ÔĽŅ Es lo mismo. Otros cuentos
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Es lo mismo

Autor: Hugo Domínguez

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Cuento publicado el 18 de Diciembre de 2010


Fernando se hab√≠a acostumbrado a despertarse a las siete y cuarto de la ma√Īana, quince minutos antes de que sonara el radio-despertador con la voz del informativista comentando las noticias.
Esos minutos los disfrutaba todos los días jugando con su imaginación mientras Marta continuaba durmiendo.

Le gustaba imaginar cómo sería su futuro en la empresa. Sus pensamientos se alejaban de la realidad y se veía escalando rápidamente los puestos porque le habían comentado que la dirección y la gerencia tenían la esperanza que si continuaba por ese camino de dedicación y esfuerzo, llegaría a ocupar lugares importantes en poco tiempo.
Se ilusionaba con los viajes que le asignar√≠an para capacitarse en Espa√Īa como hab√≠a ocurrido con Julio Am√©ndola y Francisco Lambert, amigos, compa√Īeros de oficina y jefes de otras secciones. Luego vendr√≠an los reconocimientos, los premios econ√≥micos, un poco de envidia de la mayor√≠a y la admiraci√≥n o asombro de otros por los logros alcanzados.
Otras veces en su imaginación aparecía un hermoso rancho blanco entre las sierras y disfrutaba viendo el entorno de tan impresionante lugar.
En el momento más fructífero de su imaginación siempre sonaba furioso el despertador dejando paso a aquella voz sin rostro y sus noticias.
Luego vendr√≠a, junto con su esposa, la actividad de todas las ma√Īanas.
Levantarse, afeitarse y ducharse, todo compartiendo el ba√Īo con Marta.
Lo m√°s sencillo era vestirse ya que solamente deb√≠a elegir uno de los dos ¬ďuniformes¬Ē. Pantal√≥n gris, camisa blanca, corbata a rayas rojas y azules y saco azul o, de lo contrario, pantal√≥n azul, camisa celeste, corbata en tonos de gris y saco a cuadros tambi√©n en tonos de gris. Con los zapatos no ten√≠a problema porque eran siempre los mismos.
Después la urgencia para llegar a tiempo a la parada del ómnibus. Allí, la misma gente, parada en el mismo lugar, entregando una mirada obligada y aburrida o una estudiada sonrisa como saludo.
Una vez en el ómnibus, la costumbre de corroborar que no faltaba ninguno de los pasajeros habituales y si alguno no estaba, imaginaba los motivos que le habían impedido, al veterano de gabardina y portafolio negro, llegar a tiempo a la parada.
Las mismas calles y siempre las mismas personas.
Los días de lluvia los rostros parecían escondidos detrás de los paraguas que le impedían ver aquellas caras anónimas.
Siempre se lament√≥ no poder leer, pero los movimientos lo mareaban, a√ļn estando sentado.
Cuando descendía y se dirigía al edificio donde se encontraban las oficinas, sentía cierta felicidad al entrar por aquella enorme puerta giratoria con portero y que otras personas, con otros trabajos, lo miraran con un poco de envidia.
En la oficina la tarde tan mon√≥tona como la ma√Īana, transcurr√≠a lentamente entre papeles y llamadas telef√≥nicas. √önicamente el almuerzo serv√≠a como forma de liberarse por treinta minutos sin hablar de los clientes y sus problemas.
A las siete en punto un ¬ďhasta ma√Īana¬Ē, el regreso a casa tan parecido a los mil d√≠as anteriores, y las horas de la noche compartidas con los silencios de Marta, durante la cena y con algunos comentarios ya conocidos.
Compartían también los siempre presentes aromas de la cena de los Fernández que vivían en el apartamento de al lado y tres veces a la semana, siempre a la misma hora, los sonidos de la cama de los Godoy y los grititos de Fernanda en el apartamento 206.
Hasta que por un olvido, Gabriel anunció su llegada.
Ahora, adem√°s de los sue√Īos, el apuro, el trabajo y los vecinos, llegaba Gabriel.
Por suerte, hered√≥ buena parte de las costumbres de la madre y dorm√≠a m√°s que los dos. Y fiel a la tradici√≥n que dice que los reci√©n nacidos llegan siempre trayendo alg√ļn beneficio para la familia, Alejandro fue ascendido. Crey√≥ estar comprobando que se estaba cumpliendo lo so√Īado y ansiado durante mucho tiempo a las siete y cuarto de la ma√Īana.

Al principio Fernando se sent√≠a c√≥modo con su nuevo puesto a pesar de que lo √ļnico que hab√≠a cambiado cuando habl√≥ con el Dr.Uriarte, el gerente general, era ¬ď el sueldo en un veinte por ciento m√°s sabe Fernando y una vez que adquiera los conocimientos necesarios y la direcci√≥n vea su desempe√Īo entonces hablaremos nuevamente por ahora esas son las condiciones y estamos seguros que progresar√° gracias Fernando y hable con su superior que le va a decir en que consiste su funci√≥n espec√≠fica¬Ē, puntualiz√≥ Uriarte dando por finalizada la conversaci√≥n.
Impresionaba y ponía nervioso a quien lo escuchara decir las cosas siempre como apurado, sin pausa, y sin dar jamás tiempo a la réplica o a desarrollar una conversación. Acostumbraba estar impecablemente vestido, detrás de su escritorio con el aroma a tabaco mezclado con fragancia de colonia, ambos importados.
Entrar a su oficina significaba dos cosas: o un ascenso o, lo m√°s normal, un despido.

Era f√≠sicamente desagradable. Su cara grande, gorda, lampi√Īa e inexpresiva que parec√≠a pertenecer a otra persona, estaba adornada con un par de lentes de aumento que hac√≠a ver sus ojos peque√Īos y lejanos, que adem√°s casi nunca miraban de frente.
Uriarte no era exactamente una persona apreciada pero Fernando tenía la certeza que ser directo y frontal no tenía nada de malo.
Podía jurar que no lo quería imitar, pero era una forma de encarar el trabajo que le parecía adecuado tener en cuenta.
La nueva tarea, habiendo transcurrido algo m√°s de tres a√Īos, hab√≠a resultado sencilla porque consist√≠a fundamentalmente en controlar trabajos similares al que √©l hab√≠a hecho y por lo tanto comenzaba a sentirse cansado, aburrido y carente de libertad.

Los s√°bados y domingos estaban siempre llenos de hechos previsibles.
El domingo la visita obligada era el almuerzo con los padres de Marta.
Con el transcurso del tiempo le molestaba el desorden en la casa de los viejos y mucho m√°s fingir que los tallarines caseros estaban riqu√≠simos; mmm¬Ömejor que nunca¬Ē, dec√≠a siempre.
No ten√≠a la misma suerte con sus padres, a quienes extra√Īaba, pero deb√≠a conformarse con verlos una o dos veces por a√Īo porque estaban radicados en el interior.
Otra posibilidad en invierno era quedarse en la ma√Īana a leer el diario, luego almorzar y acostarse esperando que transcurrieran las horas y en verano movilizar todo lo necesario para ir a la playa porque a Marta y a Gabriel les encantaba.
La concreci√≥n de sus gustos, si bien exist√≠an, no iban m√°s all√° de una salida especial el primer domingo de cada mes y por supuesto seguir so√Īando, rigurosamente, a las siete y cuarto de la ma√Īana.
Siempre llegaba a la conclusión que hacía todo por los demás y nada por él.
Hasta estando en soledad, que era cuando sent√≠a ganas de gritar, se lo imped√≠a el temor al ¬ďqu√© dir√°n¬Ē.
Gabriel terminar√≠a secundaria el pr√≥ximo a√Īo y √©l, llegando a los cincuenta, no recib√≠a por parte de la empresa el esperado reconocimiento a su dedicaci√≥n y esfuerzo.
El destino, que tiene un camino propio que nadie conoce, se encargó un sábado de primavera a la noche y en forma sorpresiva, de cortar la carrera de Horacio Méndez, el gerente de la sección.
En el velatorio, Améndola y Lambert no paraban de hacerle gestos siendo el preferido juntar pulgares e índices de ambas manos, tratando de no ser vistos por los demás.
Fernando no se encontraba a gusto. No era la forma que había imaginado para llegar a la gerencia.
Unos pocos días más tarde, cuando el Dr.Uriarte lo llamó, fue algo más amable.
Antes de explicarle que era lo que pretendía en lo laboral, lo convidó con un café y con un cigarrillo importado que él con un no fumo, gracias, amablemente rechazó.
Despu√©s de las palabras que Fernando ya imaginaba, de que ¬ďun hecho lamentable le daba la oportunidad de demostrar sus reales condiciones y capacidad de mando y el seguro mejoramiento de la secci√≥n que le tocaba dirigir¬Ē, le pidi√≥ que volviera un par de d√≠as despu√©s para ajustar algun punto referente a la capacitaci√≥n que deb√≠a recibir.
Fernando no pudo dormir en esos dos d√≠as interminables. En lo personal no negaba la ansiada posibilidad de ese cargo y lo que representaba. Nuevo auto, nueva casa y el muchas veces so√Īado escritorio con su propia secretaria, la poco eficiente pero escultural Alejandra.

Dos semanas después partía rumbo a la central de la empresa. Marta y Gabriel lo saludaban desde la terraza del aeropuerto.
Una vez en vuelo hac√≠a la primera escala en R√≠o de Janeiro, observaba la ciudad desde el aire en un hermoso d√≠a de noviembre, sabiendo que en Espa√Īa lo esperaba un tiempo totalmente distinto.
El recibimiento fue como se lo adelantara el Dr. Uriarte. Un chofer, con el gerente de Recursos Humanos y el gerente de Relaciones P√ļblicas lo esperaban en el aeropuerto
con un cartel anunciando su nombre.
De ahí en más todo fue servicio y lujo que rodearon la esperada capacitación junto con otras doce personas de oficinas de otras partes de Latinoamérica Compartirían el mismo hotel y la misma sala durante tres semanas de ocho horas por día.
El tiempo transcurrió rápidamente y apenas había tenido tiempo para elegir los regalos de Marta y Gabriel.
Esperando el momento de la partida pensaba en la desilusi√≥n que definitivamente le hab√≠a provocado la estad√≠a en Espa√Īa. Lo mismo de siempre dicho con r√≠os de palabras bonitas acompa√Īados por montones de folletos y libros de lectura obligatoria.
Todo para volver a la monotonía de siempre.
Esta vez Marta y Gabriel, en vez de despedirlo, lo recibían.
Recién en ese momento, cuando descendía la escalera del avión, comprendió lo inexpresiva que resultaba la cara de Marta y como había cambiado su cuerpo, que durante mucho tiempo no había visto, así, de lejos.
Gabriel inexpresivo. Como siempre.
Dos d√≠as despu√©s, el primer domingo luego de volver de Espa√Īa, la visita obligada a los suegros, para contar la experiencia aunque no recordaran donde quedaba Barcelona y tampoco Espa√Īa, ¬ďal lado de Alemania, dijeron¬Ē.
Una semana despu√©s, en la primera cena de gerentes en la que participaba y que se realizaba mensualmente, el Dr. Uriarte le hac√≠a entrega de las llaves del coche cero kil√≥metro y que ¬ďel cheque para la compra del apartamento estar√≠a en pocos d√≠as con las escrituras a nombre de la empresa, claro, pero que se hab√≠a sabido ganar con esfuerzo y dedicaci√≥n reconocida¬Ē
Hab√≠a llegado el momento de despedirse de la sonrisa obligada de la ma√Īana en la parada del √≥mnibus, del olor de la cena de los Fern√°ndez y de los sonidos de la cama de Godoy.

Al abandonar el apartamento lo hizo con algo de nostalgia. Despu√©s de todo hab√≠a sido parte de su vida durante varios a√Īos.
Ahora se vería en la obligación tal como estaba concebido sin que nadie lo escribiera, de invitar a su nuevo hogar a los otros seis gerentes, uno por uno y con sus respectivas esposas.
Dos o tres a√Īos despu√©s, un d√≠a cualquiera, durante el transcurso de una de esas tardes que a veces se sent√≠a in√ļtil, Am√©ndola se acerc√≥ hasta su oficina para avisarle que la programada reuni√≥n mensual de gerentes quedaba para la semana pr√≥xima por ausencia de los gerentes de Recursos Humanos y Contadur√≠a.
Durante unos instantes se hizo silencio. Despu√©s de tanto tiempo no cre√≠a que solo √©l sintiera lo mismo por todo y por todos. Esper√≥ un comentario que lo acompa√Īara en su
sentimiento y como este no llegó contestó en un tono lacónico:
- Es lo mismo Améndola… es lo mismo.

Eran notorias las arrugas de fatiga que marcaban su rostro y los ojos tristes y ojerosos que lo avejentaban a√ļn m√°s.
Su mirada ausente, perdida, vagaba afuera, por sobre las azoteas descoloridas de los edificios vecinos. Quiz√°s estaba so√Īando, igual que a las siete y cuarto de todas las ma√Īanas, con aquel hermoso rancho pintado de blanco entre el verde de las sierras y cuyo camino para llegar todav√≠a no conoc√≠a.

//alex


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