Estamos sentados aquí. Cuentos cortos románticos


Estamos sentados aquí

Autor: Adriel Gómez

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Cuento publicado el 21 de Abril de 2007


Estamos sentados aquí, con la misma idea de que no hay nada que se parezca más a la eternidad que esta aula. Al igual que en el Paraíso, no hay localidades; todas las sillas están ocupadas. Ricardo se sigue entreteniendo tirándole de los moños a Lucinda, aburrido ya de hacer rugir, con el habitual sonido de su garganta ronca, el peinado “motoneta” de Maidelín. Y Félix le pega cocotazos al bobo de Pepe Gutiérrez, sentado justamente delante ; el ‘Tiri” no se inhibe a la hora de cerrar los ojos para extenderse en las largas dormidas que cada uno de nosotros quisiera compartir con él en medio de esta clase aburrida; Fredi “el loco” no deja de hacerles muecas a Amado. Taciturno, Lorenzo Ortiz no ha escuchado nada de la explicación de la profesora. Supongo que recuerda a su última amante, mujer por lo menos doce años mayor que él, como todas las otras que ha tenido, y se deleita con los recuerdos de su gusto por la experiencia adulta en materia amorosa. No hace más que mirar por la ventana, el brazo apoyado en el marco inferior, la mano sobre la frente, los dedos entre los cabellos. Mira y mira, parece querer deshojar aquel árbol, ya deshojado por este otoño tropical; mira, sin saber que lo miran los ojos de Esther, sentada dos sillas más atrás, callada, absorta, enamorada... Iván y Vladímir cuchichean. La fila de la izquierda, encabezada por la portentosa Nadia, se mantiene atenta a la clase, o quizás están a la expectativa, esperando el toque del timbre.


A mi lado está sentada Aydée. Cuánto daría yo porque se levantara Ana su saya por encima de la rodilla con la misma gracia que lo hace Aydée. ¿Por qué el número de la lista me arrojó a sentarme aquí en la fila intermedia del aula, entre estas dos muchachas tan ajenas al aula, tan presentes en mí por los siglos de los siglos?


Sí, estamos sentados aquí, como casi todos los días. Son veinticinco mundos en total, sobre la dura madera de los pupitres, sumidos en la nebulosa de su propio instante. Yo también estoy sentado. Pero mi tiempo es diferente al de los demás: mi tiempo es un instante indeciso. Tengo sobre mis piernas un libro de Dostievsky, y trato de viajar por el universo de sus momentos místicos.

Imagino, ¿o es que lo sé bien? Aydée será la madre de mis hijos; Ana me los criará. Malditos mis ojos hechos para ver el destino!

Pero no me los voy a arrancar. Aunque me mientan son simplemente mis ojos. Y ellos han visto las voces de estas dos jóvenes que me flanquean.

No importa que Aydée sea divertida y le gusten las fiestas en casa de Fredi “el loco”. Ella reconoce en mí cualidades que se avienen más con el carácter plácido y soñador de Ana, y le agradan esos rasgos míos, los necesita como un sedante. Ellas, las dos, me dicen:”No eres como los demás. Eres intelectual. Eres un ángel”. Sí, yo no soy Fredi “el loco”, no soy Lorenzo Ortiz o la portentosa Nadia. Yo soy simplemente bueno.

Y tengo estos ojos que han escuchado el gemir placentero de Aydée, la más erótica de ellas dos, mientras hacíamos el amor sin que estuviese enamorada, sino impactada, ausente de su tiempo. Y mis ojos están viendo el amor de Ana, sumida para siempre en mis instantes, inseparable después del primer encuentro y de la primera palabra. Ana sostiene una criatura en sus brazos. Es el hijo de Aydée, es mi hijo. Ana adora a ese niño y a su padre, y mira con celo a Nadia cuando visita nuestra casa. Se lo presenta satisfecha a Esther que quisiera tener uno, no igual al mío, sino igual a Lorenzo Ortiz.”¿Dónde está Fredi “el loco”? “Me han dicho que se fue de Cuba”. Fredi “el loco”, con sus arrebatos de júbilo, al fin sin títulos, sin profesores, sin turnos de clase; Pepe Gutiérrez es ingeniero y Félix militar. Con todo, seguimos sentados aquí.

Se me han desprendido los instantes como las páginas del libro. Es como una angustia que golpea en la paciencia. Pero tengo que esperar.

Cuando observo por la ventana el otoño, es el mismo otoño de hojas caídas sobre mi tiempo. Me decido a mirar las piernas de Aydée. Ella sonríe sutilmente, contemplándome con el rabillo del ojo. Yo también sonrío. Habrá que esperar a que termine el turno para sacarla por completo de su instante particular... Mientras más la escucho, más veo a Ana, la ecuánime Ana, la diligente Ana, con el niño en los brazos. Y entonces me pregunto, ”¿Qué ha sido de ti Aydée?¿Dónde has estado todos estos años?”

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-07-09 18:27:49
Nombre: leo tueros
Comentario: esta bein chevere los cuentos e felicitaciones


Fecha: 2007-07-26 13:32:00
Nombre: onivido
Comentario: Muy fino, muy poetico