Mapuche. Cuentos cortos románticos


Mapuche

Autor: Giovanna

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Cuento publicado el 15 de Diciembre de 2014


Ella veinte años, primera vez que viajaba sola, sin su madre, amigas, nadie. Amante de deportes de agua, gustaba de danzar tango, valses, rumbas, salsa….gran lectora de todo, trabajaba en un Banco, edificio de estilo español, 60 cajas de atención al público, 3000 empleados, enorme… lugar donde todos los empleados, en su mayoría muy jóvenes terminaban sus estudios terciarios y debutaban como profesionales.

Un par de amigas la acompañaron hasta el tren, directo a Río Negro, toda la noche de camarote, le tocó la cucheta alta con una señora amorosa de Avellaneda. Allí manzanas gigantes, las más grandes del mundo y artesanías maravillosas para todos los gustos. Para hacer el transbordo al trencito de trocha angosta, hubo que muñirse de leña seca, un termo de café o mate, alguito para comer y las manzanas, por supuesto…
El trencito subía a paso de hombre, tan arriba que todo resultaba pequeño, especialmente los pasajeros y los habitantes de pequeñas aldeas, algunos eran poblados de 3 o 4 casas a 3000/4000 metros del nivel del mar. Era verano, trechos de extensiones de flores multicolores, otras extensiones con flores azules, blancas. Cortaba la respiración toda esa belleza tan próxima. Los pasajeros iban caminando al paso del convoy y el conductor avisaba con un silbido breve cuando iba a subir la velocidad.
Llegaron al atardecer, la recibieron en el andén minúsculo, su amiga hermana Silvia y otras dos chicas de La Plata. Esquel, Chubut en esos tiempos, tenía una población mínima, era un valle rodeado de montañas altísimas, el Hotel Plaza orgullo de sus habitantes, un Club Social bien instalado al mejor estilo Suizo y La Hoya cancha de esquí, en que para entonces había que subir a pie y bajar esquiando a mil, para después volver a subir nuevamente, paso sobre paso.
Aquella noche la velada en casa de Silvia llegó hasta las tres de la mañana, vinieron casi todos a conocer a la forastera y charlaron comiendo carnes ahumadas un vinito caliente. Aprovecharon para hablar de Buenos Aires, de la temporada de invierno con los espectáculos a los que todos eran tan afectos. La Plata con su gran Teatro también participaba del circuito cultural.
La mayoría trabajaban en instituciones, eran médicos, abogados, maestros, personal del Hotel; etc. Así pues, se ofreció a acompañarla en ese primer día, Bilbao La Vieja, un viejo amigo del grupo, que era una especie de patriarca, bonito él, nacido en La Plata, hombre muy culturoso y condescendiente con las damas. Sabía historias de todos los tiempos, agradable y fino por demás, era una compañía ideal para todas las personas que llegaban hasta allí, para conocer el esplendor de la Patagonia Argentina, que recién se habría al turismo internacional. Fueron a descubrir unos lugarcitos muy coquetos para tomar chocolate caliente con tortas europeas, algo absolutamente desconocido para una ciudadana de Buenos Aires.
El lugar tenía un cinematógrafo que funcionaba todos los días, es decir, todos los días presentaban filmes diferentes, de Europa, EE.EE. de América toda y también algunos especiales de India u otro país exótico. El cine tenía una suscripción mensual con reserva de butacas fijas, así pues que para que la invitada pudiese participar, era necesario que algún suscripto le cediese su butaca. Todo allí era particular, después cuando se encontraran nuevamente en Buenos Aires, recordarían con nostalgia tanta cosa buena vivida en aquellos bellísimos parajes.

Dejaron el paseo al Lago Futa Llauquen -en lengua mapuche tigre de agua- para el fin de semana y así poder hacer un picnic en la zona del muelle. Cuando subieron al auto el sábado, salieron del valle por pasadizo entre dos montañas, y de pronto ella comenzó a llorar, fue una emoción, una felicidad tan grande ver aquella montaña gigante cerca como al toque de la mano. El agua super helada! Ella se tiró del muelle y sintió que no llegaba a alcanzar la playa de regreso, le hormigueaba todo el cuerpo y casi no podía respirar, fue un gran susto, claro!
Por la noche fueron a tomar un aperitivo al Hotel Plaza. Ocho de la noche tal vez. Eran varios, una mesa grande redonda se ubicaron cuando se acercó el gerente, un hombre poco más de veinte años, con rasgos indígenas, elegante hablando en varios idiomas e impecablemente vestido. Aquellos momentos fueron brillantes como diamantes, la profundidad de su mirada, fue atendiendo a cada uno, y se colocó casi detrás de ella, próximo muy próximo, donde su voz entraba por la espalda y atravesaba el cuerpo, esa voz conocida, reconocida que llegaba de muy lejos, quien sabe de qué mundos… Tomaron algo y se fueron para el club.
Y así fueron pasando los días, bailes en el Club, filmes casi todos los días, paseos, visitas en casa de los amigos. Aquello era un paraíso! Con Enrique se habían encontrado dos veces, así igual con esa sensación de estar en otro plano, un poco atontados, como despegados de la tierra. Mareados por la altitud o la inminencia energética del acercamiento.
Llegó el día de la partida y fueron todos hasta el andén del trencito, parecían una bandada de pájaros revoloteando, riendo, besándose, más cuando llegaron a estar frente a frente, de las mejillas de él comenzaron a rodar lágrimas copiosamente. Extraño verdad? qué pasó? Sólo se habían visto dos veces un ratito…. Qué será?? Fue la persona con la que menos estuvo…
Cuando se volvieron a ver en Buenos Aires, él llevaba dos niños rubios pequeños de su mano; ella ya estaba casada con un bailarín de tango, un hombre amado por todos. Ocasionalmente se encontraban en reuniones de amigos y con un mirar suave, hablaban mansamente como eximidos de todo entorno que pudiera pertenecerles.





//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2014-12-15 20:30:28
Nombre: Lucia Belen
Comentario: el gerente y Enrique son la misma persona?, no creo por los rasgos indígenas y los niños rubios, pero pareció que fue lo más impactante que le sucedió a ella...