Septiembre. Cuentos cortos románticos


Septiembre

Autor: Dal

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Cuento publicado el 15 de Febrero de 2013


Subí las escaleras del paseo del parque tan rápido como me fue posible. Había perdido la noción del tiempo en la oficina y ahora llegaba muy justo a nuestro encuentro.

El parque estaba prácticamente vacío, y la primavera ya estaba haciéndose notar. Afortunadamente no habías llegado, impaciente busque un banco que estuviera bañado de sol, todavía las tardes eran un poco frías.


No había llevado el reloj así que busque la hora en el antiguo torreón del parque que se erguía solemne en la otra punta del parque, faltaban todavía otro par de minutos. Suspire ansioso, hundí mis manos en los bolsillos del saco y tantee el papel donde llevaba escrito el recordatorio de este encuentro. El mismo que estuvo pegado al costado del monitor de la oficina toda una semana. Estire un poco las arrugas del papel y lo observe con una leve sonrisa… mis pensamientos comenzaron a volar, intente armar un diálogo para saber que preguntar y que contestar… intente repasar nuestra última conversación… claro, nunca hablamos realmente, solo intercambiamos algunas cartas y fue precisamente de la última donde tome nota de la fecha y la hora de encuentro. Mientras apoyaba mis codos sobre mis rodillas observando aquel diminuto papel, sentí tu voz… “-Hola, ¿me extrañabas?”, casi de un salto me incorpore y vi la miel de tus ojos… “-sí”, balbucee en mi respuesta. Estaba sorprendido por tu esbelta figura. “-sí, si que te extrañaba” esta vez mi palabras sonaron más firmes. Hice un gesto como invitándote a sentarte, aceptaste y luego me senté yo también, a tu derecha, acurrucaste tu hombro contra el mío, como buscando un poco de calor, tímidamente, pase mi brazo por detrás para poder abrazarte, te encogiste de hombros y te arrimaste aún más ami. Septiembre todavía es un mes frío. Nos quedamos conversando en esa posición hasta mucho después de que las farolas del parque se hubiesen encendido. Era ya la tercera vez que el placero se pasea por enfrente nuestro, fue ahí cuando caí en cuenta del tiempo, volví a mirar al torreón y observé que ya nadie quedaba en el parque. Solo el placero que hacía sus rondas. Te invite a cenar, mientras caminábamos hacia la salida. Antes de salir del parque, y bajo la cobijo de la tenue luz nos dimos un largo beso.


“-no podré ir a cenar contigo”, interrumpiste, “-de echo esperaba que esta sita hubiese sido tan buena como lo es ahora, pero mi familia viaja mañana a Italia y yo debo continuar mis estudios allá”. Todo el frío de la noche que nacía se me vino al cuerpo. “-lo siento”, cerraste la conversación prácticamente no dejándome decir palabra, pusiste un dedo sobre mi boca y volviste a besarme.

“-volveré”, fue lo último que escuche salir de tus rojos labios. Te apartaste corriendo hacia la calle, haciendo señas a un taxi que pasaba a tiempo para mi soledad. Te espero.

//alex


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