Globos de papel

Autor: Gisela Labrada

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Cuento publicado el 12 de Marzo de 2011


Anoche volví a soñar con su voz. Dicen que los sueños son augurios…


Cuando la conocí, en los ojos solo tenía tristeza. Sin embargo, me contaron que de niña todo el horizonte le cabía en la mirada. Dicen que su presencia llenaba el aire de música y le hacía perder el rumbo a las mariposas. Quizás demasiado pronto esa niña se convirtió en una bella joven con olor a canela que hacía despuntar jazmines a su paso. Fue entonces que se enamoró de Antonio y de sus caricias de azúcar. Le creyó. Y cuando los latidos de otro corazón le amanecieron un día desordenándole el alma, fue a darle la noticia con una rosa en la oreja. El desvió la mirada y ella aprendió de golpe la soledad y las lágrimas.



Fue un varón, le puso Elio y desde el primer día se dedicó a enseñarle su fórmula secreta para mitigar la vida. Nunca más se enamoró. Sus soles y sus lunas giraban en torno al niño. Dicen que cuando lo miraba se alborotaban las abejas porque la miel le escurría por los ojos. Cuando Elio cumplió 5 años todavía Antonio no lo había reconocido como su hijo. Nené, su hermano mayor, decidió reparar la honra de su hermana. A punta de machete fue a buscar a Antonio y lo obligó a registrar al niño en el juzgado del pueblo. Fue algo breve y violento. Un susto que ensombreció aquel mediodía y que a ella se le quedó agazapado para siempre en el corazón.


Sin embargo, ella nunca aceptó dinero. Trabajó muy duro durante años para criar a su hijo. Hacía merengues y coquitos y los vendía los domingos a la salida de misa; bordaba ajuares de boda; hacía bolillo y crochet y planchaba líos de ropa. A pesar de su esfuerzo, vivían en la extrema pobreza. Su hijo Elio no hacía más que soñar con helados de chocolate, panes calentitos y pantalones largos. Ella lloraba a hurtadillas porque era incapaz de cumplir sus sueños.

Cuando Elio cumplió 15 años se marchó a la capital a probar fortuna. Ella lo despidió con una sonrisa encendida de optimismo y le entregó hasta la última gota de su propia suerte en un largo y apretado abrazo. Cuando lo perdió de vista se desplomó en el sillón. Lloró en silencio durante horas. Cuando terminó de llorar tenía el pelo totalmente blanco y el corazón le latía más lento.


Siguió trabajando largas jornadas durante el día. En las noches poblaba sus insomnios de figuras de papel que doblaba y recortaba con una pericia excepcional. Al día siguiente se las regalaba a los niños a la salida del colegio. El poco dinero que juntaba se lo enviaba a Elio para ayudarlo a pagar sus estudios. Al cabo de cinco años y tras mucho esfuerzo, Elio se graduó de contador y comenzó a trabajar en una importante empresa en la misma capital. A los pocos meses se casó con la hija del dueño. Eso la hizo muy feliz. Le contaba a los vecinos que no había podido ir al casorio porque todo había sido demasiado rápido pero le bastaba ver la alegría de la fiesta en las fotos que su hijo le mandara por correo para que el alma se le ensanchara de gusto.



Luego llegó la noticia: iba a ser abuela. Bordó los más bellos pañales de su vida. Mariposas, lazos, margaritas y estrellas, toda la magia del mundo la plasmó sobre aquellos retazos de hilo y piqué que remató con encaje de bolillo tejido a la luz de la luna. No pudo evitar las lágrimas la mañana que entró al cuarto de su nieta y la vio dormida en su cunita, con los cachetes rosados y las pestañas largas y negras como las suyas. Después del almuerzo, Elio la llevó a dar un paseo en su auto. En el camino le propuso que en lugar de quedarse en su casa, se pasara unos días en un hotel. El correría con los gastos. El asunto era que esa noche vendría el resto de la familia de su mujer a conocer a la niña.


-Es mejor que no te vean. No es por nada malo. Es que ellos no saben que tu…


No lo dejó terminar de hablar. Le selló los labios con la punta de sus dedos tibios y le dio un beso lleno de comprensión y amor en la frente. Le pido que en lugar de llevarla a un hotel, la dejara en la Terminal de trenes. Ella extrañaba su casita del pueblo.


Todos los días esperaba ansiosa la llegada del correo. Una bandada de palomas se le echaba a volar dentro del pecho cada vez que recibía carta de Elio y fotos de su nieta. Ya no podía planchar como antes. Tampoco bordar, ni hacer bolillo, ni figuras de papel. La artritis le había torcido los dedos hasta dejarla prácticamente inútil. Sin embargo, todos los meses, con gran esfuerzo, bordaba una bata nueva para su nieta que luego enviaba a la capital envuelta en papel de regalo.


Una mañana se desmayó en la cocina. De la clínica del pueblo, Elio hizo que la trasladaron en avión a un hospital de la capital. Estaba muy delicada. Elio la visitaba todas las tardes y le hacía cuentos de los progresos de su nieta en la escuela y a ella le brillaban los ojos y su corazón, viejo y cansado, se llenaba de chispas. Tuvo una mejoría.


Un domingo Elio me llevó a verla. Ella estaba sentada en el parquecito del hospital. Desde que nos divisó en la entrada empezó a aplaudir y a reír con tanta alegría que la tarde se llenó de olor a jazmín. Fue una velada adorable. Me abrazaba y me besaba con todo el cariño que había amasado para mí durante años y yo le correspondía apretándome contra su pecho para sentir aquella electricidad entrañable que le brotaba del alma. Nunca habíamos estado juntas y sin embargo, al mirarnos, nos reconocíamos como viejas amigas. En su complicado sistema de signos y silencio, me hizo cuentos y adivinanzas y escribió mi nombre y el suyo contra las nubes del atardecer. Antes de despedirse, pidió que le trajeran un pedazo de papel rojo. En cuestión de segundos, con dobleces precisos, hizo un gran globo de papel, lo ató con una cinta, se los puso sobre el corazón y luego me lo regaló orgullosa.


Murió a las dos semanas. Mi padre no me lo dijo de inmediato. Sin embargo, yo lo supe. Desde el mismo día de su muerte me visita todas las noches. Una visita fugaz, sólo un beso en la frente y se marcha para no molestar. Una mañana le pregunté a mi padre por qué la había mantenido siempre tan alejada. Se le escaparon dos lágrimas, se le atragantaron las palabras y no me pudo contestar.


Sí. Mi abuela Angelita era diferente. Era sordomuda. Emitía unos sonidos grotescos y desafinados que para muchos eran de mal gusto. Pero su corazón estaba lleno de música y sus manos eran dos alondras traviesas. Con ellas podía bordar toda la luz del sol en una flor, conjurar cualquier pena, dibujar palabras de amor en el aire y hacer los globos de papel más lindos del mundo. Me hubiera gustado tanto ser su amiga… Anoche volví a soñar con su voz. Dicen que los sueños son augurios. Yo creo que son silencios que le duelen al corazón.




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Fecha: 2011-03-12 03:42:49
Nombre: Martha Susana
Comentario: Muy tierno! dulcemente triste, a veces se esconden los defectos de la gente, sin saber que se tapan las mejores virtudes, con la misma manta...