Penumbras de bronce. Cuentos cortos románticos


Penumbras de bronce

Autor: Juan Gaeto

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Cuento publicado el 21 de Junio de 2014


El hombre contempló el pliego de sus manos por enésima vez bajo la luz malva del crepúsculo. Un dolor seco y persistente en la juntura de los dedos le anunciaba la pronta helada matinal. Afuera del rancho, en la inmensidad de la montaña, el canto de un gallo quebraba el silencio. Amanecía súbitamente sobre El Plumerillo. Hundido en su catre quiso erguirse y tomar el botijo de aguardiente, pero se desplomó nuevamente sobre sus huesos. Cualquier intento por levantarse ese día, pensó, sería inútil: había amanecido ya sin fuerzas; “se me está acabando el mundo” susurró y encendió un cigarro cortado del día anterior.

Conservaba aún la mirada inquisitiva de su remota juventud, el mismo semblante, implacable y lúcido, pero estropeado luego por una serie de tenaces enfermedades, y escoltadas ahora por el frio clima de aquella región. Largos dedos huesudos y agrietados sostenían el cigarro, y el humo que se disipaba por el cobertizo sumado a la fiebre modelaban en su memoria recuerdos con olor a pólvora, cenizas y carne quemada. Tenía aún tanto por hacer que se sintió victima de una tremenda injusticia celestial. Abandonado a su suerte en aquella montaña, su pequeña hija crecería sola, desamparada, sin siquiera haber conocido a su infausto padre, y ese calvario estomacal que lo doblaba del dolor y lo arrojaba de nuevo a la litera, junto con el ponzoñoso frío en los huesos, la tos y la fiebre interminable.
Hacía once noches que alucinaba de fiebre por una úlcera estomacal que lo había dejado postrado en esa choza de ladrillos de barro y paja, al borde del macizo. Por fin, hacia la tarde, percibió una tenue mejoría y logró salir de su camastro. El fuego gástrico había cejado. Sintió hambre y eso lo reconfortó. Sin embargo aún padecía de un irrefrenable ataque de tos. Buscó en el improvisado bazar sobre el hornillo de barro un bálsamo medicinal color verde pastoso y se lo untó sobre el pecho. Afuera comenzaba a diluviar torrencialmente y en la lejanía del establo los caballos relinchaban. Se asomó por la ventana pero la niebla no le dejaba distinguir absolutamente nada, “con este clima jamás voy a salir de este agujero” pensó. El ungüento parecía no surtir ya ningún efecto sobre sus bronquios, pues la tos ferina persistía acompañada ahora por espasmos y esputos sangrantes. Al rato y con un dejo de desidia calentó un cuenco con agua, canela y hojas de mentol, y mientras revolvía aquella infusión rezó a la Virgen del Carmen por la salud de su hija y la suya. Después dio media vuelta sobre sus rodillas, vomitó sangre cuajada y se desmayó.


Al día siguiente un chasqui harapiento y cochambroso entreabrió tímidamente el portal del rancho y dejó entrar al recinto el fulgor de la mañana. Traía en una mano un tazón de barro con sopa guisada y carne de vaca en trocitos, papas, choclo y bizcochos; y en la otra una prenda de vestir color azul gastado, prolijamente plegada. Un leve cuchicheo de voces con aroma a caldo de verduras asomaba por la ventana. El día era soleado y magnífico: “Espero que hoy mi general haya recuperado por fin su débil salud de hierro. Pues aquí le traigo una carbonada para calentar la tripa y el uniforme que me mandó remendar, ya debe saber mi señor que afuera la muchedumbre preocupada pregunta por usted”. Y entonces, mientras limpiaba la sangre seca del día anterior con la ayuda de un paño mojado, el enorme General completamente recuperado, lo miró de reojo y se mofó de él con sarcasmo: “pues deja eso ahí bruto macarrón, y dile a esa pendejada que se dejen de cuchichear y se alisten para a atravesar hoy mismo la cordillera mas alta del planeta”

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2014-06-22 18:48:23
Nombre: Lucia Belen
Comentario: Aparte de estar muy bien escrito, me emocionó saber de quién se trataba...