ÔĽŅ Una razůn para escalar los tejados. Cuentos cortos rom√°nticos
ÔĽŅ

Una razón para escalar los tejados

Autor: Prieto

(4.15/5)
(54 puntos / 13 votos)


Cuento publicado el 01 de Julio de 2015


...Y ella estaba allí, quieta y perdida mientras la multitud la esquivaba como el viento en un bosque. Lentamente se acercó por atrás, apoyó las manos en su delicado hombro, le corrió la larga cabellera y le susurró al oído:
-"Eres una bella y perfecta combinación de lo asombroso en este mundo"...


-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.


"Bambino tonto!, terminar√°s muerto si sigues as√≠"- le repet√≠a su madre cada ma√Īana cuando el se trepaba en los techos de la gran Florencia.
Don Vito, quién entonces era el gobernador de la ciudad, había dado la orden a los ballesteros de que hicieran guardia en los tejados, ya que en ese entonces eran completamente accesibles para cualquier persona, incluyendo criminales. Pero a pesar de esto Felice, quien no era peligroso para nadie del barrio, tendía a treparse y deambular de forma rebelde a los edificios más altos, las iglesias mas ornamentadas, las terrazas mas privadas. La mejor parte de esta rebeldía era observar el paisaje, lo cual le encanta hacerlo recostado cada tarde sobre unos salientes de la altísima muralla. No había nada mejor que observar los obesos mercaderes discutiendo, a los esposos siendo infieles, a las cortesanas hurtando hombres ricos pero lo que mas le fascinaba eran los inventos del "Loco Da Vinci", así lo llamaban los vecinos.
Para Felice el Loco se llamaba Leonardo, a pesar de nunca haber hablado con el. Leonardo sol√≠a probar sus inventos en su jard√≠n cada d√≠a de por medio. Cada primavera y oto√Īo ten√≠a un nuevo invento, cada uno mas raro que el anterior y Felice no se perd√≠a de un solo d√≠a, all√≠ en el rinc√≥n de un balc√≥n a lo alto del jard√≠n observando. Era todo lo que mas lo emocionaba hasta que un d√≠a todo cambi√≥. Una ma√Īana, intentando ser normal como las dem√°s, Leonardo Da Vinc√≠ se fue...
"Al loco lo mandaron a Venecia"- chismoseaban las ancianas mientras tejían cerca del acueducto.

Felice no creía en lo que decían, no quería creer. Hasta que fue a echar un vistazo, trepó las ventanas hasta llegar al tejado mas cercado, y empezó a correr con nudo en la garganta. Sus pisadas eran tan rápidas y brutas que hacia que las tejas de desplomaran en las calles. A lo lejos, un ballestero se alertó.
"Sacco di merda" insulta al aire creyendo que Felice era un ladrón escapando. Rápidamente prepara su ballesta y apunta, el primer disparo fue fallido pero advirtió a su objetivo. Aceleró el paso y se escondió tras una chimenea.
Su coraz√≥n y la del ballestero palpitaban como pisadas de corceles, lo √ļnico que o√≠a era al guardia acerc√°ndose mientras el aliento de Felice hacia eco en el vano.
"Sal ahora mismo y acepta el castigo por tus crímenes!" - grita exhausto.

Felice lo ignora, lentamente como si se tratara de una delicada cirugía, toma con su temblorosa mano un pedazo de teja quebrada. Retiene la respiración y lo lanza al lado opuesto de donde el guardia se acercaba. Desperdicia su flecha lo cual era la oportunidad de escape para Felice, ya que llevaba mas tiempo recargar la ballesta que pelar una naranja.

"Lo siento" se disculpa y desaparece.

"Primero la diab√≥lica de mi esposa y ahora un tonto bambino, in√ļtil, in√ļtil, eso es lo que soy!" golpea la pared con su ballesta.

Al llegar, desperdiciando aire como un perro, se dio cuenta de que Leonardo había partido, que sus días de espiar se habían acabado. Rápidamente fue descendiendo por la pared, sujetándose de las decoraciones pero el día, a pesar de estar anocheciendo, recién empezaba. Se resbaló y cayó tendido en el jardín, con lagrimas en los ojos se desmayó.
De a poco fue abriendo los ojos, aclarando la mente, olía el aroma de las rosas a su alrededor y sentía el dolor de su dedo roto. Escuchó una dulce voz: "No te conozco pero eres tonto como un bebe"
Al escucharla se despertó por completo, su voz le era tan familiar aunque nunca la había visto. Se levantó bruscamente y notó que su dedo roto había sido vendado.

"Despacio despacio" - le ayud√≥ a levantarse- "Te rompiste el dedo al caer del techo, ¬ŅQue hac√≠as en el techo? ¬ŅComo te llamas? ¬ŅAcaso estas loco?"

La extra√Īa le segu√≠a bombardeando a preguntas, como si fuera su madre, hasta el p√≥rtico que llevaba a la calle mercante.

"Gracias" -fue su √ļnica palabra al salir. Ella suspir√≥, se preocup√≥ y luego sonri√≥.

Al abrir la puerta de su casa, para el colmo, estaba su madre con la misma cara de siempre. "Bambino m√≠o, eres lo √ļnico que quiero de todas mis pertenencias, un d√≠a de estos entraras por la puerta en un ata√ļd y yo me quedar√© sin nada!‚ÄĚ -le dec√≠a mientras Felice se dirig√≠a a su recamara- "¬Ņpero que te ha sucedido en la mano? ¬ŅOtra vez lanzando piedras tras el muro huh?" Ignor√≥ completamente a su madre no por que quisiera, el lo amaba, sino por que estaba tan confuso y mareado que el dolor era lo √ļltimo que lo persegu√≠a. Se sac√≥ las botas con la mano sana, se acost√≥ en la cama, se cobij√≥ y suavemente fue cerrando los ojos tras parpadear como un ni√Īo mirando el bello trapo con el cual estaba vendado su dedo.
Hab√≠a dormido un d√≠a y una noche, ni los molestos cantos de los p√°jaros pudieron perturbarlo. En esa larga siesta, tuvo un sue√Īo extra√Īo y dulce en el cual estaba la aquella hermosa chica, cant√°ndole mientras le pelaba una manzana bajo un √°rbol en el cual las sombras no dejaban que la luz del sol atraviesen hasta tocar sus rostros, sobre una peque√Īa elevaci√≥n con infinito suelo verde y vientos que daban la sensaci√≥n de estar en perfecta armon√≠a. Era tan real que al despertarse sent√≠a el sabor de la manzana en los labios y la cari√Īosa voz de aquella chica.
A la despertarse el dolor hab√≠a cesado con esa larga siesta. Se levant√≥, se estir√≥ y se visti√≥. Ten√≠a tanta hambre que se comer√≠a un jam√≥n del tama√Īo de un elefante. Mientras su madre le hacia preguntas tras preguntas, le preparaba un delicioso y jugoso caviar con leche. Con las manos en las caderas, mirando a su hijo perdido pensando en otra cosa le dice:
"Felice!" -le grita y el la mira con atenci√≥n "Fue por ese loco no? sabes, por algo le dicen loco, lo √ļnico que hace son locuras. ¬ŅSabias que una vez trato de volar como un p√°jaro?"

"Si, fue asombroso" -le respondió Felice.

"Destruyo la iglesia! y lo peor de todo es que salio sin un solo rasgu√Īo!" -

Termin√≥ de comer, dio un beso a su madre a cambios de los mismos parloteos de siempre. Mientras iba caminando medio tambaleando por la poca concentraci√≥n, pensaba en aquella chica y en el sue√Īo que tuvo, su mente le hac√≠a a el mismo infinidades de preguntas sin contestar, pensaba y imaginaba: ¬Ņque pasar√≠a si la vuelvo a ver?. Sin darse cuenta hab√≠a caminado por todas las cuadras del barrio, un m√©dico ambulante lo mir√≥ raro por haberlo cruzado por tercera vez.
"La ir√© a ver" -se dijo a s√≠ mismo, fue corriendo por un pasillo hasta llegar a una vieja escalera sostenida por el muro de la ciudad, de all√≠ se trep√≥ y fue caminando sigilosamente para evitar a los guardias. Saltaba, cruzaba las rampas de los guardias, atravesaba grandes √°rboles, pero cuando estaba a punto de llegar escuch√≥ un grito. Era un maleante robusto pisote√°ndole la mano agonizantemente al mismo guardia que hab√≠a intentado atrapar a Felice, gritaba auxilio colgado por un par de vigas al aire a punto de caer. En la conciencia de Felice pensaba en no ayudarlo, tambi√©n pensaba en que dejarlo morir ser√≠a una carga pesada que deb√≠a sostener, su √©tica no lo permitir√≠a. Aquel hombre re√≠a gru√Īendo malvadamente mientras lento segu√≠a torturando al guardia, Felice se apoder√≥ del arco que estaba tirado cerca la chimenea casi destruida por completo y lo parti√≥ en pedazos contra la cabeza del criminal. Cay√≥ tumbado al piso, aprovechando esto, Felice le alcanza la mano al guardia y lo ayuda a subir. Al principio el guardia no lo hab√≠a reconocido y le agradeci√≥ por salvarle la vida, pero un momento despu√©s:
"Tu! bambino! ¬ŅQue haces aqu√≠? ¬ŅPor que me has salvado? yo te matar√≠a sin dudar"

"Lo siento, no tengo intenci√≥n de cometer ning√ļn crimen, solo me gusta andar por los tejados, no tengo otra cosa mejor que hacer." -dice Felice-

Luego de un breve silencio - "Así era yo, ahh que buena época, no existían los guardias e iba a cada tarde, trepando los tejados, a ver a Sofía quien ahora es la diabólica de mi esposa. En fin, te debo la vida y si me prometes nunca cometer una maldad haré la vista gorda y te permitiré deambular por aquí, pero si alguna vez me fallas no dudaré en disparar, has entendido?" -Le dice el guardia y Felice asienta luego se va.
El tiempo pasó, ambos se hicieron buenos amigos ya que se veían a diario mientras Felice iba a espiar lo que aquella chica hacía. Se había olvidado completamente del loco Da Vinci, no había espacio para nadie más que ella. Durante semanas la observó, estudió cada detalle, como retrataba a su perro, cuando sonreía, cuando su padre le gritaba, cuando estaba triste, se había familiarizado tanto como si la conocía de toda la vida. Todas las tardes salía al jardín donde Leonardo solía estar, siempre tenía algo que hacer y cada día usaba un vestido diferente, bordado con flores, rayas celestes o completamente rojo. Un día soleado ella estaba pintando algo nuevo, era un retrato. Felice observó cada pincelada, cada combinación de pintura y después de horas cuando el dibujo estaba a punto de ser terminado, se dio cuenta de que era el. No podía creer que ella se acordara cada rasgo de su rostro como si el estuviera presente, le sorprendía aun mas que ella no se olvidara de su existencia. Se alejó unos pasos de la pintura para ver como le había quedado, se seca el sudor de la frente y suspira. Felice temblaba de la emoción, no sabía que hacer. Estaba oscureciendo y ya sentía calambres en las piernas permanecer en el mismo lugar durante tanto tiempo pero para su mala fortuna, frente suyo estaba una condenada gárgola hecha de cerámica, sin intención pateó una de sus puntiagudas orejas. Aquel fragmento, como si fuera un proyectil, atravesó el retrato de Felice justo en la nariz desatando el grito de susto de la chica.
Rápidamente Felice bajó, ella pegó un segundo grito al verlo, tirandole el pincel en la cara.

"Lo siento, fue un accidente..." -le dice mientras intenta limpiarse el óleo de la cara.

Ella logró reconocerlo cuando salió de la sombra, sus ojos comenzaron a brillar y sonrió tan dulcemente que ambos se miraban sin decir una sola palabra, como si un milagro les hubiera secuestrado las palabras.

"Fiorella! que sucede ahí!? Por que esos gritos?!" -era su padre acercándose, tenía una voz retumbadora como si se tratara de un gigante que podría aplastarle cráneo con las manos a cualquiera que se meta con su hija.

"Fiorella, que hermoso nombre. Soy Felice, encantado de con--" -intenta presentarse.

"Vete! mi padre te matará si te ve!" -empuja a Felice hacia una escalera cercana para que vuelva a trepar. Mientras subía le susurró: "Encantada de conocerte... Felice".

Durante toda su vida, Felice nunca se había sentido tan vivo como en aquel día. Esa noche no logró dormir reviviendo cada detalle de belleza que había visto, su mirada, su sonrisa, su dulce voz, su grito y la de su padre... su nombre. Fiorella, dulce Fiorella, ese nombre le representaba la vida y la emoción, era el nombre de su primer amor. Ese suceso era la llave que le permitiría verla sin necesidad de espiarla indecentemente.
A la ma√Īana siguiente, se levant√≥ con tanta emoci√≥n, bes√≥ a su madre en la mejilla como nunca lo hab√≠a hecho, se visti√≥, comi√≥. Su madre mir√°ndolo, sent√≠a esa felicidad que hace mucho no experimentaba.

"Tu, bambino mío, estas enamorado..." -acertó al blanco.

"Ya me voy madre! te quiero!" -salió saltando de felicidad.

Desde entonces cada ma√Īana en cuanto recobraba la conciencia despu√©s de dormir, visitaba a Fiorella. Ella era la raz√≥n de su felicidad, era lo que hac√≠a que Vieri de despertase cada ma√Īana con ganas y energ√≠a. No trepaba los tejados sin antes comprar una manzana para el guardia, el cual se lo daba por el camino antes de ver a su amada. Fiorella se hab√≠a acostumbrado a salir a esperarle con una escalera, mirando al techo hasta que Vieri asomara la cabeza. Estaban completamente acostumbrados a reaccionar r√°pido si es que Don Palomo, el padre de Fiorella, apareciese. Vieri se ocultaba tras las plantas de rosas y ella actuaba normalmente hasta que se fuera.
Durante mucho tiempo aprendieron todo sobre ellos mismos, se conocieron hasta el m√°s profundo detalle de sus vidas, desde el nacimiento hasta incluso lo que pensaban de la muerte, cada miembro familiar y conocido, todos los gustos y sue√Īos. Vieri hab√≠a perdido a su padre en una pelea callejera y Fiorella a su madre por una rara enfermedad. Compart√≠an y se relataban absolutamente todo, ella intentaba ense√Īarle a pintar aunque era como darle un l√°piz a un mono, el la llevaba a los tejados a pasear los lunes por la tarde cuando su padre viajaba a las afueras de la ciudad por negocios. Vieri le mostr√≥ su lugar preferido de la ciudad, en aquella saliente de la gran muralla. All√≠ iban cada vez que pod√≠an, Fiorella le le√≠a su libro preferido mientras el se recostaba en su regazo mirando como el d√©bil sol sucumb√≠a a su descanso.
‚ÄúAqu√≠ viene mi parte preferida, escucha‚Ķ‚ÄĚ ‚ÄďAcomoda los hombros y traga saliva ‚Äď ‚Äú‚Ķ¬ŅCu√°l es vuestra raz√≥n de amarla tanto? Le pregunt√≥ el sirviente al caballero. El elegante h√©roe se sac√≥ el casco y le respondi√≥ con voz susurrante: Ella es la bella y perfecta combinaci√≥n de lo asombroso en este mundo‚Ķ‚ÄĚ ‚ÄďCierra el libro y suspira con los ojos cerrados.
‚ÄúYo podr√≠a ser tu caballero, quiz√°s sin casco y sirviente pero ser√≠a capaz de salvarte de un monstruoso drag√≥n‚ÄĚ ‚ÄďLe dice Felice mir√°ndole a los ojos.

Parecía tan serio que hizo que Fiorella sonrojara y se riera a carcajadas. Le explicó que los dragones no existían y que sabe que el haría cualquier cosa por ella. Felice hacía lo que sea por ver a cada momento su sonrisa, un chiste, una cara tonta, hasta incluso bailar con las ancianas del acueducto.
Hab√≠a pasado un a√Īo desde que empezaron a verse a diario, ella ya hab√≠a conocido casi cada rinc√≥n de Florencia, estaba tan feliz de no aburrirse como lo hac√≠a en Venecia antes de mudarse. A pesar de haber pasado todo este tiempo, Felice jam√°s hab√≠a visto el rostro de Don Palomo, ya que cada vez que sal√≠a el tema de hablar sobre ello, Fiorella tend√≠a a evitar hablar de el lo m√°s posible. Se notaba en sus ojos que algo ocultaba y que la preocupaba, Felice se sent√≠a raro por unos instantes por aquella inseguridad pero era muy tonto para lograr verlo claramente.
Era un lunes, aprovechando que su padre había salido invitó a Felice a almorzar. Le había cocinado lo que mejor sabia, estofado de liebre con patatas y zanahorias. La mesa de la casa era gigante, como para un grupo de sacerdotes, ambos se sentaron en cada punta. En silencio comieron, Fiorella era educada y delicada al comer, en cambio Felice parecía un bebé tamboreando el plato y salpicando la sopa. Debía dejar todo como estaba, para que Don Palomo no se diera cuenta de que alguien mas estuvo en su casa. De repente sonó la puerta, el corazón de ambos se les vino a la garganta, estaban en medio de la limpieza de la mesa cuando el padre de Fiorella entró en la puerta.

‚ÄúLlegu√© hija!‚ÄĚ ‚Äďcolg√≥ su saco, no lo pod√≠an ver en las sombras al lado de la puerta junto al perchero. Vieri qued√≥ paralizado ‚Äď‚ÄúQuien es el? El nuevo sirviente que me envi√≥ Don Vito? Hah√°! Ese bastardo, siempre cumpliendo sus promesas y bien r√°pido!‚ÄĚ ‚Äďal salir de la sombra se dio a notar que era bajito, aun mas bajo que Fiorella quien le llegaba a los hombros a Vieri.
Apenas pudo contener la risa al ver la calvicie de Don Palomo, y sobre las orejas tenía el pelo largo y canoso que le llegaban a las caderas, era lo mas parecido a un duende que había visto en toda su vida, era casi imposible de creer que aquella asombrosa voz viniese de un individuo tan gracioso.
‚ÄúSi, acaba de llegar y ya me esta ayudando con la mesa‚ÄĚ ‚ÄďDice dejando que el milagro la tranquilice.
‚ÄúDos platos?‚ÄĚ ‚ÄďLevanta una ceja y pregunta.
‚ÄúSi para Bilvo‚ÄĚ ‚ÄďSe le ocurre r√°pidamente mientras Felice estando a punto de llorar a carcajadas permanece en silencio.
‚ÄúHah√° perro feo! -(acaricia a Bilvo)- Bueno me voy a dormir, la espalda me esta matando. Tu! Sirviente, toma una moneda, vuelve ma√Īana‚ÄĚ ‚Äďsube la escalera rasc√°ndose la barriga.
Al escuchar la √ļltima pisada Felice solt√≥ las risas, estaban tan felices por aquel momento ya que ahora podr√≠an estar m√°s tiempo juntos.
Hasta ese momento lo √ļnico que suced√≠a a diario eran cosas afortunadas y pizcas de felicidad, la mala noticia llegar√≠a pronto. Don Palomo deb√≠a volver a Venecia ya que sus negocios en Florencia ya hab√≠an terminado.
Una ma√Īana de domingo cuando Felice, como de costumbre, ven√≠a a su trabajo se dio cuenta de que estaban empacando y el susto de que volver√≠a a perder su raz√≥n para trepar los tejados se ir√≠a lo asusta ferozmente.
‚ÄúLlegas tarde, ven ay√ļdanos con los equipajes‚ÄĚ ‚Äďle alcanza un gran malet√≠n ‚Äď‚ÄúParece que mi ni√Īa se ha encari√Īado con la ciudad‚ÄĚ ‚ÄďDice rasc√°ndose la parte pelada de la cabeza.

All√≠ estaba Fiorella, como nunca antes la hab√≠an visto, llorando. Felice sinti√≥ tanto dolor que simplemente ayud√≥ a subir todas las cajas al carruaje sin decir una sola palabra. Aquella extra√Īa sensaci√≥n que sent√≠a de ella, de esto se trataba, ‚ÄúComo pude ser tan est√ļpido‚ÄĚ pensaba Felice. Don Palomo le dio una mediana bolsa de monedas, ayud√≥ a su hija a subir al carruaje y se fueron. Felice miraba como el carruaje se iba alejando, dejando que las gotas de l√°grima cruzaran sus pupilas hasta llegar al cuello, all√≠ parado sin saber como reaccionar, paralizado como cuando se hab√≠a enamorado. Su coraz√≥n no estaba roto, solo decepcionado de si mismo al no darse cuenta de algo tan obvio, lo raro que sent√≠a en ella se trataba de eso, ella quer√≠a dec√≠rselo pero no sab√≠a como.
Entró a la casa vacía, no había nada más que huellas en el polvo de suelo y un pedazo de tela arrugada.
‚ÄúProm√©teme que me escribir√°s y que alg√ļn d√≠a nos volvamos a ver. Te amo.‚ÄĚ ‚Äďdec√≠a en aquella tela perfumada.
Felice cayó tumbado en el piso de la tristeza, sus lágrimas iban corriendo como si tuvieran vida propia limpiando el polvo y atravesando su propia pisada, allí durmió esa noche…
A la ma√Īana, sent√≠a que estaba siendo cargado por alguien, estaba tan cansado que ni la luz del d√≠a ni los roses de la multitud lo hac√≠a despertar por completo. Era el guardia, su mejor amigo, llev√°ndolo a casa en sus brazos. Apenas abr√≠a los ojos de vez en cuando para notar su rostro cuando le dice:
‚ÄúNo te preocupes, alg√ļn d√≠a la volver√°s a ver‚ÄĚ ‚Äďsonr√≠e.
Cay√≥ en un profundo sue√Īo nuevamente. El guardia explic√≥ a la madre de Felice lo que hab√≠a sucedido y lo llev√≥ a su cama. De aquella desgracia, tard√≥ en recuperarse, la esperanza aun lo manten√≠a vivo. Hab√≠a dejado de treparse en los tejados, ya no se sent√≠a con energ√≠as de hacer absolutamente nada.
Le escribi√≥ a Fiorella como aquella tela lo hab√≠a hecho prometer. Cada semana una nueva carta, siempre sin respuesta tard√≠a. Ella le hab√≠a explicado todo lo sucedido, le hablaba de lo que hac√≠a, de c√≥mo se aburr√≠a y Felice simplemente promet√≠a que alg√ļn d√≠a cambiar√≠a todo, que la volver√≠a a ver.
Pasaron los a√Īos, ambos a pesar de volverse adultos segu√≠an escribi√©ndose. Felice ahorraba dinero trabajando de guardia con su viejo amigo, ahorraba para poder alg√ļn d√≠a viajar a Venecia y verla. El pasaje en barco era muy costoso pero seguro, podr√≠a ir en carruaje pero tardar√≠a semanas sin contar el riesgo de ser emboscado por ladrones.
Llevaba meses juntando todos los florines que ganaba en la misma bolsa de monedas que le había dado Don Palomo en el día que se fueron.
Una ma√Īana se decidi√≥, prepar√≥ su peque√Īo equipaje, se despidi√≥ de su madre y del guardia y zarp√≥ sin antes avisar a Fiorella. Su intenci√≥n era darle una sorpresa, aunque fuese muy poco planeado. En aquel barco pensaba en que iba a hacer, pensaba en ella y en su padre, como ser√≠a Venecia, rezaba para que todo le saliera bien. Estaba emocionado, temblando, no sent√≠a como si lo que estuviese haciendo fuera real mucho menos con Leonardo Da Vinci haciendo bocetos en la otra parte del barco. Su h√©roe estaba all√≠, tambi√©n viajando a Venecia. Ya en ese entonces, hab√≠a dejado de ser el loco, se hab√≠a ganado el respeto que se merec√≠a pero tampoco era raz√≥n para que Felice se animase a hablarle.
El barco se acercaba a Venecia, era de noche y las coloridas luces se ve√≠an a lo lejos. Malabaristas, magos, hombres jugando con el fuego, personas con habilidades extra√Īas, era todo tan asombroso que parec√≠a una gran bienvenida a cualquiera que salga del barco. Felice qued√≥ en una posada cercana, aun le parec√≠a un sue√Īo estar tan cerca de su amada, pensaba que al fin y al cabo era solo cuesti√≥n de tiempo a que todo saliera bien, mientras beb√≠a un sorbo del licor pensaba en los j√≥venes que eran, las locuras que hac√≠an en los tejados de la gran Florencia.
El due√Īo de la posaba lo llev√≥ a su habitaci√≥n y le cobr√≥ los florines correspondientes. No le importaba mucho el estado del lugar, solo quer√≠a dormir bien ya que a la ma√Īana siguiente ser√≠a uno de los d√≠as mas importantes de vida. No se qued√≥ despierto ni un solo momento mas, quer√≠a que el tiempo pasase r√°pido, que ya amanezca.
Ya hab√≠a amanecido.-‚ÄúNo te duermas hijo ya casi estamos cerca del final‚ÄĚ-. Seg√ļn las cartas de Fiorella, Felice ten√≠a una pista de donde ella podr√≠a estar, cerca del negocio que su padre ten√≠a en el mercado. Despu√©s de una larga b√ļsqueda, preguntando por todos lados sobre Don Palomo, logr√≥ encontrar donde viv√≠an. Hasta ese momento todo hab√≠a salido como lo esperaba pero no sab√≠a que ten√≠a que hacer a continuaci√≥n, estaba parado en frente de la vivienda, desde all√≠ se escuchaba la voz retumbadota de Don Palomo y el ladrido del anciano Bilvo. Cerr√≥ los ojos, respir√≥ profundo pensando en lo que iba a hacer y tom√≥ la decisi√≥n.
Trep√≥, como en los viejos tiempos, primero por las ventanas, luego las ornamentaciones de las casas y por √ļltimo el techo. Era una tarde hermosa, todo era perfecto, el calor, el viento soplando su pelo y secando su sudor. Ella estaba all√≠, retratando a su perro con un sombrero puesto. Estaba tan hermosa, aun mas hermosa de c√≥mo Felice la recordaba, llevaba un vestido violeta que llegaba al suelo el cual la hacia verse como una doncella. Por horas Felice qued√≥ observ√°ndola enamorado como nunca, como lo hac√≠a de joven.
Era el momento de reaccionar, el atardecer estaba abandonándolo. De su bolsillo sacó aquel pedazo de trapo perfumado, con el mensaje que le había dejado Fiorella en su antigua casa, rompió una teja y lo enrolló en el. Lo besó por la suerte de puntería antes de lanzarlo, y lo hizo. Atravesó en hocico de Bilvo en la pintura y desató el grito de Fiorella. En ese momento ambos revivieron aquel instante, aquella primera vez en donde se habían visto cara a cara, aquella primera vez en donde se dijeron las primeras palabras y se enamoraron dulcemente. Fiorella se volteó a mirar al techo pero no ve a nadie, al ver el objeto con la tela, sonríe y a la vez llora de la emoción. Abrió el portón y salió a la calle, mira a cada persona pero no distingue a nadie, se secó las lágrimas y se quedó parada en el medio del mercado. Felice aun estaba en el techo escondido, al mirar de nuevo en el jardín, no la vió. Bajó de los tejados lentamente por la escalera y ella estaba allí, quieta y perdida mientras la multitud la esquivaba como el viento en un bosque. Lentamente se acercó por atrás, apoyó las manos en su delicado hombro, le corrió la larga cabellera y le susurró al oído:
-"Eres una bella y perfecta combinación de lo asombroso en este mundo"...

Y ese es el final de la historia del hombre que le salv√≥ la vida a tu padre, ahora duerme hijo que ma√Īana te llevar√© a los tejados para ver al Loco Da Vinci‚Ķ.

//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contrase√Īa de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento