Abnegación de un misionero. Otros cuentos


Abnegación de un misionero

Autor: Fernando Puma Aguilar

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Cuento publicado el 09 de Enero de 2007


Después de suculenta comida al mediodía, viene como pedrada en ojo de boticario la consabida siesta que ningún hijo del seráfico san Francisco de Asís, de prior a lego, perdona suceda lo que suceda.
Quitad al fraile su siesta, y cuidadito con los coscorrones y tirones de oreja que no se dejan esperar mucho, poniendo a estos más finos que fino provil.

Es tal la universidad de esta patriarcal costumbre, bajo pena de excomunión mayor, por los ritos o estatutos de la Orden.
Ahora vamos al cuento:
Precisamente se dispone nuestro protagonista a echar su buen capítulo, arrojando los hábitos a un rincón, cuando llaman muy quedo a la puerta de su celda.
-¡Quién va!, grita malhumorado abriéndola.
-Aurabe pá taita (como está, en guaraní), le saludan dos indios jóvenes, macho y hembra. Se aventuran tímidamente a penetrar en ella, en vista de la cara feroce que les pone el taita.
-¡Eh badulaques!, qué quieren, déjenme descansar. Anoche los casé y los suponía tomando chicha en su casa y muy contentos con el matrimonio. Con que... afuera muchachos.
-Ani pecuá lazo (no padre, no me voy). Yo no puedo cumplir tu sacramento. Naponay taita. Vos güeno, enseñarme pues.

-¡Per la madona! Oye bestia, eso no se enseña nunca, se aprende por instinto, procura nomás hijo con paciencia, que ya te resultará. Guta cavat lapidem. Además, recién he comido... y así no va bien la cosa. Ea, arréglatelas como puedas y márchense, que se pasa la hora de la siesta.
Pero tanto insistió el indio que al fin, movido a compasión, el cura tuvo que darle una lección práctica, sobre tablas como se dice y los despidió.
Al franquear la puerta los detuvo diciéndoles:
-Ven acá hijo. Miren, la lección que les he dado ha sido muy a la ligera y puede que se les olvide antes de que lleguen a su casa. Ustedes son muy desmemoriados. Voy a repetirla con más calma y fíjense bien.
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-Abuyé, abuyé taita (bueno, bueno padre). Y se fueron los indios más contentos que unas pascuas.
-¡Oh cuánta abnegación y sacrificio se requiere para convertir y civilizar a estos neófitos y sufrir sus impertinencias!, exclamó satisfecho el maestro; acto seguido se tiró en su hamaca, quedándose dormido.




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