camerino, no pude más y le dije a Farell que se estaba tomando atribuciones que no le correspondían.

Hellen me dijo que no tenía porque portarme así. Que Armando obro sin mala intención. Que lo llamara así me enfureció aun más. No recuerdo muy bien que fue lo que le dije entonces, pero tampoco Farell estaba en condiciones de aceptar sermones de nadie. Discutimos… Se mostró arrogante, mordaz, insufrible… No soporte más y en presencia de los fotógrafos trate de darle un puñetazo. El estaba por respon-derme cuando alguien nos separo y preferimos alejarnos.

A solas en nuestro cuarto, Hellen dijo:


- Esto no puede seguir así. Sí no confías en mí, mejor será que nos sepa-mos de una vez.

- ¿Para que puedas encontrarte a solas con tú amante?

La bofetada que recibí fue la forma que ella eligió para decirnos adiós. Era lo mejor. Nos habíamos destrozado demasiado tiempo.

Al regresar a Caracas deje que Hellen se quedara con los niños y preferí buscar un departamento. Lo busque en el otro lado de la ciudad. Todo se hizo con tanta discreción que ningún periodista llego a sospechar que María y yo tratábamos de reiniciar nuestras vidas lo más lejos posible el uno del otro.

No nos atreveríamos a iniciar los trámites de divorcio hasta muchos me-ses más tarde. No volví a meterme en sus asuntos. Hasta entonces Farell no se atrevió a pasar por la residencia donde vivía Hellen. Cuando al fin iniciamos los tramites, recién entonces Armando volvió a encontrarse con ella, pero siempre por motivos de trabajo. Durante ese tiempo no había grabado un disco ni se había presentado en un teatro y esto era perjudicial en su carrera.

Grabaron un disco que fue uno de los más vendidos en el año. Viajaron a los Estados Unidos donde tuvieron la oportunidad de grabar sus huellas en el paseo de los famosos de Miami. Recibieron premios, su propia disquera los agasajo por ser el compositor y la cantante más exitosos de todos los tiempos. Se retrataban en todas partes, siempre sonriendo o dándose un beso de amigos o hermanos. Pero nunca se supo que salieran solos o hubiesen iniciado algún tipo de relación. Hellen decía que el trabajo me impedía acompañarla a todas sus giras, pero rechazaba cualquier insinuación sobre un divorcio.

Aquellos tramites de divorcio siguieron su curso, con toda la discreción que lo permitía la ley y la capacidad de nuestros abogados. Ellos mismos insistían en que debíamos hacer lo posible por reconciliarnos. Pero era imposible. Lo confieso, tenía miedo. Ya no era el mismo de antes… En caso de volver a vivir juntos, ella tarde o temprano tendría que engañarme, estaba en su temperamento. No podía exigirle más paciencia que la que ya me había tenido.

A los seis meses supe que María Helena y Armando habían empezado a salir juntos por otras razones ajenas al trabajo… La prensa insistía en que rara vez lo hacían solos. Pero yo sabía más cosas que ellos. Ambos cuidaban mucho su imagen y sabían hasta donde podían llegar… O hasta donde podía llegar la prensa. Había muchos lugares que la prensa no visitaba y yo sabía que se encontraban allí. Sabía que algo había entre los dos.

Más me preocupaban los niños. Me extrañaban. Me las ingeniaba para encontrarme con ellos lejos de Hellen. La más de las veces le hablaba por teléfono diciendo que quería llevar a los chicos a un parque o al cine. Ella siempre aceptaba, a condición de que no pudiésemos encontrarnos.

Los hijos siempre son los primeros en saber que sus padres están por separarse, lo supieron siempre. El momento llegó en que ni siquiera me pidieron una explicación. Ante sus ojos yo era el malo de la película, yo tenía la culpa de todo lo que estaba pasando… Y lo peor era que tenían razón. Por lo poco que oí de ellos, supe que ni una sola vez Farell se atrevió a entrar a nuestra casa ni salio a solas con Hellen. No se lo permitían. Siempre uno de ellos se las ingeniaba para acompañarlos, haciendo el papel de chaperon. No comprendían porque yo no volvía a casa. ¿Qué mal me habían hecho?

Cuando en noviembre de 1984 quedo claro que nada impedía nuestra separación, un buen amigo volvió a advertirnos que el escándalo nos perjudicaría a los dos. Yo me había divorciado una vez y podría afrontar lo que habría de venir, pero Hellen era una artista… Una de las más grandes que hubiese aparecido. A costa de muchos sacrificios había tejido alrededor de sí una leyenda que nada debía empañar. Otras artistas podían divorciarse, pero ella no. Pero había algo más… Algo que me impedía tomar la decisión definitiva: Por más que había cosas que no le podía perdonar, yo la seguía amando.

Por un lado no era justo que siguiera atada a un hombre como yo. A sus 39 años seguía siendo hermosa. Yo en cambio tenía 54 y muy pronto todo acabaría para mí. Volvimos para acallar a la prensa, mentimos al afirmar que míos negocios me impedían acompañarla en sus giras. Y precisamente anuncie que por un negocio muy importante, tendría que establecerme en España. Nadie lo creyó, pero al menos fue una buena excusa para ocultar lo evidente.

Quedamos en que lo mejor era rehacer nuestras vidas. Acepto que de cuando en cuando llamara por teléfono por los niños. Por Heidi, que tenía entonces 14 años, Hernán de diez y Fabiola de cinco. Pero con ella, con la que una vez fue mí esposa, no tenía nada de que hablar.

¡Cuan cobarde fui entonces! Prácticamente le estaba permitiendo a Hellen que me engañara impunemente. Al no concederle el divorcio, tendría que hacerlo. En cierta forma Armando había salido ganando. Me retiraba de la contienda y les dejaba hacer lo que quisieran…

Yo también podía hacer lo que quisiera. Pero nunca antes me sentí más abandonado ni más solo. Volver a mí departamento era siempre un doloroso recuerdo y cada día que pasaba, cada día que me volvía más viejo, era como un reproche. Sí yo desapareciera sería lo mejor para ella…

En adelante me llegaron noticias de sus éxitos y algunos amigos me confirmaron que desde mí partida, Hellen y Armando eran inseparables. Llego el momento en que los vieron pasear juntos con Hernán y Fabiola, pero no con Heidi, que siendo la mayorcita, poco a poco empezó a comprender ciertas cosas. Trataba fríamente a Farell, pero discutía todo el tiempo con su madre y en cierta ocasión me llamó por teléfono, porque deseaba vivir conmigo.

En 1987 tuve que viajar a México… Ella se presentaba en el Auditorio Nacional y yo sentí la necesidad de volver a verla. Aquella noche se estrenaba “Argentinísimo” y perdido entre el publico me emocione, llore y aplaudí a rabiar. Al bajar el telón fue preciso que saliera una vez y otra… Y en una de esas ocasiones me vio a mí.

No hicieron falta palabras. De algún modo le di a entender que deseaba pedirle perdón, que no podía vivir más tiempo sin ella. Por su parte la note tan triste que se me ocurrió pensar que también me necesitaba. Pero no me atreví a ir a su camerino. Sólo había un lugar donde podíamos encontrarnos y era en su departamento, el que hacia poco había comprado con la regalías de sus discos… Y allá fui.

Me encontré con Mercedes, la misma que nos había servido tantos años en Caracas y que ahora era su dama de compañía. Le sorprendió verme y tuvo el tacto de rogar a Hellen que la dejara salir porque tenía que ver a unos parientes. Nos quedamos solos. Y se lo dije de una buena vez:

- ¿Habrá alguna forma de que me perdones?

- Es a otro a quien le debes pedir perdón.

Era más de lo que podía aceptar, pero ella insistió:

- Todo este tiempo Armando no ha hecho más que buscar a la esposa que perdió en la Argentina. Se siente culpable de que él halla logrado escapar, no quiere aceptar que halla muerto, pero ya no sabe que pensar… ¿Cómo pudiste creer que hubo algo entre los dos?

- No me pidas que me disculpe ante él, seria demasiado…

Cuando volví a encontrarme con Armando hable con él con cierta frialdad que él comprendió. Lo importante era que hizo de cuenta que no era más que un viejo amigo con el que había discutido por razones triviales y al que no había visto en mucho tiempo. Tácitamente ambos aceptamos aquella farsa como una disculpa. No había razón para seguir mortificados quien sabe por que, al fin y al cabo en aquellos años habían pasado muchas cosas…

No dijimos más y una vez más Hellen volvió a confiar en mí… Yo también confiaba, pero le impuse ciertas condiciones: Farell ya no se inmiscuiría en nuestras vidas y que en lo posible debía buscar un nuevo compositor. Aun más, en adelante seria yo quien se encargaría de su carrera artística.

Farell acepto… también a su modo.

Públicamente anuncio que ya no compondría más canciones a Helen Francis. Le había dedicado demasiado tiempo y artísticamente sentía que se había encasillado en un sólo estilo. Era tiempo de que buscara nuevos estilos. Y se fue a Río de Janeiro.
En Brasil no logro impresionar con sus nuevas composiciones. Un concierto con Facundo Cabral lo animo para que ambos producir mordaces temas que abordaban la problemática social. En esto tuvo más suerte. Pero en general no logro componer un nuevo éxito en los siguientes cinco años.

Helen y yo volvimos a verlo en 1992. Después de mucho pensarlo lo invitamos a una reunión familiar, pero pudimos notar que ya no era el mismo. Se lo notaba resentido, amargado. Consideraba injusto que su propia patria lo ignorase, que los críticos no apreciaran sus nuevos temas, del comercialismo que imperaba en el mundo discográfico, de la falta de buenos valores, de la forma en que los productores lo encasillaban en lo mismo…

Hablo mucho conmigo, pero prácticamente ignoro a Hellen. Ella no hizo el menor comentario, pero se notaba que le dolía que la tratase así. En cierto momento trataron de hablar a solas, pero desde donde estaba note que se hablaron con cierta aspereza y Hellen regresó comentando muy irritaba que Armando no debió presentarse, porque estaba borracho. Casi al finalizar la velada, como disculpándose, Farell le entregó una cinta. Eran unas canciones que habían compuesto mucho tiempo atrás “y que quizás pudieran servirle de algo”. Conservando la calma Hellen le agradeció el obsequio y quiso que se quedara para que habláramos sobre la producción, pero él se negó, limitándo-se a decir que estaba demasiado ocupado y que ella no lo necesitaba.

Y sin embargo aquellas canciones se convertirían en el mayor éxito de su carrera. La gira que emprendimos para promocionar el disco fue triunfal y has-ta lo convertimos en una película de corte musical en la María Helena demostró, ante la sorpresa de los críticos, que también era una gran actriz.

El estreno de la película fue el acontecimiento del año. Se presentaron empresarios, directores, artistas, críticos, reporteros… El último en presentarse fue Farell quien se limito a comentar que nunca había dudado de las dotes histriónicas de Hellen Francis y que su verdadera vocación era la de actriz dramática. Hellen le respondió que aquel papel le sentaba de maravilla, pero de allí a ser actriz… Agradecía el elogio, pero era obvio que exageraba.

Farell se la quedo mirando y dijo con cierto misterio:

- Hellen. Yo nunca exagero.

No dijo una palabra más y simplemente se fue. Ni María Elena ni yo sospechamos entonces que no lo volveríamos a ver más.

Falleció dos años más tarde. Los periódicos informaron que la causa de su muerte fue una embolia, pero yo estoy seguro que la verdadera causa fue la tristeza. Algo en él había muerto mucho antes. Como sí hubiese perdido el deseo de vivir… Como sí yo le hubiese quitado la vida.

Hellen y yo asistimos al funeral. En ningún momento la ví llorar ni escuche de sus labios el menor lamento. De regreso a casa se quito el traje de luto y se puso otro vestido de color oscuro, para asistir a una importante reunión en la que los periodistas la acribillaron a preguntas, pero en las que se destaco por su ingenio y su buen humor. Pero de regreso me rogó que la dejara sola, por que tenía muchas cosas en que pensar…

Los años también habían llegado para ella. En aquel entonces, quienes la conocían no podían creer que tuviese 47 años. Aun se la veía muy joven y su voz le seguía siendo leal. Pero habían surgido otras artistas, habían cambiado los gustos y los ideales de una época. No podía luchar contra todo esto y recordando una máxima teatral que insiste en que lo mejor y más difícil es abandonar el escenario a tiempo, anuncio que había decidido retirarse. Quería descansar de tanto trajín y decidió que nuestra hija Heidi tomara su lugar, lo cual ha logrado en poco tiempo con un éxito increíble.

Pero yo la conozco. Hay una tristeza que no la abandona nunca y más de una vez, incluso cuando nos sentamos solos a la mesa, he sentido que alguien más esta cerca de nosotros, alguien con quien no puedo competir y que de mil formas me reprocha no saber amar a la mujer que lo es todo en mí mundo.

Fuera de algunas entrevistas para los medios informativos, Hellen no ha vuelto a hablar de Armando Farell o de aquellas canciones que la llevaron a la fama. Ante los demás actúa como si lo hubiese desterrado de su memoria, pero yo se que en silencio, cuando nadie la ve, lo sigue recordando.



Lima, 18.10.08




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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2016-09-29 08:52:03
Nombre: Ramn Gutirrez
Comentario: He vivido situaciones semejantes y pude sentir y vivir el personaje. Hay distintos niveles de traicin, de infidelidad. Quizs Helen slo lleg al segundo nivel, que es conversar intimamente con el considerado "amigo" y aceptar "regalitos" de l, tal vez nunca se besaron, nunca llegaron a la cama, la tristeza de Farrel era su sentimiento de culpa por sentir que traicion a su esposa perdida y se enamor de Helen, me gust este cuento.


Fecha: 2016-09-29 08:50:00
Nombre: Ramn Gutirrez
Comentario: Me sent plenamente identificado con el personaje por lo que pude vivir plenamente este cuento.