ÔĽŅ El leůn que querŪa ser payaso. Otros cuentos
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El león que quería ser payaso

Autor: Pascual

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Cuento publicado el 24 de Noviembre de 2010


Las cinco en punto. El Circo Piramidal empezaba la función. Otra vez por el pasadizo enrejado para desembocar en la pista, y Fleki, el domador, esperándonos con el látigo en la mano. A situarse cada uno en su sitio; cuatro leones, tres leonas y dos tigres siberianos.
El mismo trabajo de siempre: pasar por el aro de fuego, saltar de un taburete a otro, dejarse intimidar a cada latigazo de Fleki contra el suelo.

Abrir la boca mostrando las terribles fauces, lanzar zarpazos al aire como si quisiéramos desgarrar al domador…..Avanzar en estudiada formación: en línea, en horizontal, entrecruzarnos sin chocar unos contra otros, fingir que luchamos con los tigres y rugir, rugir sin descanso para que la concurrencia disfrute con el espectáculo de las fieras.
Para culminar con el n√ļmero estrella: el domador que mete la cabeza en la boca del le√≥n; y la gente que sostiene la respiraci√≥n, sobrecogida por el espanto, el atrevimiento del valiente, temiendo que la fiera salvaje cierre la quijada y se trague al domador entero, como un bocadillo cualquiera.
Pero no sucede nada que haya que lamentar. Es un n√ļmero ensayado de antemano, un juego en el que ambas partes sabemos qui√©nes somos y el lugar que ocupamos en la partida.
Si es cierto que alg√ļn descerebrado rompi√≥ las reglas del juego en alguna ocasi√≥n y se zamp√≥ al domador; pero no suele ocurrir. Alg√ļn zarpazo se nos podr√≠a escapar y de hecho se nos escapa involuntariamente; porque no hay que olvidar que somos animales feroces, bestias de la selva, armados con garras terribles e imponentes colmillos y dientes para desgarrar la carne de nuestras victimas.
Pero eso era en otros tiempos, tan lejanos que la memoria ni lo recuerda. Nac√≠ en la sabana africana de noble alcurnia. Mi padre era el jefe de la manada, √©ramos una gran familia, due√Īos de cuanto nos alcanzaba la vista. Mi madre y mis t√≠as eran expertas cazadoras, siempre ten√≠amos carne fresca y jugosa. Ellas me ense√Īaron el sutil y dif√≠cil arte de la caza, el punto exacto d√≥nde morder para doblegar al ant√≠lope, la cebra, y otros herb√≠voros. Tambi√©n a mantener a raya a las hienas que, aunque menos poderosas que nosotros, ten√≠an tambi√©n una formidable dentadura y en grupo atacaban si alguno de nosotros quedaba rezagado.
Todo iba bien hasta que aparecieron aquellos coches de ruedas grandes. Fue una tarde que descans√°bamos pl√°cidamente despu√©s de darnos un fest√≠n con una pareja de √Īus. Con redes nos atraparon a varios de nosotros y nos durmieron con los dardos. Mis t√≠os Darki y Solti y mi hermana peque√Īa se resistieron con valent√≠a y los mataron cobardemente.
Nos llevaron de viaje sin saber ad√≥nde, recuerdo el hambre y la sed que pasamos. Cuando me vi entre barrotes en aquella jaula tan peque√Īa cre√≠ morir; tuvieron que ponerme un dardo de lo furioso que me puse.
Al despertar, Shila, una pantera negra en la jaula contigua a la m√≠a, me dijo la cruel y verdadera realidad: estaba en un Circo y era propiedad del due√Īo del mismo. Ya no ser√≠a jam√°s un le√≥n libre. Pregunt√© qu√© era un Circo y me explic√≥ que un lugar horrible donde ten√≠amos que obedecer en todo momento al domador, un hombre con un l√°tigo en la mano que nos dir√≠a las cosas que ten√≠amos que hacer. A cambio nos dar√≠an agua y comida y nos mantendr√≠an con vida mientras cumpli√©ramos las √≥rdenes que nos daban.
S√≥lo hab√≠a una regla que nunca deb√≠a olvidar: bajo ning√ļn concepto atacar√≠amos al ser humano. Si lo hac√≠amos nos matar√≠an de un tiro en la misma pista, ella lo hab√≠a visto.
Y, dentro de lo malo, podía considerarme afortunado; el Circo Piramidal era bastante considerado con sus animales; además del sustento me prodigarían cuidados médicos si los precisara. Me informó de la suerte aciaga que habían sufrido los integrantes de otro Circo, de nefando nombre.
El due√Īo se qued√≥ en bancarrota por su afici√≥n al juego y al alcohol. Despidi√≥ a los trabajadores y abandon√≥ a los animales a su suerte. Se fueron consumiendo poco a poco en una granja abandonada en medio de un monte, sin recibir apenas comida ni agua. Cuando la polic√≠a descubri√≥ el lugar, el espect√°culo era dantesco. No qued√≥ superviviente alguno; s√≥lo los pellejos resecos de los formidables habitantes de la selva que hab√≠an sido. Desde el gracioso chimpanc√© hasta el le√≥n y el majestuoso elefante.
Fue terrible, quedamos consternados. No dejamos de pensar en ello.
Shila me inform√≥ de c√≥mo era la vida diaria en el Circo; me fue detallando quienes eran los integrantes del mismo. Los trapecistas, los domadores, los payasos, los acr√≥batas, la mujer barbuda, el hombre de hielo, el personal auxiliar, los cuidadores, mec√°nicos, montadores, en fin, todos y cada uno de los artistas o no que viv√≠an bajo las carpas, hasta de los hijos de ellos, al cargo de un maestro que les acompa√Īaba a todas partes para darles clase como en un colegio.
Supe por ella que hab√≠a leones como yo adem√°s de osos, cebras, focas, serpientes, elefantes, monos de todo tipo, gorilas, caballos, la m√°s abundante y variopinta fauna que cabe imaginar. En general hab√≠a camarader√≠a, aunque cada uno ten√≠a su propio genio. Los leones ten√≠amos cierto status con eso de que √©ramos los reyes de la selva y el n√ļmero del domador el que levantaba al p√ļblico de los asientos. Deb√≠a de guardar cierta distancia con los elefantes que, aunque nobles, en ocasiones nuestra presencia les pon√≠a nerviosos y eran muy fuertes y poderosos.
Se explay√≥ con el tema del p√ļblico. El Circo s√≥lo ten√≠a raz√≥n de ser por las gentes que ven√≠an a vernos. El Piramidal era uno de los mejores, por no decir el mejor. Siempre llenaba todos los asientos. Visit√°bamos las ciudades y localidades m√°s importantes, se guardaban largas colas, todos estaban impacientes por ver los m√°s actualizados y emocionantes n√ļmeros circenses.

Con toda esa información pronto me puse bajo las órdenes de Fleki, mi domador. No fue difícil aprender lo que debía hacer; el modo cómo saltar, reptar. hacer equilibrios, dar volteretas, levantarme cuan largo era sobre mis patas traseras y subirme con Tilo, un tigre siberiano, a la grupa de Polo, el elefante indio.
Lo que más me costó fue vencer el temor al fuego, si te descuidabas el aro ardiente te quemaba. Pero, vamos, con paciencia y buena voluntad aprendí los trucos del oficio, digámoslo así.
Como era el león más grande Fleki metía la cabeza en mi boca para causar mayor impacto. Y, la verdad, más de una vez quiso el azar y la buena estrella de Fleki que no cerrase la boca y se la arrancara de cuajo. No porque quisiera devorarlo, - los espíritus de la selva no lo permitan -, si no porque el pelo del domador me hacía cosquillas en el paladar y a veces tenía ganas de estornudar.
Eran dos sesiones al día, terminábamos agotados, la verdad. Nos ganábamos el sustento sobradamente. Terminaba aburriéndome de los mismos gestos feroces, el rugido escalofriante del rey de la selva, los zarpazos al aire, como queriendo alcanzar al domador.
Aunque los aplausos se los llevaba Fleki por ser tan valiente sometiéndonos restallando el látigo, en el fondo quedaban cautivados por la magnificencia de tan bellos y poderosos animales salvajes que éramos, la mayoría no habían visto nunca tan de cerca unos leones y tigres tan espléndidos. Nos hacíamos de respetar con nuestro fiero aspecto.
Después, en la soledad de la jaula, mi ánimo se venía abajo, como un castillo de naipes que es golpeado por una mano inmisericorde.
Pensaba en lo que hab√≠a llegado a ser, una especie de le√≥n titiritero, desprestigiado tontamente para entretener al p√ļblico, dominado por Fleki, al que podr√≠a derribar f√°cilmente con un simple zarpazo.
Al igual que Polit y Marit, una pareja de gigantescos osos pardos que les hab√≠an puesto un gorrito y una especie de faldita para el n√ļmero que ejecutaban. Aquello era de lo m√°s vergonzoso; lo mismo que al oso polar, Norki, subido a un patinete dando vueltas alrededor de la pista.
Todos éramos casi como marionetas y poco a poco parecía que nos iba desapareciendo el instinto animal que anidaba en nuestro interior.
Pero debía resignarme, mi destino no podía ser otro que el de terminar mis días en la pista del Circo Piramidal.

Cuando la niebla del sue√Īo comenzaba a invadirme entonces asomaba el duende de mi otro sue√Īo, el m√°s fant√°stico que un le√≥n podr√≠a tener. Era mi secreto m√°s profundo, un deseo fant√°stico que un d√≠a, sin saber por qu√©, se apoder√≥ de m√≠. Una fantas√≠a irrealizable pero que alimentaba mis noches, cada vez con m√°s intensidad, a la cual me entregaba entusiasmado, como si realmente viviera esos momentos que tanto deseaba. Como si, iluso de m√≠, fueran a llegar a ser un d√≠a ciertos.
So√Īaba con ser payaso. Por incre√≠ble que pudiera parecer, yo, J√ļpiter, el m√°s grande y fiero rey de la selva, deseaba ser un payaso. Sin que nadie lo advirtiera me quedaba embobado viendo a Tontino y Listillo, los payasos del Circo Piramidal. Eran fabulosos, no ten√≠an parang√≥n.
Era salir a la pista y todo el mundo les aplaud√≠a. Calzaban unos enormes zapatos y unos pantalones bombachos inmensos, de colores chillones. Listillo iba de rojo y Tontino de blanco con lunares. Su nariz era una bola negra redonda y por manos ten√≠an manoplas. S√≥lo verlos moverse uno junto al otro ya causaban hilaridad. Listillo actuaba de maestro y Tontino de alumno. Por m√°s que su compa√Īero se empe√Īaba Tontino no atinaba una y recib√≠a todos los golpes y calamidades que uno pudiera imaginar.
Sus di√°logos eran chispeantes, provocaban las m√°s encendidas y desternillantes risas. Tambi√©n cantaban y el p√ļblico coreaba la m√ļsica, y hasta se pon√≠an a bailar fren√©ticamente para, con sus ca√≠das y volteretas, conseguir meterse todav√≠a m√°s al p√ļblico en el bolsillo.
Pero J√ļpiter, el le√≥n de la selva, quer√≠a ser payaso por otro motivo. Le gustaban los ni√Īos. Adoraba contemplar la carita de arrobamiento que se les pon√≠a cuando Listillo y Tontino saltaban a la pista. Ser√≠a fant√°stico tomar un peque√Īuelo en brazos y frotarle la nariz de goma contra la suya, mirarle a los ojos y llenarse de su inocencia y candor.
No quer√≠a provocar temor por su fiero aspecto, al contrario, so√Īaba ser un dulce y caricaturesco payaso, que la gente riera con sus payasadas, llenar el coraz√≥n de los ni√Īos de ternura y alegr√≠a.
Daría lo que fuera por vestir un extravagante traje de payaso, pintarme la cara de blanco y bermellón, y actuar con ellos dos para arrancar los más entusiastas aplausos de todos.
Ese era mi sue√Īo escondido. Mi sue√Īo imposible. Lo ten√≠a en mi cabeza d√°ndome vueltas de un lado para otro, como degustando un caramelo que no deseaba se consumiera.
Despu√©s el sue√Īo me venc√≠a y los colores del arco iris, el rojo granate de Listillo y los mil lunares de Tontino se desvanec√≠an como un caleidoscopio infinito.

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Aquella noche un extra√Īo personaje irrumpi√≥ en mi sue√Īo. Llevaba una levita negra y su cara era de rasgos angulosos, con unos pelillos a modo de perilla. La chistera que le cubr√≠a la cabeza era desmesurada, nunca vi otra igual. Guantes blancos en las manos. Su aspecto era hasta siniestro, me pegu√© lo m√°s que pude a los barrotes para escapar de aquella visi√≥n.
Pero el personaje me sonre√≠a y caminaba hacia m√≠. Cuando m√°s cerca lo ten√≠a me di cuenta de que no iba solo. Reconoc√≠ a Lucy, la chica que acompa√Īaba a Blaki, el mago del Circo. ¬ŅQu√© hac√≠a all√≠, con aquel hombre de negro, por qu√© no estaba ensayando los trucos con Blaki?
Se quit√≥ la chistera y sac√≥ algo de ella. No pude moverme siquiera, algo extra√Īo me paralizaba. Era una varita. Igual que la varita m√°gica que ten√≠a Blaki en sus actuaciones. La puso delante de mi hocico tembloroso. Y musit√≥ aquellas extra√Īas palabras. Despu√©s sonri√≥ mal√©volo. Y ya no puedo recordar nada m√°s‚Ķ‚Ķ..

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Los telediarios y los peri√≥dicos lanzaron la voz de alarma. J√ļpiter, el le√≥n estrella del Circo Piramidal, se hab√≠a escapado de su jaula. Todo el mundo se hab√≠a puesto a buscarlo; en libertad un le√≥n, y m√°s trat√°ndose de un ejemplar de tan gran tama√Īo, era una animal muy peligroso, de reacciones insospechadas. Hab√≠a que darle caza cuanto antes.
Pero por designios del destino J√ļpiter no apareci√≥ nunca, ni el menor rastro, la m√°s insignificante huella; fue el suceso m√°s comentado y m√°s extra√Īo con el que las autoridades y la Polic√≠a se hab√≠an enfrentado jam√°s.

La vida en el Circo Piramidal siguió su curso. A las cinco empezaba el espectáculo. Los trapecistas seguían volando en las alturas. La mujer barbuda y el hombre de hielo seguían causando curiosidad; el mago Blaki asombraba con sus trucos; Fleki y sus tigres y leones encogían el corazón de los presentes. Sobre todo cuando metía la cabeza en la boca de Uris, el rey de la selva.
Y los payasos continuaban sembrando la alegr√≠a y la felicidad en el alma de los ni√Īos m√°s que nunca. Ahora del modo m√°s especial. Porque una tarde, de improviso y sin que nadie supiera qui√©n era ni de d√≥nde ven√≠a, apareci√≥ el m√°s incre√≠ble y fant√°stico payaso que nadie pudiera imaginar.
Sólo llegó a saberse su nombre. Y desde ese día fueron Listillo, Tontino y…BOBITO…….

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2011-04-16 07:52:16
Nombre: elisa
Comentario: Me ha encantado,ojal√ɬ° nuestros sue√ɬĪos se pudieran hacer realidad.Cuando lo lees te sientes muy compenetrado con el le√ɬ≥n,el problema es que en la realidad no podemos hacerlo. Gracias a las narraciones que nos hacen so√ɬĪar un poco.Siga escibiendo,un saludo muy cordial


Fecha: 2010-12-20 04:46:34
Nombre: SANDRA
Comentario: Formidable mi querido amigo como todos tus cuentos y este aun mas por que como me encantan los bichos este me gusto espero poder leer pronto mas cuentos suyos mi querido amigo PASCUAL√ā¬Ņ a probado con otros temas? se que es usted un gran escritor se le nota.Gracias por deleitarnos con sus cuentos.
Afectuosamente su admiradora.
SANDRA.